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Voces femeninas en mundos masculinos

lunes 6 de julio de 2026
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Don Quijote y Sancho se postran ante Dulcinea encantada
El personaje femenino más literario, metafórico, figurado, de la novela de Cervantes, es la bella doncella, mujer ideal, Dulcinea del Toboso. Tan bella, tan doncella, tan ideal, que el autor se encarga de explicitarla en la ficción que escribe como un ser ficticio. 📷 Don Quijote y Sancho se postran ante Dulcinea encantada (1905) • Salvador Tusell

Las anónimas

Mucho tiempo tuvo que pasar para que las escritoras firmáramos con nuestros nombres y apellidos (que a veces es el de nuestro padre, sí). Tuvo que pasar mucho tiempo para que escribiéramos con nuestras palabras y no con las “adecuadas”. Una vez le pregunté a Luisa Valenzuela acerca de esto, y ella contestó:

La mujer habla como hablan los hombres, es decir, sin privarse de palabra alguna, usando todo el espectro del vocabulario. Lo interesante, desde mi punto de vista, es que lo usamos con otra carga, desde otro lugar: el lugar de quienes le conocen el lado oscuro por haber sido acalladas durante tantos siglos... (Valenzuela, Luisa, Alba de América, 2005, p. 557).

Una pregunta, tal vez ingenua, ¿por qué desde que se empezó a escribir, por lo menos en este mundo occidental y cristiano, hay tanta obra anónima?... Qué raro que el varón que da su apellido, se apropia de tierra, funda y nombra..., qué raro que no dé su nombre a su obra. Puedo pensar, entonces, que esas obras sin firma de autor fueron escritas por mujeres desobedientes: brujas, malas, diabólicas, incorregibles, peligrosas que se empecinaron en escribir. Todo eso, sí, pero también arriesgadas, creativas, inquietas, polémicas, porfiadas. Desde la Edad Media en el mundo occidental y cristiano, mucha obra literaria fue escrita por alguna mujer que, entre lavar, cocinar, amamantar, amar, criar, encender, apagar, imaginaban y escribían. Sin firmar su obra, tal vez por miedo al calor inquisidor de la hoguera, tal vez su descuido, pero me gusta pensar que fue por desinterés, o modestia, o para dejar en claro y plantear que lo que sirve y crece, lo que germina, es la palabra compartida, la polifonía.

Las mujeres hemos hablado, postulado, declarado, gritado, susurrado, cantado siempre. Y, también, escribimos.

Aquella mirada sobre las mujeres —mirada acotada, “encorsetada”— cayó, también, sobre las palabras que dicen diferente. Creo que son palabras que entienden la literatura de una manera distinta. La literatura no es cercar la verdad, es abrir el mundo, los mundos. La literatura no es una ventana para ver qué sucedió, sucede o sucederá. La literatura es una puerta, una gran puerta que puede abrirse, a veces, a empujones, para salir al mundo poco seguro de lo conocido.

 

Nuevas voces

Cervantes, a fines de la Edad Media (entre el Renacimiento y el Barroco), y José Hernández, en el Romanticismo argentino, son dos escritores que se plantan para hablar, en sus obras, de cómo se hizo “eso” que estamos leyendo. Pero, además de elegir dos varones superprotagonistas de sus obras, instalan personajes capaces de generar ciertas molestias. Cervantes le da voz a la reina Altisidora, a Teresa Panza, a Aldonza Lorenzo y a Dulcinea del Toboso.

José Hernández, en un desierto hostil y machista, hace presentes (con características genéricas) a la esposa de Fierro, a la Cautiva, a la mujer del Viejo Vizcacha.

 

Don Quijote y las voces de las requeridas

En 1605 y 1615 Miguel de Cervantes publica su novela más impresionante, más famosa y más innovadora en la que, tal vez inconscientemente, la literatura se muestra viva, práctica, metanovelesca, eso: reflexiva.

En 1605 y 1615 Miguel de Cervantes, autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, deja asentada una práctica narratológica que se va consolidando como teoría. La manera de escribir, el modo de enunciar los acontecimientos no necesariamente “reales”, la verdad y la verosimilitud, los personajes como figuras (y, por lo tanto, fuera de la realidad), la mirada subjetiva, pequeña, enloquecida, lúdica, inocente, invertida. La intención de revalorar el rol del escritor. La intención de meterse y meternos en la cocina de la escritura. El deseo de sostener la duda y la polifonía.

