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martes 10 de febrero de 2026
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Abandono las manos sobre el teclado del ordenador y fijo la mirada en el documento en blanco recién abierto en la pantalla. Me concedo un instante para añorar el tacto del papel y el bolígrafo; sólo un instante, no puedo permitir que nada me distraiga de la conciencia de que mis manos permanecen inmóviles, desatentas, ajenas a mi deseo de que se apliquen a traducir en palabras impresas los chispazos de creatividad que me despertaron con sobresalto esta mañana.

Nada, no reaccionan, como si el relato que entonces fluyó con naturalidad de principio al fin en el interior de mi cabeza ahora no fuera más que un balbuceo inútil, un amontonamiento de hechos inconexos incapaz de convertirse en estímulo para ellas.

Las observo anhelante confiando acaso en que antes o después se animarán y comenzarán a actuar; en que, en algún momento no lejano, reconsiderarán su rebeldía y reaccionarán a la memoria de aquellas inspiradas escenas que me complacieron cuando aún no había abandonado del todo las últimas imágenes del sueño. Pero eso no ocurre, continúan quietas, ni siquiera en alerta, maliciosamente inertes, convencidas sin duda de que ningún mensaje perentorio llegará de mi parte para alterar su reposo.

El tiempo se acelera dentro de mí como una amenaza de la proximidad del desaliento. En mi mente flotan retazos deshilvanados de historias que acrecientan mi sentimiento de impotencia para elaborar mensajes coherentes. Los músculos se atirantan, la garganta se seca. Necesito moverme, descansar de esta inacción que comienza a agotarme. Me levanto y avanzo por el mismo pasillo de mi infancia para dirigirme a la cocina a beber agua.

Con naturalidad, mis recuerdos se avivan e invaden mi presente:

Absorto frente a mi cuaderno escolar, veo los números efectuar extraños bailes delante de mis ojos sin que me decida a aplicar ningún remedio a su falta de cordura. Conforme el espectáculo va perdiendo interés, surge en mí, una vez más, la necesidad acuciante de huir de él. Me levanto evitando hacer ruido, y camino muy despacio por el pasillo en dirección a la cocina.

Sé que ella está allí, sentada junto a la ventana, concentrada en su labor. Sé también, para mi pesar, que de su vientre abultado parece surgir una especie de halo que la envuelve y la mantiene al margen de cuanto la rodea. ¡Tin, tin! suenan sin tregua sus agujas de tejer, rítmicas, soñadoras, y el tejido crece velozmente entre sus manos sin que, en apariencia, tal actividad le exija ningún esfuerzo.

Con saña hacia mi persona, intento demostrarme que he perdido mi condición material, que puedo pasar ante ella sin que repare en mi presencia porque, por motivos que no puedo explicarme, en estos últimos meses he tenido múltiples oportunidades de comprobar que me encuentro excluido de su área de percepción. Y así, protegido por mi pretendida invisibilidad, avanzo casi de puntillas hacia mi destino.

Cuando cruzo frente al vano de la puerta, una fuerza extraña me obliga a mirar al interior: sus ojos me observan. La sorpresa me detiene, y aunque la conciencia de mi error no alcanza a paralizarme, me provoca un difuso malestar que resta consistencia a mi oscuro resentimiento. Mientras se cruzan nuestras miradas, el tintineo de sus agujas no cesa. Imagino que puede tratarse de una melodía que ya vaya a acompañarnos siempre.

—¡Otra vez! ¿Adónde vas otra vez? —su voz suena a cantinela aburrida.

El desconcierto que me causa oírla me impulsa a acelerar el paso, pronunciando al tiempo un “a beber agua” tan evasivo que casi es inaudible para mí mismo. Pero su voz no ceja, me persigue, se expande por los espacios que le son habituales y, en la predecible salmodia materna, continúa:

—¿Has terminado los deberes?

Amparado en la distancia, eludo una nueva respuesta.

