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Fundido en nada

sábado 22 de agosto de 2026
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Estoy aquí, pero ¿qué es aquí? ¿Estoy yo? ¿Soy yo? No me siento, pero sí, tengo conciencia de ser yo. De que el yo que era sigue en mí, ¿o yo en él?

¿Qué habrá pasado? Recuerdo algo enorme, inmenso, que se abalanzaba sobre mí, que se fundía conmigo; recuerdo miedo, más que miedo, espanto; un dolor horrible, insoportable; después, relajación, abandono en una pausa sin límites, sin sonido, sin tiempo. Yo sabía que me había sumergido en esa pausa, y no quería nada más, no esperaba nada, sólo permanecer así, estando o siendo en esa pausa, sin desear preguntarme si aquello sólo era una pausa o algo definitivo. Todo parecía complicado y simple al mismo tiempo como si me hubiese tomado una caja de Lexatin y flotara como dicen que flotan los bebés en el líquido amniótico, sin conciencia de ninguna realidad interior o exterior.

Casi puedo afirmar que ya no estoy allí, aunque aún conserve resabios de aquello, de usos y costumbres de aquello, sobre todo las palabras. Aún no he roto totalmente con lo que fui. Aún me hablo a mí mismo. En mi interior, me hablo, pero no me veo. Desearía sentir un roce, una proximidad, algo que fijara mis límites, pero nada percibo ni en mí ni fuera de mí. No sé si estoy, pero sé que soy. Sé que soy porque me hablo. Me digo: me he muerto, sé que me he muerto. Me digo: estoy bien. ¿Pero sé qué es estar bien cuando no me puedo comparar con nada ni con nadie? Porque no hay nada ni nadie a quien acudir. No hay luz ni oscuridad. Nada de ridículas nubecitas rosadas ni de cánticos seráficos que te aligeren el espíritu, tampoco fuego amenazante, ni siquiera calor, o frío como anticipaba el Dante. ¡Vaya, vuelven los recuerdos ilustrados! Esto empieza a resultar interesante. Sé que poseo esos saberes, que están conmigo, bastará un pequeño esfuerzo para que regresen a mí. Sería interesante que yo y mis recuerdos fuésemos de la misma materia y nos hubiésemos trasladado aquí juntos.

Había otro dolor, lo sé; uno anterior al físico, uno cuya naturaleza no recuerdo, que aparentemente se ha esfumado, pero que se empeña en abrirse camino hacia mí; también lo sé. Fue el que me hizo dudar, el que me obligó a cerrar los ojos durante demasiado tiempo, durante un tiempo que yo sabía que era imposible de mantener, y me condujo a donde yo, en cierto modo, deseaba llegar. A mí y a los que iban conmigo, porque no iba solo. No recuerdo qué provocó esa conducta mía, pero sé que actué así y, también, que no iba solo, aunque todo aquello se haya sumergido en la masa oscura con la que yo mismo me he fundido.

Sin saber por qué y sin solución de continuidad, he llegado a una especie de extraño presente en el que todo se ha vuelto incierto, la supuesta paz en la que flotaba ha desaparecido desplazada por las palabras, ha vuelto el antes, el después, el ahora, el aquí... La duda de si avanzo o retrocedo, si marcho o si regreso. Las preguntas sobre qué ocurrió y por qué, que en principio no me acuciaban, me interpelan ahora en un desconcertante torbellino.

Me embarga el eco de un llanto. ¿Será este el contacto que pedía? No sé si ha surgido en mí o ha llegado a mí. El llanto y yo somos uno. “¡Ay, hijo! ¡Qué tristeza!”. ¡Qué extraño mensaje! No lo oigo; como el recuerdo de Dante, emerge de mi memoria. ¿Seré sólo memoria? Una memoria sin continente, sólo contenido. ¿Y si lo que quedase de mí fuera sólo eso: mi memoria? ¿Memoria de qué?

¡Vuelta a empezar!, aquí, allí, espacio, tiempo, yo, nosotros... Los restos de antiguos parámetros imprescindibles para la vida, pero ahora, sin vida, ¿qué será lo imprescindible? He intentado convocar a personas queridas que llegaron a esta dimensión antes que yo, pero nadie ha acudido para iniciarme. A lo mejor se espera que avance solo, que descubra por mí mismo las nuevas coordenadas, los nuevos ritos, los nuevos usos y costumbres, y que, más adelante, cuando ya no necesite guía, me encuentre con aquellos que busco.

Recuerdo... ¿Esto es recordar? ¿Volver a pasar los hechos, los sentimientos, por el corazón, es recordar o era por la cabeza, por el pensamiento? Quizás lo único que perviva sea el corazón, los sentimientos, y no los razonamientos, las ideas como yo creía. ¿Qué más da si recuerdo? Son imágenes sin visión, sólo sentidas. Mucho más difícil de ser descritas que antes. El tiempo y el espacio, aunque se muestren rebeldes, siguen configurando mis recuerdos. ¿Qué ocurrirá cuando no pueda servirme de ellos para describirlos? ¿Dejaré de ser? Quizás pierda la conciencia de mí y me funda con algo que desconozco pero que no me produce ninguna inquietud. En realidad ya no siento temor, ni angustia, ni siquiera auténtica curiosidad, sólo esta duda inmensa que sustituye a mis anteriores creencias.

