
Lo que nos hace decir Ella es muy femenina, o Él es muy masculino, corresponde (...) a la máscara que adoptamos (...) para actuar en el mundo y ser aceptados, que depende de lo que la cultura en un momento dado conceptúa como “mujer” o como “hombre”.
Luz Marina Rivas, La novela intrahistórica
La ficción señala, a veces, patrones culturales, prejuicios y estereotipos en un contexto histórico preciso. Y los escritos basados en los mitos son fuentes de información sobre ciertas situaciones de desigualdad que, especialmente, sufren las mujeres.
En la antigua Grecia, existen obras como Ilíada (1999), de Homero, incluyendo tragedias como Hipólito (2010), de Eurípides, que ilustran la percepción negativa de la sociedad de antaño sobre la mujer. Por consiguiente, enfocaremos este artículo en la noción de masculinidad y feminidad.
En el mito de las amazonas, se presentan guerreras violentas que rompen con el rol de subalternas y fundan una ciudad, Temiscira, donde impera el matriarcado. Por lo tanto, transgreden los valores considerados propios de la feminidad. Según Kate Millett en Política sexual (2010), estas cualidades aluden a la pasividad, la debilidad y el nulo entendimiento.
Las amazonas son bárbaras no sólo por ser extranjeras, sino por atreverse a desafiar el orden establecido regido por los hombres. En tal caso, no pueden calificarse como “femeninas” porque no permiten que las sometan. Además, para el horror de los griegos, estas devotas de la diosa Artemisa se cortan el pecho derecho, según algunas traducciones del relato, para convertirse en mejores arqueras.
Estos actos (cortarse el pecho, luchar contra los atenienses y generar temor en una población misógina) las define como “masculinas” en el sistema patriarcal de Occidente y otras culturas androcentristas.
Si leemos con atención los textos de Kate Millett, Política sexual (2010); de Luz Marina Rivas, La novela intrahistórica (2004), o de Simone de Beauvoir, El segundo sexo (1949), descubriremos que la masculinidad refiere a lo activo: la fuerza, la inteligencia y la agresividad, algo que jamás podría ser, según algunas sociedades arcaicas, una mujer. Esto se perpetúa tanto que, por desgracia, se encuentra vigente en el siglo XXI.
En relación con la “masculinidad”, los griegos representan el machismo y la misoginia. Su patrona no es la diosa Artemisa, matrona de las amazonas, sino Atenea, protectora del patriarcado. La mujer, estimada como propiedad y no como ser humano, debe soportar las injusticias con resignación, “atributo” vinculado con la visión de feminidad avalada a través de las deidades y figuras mortales.
Hera, reina consorte del Olimpo, comparte su papel de guardiana con Atenea, pese a ser avergonzada por las infidelidades de su esposo Zeus tanto con hombres como con mujeres. Si tomamos en cuenta estos antecedentes tanto en la mitología como en la sociedad de la época, entenderemos con satisfacción por qué las amazonas se sublevan contra los escitas.
En la Grecia antigua, Eurípides crea Hipólito (2010). Esta tragedia habla del hijo del rey de Atenas, Teseo, y la amazona Antíope, que, según discutibles versiones, traiciona a sus hermanas al renegar de su tierra (Temiscira). Esta deslealtad de la madre de Hipólito ilustra la naturaleza vasalla de las mujeres que apoyan una estructura social que las oprime.
Es apropiado comentar que Teseo rapta a Antíope, una humillación, y que en Atenas iba a convertirse en una subalterna más de la ciudad. Fedra, esposa de Teseo, y su nodriza, son ejemplos de lo que quizá puede consistir su destino: la rueca y el gineceo.
