I
La presidenta cayó como un bloque de concreto frente a todos.
La mayoría pensó que se había desmayado e inmediatamente su seguridad hizo un cerco para que recibiera aire. El médico de seguridad del Estado la revisó y se quedó callado durante varios tensos segundos. No podía creer lo que estaba pasando. Miró a los oficiales a su alrededor y la frase le salió como un hilillo: “La presidenta está muerta”.
El silencio sólo duró un par de segundos y luego dio paso a un conjunto inconexo de gritos y chillidos. Los medios de comunicación, al escuchar atentos el mensaje, no dejaron de disparar cientos de flashes.
El agente Duber, al igual que la masa, se quedó perplejo un instante. No podía creer lo que estaba pasando. Sin embargo, su formación y su sangre fría lo hicieron actuar rápidamente. Comenzó a dar órdenes a sus subalternos para que despejaran a todos, incluidas las autoridades. Éstas tenían que ser llevadas a buen recaudo. Era el momento de actuar rápido y sin titubeos.
Duber sabía que se venían días terriblemente duros e inesperados. Acababan de asesinar a la presidenta frente a los ojos de todo el mundo.
II
La presidenta no sólo era la menos querida de la región, sino que era la más impopular del mundo. Su gobierno no caía por un conjunto de acuerdos políticos maquiavélicos cuyos detalles no serán tratados aquí. Estaba claro que tarde o temprano tendría que caer. Sin embargo, lo que nadie se esperaba era que fuera asesinada de esta manera.
Al siguiente día de perpetrado el crimen, sus principales socios políticos comenzaron a abandonar el país cual ratas en un incendio.
Después de varias horas de análisis, los videos descubrieron finalmente al arma que se había empleado. Todos quedaron estupefactos.
Una mosca asesina. Una de las armas más modernas y letales que se han podido construir gracias a los avances en nanotecnología e inteligencia artificial. Un microdrón que debe ser visto muy de cerca para poder distinguirlo de un insecto. Que no hace el ruido característico de un dron, sino un zumbido muy delicado. Se posa en la piel de la víctima y deposita una mínima cantidad de veneno tan letal que la persona muere en pocos segundos. Semejante arma no tiene forma de ser neutralizada. Su víctima tiene una muerte segura.
Sin embargo, ¿cómo ha podido ser usada dicha arma en nuestro pobre y subdesarrollado país? ¿Alguna potencia o algún servicio secreto tenía la intención de deshacerse de la mandataria? Si bien su gobierno se encontraba envuelto en un conjunto de delitos y actos de corrupción que los medios de comunicación difundían o escondían según su nivel de interés, las políticas que se tomaban con las potencias siempre han sido las mismas: facilitar sus negocios en el país, especialmente en la importación de sus productos y en la explotación de nuestros recursos. Por eso, le cuesta mucho creer al agente Duber, subdirector de la unidad de inteligencia de la policía, que un gobierno o el servicio secreto de un país poderoso se encuentren detrás de este magnicidio. ¿Qué hacer? ¿Cómo comenzar a investigar?
Lo primero que comenzó a realizar el agente Duber es diferenciar lo necesario de lo innecesario. Quien o quienes están involucrados en el asesinato son personas vinculadas con este desarrollo tecnológico de última generación. Es imposible que semejante tecnología se haya podido lograr de forma autónoma en nuestro país. Por eso, debe haber una conexión con inteligencias extranjeras. ¿Cuál ha sido la intención de asesinar a la presidenta? Había que comenzar a construir el cerco a partir de estas variables.
La última, sin embargo, no demoró en ser vislumbrada: un video de treinta segundos se transmitió a través de las redes sociales después de media hora de haberse cometido el crimen. La unidad de recursos tecnológicos de la policía, dado su atraso y su habitual incompetencia, no pudo rastrear el dominio base desde el que se difundió originalmente. Además, dicho dominio había desaparecido desde que los cibernautas hicieron lo suyo, que fue viralizar el video en pocos minutos.
