Alicia
Hacía meses que intentaba manipularlo según su deseo. ¿No era suyo, acaso? ¿No estuvieron juntos siempre? Es cierto, algunas veces lo había maltratado, o no lo había alimentado como se merecía. Hubo momentos en que lo privó del sueño o lo llenó de toxinas. Lo exigió y lo llevó casi al límite de sus fuerzas. Lo obligó a dejarse tocar y a intimar con otros que no lo respetaron. No lo escuchó cuando se quejaba, cuando le avisaba que algo no estaba funcionando bien. Creyó que siempre la iba a acompañar, sumiso, obediente.
Un día le dijo adiós al alcohol y a los cigarrillos, balanceó la dieta, respetó las horas de sueño. Obvió todas las invitaciones que podrían desviarla de la rutina sana en que se había sumergido.
Estaba convencida de que en pocos meses conseguiría lo que buscaba. A sus cuarenta años, estaba en tiempo de descuento. Los primeros fracasos no lograron cambiarle el ánimo. Ahora, cuando casi se cumplía un año desde el comienzo de la búsqueda, no está tan segura. El golpe de gracia lo tuvo esta mañana, cuando en el baño de la oficina descubrió esa mancha color fracaso.
De todas las traiciones, pensó, la del cuerpo propio es la peor.
Brenda
Está en el baño. No se asusta porque sabe lo que tiene que hacer. Se lo enseñaron en el colegio y su mamá también le habló del tema. Lástima que ella no está. Justo le pasó este fin de semana que está con el papá. Hace poco que se separaron y está casi acostumbrada a esta vida de fotocopia, dos cepillos de dientes, dos camisones, dos tortas de cumpleaños. De a poco va aprendiendo que hay cosas que no puede decir. Ese amigo de mamá que algunas veces aparece, por ejemplo. Nadie le dijo nada pero sabe que es mejor no comentarlo. Tampoco le contó sobre el viaje que están preparando para las vacaciones de invierno. Hoy no fueron, pero otros días van a la casa de los abuelos. La abuela cocina todo lo que le gusta y también lo que le gusta a su papá. Cuando pasa cerca de él le toca la cabeza y le revuelve el pelo suavecito y cuando no está charlando con ella lo mira y parece que esa mirada es también una caricia. Algunas veces el abuelo se sirve una copa de vino, pero la toma en la cocina, no la lleva a la mesa del comedor. En esas visitas él habla poco, después de comer se sienta frente al televisor y siempre encuentra un partido para mirar. Hay días en que se queda sola con ellos mientras su papá va a las reuniones. Cuando están solos recorren librerías, a veces van al cine y muy seguido terminan en una pizzería. Él le pregunta mucho y ella le cuenta las anécdotas más divertidas de los días en los que no se vieron, él se ríe poco, le sonríe, sí, hace tiempo que no le escucha esa carcajada que sonaba cuando estaban todos juntos y ella era más chica. Se la queda mirando y tiene la sensación de que por momentos no la ve, como si ella tuviera puesta una máscara.
Lo bueno es que tampoco escucha más los gritos de su mamá. Ni los llantos, ni los reproches con sordina que eran todavía peores.
El departamento de su papá no es feo, lo que pasa es que está muy vacío. Las cosas que ella va dejando son lo único que rompen un poco la monotonía de las paredes peladas, el piso apenas interrumpido por los muebles imprescindibles. También son lindas las fotos que él puso en la puerta de la heladera, son todas de ella sola y alguna de los dos juntos. Claro que más lindas eran las antes, donde estaban los tres. Aunque su mamá después se enoja, ella, a propósito, deja olvidadas algunas cosas para que le hagan compañía cuando esté solo, para que no quede todo tan marrón.
Sale del baño y lo encuentra en la cocina, preparando unos panqueques.
—Papi, ya soy señorita.
Él deja el bowl con la mezcla sobre la mesada, sonríe y la abraza. Piensa que por fin va a tener algo lindo para contar esa tarde en la reunión de Alcohólicos Anónimos.
Carla
El pánico la tiene paralizada. Los últimos cinco días no hizo otra cosa que estar atenta a su cuerpo. Hoy le parece que tiene las tetas más duras, más grandes. Todavía no decidió qué va a hacer. Podría intentar acostarse con su marido y después anunciarle la buena nueva. Pero difícil que lo logre. En estos dos años que duermen separados ninguno de los dos hizo nada por acercarse. Además, dejó claro desde el principio que él, hijos no quiere. Ella está segura de que tiene una amante, aunque tal vez no. El sexo nunca le interesó mucho y desde que se le pasó la novedad de tenerla no volvió a tocarla. Nunca sintió que la quisiera y tampoco que la deseara. Un poco al principio, puede ser.