En 1605 y 1615 Miguel de Cervantes, autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, abre la posibilidad de que la literatura sea más que contar una bella historia, más que las bellas palabras, más que musas visitando a pocos seres. Con Cervantes y su (nuestro ya) don Quijote se enciende la usina de la literatura como acto de escritura y de lectura activa.

El personaje femenino más literario, metafórico, figurado, de la novela de Cervantes, es la bella doncella, mujer ideal, Dulcinea del Toboso. Tan bella, tan doncella, tan ideal, que el autor se encarga de explicitarla en la ficción que escribe como un ser ficticio. Y la crea; la inventa, tanto que —en el nombre está el hombre (o la mujer)— la bautiza como quiso que la viéramos. Esa mujer ideal debe ser dulce; por eso la llama Dulcinea. Y para subrayar esa característica “femenina”, Cervantes la enfrenta a dos mujeres “reales”, mundanas, potentes, con contundencia terrenal: Aldonza Lorenzo: la cara “real” y mundana de la ideal Dulcinea, y Teresa Panza, la mujer de Sancho Panza, que representa la cotidianidad de los personajes de la novela. Dulcinea es el prototipo del idealismo femenino y encarna el ideal de belleza del Renacimiento pero, a la vez y gracias al ingenio creador de Cervantes, esa imagen, la de Dulcinea, potencia las rupturas y pluralidades barrocas. Desde la imagen prolija de la dulce Dulcinea se proyectan las deformes, imperfectas y reales Aldonza y Teresa, ambas mujeres del mundo real que son dichas para resquebrajar la unidad, fisurar el todo y hacer convivir la pluralidad. En la novela de Cervantes están todos, todos hablan y, al hacerlo, visibilizan el mundo: un mundo plural y endeble, imperfecto, vivo.

Frente a esta perspectiva tripartita de lo femenino en la realidad posible de la novela de Cervantes se abre otro espacio: irreal, subjetivo, mágico, ficticio, literario. La reina Altisidora está allí; dialoga con los personajes, ella también personaje, se vuelve importante, protagonista de esa, su micronovela. Con la reina Altisidora el poder de la ficción se hace carne, y la potestad femenina, extendida más allá de lo terrenal. Así como Dulcinea es “dulce” y Aldonza “pesada”, y como Teresa “atada a la realidad”, Altisidora es “alta”, elevada, lejana del mundo sensible. Con Altisidora y su presentación venida del mundo de la imaginación, de la fantasía, Cervantes multiplica el mundo presentado en la historia del hidalgo, le da voces a quienes no las tenían y, así, instala visiones y mundos otros.

 

Martín Fierro y el silencio de las ausentadas

El universo gauchesco suele ser masculino. El Romanticismo también. Hablo del Romanticismo político, sobre todo.

El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro, de José Hernández, son dos textos que tienen como protagonista a un personaje que, para ese entonces, ya no existe: Martín Fierro. El gaucho como actor social, en el tiempo en que Hernández lo presenta en su novela épica, ya no existe en la pampa argentina (más de sesenta años han pasado de su desaparición). Sin embargo, Hernández ficcionaliza, crea, en su poema épico, a ese personaje: ese gaucho. Cerca de este personaje visto, planteado y recreado desde la perspectiva romántica, Hernández presenta a algunas mujeres, pocas y anónimas: además de la negra que “va cayendo al baile”, la esposa de Fierro, la Cautiva, la mujer de Vizcacha.

Las mujeres de Martín Fierro no tienen nombre, se las identifica por su función social, que permite subrayar los roles del ser femenino. Las mujeres, desde el Romanticismo hernandeano, pueden ser esposa, cautiva, abandonada.

Las mujeres son brujas, rebeldes, silenciosas, madres, esposas, locas, peligrosas, reales, inventadas. Mujeres protagonistas. Son mujeres que, de alguna manera, forman parte de los mundos y ayudan a sostenerlos.

Valeria Badano

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