El mensaje era claro: una sombra y una voz elaborada con inteligencia artificial que anunciaba que la presidenta había sido asesinada para comenzar a “purificar” la dignidad del país. Quienes “llevaron adelante” esta acción representan a la población que desea que se “elimine” o se “cercene” la corrupción que ha podrido completamente nuestros sistemas de representación social. Ya no había otra posibilidad ante semejante situación. Pero esto era sólo el principio. Era el primero de un conjunto de acciones que se realizarán para concretar semejante “purificación”.
En otros términos: lo peor está por venir.
III
Siete de la mañana en las puertas del Palacio de Gobierno. Desde diferentes posiciones se veía a los soldados desplegados, dada la situación de emergencia. El vicepresidente del país, que sería investido al mediodía con el más alto cargo, había triplicado a los agentes de seguridad y no quería salir de su despacho hasta no hablar con quienes habían asumido la investigación. Duber y su jefe habían llegado desde hace rato, pero debían cumplir con los protocolos, y ahora con mayor razón.
—Coronel, ¿cómo es posible que hayan pasado casi veinte horas del asesinato y hasta ahora no se sepa absolutamente nada?
El coronel Hurtado, director de inteligencia de la Policía Nacional, ya había preparado sus justificaciones: se había seleccionado un grupo de élite para solucionar este misterio, se estaba recabando toda la información posible y se estaban realizando los debidos entrecruzamientos con la información que las fuerzas armadas y agencias internacionales pudieran tener, etc. Pero lo cierto era que, en torno a este caso, se encontraba completamente perdido. Luego de terminado su breve discurso y ante un asustado nuevo mandatario, a Hurtado no se le ocurrió mejor idea que mirar al agente Duber, a ver si éste podía echarle algún salvavidas. Duber entendió el gesto.
—Señor vicepresidente, este caso es inaudito para nosotros. Nunca en la región se ha usado semejante tecnología para llevar adelante un magnicidio o, me atrevo a decir, un asesinato de cualquier individuo, no al menos de uno que se haya difundido de forma pública. Tenemos contacto con las mejores agencias de inteligencia del mundo y no dude que pronto tendremos el dato que necesitamos para capturar a los responsables. Por ahora, le pedimos que se mantenga dentro de las instalaciones del Palacio y, si es posible, de esta oficina. Antes del mediodía le traeremos alguna novedad.
Lo de los contactos con las mejores agencias de inteligencia del mundo era una soberana mentira que hasta el bisoño vicepresidente podía imaginarse. Sin embargo, su deseo de supervivencia creó la ilusión de que podía ser cierto. Tampoco le desagradó la idea de quedarse en su oficina hasta nuevo aviso. Realmente no quería ir a ningún lado. Es más, no quería el cargo de presidente. Si pudiera, cambiaría su cargo con el de cualquier ministro, pero también sabía que era imposible. En unas horas debería ser investido como el sexagésimo presidente del país. Testigo de lo sucedido ayer, sentía un profundo terror de convertirse en la segunda víctima de tan letal arma.
—Señores, los espero aquí al mediodía para que me den un nuevo informe. Gracias.
Los policías salieron raudos y, nuevamente en la entrada, Duber se esperaba el siguiente mensaje de su jefe:
—Estimado subdirector, lo dejo a cargo de las investigaciones. Yo me voy a mi despacho a comunicarme con quienes pueda para ver cómo solucionamos este lío. Nos encontramos justo donde estamos parados al mediodía. Le voy a pedir que no me haga esperar, por favor. Nos vemos.
El coronel Hurtado subió a su auto, el cual salió disparado hacia la avenida Abancay. Duber se quedó pensativo durante unos segundos, aunque ya sabía lo que debía hacer. Así se lo hizo saber a su chofer:
—Demetrio, llévame a la Parada. Ya sabes dónde.
IV
La Parada es el mercado popular más grande del distrito de La Victoria, en el corazón de la capital. Todos los días se mueven millones de soles en ropa, comida y casi todo lo imaginable que se pueda vender o comprar. Es un maremágnum en que conviven de forma caótica vendedores, público, ambulantes, jaladores y gente de mal vivir. Cerca del parque Cánepa, que es el centro de esta Babilonia, se encuentra el servicio de aparatos electrónicos La Rica Vicky, donde un pequeño grupo de estudiantes se dedicaban a la reparación de cualquier tipo de aparatos, desde una tostadora hasta una computadora de última generación. Dicho puesto se había ganado una gran reputación y venían clientes desde distintas zonas de la ciudad.
