Noche de San Juan
“Nómadas”, nos autodenominaba mi madre; “gitanas”, cargando cajas de una casa a otra, de un estado a otro. Siempre tirando cosas que luego extrañábamos y conservando otras que, con los meses, resultaban inservibles.
Veinte mudanzas. Siempre guardé la esperanza de que alguna fuera la última, pero el trajín de andar de un lado a otro no se limitó a mis primeros años.
Con cada viaje, salían montañas de triques que terminaban estorbando en la siguiente casa, en la siguiente vida.
En una de esas mudanzas, apilé todas mis libretas. Veinte años de personajes que nunca terminaron de ser nada.
¿Para qué iba a seguir cargando con eso? Pesaban. Ocupaban mucho espacio. Ni yo ni nadie iba a leer dos décadas de borradores mediocres e inconclusos.
Esperé a la noche de San Juan para sacar la pequeña montaña de papel. Uno sabe, cuando ya lo ha hecho antes, que si intentas encender una libreta entera, el centro se resiste a arder.
Por eso fui arrancando hoja por hoja, echándolas al cazo de metal rebosante de alcohol. Ardían de a poco, achicharrándose hasta consumirse.
Interminables.
Tuve que rellenar el recipiente varias veces; incluso fui por una segunda botella.
Tenía los ojos fijos en la pequeña hoguera. El fuego se tragaba el papel.
El humo apestó toda la casa.
Volví a leer algunas páginas, no sabía si conservarlas o quemarlas. Las puse a un lado, las dejé hasta el último.
Unos días después, mi viejo librero se instaló en la nueva casa. Con los años se fue llenando de recetarios, revistas de embarazo, cuentos infantiles, manuales de crianza, autoayuda para parejas.
Y una libreta. Casi en blanco.
Hipócrita
Siempre me pareció una hipocresía de tu parte pregonar a los cuatro vientos las ganas que tenías de morirte, tu letanía eterna “estoy viviendo horas extras”.
Y a la par comer apio compulsivamente y atascar todos los platos de salvado y trigo orgánico.
Igual de hipócrita cuando se te acabaron las “horas extras” y tenías pavor de que te apagara la luz de la habitación. Cuando no querías dormir llena de miedo de irte.
Hipócrita hasta que te cerré los ojos.
Hoy, diez años después, compré un kilo de hipocresía en forma de proteína vegetal.
No querías morirte, querías dejar de ser tu propio lastre.
Saquito rojo
Linda manera de empezar un poema para tu nieta de cinco años:
“¿Quién eres tú, pequeña gran tirana?”.
Mientras que para el resto de tus nietos: poemas plagados de halagos: “manitas regordetas, cabellos dorados, flores y pajarillos cantarines”
Supongo que mi régimen empezó demasiado pronto en la vida.
No te culpo.
“¿Abue, hacemos galletas?”. Galletas de inmediato. “¿Abue, me lees un cuento?”. Las mil y una noches de un jalón. “¿Abue, me haces un saquito para mi muñeca?”. Enseguida sacaste de tu cajón de chácharas un retazo de tela y te pusiste a coser.
Le pusiste tanto esmero. Pasaste horas en eso. Subí mil veces a supervisar tu trabajo.
Tenía solapas diminutas, bolsas a los costados, botones en miniatura hechos con un pedacito de cartón, costuras milimétricas perfectas, un minúsculo dobladillo en cada puño.
Te quedó tan espantoso.
Lo odié por completo.
Ni siquiera recuerdo tu cara al ver mi reacción.
Pero hoy me la imagino.
- Tres microrrelatos de Ivette Espinosa - martes 14 de julio de 2026