Intento mirar fuera de mí para situarme. Pero ¿cómo mirar sin estar, cómo situarse cuando el espacio ha desaparecido? Es imposible. Me falta tiempo para aprender. ¡Qué absurdo, me sobra tiempo! No acabo de comprender lo que significa ser sin tiempo. ¿Seré Dios o, al menos, estaré integrado en él? Imposible, con este aturdimiento es imposible que forme parte de la perfección.

La culpa la tiene el lenguaje, que me sigue jugando malas pasadas, debe ser por su propia esencia: no puede evadirse de utilizar sus referentes habituales. Es imposible servirse de él sin recurrir a los tópicos que lo configuran. Habrá que ensayar un nuevo lenguaje, seguro que aquí ya lo tienen. Tendré que aprenderlo. ¡Mira por dónde!, empiezo a hacer planes. ¿Será una actitud propia de aquí o restos de mis viejas costumbres? A lo mejor aquí se comunican sin lenguaje, a lo mejor no lo necesitan porque todos integran la unidad; cuando yo me incorpore a ella, me comunicaré también de ese modo. ¡Calma! Con tiempo... ¡No aprendo!

Siempre he sido una persona de aprendizaje rápido aunque necesitada de orden y claridad. ¡Vaya! Ahora recuerdo que he sido persona. ¿Estoy aquí para recordar lo que he sido o para descubrir lo que soy y lo que seré? ¿O estoy aquí para desprenderme de todo y sumergirme en una realidad sin memoria, sin límites? Da igual, seguiré el orden que me marque lo que sea que ahora ocupe el lugar de mi corazón.

He sentido un saber. He sabido que la gente me observa a través de un cristal. Imagino que será un recuerdo que aplico al presente y no que yo lo esté viendo o sintiendo. Uno, otro, han pasado algunos, no puedo saber cuántos ni quiénes. No los diferencio. A ellos sí, a ellos sé que los distingo del resto. Sus voces destacan entre todas. Recuerdo sus voces. Ahora me llegan ecos de su llanto. Me llega su dolor, su tristeza. Si pudiera les trasmitiría: “No lloréis por mí, no lo merezco”. Siento que no lo merezco, pero es sólo una intuición, algo más profundo que los hechos que la motivaron, esos aún los desconozco. ¿Aún no están en mí?

El ruido va creciendo hasta hacerse ensordecedor y no distingo los mensajes. Cuando desciende y vuelven sus voces, la atracción que sus palabras ejercen sobre mí se acentúa. ¿Estaré aún un poco vivo? ¿Ellos, sus voces, me suministran las últimas dosis de vida?

“¡Hijo, mío! ¡Qué pena, qué pena tan horrible! ¡Qué sola me quedo!”.

Esa voz, ese llanto tan desolado. ¡Madre, ¿eres tú? ¿Estás ahí? Sé que estás cerca, te siento, tu dolor me impregna.

“¡Cabrón! ¡Cabronazo de mierda! Siempre echándome en cara lo que pagabas por mí: el colegio, la ropa, el club... ‘Tienes que ser consciente... responsable... yo a tus años era...’. ¡Una mierda eras tú a mis años, que la abuela habla y sé bien lo que hacías! Y voy y me encuentro una bolsa llenita de dinero. ¿Para qué lo guardabas, desgraciao? Para nosotros no, desde luego que no, porque no lo habrías escondido. Seguro que era para esa con la que hablabas por el móvil tan empalagoso, que por más que te escondías, nos enterábamos todos. Que hasta mamá disimulaba porque debía importarle una mierda con quién hablaras con tal de que nos llegase el dinero a casa y tú te marchases”.

No sé si he oído bien, si he entendido bien. ¿Eres mi hijo? ¿Óscar, eres tú? Qué reproches tan terribles. ¿Es mi hijo el que habla? Habla de una bolsa. Yo volvía a recoger una bolsa, sí, o eso creo, pero no iba solo. Otra vez aquel dolor, el más viejo, el que me incitó a cerrar los ojos para no ver ¿qué? ¿Mi miedo, mi desolación? ¡Mi vergüenza! ¿Por qué mi vergüenza? Mi hijo habla de una mujer. Hay un nombre: Elisa. Sí, ¡Elisa, vida mía! Ya lo recuerdo. Le leí la égloga y se quedó dormida. Sentí tristeza, pena de mí mismo, de mi pobre yo embarcado en una vida que no era la suya. ¿Pero cuál debería haber sido la mía?

Recuerdo a esa mujer. Era atractiva, intentaba parecer muy joven, falsamente aniñada. Yo le seguía el juego, quería dejarme engañar, reiniciar el camino, recuperar el tiempo perdido, simular que volvía a aquel momento de mi vida en que aún temblaba de emoción ante el misterio. Me dejé llevar por la nostalgia de una fantasía abandonada. Ella me pidió... ¿o yo le pedí? ¿Cuál fue el convenio que nos precipitó sin remedio en este terrible final?