Sin embargo, a quien buscaba Duber era al dueño del lugar, que muy raras veces era visto por allí. Se acercó al muchacho que estaba detrás del mostrador y muy sigilosamente le manifestó:
—Dile a Sócrates que Duber está aquí. Gracias.
El joven se pudo ver en los ojos concentrados del policía y no dudó en cumplir con el encargo. Minutos después volvió a aparecer y le dijo al agente “pase, por favor”. Fue así como Duber cruzó una destartalada puerta y comenzó a atravesar un sinuoso conjunto de pasajes que era un pequeño laberinto, aunque ya conocía el camino. Sin embargo, para alguien que estaba allí por primera vez, podía ser sin duda una causa de incertidumbre. Finalmente llegó a su destino. Tocó la puerta y una voz tranquila le contestó “entra”.
—Buenos días, Duber. Te esperaba desde ayer. ¿Café?
El policía agradeció el pocillo y el plato con galletas que se le ofrecía. Después de un minuto silencioso en el que seguro calculó sus palabras, finalmente habló:
—Sócrates, ya sabes que siempre me place hablar contigo. Sin embargo, te podrás imaginar que hoy cada minuto cuenta mucho. Al mediodía debo reunirme con mi jefe. El nuevo presidente será investido hoy y se encuentra aterrado. Seguro ya sabes lo de la mosca asesina. Me imagino que, dada tu experiencia, no necesito darte más detalles. Lo que nos intriga es saber qué fuerzas extranjeras están metidas en esto y con qué intereses.
Duber miró fijamente a los ojos a Sócrates, quien se levantó y comenzó a caminar por la pequeña habitación.
El agente Duber conocía a Sócrates Huamán desde hacía varios años. Sabía que sus padres habían sido asesinados durante la época del terrorismo en Ayacucho y que él había sido criado por un tío que fue el dueño de la casa donde se encontraban en este momento y que Sócrates había heredado tras su muerte. Su talento para los números y los idiomas, así como su concentrada inteligencia, lo llevaron a ser becado para estudiar la carrera de ingeniería de telecomunicaciones en la universidad más prestigiosa de Lima, aunque extrañamente no se tituló y se dedicó a trabajar, eso sí, con peculiar éxito. Era técnico en aparatos de comunicación (aunque la palabra exacta es “espionaje”) cuando se conocieron hace casi treinta años y comenzaron una amistad cuyos detalles podrían ser narrados en otro momento.
—Duber, te dije que te esperaba desde ayer porque, como sabes, la tecnología que se ha empleado para el magnicidio es extranjera y yo soy una de las pocas personas en este país que pueden reconocer su origen. ¿Estadounidense, rusa, china? Ninguno de los tres. Su desarrollo se encuentra en el Medio Oriente. Ya te puedes imaginar qué país.
Duber calló unos segundos. Sabía que su interlocutor tenía el extraño don de dejar boquiabiertos a todos. Esta no sería la excepción.
—Pero, entonces, ¿tú sabes dónde han construido semejante arma?
—No sólo sé eso. También conozco a quien la ha empleado.
El agente se dejó caer en el asiento. Ya no dijo nada más. Sólo miró a Sócrates y éste sabía que podía comenzar su explicación.
