
Pensar lleva tiempo; opinar sobre tal o cual cosa, apenas segundos. En una cultura digital que valora la reacción inmediata, algunas ideas de Simone Weil nos permiten alumbrar una tendencia que se ha vuelto un signo inequívoco de estos tiempos: la sustitución del pensamiento por una toma de posición última (muchas veces siquiera argumentada).
Pensar se ha vuelto una actividad infrecuente. Hoy, frente a casi cualquier tema, no se espera una reflexión o un argumento elaborado producto de un razonamiento agudo, sino una toma de posición. Estar a favor o en contra. Aplaudir o rechazar. Adherir o cancelar. Estar a favor o en contra se ha vuelto un reflejo más que inmediato, una forma de intervención sin dilación, sin la maceración suficiente que demanda todo pensamiento matizado. Esto conlleva a los individuos a practicar una lógica del “a favor o en contra”, que moldea su manera de pensar transformándola en una suerte de contienda entre un razonamiento dicotómico-maniqueo (“todo o nada”, “blanco o negro” o pensamiento polarizado) y la dificultad de sostener en el pensamiento el matiz.
Tomar partido no constituye, en sí mismo, un problema. De hecho, es algo deseable. Hay momentos en los que evitar una toma de posición clara puede derivar en una forma de tibieza e indiferencia espiritual que diluye toda responsabilidad en lo que se refiere a nuestro rol social y político como parte ineludible de una sociedad. Recordemos las elocuentes palabras de Antonio Gramsci: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir significa tomar partido”. Sin embargo, el punto crítico de esta cuestión aparece cuando tomar partido deja de ser el resultado de un proceso reflexivo y adquiere una identidad calcárea. Allí, la posición ya no expresa la vital y necesaria actividad de pensar, sino que viene a reemplazarla. Razonar se convierte así en un atajo que elude la incomodidad de dudar, de revisar y de exponerse ante posiciones disímiles. En ese desplazamiento se produce entonces una renuncia fundamental: la de adoptar una/tal o cual postura para abandonar la tarea de pensarla.
Hace décadas, una joven filósofa y activista francesa llamada Simone Weil lo advirtió con una lucidez única: “La operación de tomar partido, de tomar posición a favor o en contra, ha sustituido a la obligación de pensar”. Ella lo llamaba una “lepra”, una enfermedad del pensamiento que había nacido en el ámbito político pero que estaba expandiéndose de manera acelerada hacia otras dimensiones de la vida. “La influencia de los partidos contaminó toda la vida mental de nuestra época”. La palabra “lepra” no es casual, porque conlleva a una pérdida de la sensibilidad siendo, pues, una forma de anestesia. Algo parecido sucede hoy con el pensamiento. No sólo hay un déficit del pensamiento sino que, en ocasiones, se deja de pensar antes de empezar a hacerlo.
La cosmovisión de los dos bandos
La lógica binaria posee una eficacia innegable. Nos muestra una realidad simplificada en dos bandos que de alguna manera nos permite ordenar el caos y reaccionar de forma impulsiva ante asuntos de índole filosófica. En un ecosistema hipersaturado de información, esta simplificación aparece casi como una necesidad. O sea, respondo a un estímulo, opino, tomo posición y lo abandono inmediatamente para recibir otro estímulo, y así. Pero esa suerte de “ventaja” tiene un costo altísimo: reduce la complejidad de lo real a esquemas demasiado estrechos. Weil lo formula con precisión: “Ya casi no hay ningún dominio en el que no se piense sin tomar posición a favor o en contra de una opinión determinada”. La frase no apunta únicamente a la política. Hoy se extiende a la cultura, la educación, el arte, asimismo a la vida cotidiana. “Incluso en las escuelas —advertía la joven filósofa—, ya no se sabe estimular de otra manera el pensamiento de los niños si no es invitándolos a tomar partido a favor o en contra de algo. Se cita la frase de un gran autor y se le dice: ‘¿Están de acuerdo o no? Desarrollen sus argumentos’”. En consecuencia, hoy casi cualquier discusión es propensa a convertirse en una batalla de pugilato y en un campo de disputa antes que en un intercambio de argumentos fundamentados. En este sentido, de una enunciación parece sobrevenir siempre la exigencia cómoda y servil de un alineamiento maniqueo: derecha/izquierda, peronista/antiperonista, etc. Y todo aquel que se esfuerza por salirse de esa lógica binaria introduciendo la duda, la ambigüedad y el matiz, queda rápidamente sospechado, cuando no directamente desplazado.