Óscar, me reprochas haber sido injusto contigo, y sí, puede que te exigiera más de lo que yo mismo era capaz de lograr en mi vida de adulto. Pensaba que de esa forma te ayudaría, aunque tal vez sólo me ayudase a mí mismo a cumplir el papel de padre que ansiaba representar. Me echas en cara haberos abandonado, y también es cierto. Me marchaba con frecuencia, pero a trabajar. No, no siempre, ¡a quién voy a engañar!, también me iba con ella, con Elisa, no vida mía, sólo obsesión mía, engaño mío. Con ella olvidaba y me mentía, y me creía mis mentiras. Ella me dijo, sus palabras están en mí: “Tú tienes amigos en Madrid, ¿no? Seguro que podemos colocarles algo, poca cosa para no complicarnos demasiado, sólo sacar algún dinero, para que no me reproches tanto lo que gasto. Mi padre podría traernos...”. Ese es el acuerdo. Así empezó este momento. Así empezó esta muerte mía. Podría haber sido otra, pero fue esta. Empezó, como una aventura que al principio producía más vértigo que miedo, porque “total con esto no pisamos ningún límite o lo pisamos poquito”. Y su risa estallaba, su risa que me imponía desdeñar la realidad, suspender la crítica, olvidar mi propia identidad.

Hablé con José Luis. Sabía que estaría interesado. Y él habló con otro, y el otro con otro, y en poco tiempo se organizó una pequeña red, cómoda, manejable, que reunía una considerable cantidad de dinero a cambio de una discreta cantidad de mercancía que aquel padre nos proporcionaba. Elisa la distribuía y empaquetaba según la demanda, y yo la trasladaba con rocambolescas medidas de seguridad de Sevilla a Madrid.

Perdóname, hijo. Lo siento, lo siento de verdad. Siento mi ausencia, mi locura. No puedes imaginar cuánto lamento no poder abrazarte para quitarte esa rabia, ofrecerte consuelo como cuando eras niño.

“Papá, no sé qué decirte. No me había acercado todavía porque no sé qué decirte. No tengo ganas de llorar. Me he quedado sin saber qué hacer ni qué decir. No esperaba algo así. Esperaba que un día no volvieras, que dejaras una nota despidiéndote y desaparecieras, pero no que murieras. Es raro saber que ya no estás en ningún sitio. Antes no estabas en casa, pero sabía que estabas en alguna parte.

”No es que te necesitase a mi lado, me acostumbré a estar sin ti, a que no participaras en mi vida. Cuando te interesabas por mis cosas, ya se me había olvidado lo que quería contarte o te veía tan distraído que no me apetecía hacerlo. Rompí con Róber, y te lo conté; a los tres meses me preguntaste por qué ya no venía a buscarme. Ni siquiera me dolió, ya había pasado del todo de ti. Te veía como un fantasma que, de vez en cuando, se movía por la casa sin hacer ruido, sin atender a nada, sin ocupar sitio”.

¡Qué madura eres, Alicia, y qué sincera! Siempre lo fuiste, nunca utilizaste las artes de las hijas para conquistarme. Me mirabas a los ojos y me decías lo que pensabas, tranquila, sin rencor, y yo no tenía otra opción que callar, como aquel día que te dije que me iba porque tenía mucho trabajo y me contentaste: “Te has vuelto un mentiroso, ya no te creo nada”. Ibas a cumplir catorce años, lo recuerdo bien porque utilizaba ese pretexto para no estar en casa por tu fiesta. Me dejaste sin palabras, bajé la cabeza y empecé a comprender hasta qué punto estaba errando el camino.

“Óscar se maneja bien, no sé si como tú hubieses querido, pero ahí sigue, muy apoyado por la abuela, que también se apoya en él. Desde el accidente actúa de manera muy rara. Antes de venir para el tanatorio, me dijo que se iba con su amigo Pitu al pueblo porque a su madre le había pasado no sé qué, que si mañana no llegaba a tiempo, me hiciera cargo de la abuela. Flipé. ‘¡Pero, tío, que es el entierro de tu padre!’. ‘¿Qué padre?’, me contestó. Le he visto hablando con tu amigo José Luis, espero que pueda ayudarle.

”Mamá hace tiempo que te expulsó de su vida, se compró el coche que le gustaba tanto y creo que se echó un novio, pero no estoy segura. Tampoco hablo demasiado con ella ni creo que a su hija le contase una cosa así. Nos mira y calla, supongo que se siente impotente para controlarnos o puede que no le apetezca intentarlo.

”Yo estudio todo lo que puedo y sigo soñando con irme a vivir cuanto más lejos mejor. Sé que los echaré de menos, pero no quiero tenerlos cerca, me pesan tanto como te pesábamos a ti. No, no te inquietes, siempre lo he sabido, aunque eso no hacía que te quisiera menos, ahora ya no, ahora no te quiero, pero no olvido que te quise”.

