Descansó la espalda en el muro y lo sintió frío y tibio. Igual que un cuerpo humano. Miró hacia el suelo y percibió brotes verdes en las hierbas. Estaban vivas y sin embargo olían a muerte. Estaba de pie y el sol le azotaba una parte del rostro. Suspiró nervioso y murmuró par de palabrotas buscando un poco de valor. Se enfrentaba a la muerte con el rostro de un pelotón de fusilamiento.
Los verdugos lo contemplaron en silencio. Eran casi niños que cumplían órdenes. Sonrió ante sus miradas y se deleitó. Esa era una de sus victorias. Su infancia fue acertada y luminosa, incluso ingenua como debía ser y hace algún tiempo no lo era. Era algo que nadie podía arrebatarle incluso en tiempos de barbarie.
Como flashazos llegaron a su mente un puñado de cosas que creía olvidadas. Recuerdos infaltables, amores frustrados, tímidas conquistas, el amor de sus padres y la solidez de su fe. Precisamente por su apego a sus creencias estaba ahí y ya olía a muerte.
Nunca le gustó la aventura. Jamás defendió el ideal del hombre de acción. De hecho nunca ambicionó serlo. Los hombres de acción eran rehenes de sus prácticas y servidumbres. Incluso de sus valientes impulsos; sin embargo, muchas veces carecían de la protección de la fe.
Su creencia lo había llevado hasta el muro que su espalda juzgaba vivo. Entonces, mientras los verdugos revisaban sus armas, recordó las visitas del cura en su celda. No comulgaban en ideas y religión, incluso en más de una ocasión debatieron de Dios y sus designios. Sobre qué habría más allá.
No hubo triunfador ni caído en los diálogos. El respeto, la tolerancia y la empatía habían adoquinado el recorrido verbal. Así debía ser una sociedad. Extensa, plural e inmensa.
Una voz aflautada y casi cruel gritó: “¡Preparen!”. Los verdugos casi con calma cruel levantaron sus fusiles. Las descargas primero lo borrarían del presente y luego del pasado. Temió y mucho. Nadie lo recordaría. Tal vez algunos de sus victimarios le contarían algún día a su conciencia sobre el hombre que habían asesinado por su fe.
Los homicidas con cara de niños amartillaron sus armas. El plomo había fulminado al lenguaje y la tolerancia. Las palabras se habían agotado. En segundos buscó comunicarse con su fe. Le agradeció su paciencia, incluso su fortaleza. Esa había sido su victoria. También su condena.
La descarga fue casi perfecta. Su corazón dio un vuelco y por un instante se hundió en alguna parte; luego volvió, pero como con una espada clavada dentro. Estaba confundido y preso. El dolor desapareció. Una voz casi melodiosa le susurró en un nuevo idioma algo que siempre él defendió: la palabra es libre, porque la libertad es el alma de cada fe.
- La fe - martes 29 de julio de 2025
- El monumento - jueves 6 de marzo de 2025
- El pintor - jueves 4 de julio de 2024