Volviendo a Hipólito (2010), de Eurípides: el protagonista, cuyo nombre titula la obra, expresa una marcada aversión cultural hacia las mujeres: “Oh, Zeus, ¿por qué este mal sucio para las gentes, las mujeres, pusiste bajo la luz del sol? Pues si sembrar querías el humano linaje, fuerza era causar eso no desde las mujeres” (p. 104). Este reclamo del descendiente de Antíope delata el discurso dominante en la Grecia clásica y los gustos del individuo (no es casualidad que se queje con Zeus), y hace referencia a los patrones compartidos en las distintas sociedades, aunque existen civilizaciones abiertas de mente, como la egipcia.
El final de Hipólito se origina a causa de una ofensa: aborrece a Afrodita y venera a Artemisa, como su madre. Es decir, él anhela mantenerse casto. Por ende, tiene que ser eliminado, como las tropas de Temiscira, mediante los atenienses o la traición.
El mito de las amazonas es usado por los griegos para dar advertencias a las mujeres de su pueblo: si se atreven a alzarse contra el orden establecido, serán vencidas y domesticadas otra vez.
Esta amenaza constituye una fórmula de control, pero evidencia el miedo de los hombres hacia la ruptura de su sistema. No es por azar que surjan versiones en las que la madre de Hipólito, Antíope, lucha contra sus hermanas por un varón que la degrada al papel de amante.
Independientemente de la intención antes mencionada de los griegos,1 el relato de las amazonas es uno de los más apasionantes porque cuestiona los mandatos imperantes.
Las amazonas pertenecen a un orden matriarcal. Esto provoca las siguientes preguntas: si el mundo estuviera regido por el sistema de estas guerreras, ¿los conceptos asociados a la feminidad serían la debilidad, lo irracional y la sumisión, o se transformarían en fuerza, desobediencia e ingenio? ¿La masculinidad se percibiría igual en un matriarcado? Inferimos la respuesta.
En la literatura vemos personajes que desgarran los patrones de género. Marcela, figura muy comentada de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, hace alusión a las amazonas, Artemisa y la sororidad (la hermandad entre mujeres). Esto la convierte en una joven infractora de las convenciones y la doble moral de la época.
Lo mismo sucede en Pentesilea (1808), de Heinrich von Kleist, que no muestra a la reina de las amazonas pereciendo ante la lanza de Aquiles, sino que es ella quien lo destruye con su arma y sus perros de caza. En pocas palabras, rasga la versión narrada en Ilíada, de Homero, y otras adaptaciones de la historia.
A manera de cierre, tomando en cuenta lo explicado sobre las amazonas y otros personajes literarios y de leyenda díscolos, definiremos qué es, realmente, la feminidad. Tal vez podemos resumirla sin dejarnos llevar por estereotipos: toda mujer es femenina por el hecho de serlo. Conceptualizamos la masculinidad de forma semejante.
Referencias bibliográficas
- Beauvoir, Simone (1949). El segundo sexo. París: Editorial Gallimard.
- Cervantes, Miguel de (1984). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Madrid: Espasa-Calpe.
- Eurípides (2010). Hipólito. Barcelona: Editorial Gredos.
- Homero (1999). Ilíada. Caracas: Editorial Buchivacoa.
- Millett, Kate (2010). Política sexual. Madrid: Ediciones Cátedra.
- Rivas, Luz Marina (2004). La novela intrahistórica. Caracas: Ediciones El Otro El Mismo.
- Vallejo, Irene (2021). El infinito en un junco. Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial.
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Notas
- Los mitos suelen reflejar la vida en la antigüedad. Y los poetas son defensores de su tradición, como se ilustra en el siguiente fragmento: “Mientras disfrutamos de la épica homérica, debemos mantenernos vigilantes como lectores, conscientes de que procede de un mundo dominado por la aristocracia patriarcal griega, a la que el autor ensalza sin cuestionar sus valores” (Vallejo, 2021, p. 103). Por lo tanto, no sorprende que las derrotas de las amazonas a manos de los griegos sean empleadas como “lecciones” sobre las consecuencias de la rebeldía femenina.