Sí, tienes razón, los dos tenéis razón. No sólo me iba: ¡huía! Primero utilicé la excusa del trabajo. Era verdad que tenía que pasar mucho tiempo en el despacho de Sevilla, pero lo que me negaba a reconocer era que yo había postulado para ese puesto, que me había esforzado por demostrar que era la persona idónea para desempeñarlo. Nunca lo admití. Os hablé del dinero, de mi prestigio en la empresa, pero no de mi necesidad de libertad, de independencia, de vivir la fantasía de volver a empezar.

Al poco de llegar, conocí a Elisa; eso justificó con creces mi conducta y me ayudó a olvidar el resto. Recuerdo que alquilé para ella y para mí una casa fuera de la ciudad, temía demasiado ser descubierto. Recuerdo espaciar mis estancias en Madrid, mis contactos con vosotros. Recuerdo problemas económicos, discusiones, visitas de aquel padre que sólo yo trataba como tal sin querer atender a la evidencia, y, sobre todo, recuerdo el día en que Elisa me preguntó: “Tú tienes amigos en Madrid, ¿no?...”. En ese momento comenzó esta locura.

Es curioso que sean los sentimientos los que arrastran los recuerdos de los hechos. Todos aquellos hechos están ahora en mí, Laura, tú los has convocado apelando a mis afectos.

Me sentía como el protagonista de una película de acción. Iba a escribir un guion; no sólo escribir, sino representar. Me arreglaron uno de los asientos posteriores del coche para guardar “la mercancía”, así la llamaban; me dieron un teléfono de prepago, me obligaron a repetir, como si fuera un escolar retrasado, la información que debía dar a la policía si me paraba, con un montón más de ridículas precauciones. A mí todo aquello me emocionaba, me parecía excitante, era como estar en la piel de uno de mis defendidos o, mejor aún, como ser una especie de Miguel Strogoff canalla. Hasta que empezó a cansarme y quise que terminara. La conducta más original, si se repite sin cambios, de forma monótona, acaba por convertirse en rutina y aburrir. Eso me ocurrió a mí.

“Serás hijo de puta, nos has dejado colgados de la brocha. Si pudiera, te inflaba a hostias. Estamos los seis que no nos llega la camisa al cuerpo. ¿Dónde está el jodido cuaderno? Mira que te había dicho veces que no escribieras nada, que no hacía falta, que con los sobres que te dábamos con el anticipo poniendo la inicial del mote y el número de unidades era suficiente, pero tú ni caso, erre que erre, riéndote de mi saber de picapleitos, como decías, creyéndote muy listo. Así, decías, controlabas todo mejor. Y ahora, ¿dónde está el puto cuaderno? Ramiro dice que se ha perdido en el accidente. Los primos, nada, porque han desaparecido, deben pensar que, como no están en el club, nadie los va a asociar con nosotros. Alfredo, no sabe, no contesta, y Sebas cree que lo tiene la policía y que no sueltan prenda porque aún no han conseguido descifrarlo, y ahí le tienes sin dormir desde que supimos que te habías estrellado.

”Que anda que hay que ser gilipollas para estrellarse contra un tráiler de ese tamaño. ¿Es que no lo viste o ibas atento a la rubia? Y un tío detrás, sentado encima de la droga. ¡Tócate los huevos! ¿Pero en qué pensabas? ¡Me va a dar un infarto como esto no se aclare! Además, con eso de que éramos tan amigos, los otros casi me piden cuentas como si yo fuera responsable de algo. Es cierto que yo sabía de tu lío con una chica y que había sido ella la que te había propuesto el negocio, y también lo del supuesto padre, pero no me atrevería a decir que eran los mismos que iban en el coche. ¡Igual te dio por hacer amigos por el camino!

”A fuerza de darle vueltas, se me ha ocurrido que nos preparabas una mala pasada. Llevabas algún tiempo muy raro, muy distraído. El último día no anotaste nada, y cuando te lo recordé, me contestaste: ‘Me has convencido’. Sería la primera vez, desde el colegio, que yo te convencía de algo. He llegado a pensar que la chica y tú habíais planeado quedaros con todo y largaros, y que el viejo os pilló, pero no entendía qué le hizo sospechar y sumarse al viaje si ya había recibido el dinero del anticipo. Entonces me dije: ¿a ver si el dinero va a estar todavía aquí? ¿A ver si pensaste que cuando el viejo lo consiguiera, iba a librarse de ti como en las películas, y te decidiste a morir matando, que te pegaría mucho?”.

¡José Luis! ¡Eres tú! ¡Aquí estás! Claro, tú no podías faltar. No me extraña que estés tan enfadado conmigo, tienes razones. Tampoco, que prácticamente hayas descubierto los planes, eres muy inteligente, aunque siempre, no sé por qué, insistiese en lo contrario. A lo mejor por celos. ¡Quién sabe!

“Hace un par de días llamé a tu madre. Pensé que, si te habías guardado el dinero, dónde mejor que en casa de tu madre. Se asustó, no me había dado cuenta de que eran casi las doce de la noche. Le pedí disculpas, le di el pésame y, como de pasada, le hablé de unos documentos del despacho que te había entregado. Me contestó que allí no habías dejado nada, pero se puso muy nerviosa.

