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Dos microrrelatos de Daniel Martínez Rodríguez

sábado 27 de junio de 2026
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Debate

Entrego la obra y espero la decisión del jurado. Me siento complacido por lo que he escrito. Fue un duro trabajo, pero la recompensa está al alcance de mis manos. Ellas y mi cerebro son las responsables de una cosecha que dentro de pocos minutos podría permitirme saltar de felicidad.

El tribunal de entendidos termina la lectura. Casi al unísono me tributan miradas que pasean entre la incertidumbre y el drama. Se miran y, luego de murmurar algunas palabras, concluyen que deben reunirse en privado para decidir el destino de mi faena.

Cierran la puerta y comienzan el debate. En mi curiosidad disfrazada con temores, intento hacer oídos sordos a un careo que nada tiene de secreto. Trato de pensar en otros asuntos mientras los escucho.

El palabreo taladra mis oídos. Uno del tribunal esboza que la obra está cimentada en hechos reales, que permiten a la imaginación crear una naturaleza de sí misma, que las letras son razonablemente objetivas con la realidad. Otro bosqueja que se han escrito faenas a partir de hechos históricos, que operan en la capacidad humana como verdades claras y nítidas. Eso no implica, según el especialista, que el trabajo tenga la misma intensidad de lenguaje y el volumen de atracción de los grandes textos.

Me inquieto; jamás pensé equiparar mi trabajo con los grandes de las letras. Sonrío y noto que alguien detrás de la puerta da un golpe sobre la mesa, buscando la atención de los demás. Les recuerda a los presentes que todo género tiene sus reglas, que lo real es diferente a la ficción. Que la claridad siempre será un sujeto de valor.

Me complace que un literato de tamaña estatura intelectual le dedique a mi obra su universo de conocimiento; sin embargo, me molesta ver cómo se ahoga verbalmente mientras expone teorías que yo ni siquiera conozco.

Habla y habla el erudito esculpiendo su manera de entender, resumir y analizar. Nada de lo que dice lo admito. Por eso su juicio me trae conjeturas que juegan al borde de unos acantilados, coqueteando con definiciones que me aburren.

Una voz femenina con timbre de aprendiz de soprano corta las alas del letrado rimbombante. Le dice que la obra puede ser prematura, que hay azares, pero que su modo increíblemente irónico y certero merece una oportunidad.

La aplaudo en silencio y mi vanidad desea besar su mano. Añoro conocerla y celebrar su buen gusto. Mi gozo es como un batir de alas en la ceniza. La razón: un rugido devora el parlamento de la dama, argumentando que mis trazos son inexplicables perlas falsas.

Me sacude su sinceridad, tanto que la asumo como una bofetada. Siento que me desarmo. Me veo incapaz de encontrar el punto medio de la credibilidad del jurado. Incluso creo que me ahogo en las aparentes mieles de mi éxito.

Otra vez la cháchara más allá de la puerta me invade. Siento que es envidiosa, egoísta y soberbia. Han despertado mis demonios. Doy la espalda a lo que se debate y echo a andar. Ya no quiero perdurar en materia literaria. Jamás pretendí contar la mejor historia. Pero sin olvidar que la literatura es una vía para soñar.

 

El libro

Penetré en aquel libro una noche lejana y brumosa. Caminé sus primeras páginas a través de los silencios. Nada me gustaba más que eso. Sólo era un niño que observaba a lo largo de las avenidas de la imaginación miles de direcciones o, mejor, qué camino tomar.

Era feliz, como si estuviese solo en el mundo. Y una vez que soplaba las velas de mi fantasía, navegaba ante formas de lucha y aprendizaje complejas y vitales.

Juro que a veces caminaba durante horas frente a las páginas de aquel libro cargando dudas y misterios. Palabras que no comprendía, incluso lecciones con kilómetros de sabiduría. Entonces volvía a la realidad. Interrogaba a mis padres con ciertas dudas y, ya en la cama, revisitaba las hojas del texto con más apetito que antes.

Confieso que a veces, algunos fantasmas, crueles e incomprensibles para mi edad, se manifestaban en mi día a día. Escuchaba sus murmullos y los combatía apelando a la lectura y comprensión de aquel precioso libro. Era mi tesoro, mi luz.

La vida continuó. Se estiró mi cuerpo y entendimientos. Mis pisadas por la vida fueron más fuertes y seguras gracias a aquel formidable texto. Fue uno de los secretos de mi buen hacer.

Sin embargo, la existencia está repleta de emboscadas y peligrosas seducciones. Esas que en forma de jauría te atacan sin pedir permiso. Hieren tu alma y devoran la carne del espíritu con una voracidad que asusta y mata.

Fui víctima de esos malos ratos. Durante un tiempo vagué por calles duras y tristemente desiertas. Me escoltaban sombras que como garras de halcón laceraban mi espíritu. Cerraba los ojos y me veía moribundo. Sin otra compañía que el dolor y la desesperanza.

Casi por accidente redescubrí un día el milagroso libro del que mucho aprendí. Envejecía en un estante, mientras era prisionero del polvo y el olvido. Lo tomé en mis manos como se acaricia a una tierna criatura. Le hablé en silencio y le rogué mil disculpas por mi traición.

Me habló con lucidez y sin resentimientos. Devolviéndome a un mejor presente gracias a su relectura. Otra vez inflé las velas de mi imaginación. Navegué por mares antes explorados. Asumí nuevas formas de lucha y bienestar. Recordé a mis padres y coloqué al libro, mi libro, en el más alto altar de mi día a día.

Daniel Martínez Rodríguez
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