Con un pequeño impulso me sujeto al borde del fregadero y abro el grifo de un manotazo. El sonido del agua resulta mucho más elocuente que mis posibles confusas explicaciones.

Su voz se detiene junto a mí para observarme paciente.

—No bebas del grifo —me recuerda.

Un segundo impulso, y meto la boca bajo el chorro para absorber en rápidas bocanadas toda el agua que recibo antes de que mis pies regresen al suelo. Satisfecho de mi hazaña, aprieto los labios en un gesto provocador que dirijo a la lejanía de la sala, ahora en silencio.

Recurro a la manga para secarme la cara y, en ese momento, reparo en las gotas que cuelgan de los puntos de mi viejo jersey. De una en una las voy proyectando lejos de mí disparándolas con la punta de los dedos como si de cristalinas minúsculas canicas se tratara.

—¿Cuántos jerséis tendrá ya ese niño de mierda? —me pregunto dando salida a tanta envidia mal disimulada.

Al regreso, impulsado por un impreciso sentimiento de culpa, acudo a su lado procurando atenuar el sonido de mis pasos. Me detengo a cierta distancia de su sillón, quieto, callado, con los ojos fijos en ella, en un terco intento de confirmar mi triste hipótesis. En esta ocasión es mi mirada la que convoca la suya. Su rostro, al dirigirse hacia mí, expresa cariñosa contrariedad.

—Anda, perezoso, termina las cuentas.

Tin, tin, subrayan sus agujas.

Para no cortar el delicado hilo que nos une, retrocedo de espaldas hasta chocar con la puerta. Giro rápido, y corro hacia mi cuarto.

Junto al fregadero, sonrío a mis recuerdos mientras bebo a pequeños sorbos el agua de mi vaso de adulto.

No sabría calcular cuánto tiempo duraron aquellos precoces celos, creo que había perdido incluso la memoria de su existencia; sin embargo, siempre ha resonado en mi interior ese misterioso tintineo que por aquella época acompañó el vivir de mi madre y el mío. Acudía y acude a mí como los ecos de una melodía infantil que se presenta asociada a los momentos más dispares y nos anima a tararearla aún a sabiendas de que hemos olvidado su letra. Admitiría sin reparos que ha sido esa música la que me ha traído hasta aquí remedando el sonido embaucador del instrumento del famoso flautista.

Sé que, si completo el antiguo recorrido y regreso a la sala, el vacío de su sillón ya no me ayudará a calmar mi inquietud, pero presiento que en sus dominios podré recuperar algo de aquel don suyo para armonizar mágicamente cabeza, corazón y mano, independizada además de la atenta vigilancia del ojo.

Durante una etapa de mi vida, yo creí haberlo heredado sin limitaciones. Gracias a él, logré convertir sentimientos y pensamientos en hermosos relatos escritos sin necesidad de esforzarme en exceso ni que mis ojos tuvieran que abandonar la contemplación gozosa de la realidad que me rodeaba.

Ignoro por qué causa o en qué momento de mi largo deambular de escritor, dejé de cuidarlo y fomentarlo como ella hacía, ni cuándo las misteriosas conexiones comenzaron a desvanecerse y la escritura se convirtió para mí en un trabajo desalentador.

Devuelvo el vaso a su lugar y, con un gesto de resignada incertidumbre, regreso a mi tarea. Sin saber por qué, lanzo una rápida mirada a la sala cuando paso por delante de su puerta.

Allá, al fondo del pasillo, en mi antigua habitación, el ronroneo aburrido del ordenador me reclama. Me siento ante él resignado a perder un segundo asalto pero, para mi sorpresa, compruebo al instante cómo mis manos, recuperando su posición sobre el teclado, comienzan a moverse con decisión. Leo en la pantalla:

Absorto frente a mi cuaderno escolar veo los números efectuar extraños bailes delante de mis ojos...”.

Carmen Menéndez Martínez
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