El tema es que, aun no querida ni deseada, lo necesita. Nunca fue tacaño con el dinero ni tampoco controlador. No entiende mucho de sus negocios pero sí sabe que hay una cuenta que ella puede manejar a su antojo. Es cierto, fue duro aceptar la idea de no tener hijos. Ella se imaginaba una familia y una familia se conforma con padres y con hijos. En el momento de la decisión cargaba con tantos fracasos, tristezas y desilusiones que el precio le pareció alto pero justo. Es cierto que con su casamiento quedó cancelada definitivamente la posibilidad de un futuro feliz, el que soñaba desde que era pendeja, pero el balance quedó a su favor. Pasó a ser alguien respetable y pudo por fin desentenderse de deudas, sustos y sacrificios.
Unos meses atrás, Marcos entró en su vida y ella tomó conciencia de la soledad que tenía en los ojos, en las manos, en la piel. De cómo su garganta abolía palabras y su boca perdía el disfrute de perderse en otra. De lo diferente que se vive cuando no se es invisible. Se deshizo del miedo y lo recibió como si fuera joven, libre, única propietaria de su cuerpo y de su vida. Olvidó que ambos estaban hipotecados.
La posibilidad de volver a su existencia anterior la aterra. Marcos no la entiende. Él quisiera que esa falta se convirtiera en un cigoto, que fuera luego una mórula, después un blastocito y finalmente un bebé al que ellos amarían toda la vida. Es tan ingenuo. Puede que sea eso lo que la enamoró, un hombre que no calcula, no planifica, no mide cada paso. Donde él vislumbra un inicio amoroso, ella calcula el riesgo de un final.
Por décima vez en el día entra a su cuarto para bajarse la bombacha. Entonces la ve, tímida, segura, pequeña y enorme. Te salvaste. No vas a tener que justificar ausencias y gastos. Qué cerca te pasó el desastre. Qué suerte tuviste. Piensa mientras mira fijo la mancha que pierde sus contornos y parece moverse como cuando se miran las cosas a través del agua.
Daniela
No sabe la etimología de pausia. Asocia meno con menos. Piensa que el término debería ser meno-vida, meno-juventud. Podría hacer un listado con todas las palabras que podría combinar con meno: posibilidades, diversión, belleza, silueta, risas, aventura, salud, amantes, erotismo, sexo, vida.
La vida es extraña, añora algo que siempre odió. El pánico de mancharse en público, estar pendiente de llevar tampones en la cartera, perderse la pileta o estar dolorida durante un campamento. Miedos que superó después de la adolescencia, sólo para cambiarlos por otros. Hacer mal un cálculo, olvidarse de tomar una pastilla y quedar embarazada sin quererlo. O no quedar cuando lo estaba buscando. La menstruación siempre había sido un contratiempo. Recién entiende que es ahora, cuando ya no la tiene, que el tiempo está en contra.
Se le retiró, encima se le tiró y la dejó retriste, reangustiada, redeprimida. Ya no circulan por su cuerpo esas hormonas que le mantenían el culo parado, la piel suave, el pelo brillante. Tampoco ella circula. ¿Puede gustar a alguien ahora que no puede gestar?
Climaterio lo nombró su médica.
Predicción meteorológica para los próximos años: “Se espera que enfrentemos un período de mal tiempo, con tormentas y vientos fuertes. Es importante que tomes en cuenta estas condiciones y te prepares adecuadamente para evitar cualquier inconveniente”.
¿Prepararse? ¿Evitar inconvenientes? Se ríe. Tiene ganas de contestarle al meteorólogo, el señor que sabe del clima, que hay situaciones para las cuales es imposible prepararse. La vejez, el deterioro y la muerte son algunas de ellas.
En pocos días llega su cumpleaños número cincuenta. Quiere acelerar el tiempo y que pase rápido. No lo piensa festejar. Nunca le gustaron los aniversarios. De pronto se le ocurre una idea, piensa que podría inaugurar uno nuevo y recordar cada año la fecha de su última menstruación. Lo haría con una torta de remolacha, con vino tinto o jugo de frutillas. Impondría un dress code rojo y compraría mantel al tono para apoyar platos con rabanitos, tomates, ajíes colorados y cerezas. Adornaría las paredes con posters de películas como Red, de Kieslowski, Rojo profundo, de Darío Argento, con dibujos de buzones antiguos y semáforos prohibiendo el paso. Su entrada sería gloriosa, disfrazada de Papá Noel, no, muy navideño, mejor de Caperucita y con música de los 70, Manal y su “Jugo de tomate frío” a todo volumen.
Atravesaría el salón con tiras de banderitas de mar peligroso y, en la despedida, repartiría como souvenir lápices de labios para las mujeres y camisetas de Independiente entre los varones.
- La mancha venenosa - jueves 30 de julio de 2026