”He visto a tu hijo al entrar, y me he ido derecho a él; siempre me decías que era el que tenía más relación con la abuela. Le he dado el pésame y le he colocado la milonga de los documentos en una bolsa de viaje. Ni se ha estremecido, me temo que sea tan correoso como tú. Va a ser más fácil con tu madre. En cuanto termine el funeral, le hago una visita, a ver si en persona se atreve a seguir negando”.

“Pues no me pregunta ese amigo tuyo, sí, ese gilipollas de José Luis, el que está hablando con mamá y con la abuela, que si sé algo de unos documentos y de una bolsa de viaje. Se debe creer que me chupo el dedo como dice la abuela, que no he oído en la tele que han encontrado droga. Muy desesperado tiene que estar para decidirse a preguntarme en estos momentos. ¡Qué pedazo de mafia debíais tener montada! Si me esfuerzo, hasta podría dar los nombres de los miembros de la banda.

”Ayer fui a recoger la puta bolsa a casa de la abuela. Me había llamado el día siguiente del accidente para avisarme de que la tenía ella. Me dijo que tú le habías pedido que la escondiera y no se le ocurriera decírselo a nadie, pero que pensaba que ahora la debía tener yo. También, que nunca le habías hablado con tan malos modos, pero que ya llevabas tiempo muy nervioso, como asustado. Y encima, la había llamado tu amigo José Luis a las doce de la noche para preguntarle por unos papeles muy importantes.

”¡Qué poco original eres, tío! La clave de siempre: tu año de nacimiento. Al abrir casi me caigo de culo. ‘¡Hostias —pensé—, en menuda movida debía andar el cabronazo!’. Estaba claro que de llevarla a casa ni hablar. La poli había ido ya a interrogar a mamá, y podía volver en cualquier momento para revolverlo todo. Lo mejor era dejarla allí mientras pensaba algo. La abuela seguía en la sala con su punto, me acerqué para despedirme, y vi que estaba llorando. ‘No llores, abuela’, me partía el alma verla así. ‘No te preocupes, hijo, llorar me ayuda, si no llorase, me ahogaría. ¿Has podido abrir la bolsa?’. ‘No’, le contesté para no meterla en líos. ‘Ven, siéntate a mi lado un ratito’. Y, sin levantar la mirada de su jersey o lo que estuviera haciendo, se puso a hablar. ‘Estaba recordando mi casa del pueblo —sonaba tan raro que pensé que podía haberle dado un chungo por la noticia de tu muerte—. Tu padre me llevaba un par de veces al año a echarle un vistazo —respiré más tranquilo—. Esa casa es mía, ¿sabes?— afirmé con la cabeza—. Todo el mundo sabe que es mía, que yo la heredé; las fincas fueron para mis hermanos. Pero detrás de mi casa, siguiendo el camino del pozo, está la casa del tío Pascual. Está abandonada y casi derruida. Como no tenía hijos, el pleito entre los sobrinos se complicó tanto que aún no se ha resuelto. ¡Fíjate, algunos han muerto! —pasé de seguirle el rollo, me empezaba a aburrir y sólo quería irme—. Esa casa tiene una bodega estupenda, el padre del tío, mi abuelo, la reforzó para esconderse allí durante la guerra. No creo que la gente del pueblo se acuerde de ella, deben pensar que se ha hundido todo. La última vez que fui, la puerta estaba cegada por la maleza, pero estoy segura de que la bodega sigue perfecta’. Me puse alerta: ‘¿Por qué me lo cuentas, abuela?’. ‘No sé, chaladuras que se me ocurren de repente. Antes se las contaba a tu padre’. Me miró con sus ojos tristes, pero tenía esa sonrisita que pone cuando pilla que le estoy mintiendo. ¡Qué grande es! ‘¿Vendrás a recogerme para acompañarme al tanatorio?’, me preguntó volviendo a sus agujas. ‘Sí, claro, en cuanto nos avisen de la funeraria, te llamo’. ‘En la bandeja de fuera están todas mis llaves. Vuelve a dejarlas ahí cuando ya no te hagan falta’.

”Ya está aquí Pitu. Lo que quería decirte es que, ¡a tomar por culo!, la bolsa va a ser mi herencia. Venga de donde venga, lo que hay dentro ahora es mío; me lo voy a guardar y lo voy a usar como me salga de la polla. Adiós, me voy. Mañana no cuentes conmigo, no creo que me dé tiempo a volver, la moto de Pitu está en las últimas”.

¡No, por Dios, no! ¡Óscar, no lo hagas! ¡Espera, no te vayas! No sabes dónde te metes, hijo. ¡Qué te he hecho! ¿Por qué tengo que enterarme de estas cosas? ¿Por qué no me disuelvo de una vez, desaparezco para mí mismo? Esto debe ser lo que los curas llamaban el purgatorio o, a lo peor, es el infierno, y voy a mantenerme eternamente en esta situación angustiosa.