V
Cuando fui estudiante en la Universidad, tuve como profesor a Julius Brillman, un especialista en nanotecnología que había cursado su doctorado en Caltech, en la época de Feynman. Era un genio. Su doble nacionalidad, peruana e israelí, le facilitó un puesto en la naciente Universidad de Tel Aviv. Allí sus experimentos con la nanotecnología y la inteligencia artificial le facilitaron su ingreso al Centro de Investigación Tecnológica de Dimona, uno de los centros de investigación militar más secretos del mundo, por la ya conocida posición de Israel en el Medio Oriente. Allí tuvo acceso a experimentos de vanguardia, algunos de ellos sólo imaginables en las fuerzas armadas estadounidenses o soviéticas. Trabajó junto a Abraham Karem en el desarrollo de lo que hoy conocemos como el dron. Todo iba bien hasta que se produjo el caso de Mordechai Vanunu. Dicha filtración de información puso en una situación muy delicada al servicio de inteligencia israelí. Por esa razón, comenzaron a ser más vigilantes con los civiles. Brillman sintió que su posición ya no era la misma y poco a poco comenzó a ser relegado a proyectos menos importantes. Él no dijo nada, dada su naturaleza reservada, pero sabía que había cumplido su tarea allí. Por eso, en una visita a Perú y ante el ofrecimiento de un bien posicionado puesto de trabajo, decidió regresar. Sin embargo, no por ello dejaría de visitar Estados Unidos e Israel con frecuencia.
Curiosamente, en sus clases soltaba de vez en cuando comentarios políticos. Le desagradaba la ruina moral de nuestro país. Le llamó la atención mi pasado en Ayacucho y una vez me invitó una gaseosa y me pidió que le contara lo que sabía de los hechos. Era 1991 y aún se pensaba que Sendero Luminoso podía ganar la guerra. Le conté lo poco que recordaba, pero él me agradeció y luego me convertí en uno de sus alumnos preferidos. Sin embargo, tiempo después supe que había renunciado a la universidad. Pensé que no lo volvería a ver hasta el día en que, de casualidad, me crucé con él en la feria de libros viejos de la avenida Grau. Yo me recurseaba comprando y vendiendo libros, y él había ido a recoger un par de textos que ya tenía separados. Nuevamente me invitó una gaseosa y me contó que había renunciado a la universidad porque tenía un proyecto de investigación en el extranjero. Le pregunté en qué país, pero Brillman sólo sonrió y me dijo que era información reservada. Me conminó a aportar al desarrollo de la tecnología en el país y se despidió.
Pasados algunos años, cuando comenzamos a trabajar para el gobierno (como tú recordarás), pude tener acceso a información clasificada de diversas fuentes. Entre ellas, de un grupo de especialistas en tecnología bélica que asesoraban a diversos movimientos rebeldes en temas de asesinato usando armas muy novedosas, desde píldoras explosivas hasta drones controlados por IA. Los hechos sucedían generalmente en países de Asia y África y, como sabes, nunca se propagaban en nuestros venales medios de comunicación. Estos científicos eran una suerte de mercenarios de la tecnología. Sus nombres estaban encriptados, pero pude reconocer en el apelativo “Llamnrib” el anagrama de mi antiguo profesor limeño. Hoy, después de más de veinte años de todo ello, estoy seguro de que nadie más que él pudo haber perpetrado el crimen. Se encuentra aquí desde hace un tiempo. ¿Trabaja solo o en grupo? Me arriesgo a afirmar que este es un proyecto individual. Brillman debe rondar los noventa años. No tiene esposa ni hijos.
VI
¿Dónde estará Brillman? Esa fue la pregunta que soltó el agente Duber después de escuchar la historia que había referido Sócrates Huamán. Éste siguió dando vueltas en la sala y finalmente se detuvo.
—Tendríamos que empezar a buscar en un lugar.
—¿Cuál?
—En su casa, naturalmente.
VII
Duber le preguntó a Sócrates si consideraba necesario que elaborasen un cerco, pero éste señaló que no. Podían darse con un chasco. Además, de encontrar a Brillman, sólo debían estar ellos. Llegaron hasta una de las zonas menos transitadas de Miraflores. El policía no le preguntó a su amigo cómo conocía la dirección de su antiguo profesor. Imaginó que la respuesta resultaría obvia.
La casa de Brillman era una enorme construcción de estilo europeo con una espaciosa entrada. Sin embargo, todo estaba completamente descuidado. Esa no era una buena señal. Tocaron muchas veces y rodearon la casa, pero nada. Definitivamente, dicho lugar no se encontraba habitado desde hace muchos años. Estaban dando vueltas por la entrada, pensando en qué nuevo paso seguir. En ello, Sócrates se quedó mirando una inscripción que se encontraba en el marco superior de la puerta. No se veía muy bien por la suciedad. Extrajo un pañuelo y el mensaje comenzó a tomar forma.
