Nos encontramos con Juan León, nuevamente en El Rinconsito, ese bar sencillo en el que nos sentimos cómodos.
Llegué antes de la hora que habíamos acordado. Pedí una cerveza. Me tomé el tiempo para repasar la conversación que tuvimos la semana pasada. Los días ayudan a asentar las ideas. ¿Le creía? Sí, le creía; no dudaba de que lo que me contara fuera cierto. ¿Pero qué le pasó a Silvio? ¿Había sido un encuentro con el fantasma de un muerto o una alucinación producto del cansancio?
Llegó puntual.
A Juan León me lo presentó Eugenio —mi amigo de la universidad— la semana anterior. Me cayó bien: inteligente, sincero.
Nos saludamos. El hielo del primer encuentro ya se había derretido. Intentó una sonrisa; tenía los labios apretados y las manos frías. Le pregunté a Juan qué quería tomar y le hice señas al mozo para que trajera otra cerveza. Estaba ansioso por contarme lo acontecido en el hospital donde hacía sus prácticas, el Marco Vinicio de Nueva Loja. La conversación comenzó con una pregunta mía:
—¿Por qué me cuentas estas cosas a mí?
—Porque usted es periodista, señor Novas. Busca respuestas. Y porque confío en usted.
Lo invité a hablar.
—Martín, antes que nada, le pido la mayor reserva. Tómeme como una fuente que no puede revelar. Ya va a entender por qué —dijo.
Asentí con la cabeza.
—Esto ocurrió en la unidad de terapia intensiva. Entré pocas veces desde que empecé las prácticas, sólo para dejar pacientes o entregar informes. Allí están únicamente los intensivistas y los pacientes. Ojalá que nunca le toque conocerla.
Lo tomé como una broma, pero no sonrió.
—Usted sabe que este hospital no es grande, nada que ver con los de la capital. Son diez plazas, pero con buena aparatología. Un lugar donde casi todo se trata de retrasar lo inevitable.
Algo de lo que siguió diciendo se me perdió. Mi cabeza se detuvo en los recuerdos de la enfermedad de mi padrastro, mi padre. Desde el pasillo de espera veía salir por la puerta vaivén a médicos y enfermeras con el semblante tenso.
—Voy al punto, donde empieza todo —dijo Juan.
Era poco después de la medianoche, apenas iniciado mi turno. Firmé el registro y pregunté, como de rutina, cómo estaban las cosas.
“Todo tranquilo”, contestó la recepcionista.
La jefa de enfermeras me pidió que esperara al camillero para trasladar a un paciente a la UTI. Fuimos hasta la habitación trece. “La mala suerte”, pensé. Subimos al paciente a la camilla y nos dirigimos a terapia. El pitido de los monitores era monótono; el ambiente, tranquilo. Con el que trasladamos, quedaban ocupadas todas las plazas.
Juan hizo una pausa, tomó lo que quedaba de la cerveza y se frotó la frente antes de continuar.
—Terminamos de acomodar al paciente en el box diez y, de repente, la puerta vaivén se abrió de golpe y quedó oscilando. Sorprendidos, miramos hacia la entrada. No había nadie; sólo se filtraba una ráfaga de aire helado.
Me acomodé en la silla, me interesaba el relato. Continué escuchando con atención:
—Nos miramos turbados. Pasaron apenas unos segundos y se encendió la alarma de un cubículo. Un paciente había entrado en paro cardiorrespiratorio: el del uno.
—RCP. Traigan el desfibrilador —ordenó el intensivista.
Opté por quedarme a un lado para no molestar. Mientras intentaban reanimarlo, el enfermo del dos entró en estado crítico. Las alarmas comenzaron a encadenarse: el tres, el cuatro... Desde distintos puestos empezaron a repetir:
—¡Código azul, código azul!
No sabía qué significaba esa señal de alarma, supuse que era algún protocolo de emergencia. No lo interrumpí para que me lo confirmara.
—Los médicos actuaban como podían —continuó Juan—. Algunos enfermeros estaban paralizados, por el susto o por la impotencia. No alcanzaban los desfibriladores. Empecé a ayudar como pude, haciendo resucitación cardiopulmonar a los agonizantes. Órdenes cruzadas, carritos chocando, miradas implorantes... y poco después, un silencio profundo. Todo ocurrió en menos de media hora.
Lo interrumpí:
—Doctor...
—Todavía no estoy en esa categoría —dijo, y sonrió.
Al menos se distendió; de seguir así, el próximo en descompensarse iba a ser él.
—León —me acerqué antes de seguir—, siento algo contradictorio. Sé que eres honesto, lo percibí desde que te conocí. Pero no puedo evitar que algunas cosas me resulten difíciles de creer.
—Lo entiendo perfectamente, Novas. En su lugar me pasaría lo mismo. Si me da unos minutos más, termino de contarle.
Todos los monitores quedaron marcando una línea plana. Esa noche diez pacientes entraron en estado crítico y murieron, en el orden en que estaban ubicados.
Intentábamos asimilarlo cuando nos volvió a sacudir el ruido de un portazo: la puerta vaivén se abrió y se cerró —en esta ocasión, de adentro hacia afuera—; otra vez no había nadie.
Juan guardó silencio. Los dos lo hicimos por algunos segundos.
Me sentí algo perturbado, necesitaba un café. Le pregunté si quería. Busqué al mozo con la mirada y le pedí para los dos. El joven se apoyó en el respaldo y, con los ojos cerrados, suspiró.
Tomé el café de un trago, amargo. Él le puso azúcar y revolvió lentamente.
—Fue algo grave. Seguimos todos conmovidos —bajó la voz—. El directorio nos pidió discreción. Firmamos acuerdos de confidencialidad.
—¿Y las familias?
—Las llamaron de a una. Distribuyeron los horarios de fallecimiento en los registros para no levantar sospechas.
—¿Qué explicación dieron?
—Revisaron equipos, protocolos, instalaciones eléctricas. No encontraron fallas. El informe habló de complicaciones clínicas inevitables. Nadie volvió a mencionar el tema.
—Ajá.
Fue lo único que pude decir.
Recién entonces advertí que seguíamos en el bar. Juan me agradeció por escucharlo.
—Me siento más aliviado. Me tocó estar ahí cuando todo esto sucedió. Y es algo que no puedo contárselo a cualquiera —confesó.
Salimos del bar.
Nunca supe vivir sin preguntarme cómo funcionan las cosas, cómo funciona el mundo. Me dediqué a buscar respuestas y a seguir las historias hasta donde los hechos lo permiten. Las que me contó Juan León me dejaron intrigado: ¿en qué punto empiezan a quedarse sin explicación?
Le dije que iba a tomarme un tiempo para pensar. Necesitaba encontrar una explicación racional que en ese momento se me escapaba. Tenía que haberla; de lo contrario, ¿en manos de qué absurdos poderes sobrenaturales quedaría todo?
Nos despedimos y quedamos en volver a encontrarnos.
—Ojalá la próxima vez hablemos de la vida —comenté y sonreí.
- Código Diez - martes 2 de junio de 2026
- Fuera de servicio - jueves 9 de abril de 2026