Por favor, José Luis, deja en paz a mi familia. ¡Qué inconsciente he sido! ¿Cómo no he pensado en estas consecuencias? Sí, recuerdo el maldito cuaderno. Los recuerdos fluyen ahora sin dificultad como si una corriente de vida procedente de vosotros los guiase hacia mí y los convirtiera en palabras. Lo dejé con el dinero y el resto de mis cosas en casa de mi madre para recogerlos a la vuelta.

Cambié de planes a última hora. Elisa y yo habíamos acordado viajar juntos a Cádiz, vender allí vuestra droga y marcharnos lejos. Ese dinero nos permitiría empezar en otro sitio, romper con todo aquello. De repente, recordé que un antiguo cliente mío vivía en Barcelona; era de toda confianza y podía hacerse cargo de la mercancía y ayudarnos con lo del dinero. Solucionaríamos nuestro asunto en mucho menos tiempo. No quise explicárselo a Elisa por teléfono; me limité a hacerle unas preguntas acordadas para asegurarme de que le habían entregado la droga, y salí para Sevilla.

Cuando llegué a la casa, salió a recibirme. “¿Y el dinero?”, me preguntó al ver que no llevaba la bolsa que solía utilizar. “En Madrid”, le contesté mientras me acercaba a ella para abrazarla. Me empujó con fuerza y gritó: “¡Carlos!”. El padre abrió de golpe la puerta de la sala y se abalanzó sobre mí empotrándome contra la de la calle. Llevaba una pistola en la mano. “¿Dónde está el dinero? ¡Gilipollas! ¿No creerás que me vas a engañar?”. Lleno de rabia, me pasaba la pistola por la cara. “En Madrid, en Madrid”, repetí tartamudeando, tembloroso por el pánico que me provocaba el arma y por el desconcierto de no haber previsto un cambio de guion que sólo un iluso estúpidamente arrogante como yo podía haber ignorado. “¡Vamos!”, me gritó bajito mientras comprobaba por la mirilla que no había nadie fuera.

A dolorosos punterazos con el cañón me hizo abrir la puerta y salir. Ya en el rellano, se agarró a mi brazo y, apoyando la cabeza en mi hombro, me susurró: “Si alguien pregunta, me llevas al hospital. ¡Tira al garaje!”, un contundente golpe en las costillas subrayó sus palabras. Bajamos solos en el ascensor, Elisa vino detrás con la bolsa de la droga. A empujones me metió en el coche, y clavándome de nuevo el cañón, ahora en las cervicales, me ordenó otra vez en voz muy baja, junto al oído: “Con mucho cuidado. ¿Estamos? No te quito ojo. ¡A Madrid!”.

Y comenzamos el viaje de vuelta. Me sentía agotado. Me exigía un tremendo esfuerzo mantenerme erguido y alerta, contradecir a mi cuerpo que pugnaba por dejarse caer. No se trataba sólo del cansancio por las cinco horas que había estado conduciendo desde Madrid, lo peor era la angustia de saber que mi seguridad dependía de resistir firme y sereno cuando la situación me superaba completamente.

Hacía bastante tiempo que mi mente había incorporado las nuevas conductas imprescindibles para esta segunda vida mía, hasta las había convertido en rutinas. Ir, venir con droga, con dinero, compaginar los horarios de mi trabajo legal e ilegal, lidiar con mis amigos compradores, prestar alguna atención a mis hijos y a mi madre, disfrutar de mi escaso tiempo libre con Elisa, no me suponía ya un problema excesivo. Había aprendido a no confiar, a observar a unos y otros para anticiparme tanto a preguntas indiscretas como a la posible trampa, y, sobre todo, a mentir, siempre mentir a las personas queridas y a las demás, y a fingir ante mí mismo que todo lo que hacía era importante para mí, que me interesaba. Aunque mi cuerpo, en cierto modo, experimentaba todavía la excitación del miedo y la pasión por la aventura, ella, mi mente, comenzaba a aburrirse, a burlarse de tanto enredo. Testigo de mis afanes, parecía quererme alertar: “Chaval, ¿dónde te has metido? ¿Qué pintas tú aquí con esta gente? Vuelve al mundo que abandonaste antes de que él te expulse a ti del todo”.

Lo que ahora me sucedía, sin embargo, era nuevo, era un paso más en la farsa, algo que yo, en mi ingenuidad, no había previsto. La conciencia de carecer de recursos para, llegado el momento, escapar a la previsible represalia, me abrumaba hasta dejarme desvalido; en lugar de estimular mi acción, me imponía el sometimiento o el abandono.

Hasta ahora, había conseguido convencerme de que yo estaba embarcado en esta aventura por Elisa, o mejor dicho, para Elisa, a la que, desde el primer momento, cedí todos los beneficios económicos sin esperar otra cosa a cambio que su cariño, o más bien, la dosis de cariño suficiente para que yo pudiera sostener mi propio engaño. Para esa Elisa que no había tenido ningún reparo en utilizarme, que había observado con indiferencia cómo ese monstruo me intimidaba y que ahora, sentada a mi lado, rígida como una estatua, silenciosa, giraba la cabeza hacia su ventanilla.