—¿Qué es? —preguntó Duber.
—Es hebreo antiguo. ¿Qué podrá significar?
Duber quiso llamar a la oficina de análisis de su unidad, pero se imaginó que sería en vano. El nivel de inteligencia de la policía nacional estaba en total decadencia.
—Ya sé —dijo Sócrates, extrayendo un moderno celular de su bolsillo—. Voy a tomar una foto y la voy a enviar a una aplicación que es capaz de extraer y traducir un texto de cualquiera de las lenguas del mundo que se encuentren escrituralmente registradas en internet.
Duber pensó que Sócrates debía seguir trabajando para el Estado, en un alto cargo de seguridad, pero luego recordó el principal motivo por el cual desapareció del mundo oficial.
—A ver, ya casi. Listo. Ya lo tenemos.
Duber miró la traducción en la pantalla y comenzó a rascarse la cabeza: “Dirigirte debes al punto opuesto del Tejado, frente a Armonía, donde Natura desaparece”. ¿Qué diablos podía significar eso?
Los amigos se quedaron pensando largo tiempo en silencio, hasta que Sócrates miró a Duber completamente emocionado:
—Acabo de recordar que en el laboratorio donde trabajaba Brillman en la universidad había un área conocida como el Tejado. Le decían así por la forma y el color de las paredes, que creaban un efecto parecido a los tejados color ladrillo. Allí realizábamos experimentos con electricidad y por eso las paredes se habían diseñado de esa forma.
—Mmm, ¿y por qué Brillman o alguien escribiría ello en la parte superior de la puerta?
—Bueno, Duber. Es la única pista que tenemos. ¿La seguimos?
Duber iba a decir algo, cuando de repente su celular comenzó a sonar. Atendió la llamada y de golpe su rostro mostró una gran preocupación. Le manifestó en pocas palabras a Sócrates que, si era lo único que tenían, debían seguir la pista. El vicepresidente había sido asesinado hace unos minutos con la misma arma infalible y el comandante general de las fuerzas armadas saldría en los medios a declarar el estado de emergencia en todo el país. El Ejército tomaba las riendas hasta que se capturara a los culpables.
VIII
La Universidad de Ciencia y Tecnología de Lima quedaba al otro lado de la ciudad, aunque el anuncio de que la población estuviera inmovilizada hasta nuevo aviso permitió que la camioneta de Duber llegara en sólo media hora. En el recorrido realizó las respectivas coordinaciones para que pudieran ingresar al campus y a la facultad sin problemas. Era 30 de julio y no había casi nadie en la universidad. Las pocas personas que transitaban por allí, luego del mensaje del comandante de las fuerzas armadas, comenzaron a irse presurosas.
Duber llegó a la puerta del laboratorio que Sócrates le había ido indicando. Allí encontraron a un guardia de seguridad que les abrió la puerta. Los tres se dirigieron al “tejado”.
—Bueno, ya estamos aquí, pero ahora la pregunta es ¿cuál es su punto opuesto? ¿Y lo de la Armonía y Natura?
En este laboratorio no había ventanas. Si bien Sócrates se había colocado de manera que ubicaba los puntos cardinales, estaba pensando en cuál sería el punto opuesto al que hacía referencia el mensaje. ¿Dirección?, ¿coordenadas?, ¿verticalidad? ¿Frente a Armonía? La cabeza comenzó a dolerle. Se encontraba en el centro de un complejo contrapunto.
—Estimado Duber, a mi entender la clave del mensaje está en la palabra “Armonía”, pero no logro dar con ella. Lo siento.
—“Armonía” se encuentra el sótano, por si desean saberlo —manifestó el guardia, mientras se rascaba el brazo. Sócrates y Duber se miraron sorprendidos.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, así le dicen los alumnos. En el sótano hay dos laboratorios, uno para las prácticas de física. Los chicos le llaman “Armonía” no sé por qué. Sólo sé que le llaman así. Y al frente se encuentra el laboratorio de química inorgánica.
Cuando Sócrates fue estudiante, recordaba que había un sótano, pero que siempre estaba cerrado. Era un almacén.
