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Contra el Neorromanticismo, artículo de un pedante de los de ahora

sábado 18 de julio de 2026
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No es por casualidad que la comodidad del pequeño sillón de los ratos libres derive en distracciones macarrónicas, así que hoy he decidido prescindir por el momento de las Cartas desde mi celda, de Bécquer (sí, aquel genial poeta de los veinte duros), he cogido un papel y un bolígrafo y me he lanzado a escribir una vulgar parodia de esas que, años ha, se dirimían a pedrada limpia en el Campo de Marte. Porque, ¿existe o ha existido alguna vez el Neorromanticismo? Si existe, ¿cómo es? ¿Sigue luciendo esas patillas abominables? Y, si por el contrario, ya no existe pero ha existido a ciencia cierta, ¿dónde descansan las cenizas de sus malogrados versos? ¿En una caja de zapatos gótica?

Seamos aún más audaces. Si consideramos que el Barroco es una suerte de humus o Posrenacimiento decadente, llegaremos sin dificultad a la conclusión de que tras el movimiento romántico y posromántico, según mis fuentes, no habría constancia de ningún nuevo movimiento a excepción de las típicas norias decimonónicas (no sé a ustedes, pero a mí se me queda siempre cara de hámster con gafas). Ya sé, algunos, los listos de la clase, podrán aducir que el Barroco es más retorcido que el Renacimiento, pero autores retorcidos siempre los ha habido y políticos retorcidos también. Es más, conozco a más de uno con cara de tornillo de Arquímedes.

Así, los movimientos de vanguardia obligaron a todos a practicar un mayor o menor esqueje de la marchita planta romántica hasta que no quedaron de ella ni las raíces. Y las consecuencias están a la vista. Hoy priman los corazones endurecidos y son moneda corriente las escupideras. La Música con mayúsculas ya no existe, la rima ni está ni se le espera y el erotismo ha dejado de ser el arte de desnudar palabras con palabras. Poco queda del Romanticismo original, a estas alturas tan hierático y papirofléxico como Poe en su entierro o mi antiguo libro de químicas (me consta que todavía existe).

Queridos amigos, tal vez, sólo tal vez, no existe ni ha existido nunca el Neorromanticismo como tampoco existiría un Neoclasicismo si en lugar de mirar en el espejo de Virgilio miráramos en el estanque confuso de la Edad Media (otra opción, más clarificadora y jocosa, sería piropear a Dante de perfil). ¿Acaso la vieja revolución de Bécquer y sus coetáneos fluye por sus propios meandros a través de los poetas actuales? ¿Qué pasó realmente con Werther? ¿Murió de un resbalón? ¿Quizás pisó lo que no debía? ¿Quizás murió bailándose un bolero? Quizás, quizás, quizás.

En definitiva (término que, usualmente, no significa nada), tal vez como prototipo del escritor pedante no advierta nunca la diferencia entre Neorromanticismo, Posromanticismo y Masdelomismo aunque tanto da, porque yo me dirijo ahora al remanso que conduce al convento de San Jerónimo, o sea, a la tercera carta de Bécquer, la cual, dicho sea de paso, es algo portentoso.

Aarón Andrés
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