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Ad honorem paginae
(En honor a una página)

jueves 11 de junio de 2026
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Me mira y sonríe desde su blancura, ataviada con líneas azules, cual delgados trazos cósmicos. Es una sonrisa invitante para que, pluma en mano, la colme de manchas de tinta cargadas de sentido y engalane su límpida faceta. Por mi parte, agradezco esa eterna disponibilidad suya para que vuelque en ella los prolijos aleteos de mi imaginación, y lo hago de manera grata, armoniosa, para estar en consonancia con su incondicional entrega.

Ella es también sencillo ejemplo de fidelidad. Si manos atrevidas no la ultrajan, permanece intacta en el lugar que le fue asignado, solamente en compañía del escueto y descolorido tiempo. Hoy, de manera particular, quiero revestir su delicado cuerpo con un racconto que adorne su querida esencia. Helo aquí:

Érase un pequeño vergel con arbustos y variadas plantas de flores, continuamente rozadas por el vuelo de las mariposas. Predominaban allí las matas de rosa, cuyos hermosos pétalos se abrían libremente al aire y al sol.

Pero una pequeña plantita de rosa no lograba crecer ni formar su botón. Resignada de tanto aguardar, ya estaba inclinada hacía un lado, a la espera de su próxima extinción, cuando una tibia mañana se posó sobre ella una mariposita en forma de diminuto angelito blanco, y allí permaneció largo rato. Parecía que estuvieran conversando. Pero finalmente emprendió el vuelo y se marchó.

Días después, la matica comenzó a reanimarse y a crecer, sólo que su estructura era ahora diferente. Ni su tallo ni sus hojas eran verdes, sino de un blanco resplandeciente, y el botón, al abrirse, una nívea y fragante hoja de papel.

No sólo eso. Rápidamente todo el vergel se fue emblanqueciendo, y hojas y flores parecían pulcros pañuelitos blancos agitados por el viento, pero eran inmaculadas páginas esperando ser arrancadas para que las recibieran de escritura. Y cuando la existencia de ese jardín fue del conocimiento de todos, muchas personas se acercaban, sobre todo escritores y poetas, para conservar esas hojas de recuerdo, después de haber plasmado en ellas su bonita creación. Mas pronto advirtieron que eran irrompibles y emanaban una exquisita fragancia floral.

Algún tiempo permaneció activo el preciado vergel, pero un día, una lluvia incesante, junto con una agresiva borrasca, arrasaron hasta con su última brizna de hierba, y quedó convertido en un espeso lodazal.

Sin embargo, la fuerza de la naturaleza prevaleció, y durante la siguiente primavera el terreno suavemente volvió a reverdecer, y en medio del jardín brotó una plantita de rosa cuyas hojas eran límpidas láminas de papel. Así, de nuevo fue surgiendo lentamente el prodigioso y blanquecino vergel.

Thaís Badaracco Febres C.
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