—Natura es Naturaleza. Los elementos inorgánicos pueden entenderse como aquello en que no hay “vida”, es decir, “naturaleza” o “Natura”.
—Bueno, pues bajemos.
Mientras descendían por el ascensor, Sócrates recordó haber visto ingresar a Brillman al sótano alguna vez. Tenía una memoria eidética.
—En realidad sí había sido almacén —comentó el guardia—, pero sólo una parte. El actual laboratorio de química inorgánica había sido un depósito especial, usado por un profesor que dejó la universidad hace décadas. Recuerdo que tenía un permiso del rector. Cuando se marchó, todo se reconstruyó y se creó el actual laboratorio.
Llegaron a la puerta del laboratorio frente a “Armonía”. Nada de esto existía en tiempos de Sócrates. Trataba de imaginarse la influencia que pudo haber tenido Brillman en la universidad después de su partida, pero decidió dejarlo para después.
—Mira, Sócrates. Allí arriba. En esa placa. Otra inscripción en hebreo.
El ex espía se tomó unos segundos para responder:
—No es hebreo, Duber, sino griego clásico. Además, no indica palabras, sino números. Y apostaría mi negocio a que son unas coordenadas. Es una dirección.
IX
Faltaba poco para el atardecer cuando llegaron a uno de los condominios más exclusivos de Asia en el sur de Lima. La dirección señalada por las coordenadas daba a una casa frente al mar, alejada de las demás. Era enorme y muy moderna. Por los alrededores no había absolutamente nadie. Duber y Sócrates bajaron de la camioneta y llegaron hasta la puerta principal.
Quedó descartada la posibilidad de entrar de sorpresa, ya que, si era cierto el conocimiento tecnológico del buscado, no querían convertirse en las siguientes víctimas. Tocaron el timbre y una cámara apuntó directamente donde estaban.
—¿A quién buscan?
La voz se había quedado grabada en la mente de Sócrates. Ahora sabía que habían llegado al lugar correcto:
—Doctor Brillman, buenos días. Quizá no me recuerde. Fui alumno suyo en la universidad. Mi nombre es Sócrates Huamán. He venido con un amigo de mucha confianza para saber si se encontraba en Lima. Han pasado muchos años.
Pasó casi medio minuto. Luego se escuchó una respuesta:
—Claro que te recuerdo, Sócrates. Te he estado esperando. Pasen. Les pido que rodeen el hall, por favor, para que no vayan a tropezar con los aparatos.
Estas palabras sorprendieron a Sócrates. Luego sonó un clic y la puerta se abrió. Entraron con cuidado. Escucharon una delicada melodía de piano (¿Schumann, Mendelssohn?) y observaron unas enormes ventanas que mostraban el inconmensurable mar. Pero lo más llamativo era la gran cantidad de objetos desperdigados por diferentes lugares. Como si alguien hubiera destripado a varios robots. Más allá, cerca de las ventanas, estaba sin embargo una sala muy bien ordenada y limpia. Sentado en un cómodo sillón reclinable y con una copa en la mano, yacía un anciano alto y enjuto.
Los intrusos se acercaron. El anciano se los quedó mirando concentradamente, hasta que fue Sócrates el que finalmente habló:
—Cómo está, doctor Brillman. Pensé que no lo volvería a ver nunca más. Es un placer encontrarme nuevamente con usted.
—Sócrates. Estás más gordo y menos melenudo desde la última vez que nos vimos, pero recuerdo tu rostro perfectamente. Te he estado esperando. Veo que pudiste resolver con facilidad mis humildes ejercicios. Tomen asiento, por favor. Les voy a servir un café o una copa, dependiendo de sus hábitos.
Sócrates Huamán calló por un momento. Meditó sus siguientes palabras.
—Gracias, doctor, pero me temo que no podemos aceptar. He venido con el agente Duber para conocer los motivos del magnicidio.
Justo en ese momento terminó la música. Brillman dudó, pero finalmente se levantó y colocó un siguiente disco de vinilo en una máquina antigua y sin embargo bastante bien conservada. Luego volvió a colocarse en su asiento y juntó las manos en un gesto que parecía la concentración de sus ideas.
