
Pablo López Leal participó en el Taller de Cuento de Letralia dictado por Jorge Gómez Jiménez. El relato que hoy presentamos, concebido como cierre de esa experiencia formativa, llega ahora a nuestras páginas.
En Antofagasta los atardeceres son rojizos; rojizos como ningún otro. Sobre el horizonte se funde el fuego salitrero aún encendido con el cobrizo tono del desierto, para darle al sol un color único antes de esconderse. Con ese paisaje, Miguel había salido de su casa, y caminaba por calle Sucre, casi desde el cerro mismo, hacia el poniente. Bajaba rápido, como queriendo encontrar al sol y tomarle la mano antes de que éste se escondiera. El color rojizo del atardecer se proyectaba en su rostro y la brisa, que corre con libertad en esta ciudad cuando empieza a anochecer, jugaba a entrar y salir de los bolsillos de su chaqueta y su pantalón. Miguel bajó hasta la línea del tren donde perdió de vista el sol, y caminó hacia el norte hasta la calle Valdivia, en la cual se adentró mirando las locomotoras que se dejaban ver sobre los muros que cercaban la estación del Ferrocarril Antofagasta-Bolivia, que lleva el mismo nombre que la calle que recorría.
1990 tenía ya la mitad de sus meses escritos. Desde hacía un tiempo, Miguel había vuelto a caminar tranquilo por las calles, con la mirada levantada y orgullosa, sin voltearse a ver si alguien lo observaba o lo seguía en cada esquina. Al igual que otras miles de personas que disfrutaban de los atardeceres antofagastinos y otras millones de personas en todo el país, Miguel creía que la alegría había llegado para quedarse; que el pueblo, aunque herido y disminuido luego de tanta tortura y muerte, había triunfado sobre los dictadores con un lápiz en la mano, con valor y esperanza en los ojos y un NO sobre el papel; que los fusiles volvían a los cuarteles traidores desde donde nunca debieron salir, y que cada desaparecido encontraría la despedida merecida. Miguel cumpliría pronto treinta años de los cuales diecisiete, más de la mitad de su vida, los había vivido en el período más ignominioso de su país. Toda su adolescencia y juventud viendo cascos, uniformes, tanques y armas de guerra en las mismas calles por donde debía transitar el hombre libre.
¿Habrá pensado en algo de eso mientras caminaba por calle Valdivia? ¿En los atardeceres? ¿En un país más justo? ¿En cómo recuperar los años que le robaron los milicos culiaos? Quizás su cabeza simplemente seguía preguntándose qué fue lo que vio el árbitro mexicano Edgardo Codesal unos días antes, en la final del Mundial de Fútbol de Italia 90, para cobrar el penal inexistente que le permitió a Andreas Brehme darle la tercera Copa del Mundo a Alemania, o quizás le ganaba la ansiedad para que llegara pronto el 15 de julio y volver a ver a su Colo-Colo querido en busca del bicampeonato, que terminaría logrando en enero de 1991. Pueden haber sido los atardeceres, la libertad, las promesas de justicia, los milicos culiaos, Codesal o Colo-Colo. O tal vez nada de eso.
Lo cierto es que Miguel llegó por Valdivia casi hasta la esquina de calle Montevideo. Cruzó a la vereda poniente y se sentó frente a una muralla que exhibía cientos de placas en las que se podía leer casi como un calco: “Gracias, Evaristo Montt, por el favor concedido”. Se quedó sentado unos minutos, se persignó y leyó algunas de las placas, buscando algún nombre o apellido conocido. No encontró lo que buscaba; entonces sacó dos velas y una caja de fósforos que traía en un bolsillo interior de su chaqueta, las prendió y, luego de dejar caer un poco de esperma sobre un muro bajo de cemento, las puso junto a otras cuatro o cinco que aún no se consumían del todo, para empezar a pronunciar algunas frases casi como susurrando.