No importaba, yo veía su cara delante de mí, sus ojos llenos de rabia, su boca gritando: “¡Carlos!”. Tenía que inclinar un poco la cabeza para poder ver la carretera porque su terrible imagen me ocupaba casi todo el parabrisas. “¡Eh, tío, no te estarás durmiendo —exclamó el hombre—. Tú, no le pierdas de vista, que el muy gilipollas se está durmiendo”. Fue un chispazo de esperanza: Elisa me miraría, puede que con pena, pero sobre todo con ternura, con cariño. La mirada de desprecio que me dirigió fue la gota que colmó el vaso.

“Qué final más triste para tu nueva vida, Miguel. Nunca pensé que pudiera estar en tu funeral. La muerte no era algo que asociase aún con nosotros. Sobre nuestras vidas, sí; juntos o separados, con todos nuestros trajines, sobre eso sí que he reflexionado mucho, ¿pero la muerte? Ni se me había pasado por la cabeza.

”Hasta que no ha venido a casa la policía con sus preguntas extrañas y sus insinuaciones, no he sospechado que podrías estar metido en algo oscuro. Te fuiste, te alejaste de nosotros, lloré, te odié y me rehíce. Cosas normales, de las que le pasan a la gente, sin excesivos sobresaltos, sin misterios. Y ahora resulta que eras poco menos que un gánster. Me han hablado de drogas, de una autopsia judicial, de que las otras dos personas eran delincuentes conocidos, de que seguramente tendrían que venir a registrar la casa, y de más cosas que he preferido olvidar. Menos mal que los chicos son mayores y pueden comprenderlo porque si no, no sabría qué decirles. ¿Cómo podría explicarles que su padre, tan aparentemente empeñado en defender la ley, estaba metido en tales líos?

”Y yo, de viuda, cuando me faltan unos meses para conseguir el divorcio. Esta mañana, cuando han llamado de la funeraria para avisar de que ya podíamos venir a velarte, he estado a punto de pasarle el teléfono a Alicia, pero me he parado a tiempo. No era justo que ella asumiera toda la responsabilidad. Hubiera querido no venir, no tener que presentarme hipócritamente doliente ante la familia y los amigos, no tener que desempeñar este papel de viuda sin sentirlo. Entiéndeme, no es que no me afecte tu muerte, no me he vuelto tan dura, es que la siento como la de un familiar lejano, alguien con quien no te unen lazos directos y que, en tu memoria, está asociado a un conflicto confuso que prefieres olvidar o, al menos, mantener alejado.

”He venido por los chicos, por hacerles compañía, sobre todo a Óscar, que anda cada día más despistado y más rebelde, y por tu madre, que se queda la pobre tan sola sin ti, porque tu hermana ya ha avisado que tiene problemas con los vuelos y que no sabe si podrá venir. A lo mejor, también por mí misma, por mucho que reniegue, porque no me atrevo a hacer en público una manifestación tan clara de ruptura. Ya sabes: los prejuicios. Siempre me han pesado demasiado. Me he liberado de muchos, no creas, pero aún me quedan.

”El caso es que sigo aquí sentada al lado de tu madre, sin sacarle más que monosílabos porque parece hipnotizada con la vista del féretro, no he conseguido llevármela a tomar algo, sólo se ha levantado para ir al servicio”.

¡Laura, me alegro de que estés aquí! Sentía lejana tu presencia, no estaba seguro de que estuvieras. Debías estar callada por dentro y por fuera, concentrada en ti misma como acostumbrabas a hacer en tus enfados.

Sé que es poco lo que nos queda por decir, pero si evoco nuestra vida, te recuerdo con mucho cariño. ¿Me creerías si te dijera que fui feliz a tu lado? Yo que siempre andaba quejoso, persiguiendo sueños, imaginándonos en situaciones distintas de la que teníamos. Tú eras tranquila, reposada, sabías disfrutar el presente. Dabas por hecho que nuestra vida era buena sin reparos, que nadie podría ponerle objeciones. Te burlabas de mis ensoñaciones, de ese vivir mío sin reposo persiguiendo metas confusas. Me decías: “Como no madures pronto, cuando los chicos lleguen a la adolescencia, me voy a tener que ir de casa”. Y el que se marchó fui yo.

La dirección del despacho de Sevilla te pareció una oportunidad magnífica. Estabas de acuerdo conmigo en que debía ir solo, asumir mi reto, encontrar mi lugar y el de mis sueños. Vosotros vendríais después. No era posible cambiar de colegio a los niños iniciado ya el curso, y dejar tu trabajo de la noche a la mañana no había ni que pensarlo. Ya volveríamos a tratarlo cuando se acercase el momento. Al comprobar lo fácil que había resultado convencerte, mi cariño por ti y mi amor propio se resintieron, pero valoré lo positivo de tu actitud y cumplí con mi parte.

El siguiente curso llegó y avanzó sin que mencionásemos el asunto del traslado. De nuevo mi orgullo se sintió herido, aunque, con el tiempo, acabé por aceptar que estabas cortando los hilos que nos unían y me dejé arrastrar sin oposición por la corriente que me apartaba de ti, de vosotros, hasta que me fue imposible remontarla.

