
Iván, un joven que desea a toda costa enmendar el rumbo que ha tomado su vida, y Ariadna, una estudiante cuyas aspiraciones deben vencer el obstáculo de los recuerdos de una vida pasada, son los protagonistas de La balada de un ángel, novela del venezolano Jesús Jaramillo (Sultana del Lago, 2026). Hoy presentamos a nuestros lectores algunas páginas de esta obra.

La balada de un ángel
Jesús Jaramillo
Novela
Sultana del Lago Editores
Maracaibo (Venezuela), 2026
Esta vez, el rostro blanco estuvo tan cerca de mí que era capaz de sentir su respiración, y su olor era algo que jamás había experimentado. Una combinación de rosas podridas y canela molida, tan invasivo como la misma oscuridad del pasillo donde había salido. Sus ojos no tenían vida, pero me aterrorizaban. Estaba seguro de que si se atrevía tan sólo a rozarme me mataría, y no sería capaz de despertarme. Moriría abandonado en el limbo, quizás transformándome en un espectro similar a él. Desperté con la sensación de que estaba a mi lado, ocupando el asiento que el desconocido del bus lado había abandonado. Lo peor de todo el asunto era que el sol había despegado sus alas en el horizonte y se respiraba un aire de bondad. Tenía que dejar de soñar con ese desgraciado, pero no sabía cómo.
Llegué al terminal, y mi padre me esperaba en soledad, con un café recién preparado en mano. En el camino no conversamos mucho, como solíamos hacer, pero estábamos satisfechos de nuestra mutua compañía. Le pregunté cómo había muerto el abuelo, y no supo cómo responder. Se limitó a encogerse de hombros, sin apartar la vista de la carretera. Antes de llegar a casa, nos detuvimos en un pequeño mercado, para comprar los elementos pendientes a compartir. En los pocos funerales a los que asistí en la misma casa, se acostumbraba repartir mucho chocolate caliente, café, comida de todo tipo y al final, cuando sólo quedaban integrantes de la familia, cervezas por doquier. Todo comenzaba de manera silenciosa y respetuosa, y terminaba siendo una buena oportunidad para ponerse al día con los más lejanos. Muchísimas personas estaban tanto en los alrededores de la casa como dentro, en su mayoría vestidas de luto y con gestos de solemnidad. No recordaba lo importante que había sido el abuelo para la comunidad, pues desde su conversión al cristianismo no solamente fue una pieza fundamental para la iglesia, sino también para todos sus vecinos y derivados. El carácter fuerte, posesivo y crudo que mi padre me describía desde la niñez se vio desplazado por una completa mansedumbre, calidez y sabiduría difícil de explicar. El abuelo, en su juventud, había sobrevivido a las guerrillas y hambrunas del país, en medio del crecimiento exponencial de su familia. Sin duda, por lo hecho a lo largo de sus días era un hombre que merecía todo el reconocimiento, algo que no convencía del todo a papá. Ciertamente, le dolía haber perdido a su padre, pero aún no lograba olvidar la tarde en la cual mi abuelo tomó una pequeña maleta, su sombrero y sus libros y se marchó de casa para no volver jamás. O eso pensaba cuando se reencontraron, siendo mi padre un adulto a punto de formar una familia, y mi abuelo un señor perdido en las desdichas de su pasado. A pesar de que había vuelto, demostrando que podía cambiar de la mano de Dios y el resto de sus hijos, mi padre no lo perdonó. Ahora, contemplaba el féretro semiabierto con ojos vidriosos, de seguro anhelando un momento más junto a él.