Evaristo Montt trabajaba como sereno en la Estación Valdivia, y murió en julio de 1924, luego de la explosión del caldero de una locomotora. El efecto de aquella explosión fue tal que restos del cuerpo desmembrado del vigilante volaron por el aire y cayeron en el sitio donde Miguel había colocado sus velas aquella tarde de junio de 1990. Desde ese momento, Evaristo Montt se convirtió, para la comunidad local, en un intermediario para alcanzar favores divinos, y la animita que instalaron era visitada, cuidada y venerada por muchas personas.
Mientras las velas se consumían, Miguel mezclaba en sus oraciones el nombre de Evaristo Montt con el de su sobrino de ocho meses, quien llevaba algunos días internado en el Hospital Regional de la ciudad, producto de una meningitis que lo tenía en una situación complicada. Con los ojos entreabiertos y las manos en la frente, Miguel pedía para que la vida de su sobrino no se extinguiese como lo había hecho la de su hermano menor a la misma edad, pero veinticuatro años antes. Habrán pasado unos veinte minutos, cuando al levantar la cabeza fue testigo de la agonía de sus velas y se dio cuenta de que la oscuridad y el silencio habían aumentado, en tanto que el tránsito de automóviles y personas disminuía. Era momento de volver a su casa, de ver a su madre, a su esposa y a sus hijos. Se acomodó y cerró su chaqueta, se persignó, masticó algunas palabras sueltas y emprendió el camino de regreso como si quisiese encontrar las pisadas que había dejado cuando venía.
Miguel siguió tratando de alcanzar el sol antes de que se escondiera; siguió caminando por la calle tranquilo, y a esa tranquilidad le agregó alegría; la alegría genuina y real de las personas que recuperaron la democracia; no esa alegría que nos prometieron otros, pero que camuflaron de individualismo, créditos y neoliberalismo. Siguió disfrutando a su Colo-Colo, lo vio tricampeón. Quizás si habrá llorado abrazado a sus hermanos —hinchas de la U, el archirrival— el día que le ganaron la final de la Copa Libertadores de América 1991 a Olimpia de Paraguay. Quizás si habrá seguido saludando la imagen de Evaristo Montt o intentando buscar algún nombre conocido en las placas que aumentaban día a día gracias a los favores concedidos, como ese por el cual había pedido en junio del 90.
Aunque Miguel era contador, trabajaba en lo que había, aprendía y hacía lo que había que hacer. Se ganaba la vida con todas sus letras, siguiendo el ejemplo de su madre viuda desde que Miguel tenía siete años, y que había trabajado vendiendo casi de todo lo que se nos puede ocurrir; se ganaba la vida al igual que sus hermanos y su hermana. Trabajaba para su familia, para su esposa y sus hijos. Así vivió Miguel hasta que una tarde de noviembre de 1992, mientras reparaba la techumbre de una maestranza, su sonrisa se apagó; quizás se cayó, quizás pensó que podía volar; quizás quería alcanzar a su hermanito y a su padre fallecidos. No pudo volar, y el suelo lo recibió abruptamente. No resistió. Una caída fue su pasaporte para encontrar a su padre y hermano; a su madrina y padrino a quienes tanto amaba, y quizás a alguna amiga o amigo que había visto truncada su vida durante los años más oscuros de su patria.
Tres décadas después, un hombre de treinta y dos años junto a su padre entran por la ex Avenida Circunvalación al Cementerio General de Antofagasta. Caminan por una de las calles interiores hasta encontrar una tumba en la que reza un pasaje del Evangelio de Juan: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Ambos se detienen frente a esa tumba, aunque el padre se queda de pie un poco más atrás mientras su hijo se arrodilla y abre la puerta de vidrio que custodia la lápida. Es la tumba de Miguel. El hombre de treinta y dos años recorre con su mano las letras cuidadosamente grabadas, mientras le agradece en silencio por las oraciones, por las velas, por el recorrido que hizo desde calle Sucre hasta Valdivia, y por los minutos que estuvo frente a la animita de Evaristo Montt en junio de 1990 pidiendo por la vida de su sobrino, por su vida. Después, conteniendo la pena, le pide disculpas por no haber podido hacer lo mismo por él esa tarde de noviembre de 1992, mientras deja las flores para su tío, flores para Miguel.
- Flores para Miguel - domingo 19 de julio de 2026