—Muy bien, Sócrates. Sabía que una mente como la tuya sería capaz de resolver el enigma. Pero antes quisiera decirte algo. No creo que sea necesario explicar con detalles que conozco tu trayectoria, así como quizá tú la mía. Sé que trabajaste para esa terrible dictadura y luego participaste en su caída. Después te dedicaste a asesorar a la policía en casos muy delicados y difíciles. Desde los días de la universidad me di cuenta de tus dotes. Te has mantenido al margen de la publicidad, como yo. Cada uno a su manera. Pero yo ya estoy viejo y retirado. Tengo una enfermedad que seguro me matará pronto. No le temo. Lo que tenía que hacer, creo que ya lo hice. ¿Ven mis juguetes? Debo tenerlos cerca, así como todas esas piezas. Dados mis años, debo tratar de tener las cosas a mano.
En ese lugar se observaban aparatos electrónicos, pequeños y medianos, que Duber y Sócrates trataban de adivinar sin mucho éxito. Parecía que los veían por primera vez. El enorme hall parecía un endiablado taller futurista. Brillman se levantó y comenzó a caminar por entre las piezas.
—Aquí se encuentra una colección de años, oculta en el lugar más seguro del país. Tecnologías inventadas por mí o tomadas de distintos lugares del globo. Algunas mejoradas. Es casi un trabajo de relojero. Si yo fuera un bibliófilo, sería como una pequeña biblioteca de puros incunables. Arriba tengo un computador desde el cual controlo todo. Aunque algunos aún son manuales.
—¿Desde ese computador manipuló al dron que cometió los dos asesinatos?
Las palabras del agente Duber habían sido esperadas por Brillman. Sin embargo, se tomó un tiempo para dar respuesta.
—Estimados amigos, ustedes que sirven a la ley, conocen mejor que nadie la historia de este país. Una historia llena de corruptelas y traiciones, donde los mediocres e inescrupulosos siguen sirviendo a las élites para fines ruines, para acumular fortunas y expoliar a la masa. Un país de asesinos donde la protesta es callada con balas. Siempre ha sido así, pero en estos últimos tiempos el nivel de cinismo ha llegado a tal nivel que, me dije, ahora que estoy retirado, puedo brindar un servicio a mi segunda patria, aquella que también quiero y en que he pasado tan gratos momentos. Desde hace muchos años que me convertí en un asesino, pero, aunque no lo crean, siempre he estado del lado justo. Ustedes saben muy bien cuál es el motor que hace girar la rueda de la historia. Lo único que he hecho en mi vida ha sido convertirme en una pequeña pieza que permita a esa rueda seguir girando.
Duber y Sócrates se miraron y fue el segundo quien tomó la palabra:
—No estoy de acuerdo, doctor. No podemos responder a la sangre con sangre. Si algo nos ha enseñado la historia es que la violencia sólo genera más violencia. Es comprensible la indignación que muchos sienten por ver tanta corrupción e impunidad, pero tenemos armas legales que aún nos permiten luchar. Mi amigo aquí presente representa a esa ley que aún no ha sido corrompida. Igualmente hay abogados, funcionarios y demás personas que no se han dejado doblegar por la ruina moral que carcome a la sociedad. Es una lucha, pero debe ser una lucha pacífica. Tarde o temprano los delincuentes deberán pagar por sus crímenes, pero respetando a la ley y al orden. Sólo de esa manera este país seguirá teniendo una oportunidad.
Brillman escuchó atentamente las palabras de Sócrates. Había creído en ellas durante mucho tiempo, pero luego había comenzado a entrar en un laberinto del que no pudo salir más. Ahora creía en la fuerza de ese laberinto. Pensaba que era la única forma de cambiar las cosas. Por eso, quería persistir en su postura.
—No sé si están entendiendo la situación en que nos encontramos, caballeros. Yo moriré en poco tiempo, pero puedo entregarles todo esto que ven. Sócrates, yo te dejaría todas las instrucciones para que ustedes continúen empleando esta tecnología. Con estos aparatos podrían deshacerse de los malos sin dejar rastros. Así por fin se podría obtener la justicia para los buenos. Piénsenlo. Es una oportunidad única. No deben desaprovecharla. Es un pacto que sellaríamos en este momento. Un pacto por el bien del país que tanto aman.