Me he muerto sin saber si el cambio ha merecido la pena, si es mejor sustituir un estilo de vida por otro o, por el contrario, se debe intentar acomodar los propios sueños con la realidad en la que uno vive. Si lo hubiese podido hablar contigo, seguro que lo tendría más claro, tú me ayudabas a descubrir mis propias respuestas.

“Hijo, hijo mío. Mi Miguel, mi niño. Estás ahí, encerrado. Desde que he llegado no dejo de mirar esa maldita caja en la que te han metido. No dejo de esperar que de repente salgas para decirme: ‘¡No te asustes, mamá, es una broma!’.

”¿Te acuerdas cuando de pequeño te escondías bajo tu cama y yo hacía que te buscaba por toda la casa, y te llamaba muchas veces hasta que llegaba donde estabas y oía tu risa? Levantaba las faldas de la colcha, y tú salías riendo y haciendo ‘¡Uhhhh!’, y me decías: ‘¡Vaya susto que te he dado!’. ¿Te acuerdas? Pues así estoy todo el día, esperando que me demuestres que esto es sólo un juego y que ya podemos ir a merendar y ver la tele.

”Un día no estabas debajo de tu cama, por más que te llamaba no oía tu risa. Muerta de miedo, revisé todas las puertas y ventanas hasta que se me ocurrió mirar bajo la mía; allí estabas, dormido. Te saqué con mucho cuidado, y llorando como una tonta, te acuné un buen rato como si fueras otra vez muy pequeñito. Cuando te despertaste, me pediste la merienda”.

Mamá, ¡qué recuerdos! Tu ternura aparta los sufrimientos que me producen los otros. Los demás recuerdos me han asaltado, me han agredido, pero los recuerdos que tú me haces evocar me dan paz.

“Para controlar estas ganas locas de salir corriendo que tengo desde que he llegado, me he dedicado a repasar situaciones en las que fui feliz a tu lado. Me han venido muchas imágenes bonitas a la memoria, tantas que me he dado cuenta de lo injusta que he sido al pensar que nuestra vida juntos había sido un desastre. Me parece una buena forma de despedida. ¿No crees?

”Después, hasta me he atrevido a rebuscar en los últimos años, a localizar entre tanta rabia y tanto rencor algún momento en el que me hubiera sentido bien, y he recordado el pasado cumpleaños de Óscar. Los chicos habían decidido que se encargarían de organizar una comida en casa. ¿Te acuerdas? Nos sentaron a la mesa y nos sirvieron como dos camareros profesionales, y nosotros entramos en el juego con gusto, sin recelos ni reservas, como hacía mucho tiempo que no nos tratábamos. Para ellos la sobremesa duró poco, enseguida se fueron con sus amigos. Yo también debía marcharme, había quedado con Daniel, pero, en lugar de hacerte notar que tenía prisa, te pregunté si querías otro café. Me miraste como hacía mucho tiempo que no me mirabas y me dijiste que sí. Te lo serví, me senté frente a ti y comencé a fabular con la posibilidad de pedirte que te quedaras. Sin darme cuenta, miré el reloj; al levantar los ojos, vi los tuyos, me pareció que ya no tenían el brillo de antes. Te bebiste de un trago el café y te pusiste de pie. ‘Muy rico todo. Hasta pronto’, dijiste, y te marchaste.

”La verdad es que, así contado, parece un mal recuerdo, pero ese momento en que te volví a ver como el hombre al que había deseado es la última memoria feliz que tengo de ti, y la voy a conservar por encima de este asqueroso drama”.

Laura, ¿de qué tarde hablas? ¿Me fui? ¿Adónde? Digo Elisa, pero no sé por qué.

“Sabes, hijo, estoy pensando que me voy a casa. Ya me he convencido de que no vas a salir, que esta vez es la definitiva, y no me queda otra que resignarme. Me quiero ir a casa para poder llorar a gusto, a gritos si hace falta, sin tener que escuchar las frases tontas que me dice la gente. Cuando ya no pueda llorar más, entonces, podré empezar a acostumbrarme a estar sin ti.

”También quiero irme para llamar a Óscar. Tengo que estar sola para hablar con él. Le di tu bolsa, ¿sabes? Bueno, yo..., verás: me estoy temiendo que, por intentar ayudarle con ‘aquello’, le haya podido meter en un buen lío. Voy a ver si le convenzo de que lo mejor es que vayamos juntos... No, de esto no quiero hablar ahora, ya te lo contaré cuando esté todo resuelto. Ahora sólo quiero pensar en ti”.

¿Laura, eres tú? ¿Mamá? ¿Por qué tienes que llorar tanto? Adiós, mamá.

Ya casi no entiendo lo que decís. Las palabras flotan y estallan como pompas, sin dejar huella en mí. No comprendo las vuestras ni encuentro las mías. Siento que me voy alejando, regreso a esa sustancia oscura sin referentes ni límites de la que venía. Regreso a esa pausa de paz de la que me hicisteis salir.

¿Quién soy? No sé... ¿No soy...?

Carmen Menéndez Martínez
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