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La urna
(del libro Ausencias, de Isidro Ferrer Abizanda)

domingo 27 de septiembre de 2026
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“Ausencias”, de Isidro Ferrer Abizanda

I never view mistakes as failures.
They are simply opportunities to
find out what doesn’t work.

Thomas A. Edison

When you have exhausted all possibilities,
remember this —you haven’t.

Thomas A. Edison

Desde la terraza, el mar se veía azul con crestas blancas en dirección sur; en el cielo, el viento había arrastrado las nubes y aparecía limpio después de la tremenda tormenta. Las nubes densas, grises, casi negras, habían descargado una lluvia gruesa e implacable. El viento había sacudido las ramas de los árboles cercanos; un pino alto y muerto había sido arrancado desde la raíz y había caído en el camino que llegaba a la casa. Otros pinos, en el mismo terreno, estaban en unas condiciones parecidas y era cuestión de poco tiempo que cayeran cualquier día de tormenta o llevados por un vendaval. Había acudido la policía local; no los bomberos, que estaban ocupados con árboles o paredes caídos en otros lugares, o atendiendo fuegos que se alimentaban con el viento del norte.

Isabel miró de nuevo la terraza y el rincón donde estaba la urna que contenía las cenizas de su marido fallecido dos años antes. No se había atrevido a arrojarlas al mar, que hubiera sido un capricho de su marido; prefería mantenerlas allí, tenerlas cercanas, estar en su compañía.

Isabel nunca había visto el contenido de la urna. Aquel día, se le ocurrió destapar el receptáculo y mirar en su interior. La terraza quedaba protegida del viento y no había posibilidad de que sucediera un desastre. Se sentó en una silla al borde de la mesa exterior. Con la mano derecha extrajo una bolsa de plástico que contenía, no las cenizas, sino un pequeño individuo, que, en aquel mismo momento, parecía estar distraído o ensimismado pensando. Isabel se asustó, pero el individuo le señaló que no había nada que temer. Era el espíritu de Gabriel, su difunto marido, con el que había compartido añoranzas, discusiones, emociones íntimas y recuerdos durante los dos últimos años.

“Ausencias”, de Isidro Ferrer Abizanda
Ausencias, de Isidro Ferrer Abizanda (Exlibric, 2025). Disponible en Amazon

Ausencias
Isidro Ferrer Abizanda
Narrativa
Editorial Exlibric
Antequera, Málaga (España), 2025
ISBN: 979-1387944285
202 páginas

A diferencia de otros espíritus que deben buscar dónde ubicarse después de la muerte de los cuerpos, Gabriel se había sentido cómodo en aquel recipiente resguardado. Con la ceniza que contenía, el espíritu había construido un pequeño cuerpo donde albergarse durante el tiempo que fuera necesario; las cenizas eran las suyas y el resultado fue una copia de sí mismo, en pequeño.

Isabel aprovechó para tener una pequeña pelea amonestando a Gabriel por el susto recibido. Aquella noche durmió mal. Aunque la urna había permanecido dos años en el mismo lugar, no sabía dónde colocarla ahora, después de aquella inusitada revelación.

La terraza parecía un lugar inapropiado, y guardarla en la habitación, encima de la cómoda, hubiera levantado sospechas sobre su salud mental. Para descartar cualquier duda, Gabriel la convenció de que su lugar preferido era el rincón de la terraza tan bien escogido por ella. Y la urna quedó allí.

 

*****

 

Gabriel había sido una persona inteligente, tenía ideas brillantes y ocurrencias inhabituales. También, tenía un sentido del humor inusual y no siempre comprendido. Fue una desgracia que le atacara un pez torpedo mientras buceaba. Él, que era una persona experta en circuitos electrónicos, redes de conectividad y mecanismos productores de energía, se había tropezado con un animal de cerebro minúsculo, pero con unas especializaciones celulares que actuaban como placas eléctricas capaces de producir descargas letales para sus depredadores marinos, pero, en principio, no mortales para los seres humanos. Aquella forma de morirse era una ironía del destino.

El espíritu había entrado en el mundo de los espíritus de los humanos, animales y otros seres vivos, inmediatamente antes de que su cuerpo fuera incinerado. El mundo era impresionante, fascinante e infinitamente atractivo. Allí existían los pensamientos, sentimientos, emociones, y todas las respuestas que habían tenido todos los seres vivos desde el nacimiento de la vida en la Tierra.

 

*****

 

Gabriel quedó cautivado, desde el primer instante después de su muerte física, por aquel riquísimo cosmos espiritual. Intentó comunicarse con su familia y amigos para explicar que se encontraba bien, que estaba en un mundo desconocido, animado y deslumbrante; por tanto, no debían preocuparse. Los familiares y amigos estaban en duelo, todavía confusos por el dolor de la reciente ausencia, y no pudieron atender a sus explicaciones.