En sentido estricto, pensar implica la apertura a ser afectado. Una afección que consiste en alojar en nuestro interior la diferencia, hacer espacio para aquello que incomoda, contradice o desestabiliza nuestro repertorio de certezas y posiciones inamovibles. Se trata de una práctica de aperturidad; de una disposición de la mente a permanecer abierta a otras perspectivas, a recibir la disidencia y a dejarse interpelar por argumentos distintos sin convertir inmediatamente esa diferencia en una amenaza. El pensamiento se vuelve fértil cuando ejercita la capacidad de alojar la diferencia sin necesidad de anularla, a no ser que dicha diferencia tienda a ideas deshumanizadoras. Por eso puede resultar un tanto perturbadora esta observación de Weil: “Otros, habiendo tomado posición a favor de una opinión, no consienten que se examine nada que le sea contrario”. Es fácil advertir en esta frase un mecanismo por demás reconocible, que sigue siendo un sello de época: una vez que nos identificamos con una idea, dejamos automáticamente de evaluarla para empezar a defenderla, muy a menudo sin argumentos que la sostengan. Lo que obtenemos como resultado es un cambio en la direccionalidad del deseo. Como señala Simone Weil, “el móvil del pensamiento ya no es más el deseo incondicionado, no definido, de la verdad, sino el deseo de conformidad con una enseñanza dada de antemano”.
El confort de la superficie
“No hay nada más cómodo que no pensar”, escribe Weil. La frase es por cierto provocadora, y tiene mucho de actualidad. No pensar no significa necesariamente la ausencia de sinapsis neuronal; puede significar, antes bien, repetir lemas sin someterlos a examen crítico, adherirse a ideas sin discernirlas, o reaccionar ante ellas sin detenerse a interrogarlas. Esa comodidad del no pensar de la que habla Simone Weil encuentra su razón de ser en la exigencia contemporánea de adoptar una posición última e inamovible.
Pero pensar, por cierto, exige lo contrario: la pausa meditada y la demora. Todo parece empujar hacia una respuesta rápida, hacia una definición instantánea que evite la demora y la incertidumbre y de la que ningún pensamiento fecundo puede nacer. El confort de no pensar reside en esa zona para el individuo segura y apacible donde las respuestas nunca preceden a una pregunta, sino que vienen siempre dadas después de aquélla, allí donde su mundo deja de ser algo en constante devenir y abierto a revisión para endurecerse hasta volverse piedra.
¿Se puede pensar sin pertenecer del todo?
Uno de los desafíos de nuestros tiempos no radica en abandonar una posición, sino en evitar que la toma de posición sustituya, de manera maquinal, casi instintiva, al acto mismo de pensar. Esto es, sostener una idea sin quedar aprisionados en el dogma. Frente a la presión por definirse rápidamente, por alinearse con premura y por reaccionar incluso antes de comprender, la invitación de Weil sigue siendo actual: resistir la tentación de reducir el mundo a un esquema binario de adhesiones. Porque pensar, en última instancia, no significa ligarse a un bando o al otro, sino resistirse a la urgencia de hacerlo.
No todo exige una toma de partido inmediata. En el intervalo incómodo donde todavía no hay certezas, se emplaza un recurso que hoy parece cada vez más escaso: el matiz. “Mercancía cada vez más preciosa, verdadero lujo desplazado del lenguaje”, según Roland Barthes. El pensamiento matizado; o, directamente, el pensamiento mismo. La posibilidad de decir “depende”, “no del todo”, “en parte sí, en parte no”. No como evasión, sino como forma de honestidad intelectual que asume que, para tener la razón, no hace falta tenerla en su totalidad. El problema —insistamos en esto— no es que existan posiciones, sino que éstas hayan desplazado a la acción vital de pensar. En suma, esto no implica retroceder, sino recuperar una dificultad que, lejos de ser un obstáculo, es precisamente su condición.
Referencias bibliográficas
- Barthes, Roland (2004). Lo neutro: notas de cursos y seminarios en el Collège de France, 1977-1978. Argentina, Siglo XXI Editores.
- Gramsci, Antonio (2011). Odio a los indiferentes. Argentina, Ariel.
- Weil, Simone (2021). Apuntes sobre la supresión general de los partidos políticos. Argentina, Godot.
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