Al contrario de lo que pensaba, no se derramaron caudales de lágrimas en el funeral. Mis siete tíos presentes, junto con sus hijos, y los hijos de sus hijos, llevaron el luto de manera particular, entre conversaciones casuales, o de recuerdos del pasado, o de planes para el futuro. Con los extraños visitantes fue todo lo contrario, pero no importaba. Todo era posible en esta realidad. En medio de ello, el silencio se adueñó de mí. No había pensamientos, ni malos o buenos sentimientos, sólo una especie de bruma blanca que parecía susurrar ese sonido del silencio que todos conocemos, pero no queremos explicar. Algunos podrían llamarlo tranquilidad, otros quizás libertad, y a mí ni por carajos me importaba darle un tono de identidad. Era sólo mi existencia, y nada más.
Esa noche fue imposible dormir bien, entre los preparativos para el homenaje de la iglesia, el entierro y las conversaciones cada vez más fantásticas de los presentes. Desde temprano, los primos mayores estuvimos atentos a servir a los demás, para luego alistarnos y ser los últimos en salir hacia la iglesia. Al llegar allí, encontré a mi madre sentada en los bancos principales, cuidando nuestros asientos. No sabía lo mucho que la extrañaba hasta ese instante, y se lo demostré con un abrazo adornado de sentimientos perdidos de mi niñez. Mi padre también la abrazó por un largo tiempo, en el cual creí que se derrumbaría. Pero no sucedió allí, ni tampoco cuando el pastor elevó la oración más linda que había escuchado, y mucho menos cuando todos y cada uno de los familiares valientes hablaron en el entierro. En todo ese tiempo, una frase que había escuchado en una melodía antigua se coló entre la bruma de mi silencio: Cuando alguien se va, alguien se queda, y sufre más. Una y otra vez sonaba, una y otra vez vencía.
El entierro terminó a eso de las tres de la tarde, y moría de hambre. Mi madre decidió llevarse a papá a un restaurante donde solíamos compartir mucho, pero no quise hacerles compañía. Quería estar solo con los pensamientos que lentamente comenzaban a acomodarse en los muebles vacíos de mi sala interna. Pensé en Tom Joad, en el bastardo de mis pesadillas, en Paula, en el gerente que me prometió ser un baluarte del nuevo negocio, en el cliente al que debía resolverle la nueva vida, y en mi abuelo. Todos al mismo tiempo, todos por separado, sin ningún orden aparente o necesario. Así como todos los caminos conducen a Roma, en este caso, todos conducían a mi soledad, y a mi necesidad de reconstrucción. Estaba en proceso, era cierto. Pero quería terminarlo ya.
Me detuve en el nuevo restaurante de las cercanías, que contaba con una estructura magnífica y un ambiente afable y pulcro. Dentro, sonaba una versión que desconocía de Lover, a un volumen moderado. Pedí con rapidez un buen plato de milanesa a la plancha acompañado de una limonada, y al despedirse el mesero fue cuando la vi. No era la primera vez que lo hacía; más bien, era la segunda. Ella había estado presente en la iglesia, acompañada por su madre, sin emitir palabra alguna. No le presté atención en aquel momento, pero ahora era imposible no sentirse perdido. Recuerdo cómo los pequeños rayos de sol que se filtraban desde afuera le hacían relucir su larga cabellera tendida sobre su espalda, dibujándole un aura angelical a juego con los hoyuelos que aparecían en sus mejillas en cada movimiento que hacía. Miraba con atención el menú, en busca de un tesoro perdido, sin darse cuenta de que el mismo estaba en sus ojos de color marrón, clarificados a medida que la luz llegaba a ellos. Me pregunté por qué diablos la estaba viendo de esa manera, pues me había prometido que al menos, por un largo tiempo, esto no volvería a pasar. Me estaba engañando como a un niño inocente, pero qué más daba. Ella estaba ahí, sin ganas de ser encontrada y, sin embargo, abriendo una pequeña rendija de infinitas posibilidades.
Antes de levantarme, me hice las mismas preguntas de la canción que sonaba de fondo, esperando esta vez que pudieran ser respondidas de la forma correcta.
¿Can I go where you go?
¿Can we always be this close?
- La balada de un ángel, de Jesús Jaramillo
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