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Tres cuentos breves de Daniel Martínez Rodríguez

jueves 21 de mayo de 2026
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¡Basta ya!

Necesitaba escapar, incluso esfumarse. ¿Podría? Aquello se había convertido en su obsesión. Sobre la marcha, ¿qué marcha?, quizás calvario o infierno, dejó de comer y dormir. Sólo podía pensar en cómo buscar una salida.

Se miró en el espejo del cuarto. Los moretones de la última paliza plantaban bandera sobre su rostro y brazos. Incluso el estómago le dolía. ¿Le habría pegado ahí también? Respiró profundo buscando anestesiar los recuerdos. Él no estaba en casa. Más tarde regresaría en busca de su presa favorita, ella.

Se sentó en el borde de la cama. Lloró y se preguntó cómo era posible que siguiera viva. Era más que venas, carne, huesos y corazón. La vida era sólo un soplo de aire. Necesita respirarla a plenitud y sin miedos.

Herida se tendió en la cama. El cansancio aderezado con miedos la sumió en sueños. Desfiló entre amores y comprensión, incluso ante metas donde su vientre abonaba el futuro. Sonrió.

Despertó. Miró a su alrededor. Comprobó que no había paz ni hermosos jardines. Redescubrió que la maldad la asolaba. Estaba en la misma casa, en el mismo cuarto donde recibía más dolores que descanso.

Levantó los brazos al techo y lo asumió como cielo. Respiró hondo y se sintió feliz de saberse viva. Comprendió que nada más necesitaba para ser libre que dejarlo, levantar vuelo. Con el tiempo, quizás un mejor nido. Recogió algunas cosas y se marchó. Cerrando las puertas de aquella casa de horrores descubrió, al fin, la libertad.

 

El pecado

Decían las malas lenguas que su pecado era enérgico y contagioso. Que lo llenaba de palabrería y triste elocuencia. Para las hablas infernales su falta era oscura, casi epidémica, incluso sediciosa.

Un día lo encerraron, en un lugar rígido y tenebroso, donde los inadaptados eran castigados por carceleros de mirada inepta.

Con fiereza pretendieron arrancarle su exceso. Llegaban a pensar que le extirparían aquel mal, que no quedaría nada sucio en él.

Por las noches, en su camastro triste le rondaban miles de ideas en la cabeza. No era menos que los demás. Sólo debía callar, algunos pecados se disfrutaban mejor en silencio.

Con el tiempo descubrió ciertos alivios. Su desliz lo alimentada en mutismo. Renunció al sentirse mal. Los carceleros dejaron de verlo como algo peligroso, inclusive pensaron que les podría ser útil. Alguien menos en quien preocuparse. Un nuevo feligrés de su obtusa rectoría.

En su mutismo comenzó a escribir diarios mentales. Biografías donde percibía su encierro, comprendía que necesitaba continuar con su pecado.

Vivir entre malolientes colchonetas en el suelo, amenazas y falsas promesas no impidió que creciera su espacio de creación muda. Nadie se le acercaba, era un apestado y eso le gustaba. Experimentada una sensación especial. ¿Liberación? ¿Rescate?

Repasó a quienes le rodeaban en su encierro. Manchas casi humanas despojadas de todo hábito de ser. No se consideraba un erudito, menos aún un filósofo en plena revuelta intelectual. Reconocía en silencio que se había consumido, pero no había perdido interés por su pecado. A su manera, era invencible.

A los ojos de los carceleros todo parecía ir bien. Él no vivía obsesionado. Disfrutaba mentirles con líneas silenciosas, mas nunca inocentes.

Un día lo descubrieron. No por la lengua, sino a través de su mirada. Retadora y definitiva. Volvieron a juzgarlo a oscuras y aun así no se sintió humillado.

Le hablaron de vergüenza, de faltas y de una tristeza antigua que se entiende bien en lo oscuro. El golpe lo estremeció; sin embargo, donde los carceleros veían enfermedad él apreciaba la vital fuerza de ese pecado tan familiar y liberador.

Callado, releyó los cuadernos mentales que había escrito durante años de aquella deliciosa y prohibida adicción. En silencio decidió reescribir su historia para entenderla mejor. Sería un método tan profundo y eficaz que a los carceleros les resultaría imposible deshacer.

Su peculiar libro era infinito y estaba al alcance de cualquiera. El libre pensamiento no era pecado para enterrar entre barrotes y privaciones. Era la libertad suprema que debían defender y adorar todos los seres humanos.

 

La desnudez de querer ser

Cuando mis padres me preguntaron siendo un niño qué quería ser les respondí sin un ápice de duda: ¡Quiero ser boxeador! Quizás la confesión les llegó como un golpe al mentón. Tal vez asumieron mi transparente franqueza como una ingenuidad de mi burbujeante infancia. Cuarenta años después mi respuesta atiza la anatomía de mi espíritu. Boxeo frente a páginas en blanco. Perdón, escribo sobre hechos y vidas rotas. Un paralelismo ideal entre el pugilismo y la existencia. Percibo cierto misterio compartido entre ambas profesiones. Se lo he comentado a varios colegas y su risa casi ha explotado en mi cara. Creen que estoy loco. No comprenden que escribir y boxear son una infatigable búsqueda. Un hambre que, cuando crees saciada, brota con furia una y otra vez. Defiendo en silencio la idea de que el camino de los puños y la escritura lo adoquinan los mismos principios. Ambos pagan con la misma moneda, el sobrevivir a toda costa. Sus rostros son casi gemelos, el pegar no es una alternativa es una necesidad. Ambos están empujados por un fin común. La derrota está en cada esquina del ring vital de su particular humanidad. Jamás se baja indemne del cuadrilátero. Tampoco del ring que significa escribir. Ambos dejan huellas. No importa que el instinto de supervivencia y la aptitud te impulsen a triunfar. Sobre esa dualidad siempre sobrevuela la derrota, la imperfección eterna. Un trazo más de lo finito que acompaña nuestra condición. Se quiere resistir, incluso reinventarse. No es de extrañar entonces que el boxeador y el escritor compartan otra verdad. El no saber retirarse a tiempo. Boxear y escribir son actos íntimos y crueles. Sobrevuelan imposibles. Atacan la cordura. Alimentan una agonía necesaria y algo masoquista. Cuarenta años después de aquella respuesta a mis padres, sólo me queda señalarle a mi conciencia algo que trazaré sobre esta página: no se puede ser boxeador, ni escritor respetado, sin haber asumido a los rivales y retos que el ring del destino les deparó. Mirarlos de frente. Pegarle a su anatomía, sufrir la contundencia de su riposta e incluso aceptar la derrota, son verdades que se rebelan contra tu voluntad de ser y triunfar. Sí, escribir es boxear. Es una colosal experiencia. Una absoluta rendición física y espiritual ante la desnudez de los límites del más profundo querer ser.

Daniel Martínez Rodríguez
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