Duber y Sócrates se miraron y durante un largo rato hubo silencio. Brillman pensó que ello podía jugar a su favor, pero en realidad no fue así.
—Estimado doctor, yo ya dije lo que tenía que decir.
Sócrates volvió a mirar a Duber. Éste tosió para limpiarse la garganta:
—Doctor Brillman, en este momento debo arrestarlo. Le voy a pedir que colabore.
Brillman se detuvo en el centro del hall, entre sus aparatos. Poco a poco fue bajando hasta sentarse entre ellos. Tomó uno pequeño. Duber, como buen policía que olfatea el peligro, sacó su pistola.
—Le pido que no realice ningún movimiento sospechoso.
Sin embargo, Brillman comenzó a manipularlo. Extrañamente, Duber no podía dispararle. Había algo en su interior que se lo prohibía. Sócrates quiso decir algo, pero también calló. Fue un momento en que la respiración de ambos empezó a acelerarse.
—Caballeros, respeto su decisión. No puedo hacer otra cosa. Pero les pido que también respeten la mía. Esta colección que ven aquí es inapreciable y no puedo permitir que caiga en manos de cualquiera. Si he de irme, tendré que irme con ellas. Estimado Sócrates, ha sido un gusto volver a verte. Hubiera preferido que fuera en otras circunstancias, pero casi siempre la vida nos toma por sorpresa. A veces más que la muerte. Acabo de activar este aparato y a partir de este momento tienen quince segundos para marcharse. No intenten otra cosa, porque no hay forma de detenerlo.
En ese momento, comenzaron a escuchar el típico ruido de un reloj. Los amigos se miraron esta vez con los ojos muy abiertos y salieron disparados por la puerta. No se detuvieron hasta que una fuerza los arrojó hacia la arena. La casa había estallado en mil pedazos. El ruido había sido terrible y ahora daba paso a los gritos de las personas que comenzaban a salir del condominio cercano. Muchos objetos habían volado por los aires y habían caído por los alrededores. Comenzaron a darse gritos de auxilio. Todo era un caos asolador.
X
Después de casi media hora, comenzaron a llegar las ambulancias y los patrulleros. Los heridos comenzaron a ser asistidos. También comenzaron a llegar los medios de comunicación para cubrir la explosión, pero habían sido detenidos en la puerta por la férrea seguridad. En los alrededores, pululaban los típicos curiosos para grabar videos de la situación y luego bajarlos a las redes sociales. Todavía tendrían que pasar algunas horas para que el público se enterara de lo que había pasado.
XI
Después de ser asistidos por los paramédicos, Sócrates fue llevado a su casa y el agente Duber fue conducido al Parlamento, donde conversaría con su jefe, con el comandante general de las Fuerzas Armadas y con el presidente de la Cámara de Senadores, a quien correspondía tomar el más alto cargo del país como señala la Constitución. Todos escucharon estupefactos la historia. Ahí se decidió que la verdad, para bien de la república, fuera modificada. Duber, sin embargo, hubiera querido que fuera distinto, aunque también era consciente de que su insistencia sería en vano.
XII
Al mediodía del 31 de julio, con dos horas de retraso, la población miró por las pantallas cómo al nuevo presidente se le colocaba la banda de rigor, mientras los periodistas comentaban la versión que las autoridades difundieron sobre los asesinatos y sobre la muerte de los terroristas. Por su parte, el agente Duber se dirigía en un taxi a la Parada. Le había pedido a su jefe un día de descanso y el coronel Hurtado se lo había dado complacido. Ya el lunes podría comenzar a elaborar los respectivos informes.
En la puerta de La Rica Vicky encontró a Sócrates. El negocio había cerrado temprano por decisión del dueño. Se saludaron afectuosamente y se dirigieron a la chingana de siempre. Aún la cabeza les daba vueltas, pero sabían que un buen almuerzo y unas cervezas los ayudarían. Tenían mucho de qué conversar.
- Tras el cerco - viernes 25 de septiembre de 2026