Lo primero que experimentó como espíritu fue la inconsistencia del significado de tiempo y de espacio, así como la posibilidad de que sucedieran acontecimientos dispares a la vez. El espíritu notó cómo sus ramas se movían con la fuerza del viento; las hojas lanceoladas y cortas resplandecían con un verde plateado a la luz del sol de mediodía mientras recibían la humedad de las gotas del rocío al amanecer, y el árbol permanecía inmóvil como una sombra negra en la noche silenciosa de luna nueva, en la que se oía el siseo sonoro y metálico del espíritu de una lechuza.

Inmediatamente, una ola lo llevó entre las rocas del rompiente cubiertas de los espíritus de bellotas de mar, mejillones y algas. Fue un torbellino o una corriente de aire y agua. Descansó, tomando la forma de una piedra en una montaña, evitando nuevas sensaciones para detener aquel vórtice y poder pensar. Una vez sosegado, se levantó y empezó a volar persiguiendo el espíritu de un ratón. El mundo nuevo resultó ser un caos inquietante.

Gabriel exploró el sentir de algunos habitantes etéreos. El espíritu de una mosca estaba disfrutando de su universo en múltiples dimensiones: objetos enfrente, a los lados, en focos cercanos y distantes; varias imágenes nítidas en distintos planos. Por detrás, el espíritu de un lagarto envió una lengua que hubiera atrapado a la mosca si la lengua no hubiera pertenecido a un espíritu de lagarto y la mosca no hubiera sido un espíritu de mosca.

En otro momento, Gabriel quiso unirse al espíritu de un águila. El placer del vuelo no podía compararse con otra sensación que hubiera tenido antes. A la vez, sintió los espíritus de unas cabras en las paredes rocosas de un pico alto. El águila sintió la alerta y eligió una presa sobre la que centró toda su atención; el vuelo preciso fue vertiginoso y la agresión del ataque, electrizante. Al mismo tiempo, advirtió un terror, pánico en el grupo de las cabras que buscaban una vía de escape. Estas emociones duraron segundos y se disolvieron; los espíritus de los animales no se inmutaron más; Gabriel sintió al unísono el alivio de las cabras y la momentánea frustración del águila.

Comprobó que él podía ser al mismo tiempo espíritu de cabra y espíritu de águila, pero no llegó a comprender cómo un espíritu de cabra podía sentir como un espíritu de águila, y tampoco a la inversa.

Gabriel podía sentirse árbol o prado, pero el espíritu de una planta no podría sentirse al mismo tiempo espíritu de una vaca comiendo la hierba del prado. Parecía haber una jerarquía en el universo de los espíritus y unas limitaciones para determinados espíritus sobre otros, según el criterio de un espíritu humano. O quizás el universo fuera más complejo. Así como el ser humano había creado a sus dioses a su imagen y semejanza, también el universo de los espíritus imaginado por el hombre tenía las limitaciones propias de sus creadores. Gabriel no tenía capacidad para asegurar que había varios universos paralelos construidos a la medida de cada una de las especies; sin embargo, intuyó que tales universos eran factibles.

 

*****

 

Gabriel se propuso un plan de trabajo siguiendo el mismo patrón que utilizaba en sus trabajos terrenales. Se trataría de inducir una red autónoma, autoalimentada por la propia energía de los millones de espíritus existentes. Las unidades de información serían cada uno de los espíritus con sus miles o millones de datos almacenados individualmente, entendiendo por datos los productos en vida, que incluyen instintos, sensaciones, emociones, razonamientos e ideas. El sistema estaría constituido por millones de millones de unidades que acumularían miles o millones de datos.

Las informaciones falsas, contradictorias o parciales, que pudieran llevar a un relato engañoso, serían detectadas también por la misma sistemática; los errores serían autocorregidos de una manera puntual a medida que se iban formulando interacciones nuevas.

En el imaginario de Gabriel, la fábula de los espíritus se mostraba como un universo de pequeñas luces que se encendían y apagaban con intensidades y ritmos distintos, y armoniosos. También eran cantos y melodías, coros polifónicos, llenos de ideas, sensaciones, imágenes y conceptos nuevos.

Desde el espíritu de Gabriel, el paradigma se extendió rápidamente por todo el universo de espíritus. El sistema empezó a funcionar. Gabriel estaba satisfecho y sus cenizas se retiraron de nuevo a la urna de la terraza sin que nadie en la casa hubiera notado ningún cambio. El planeta podía destruirse, pero el universo de las redes interactivas de los espíritus prevalecería.

 

*****

 

Aunque habían pasado miles de años luz desde que Gabriel inició el proyecto, en la Tierra habían transcurrido solamente dos años. Pasado este tiempo, Gabriel fusionó sus cenizas y se transformó en un pequeño hombrecillo que era su imagen y semejanza.

Sentado en su habitáculo, Gabriel estaba cavilando cómo explicar todo aquello a su mujer. De pronto, Isabel abrió la urna y tuvo el susto.

Isabel era una mujer práctica que quería entender las causas y las consecuencias de cualquier acto; no le gustaban las fantasías. Por ello, cuando su marido le explicó en detalle su deambular por el mundo de los espíritus y los logros conseguidos, supo que las ráfagas de viento, la caída del árbol y los fuegos cercanos eran una prueba del regreso de Gabriel a casa.

Isidro Ferrer Abizanda
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