
Se invierte más trabajo en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto.1
Michel de Montaigne, La experiencia.
—Me imagino —me dijo aquella tarde en la que seguimos brindado con agua por mor del calor— que se ha quedado usted en minoría. Cuanto he oído o leído —añadió sonriendo— habla muy favorablemente de la película de Nolan, la Odisea.
—Sí, tiene razón. Me he quedado en minoría. A mí también me han llegado mensajes de aquí y de allá poniendo a la película por las nubes. Pero no por eso he cambiado de opinión, ni, por supuesto, voy a volver al cine a verla de nuevo. No me gustó y no hay más que decir.
—Creo que ese es el problema de las adaptaciones cinematográficas de las grandes obras de la literatura. Son dos cosas distintas, con ritmos distintos y planteamientos distintos... La única película que me ha gustado más que la novela ha sido El nombre de la rosa.
—No le puedo decir: he visto la película, pero no he leído la novela. Y eso que Umberto Eco es un autor que me interesa. Su libro Decir casi lo mismo, sobre la traducción, es un libro de consulta casi diaria.
—¿Y no le parece que llevar al cine una obra literaria es algo similar a una traducción? Muy arriesgada por cuanto el cine juega con las imágenes que, por regla general, no coinciden con las que nosotros tenemos. La de Odiseo, por ejemplo. Siempre he pensado que llevar a la pantalla una obra como El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es tener el fracaso asegurado... Hace falta mucho ingenio, y aun así.
—Lo mejor es leer el original y dejarse de películas, nunca mejor dicho.
—También a veces da la impresión de que llevar una novela al cine es como hacer un caldito para estómagos finos y delicados. No vais a leer la novela, que es para estómagos recios, pero podéis estar al tanto con este aguachirle cocinado para gente delicada y un tantico perezosa.
—No le extrañe que sea así. También he visto que a raíz de la película, por aquí y por allá, han ido anunciando versiones y traducciones de la Odisea y aun de la Ilíada. El desencanto de esos posibles lectores, cuando abran el libro, debe de ser mayúsculo. Recuerdo la primera vez que leí la Ilíada, y le juro que no entendí nada, y menos todavía que mis profesores consideraran esa obra como una maravilla... Cuando llegué al Catálogo de las naves estuve a punto de morir de aburrimiento.
—Claro. Es normal, creo. Llegar a esas obras exige años de lecturas y de preparación, ¿no cree?
—Sin duda.
—Yo tuve un profesor de literatura, de cuyo nombre no quiero acordarme, que insistió, en las clases, en que debíamos comenzar a leer por orden cronológico. Yo comencé por la Biblia, pero pensé que si seguía por ese camino, jamás leería a ningún autor actual. Me lo salté a la torera, y leí a un novelista que, en aquel momento, me entusiasmó, Pío Baroja. Y me sigue entusiasmando.
—Yo me tropecé con una buena profesora. Me pasó las fábulas de Esopo, las traduje y me encantaron. Y con el paso de los años, volví a la Ilíada. Y entonces ya estaba relativamente preparado para entenderla. Aun así tendrían que pasar años y años para que la disfrutara plenamente.
—¿Le parece una buena obra ahora?
—Sí, me lo parece. Y, desde luego, he disfrutado mucho traduciendo algunos de sus cantos. Recuerdo el I, y, sobre todo, el canto VI, la famosa conversación de Héctor con su esposa Andrómaca en las almenas de Troya. Y ahí, a la cuarta o quinta relectura, traducción mejor dicho, es cuando comencé a darme cuenta de que la descripción que hace Homero de la ciudad no tiene ni pies ni cabeza. No tardé en enterarme, también merced a otra profesora, de que la guerra de Troya jamás tuvo lugar. Es todo una pura invención de Homero, y quizás de algunos vates que le precedieron.
—Pues personas hay —dijo riendo— que la han tomado en serio y la utilizan para afianzar sus débiles puntos de vista.
—Sí, lo sé. Algunas “historiadoras” empeñadas en demostrar que existieron las amazonas, entre otras. Citan la pelea a muerte entre Aquiles y Pentesilea, la reina de dichas chicas, para probar su paso por la tierra. Pero lo malo es que Aquiles nunca existió, como Odiseo, Tetis, Zeus, Atenea, etc., etc. Es como decir que hay lobos parlantes porque en Caperucita Roja aparece uno que habla, razona y muerde.
—Hace tiempo —dijo llenando los vasos de pura agua cristalina— vi un programa en la televisión en el que un pretendido arqueólogo estaba empeñado en demostrar que el caballo de Troya era un barco...
—Sí, sí. Yo también lo vi. Pertenecía a una absurda serie de excavaciones arqueológicas en las que se venía a demostrar lo indemostrable, entre otras cosas que un montón de ladrillos, hallado no sé dónde, era la base de la Torre de Babel.
—Así es. Este arqueólogo, o lo que fuera, dijo que el caballo era un barco porque Homero llama a los barcos, caballos del mar.
—Lo que no tuvo en cuenta este señor es que en un barco de aquellos no se podían esconder ni cuatro aqueos. Además, es tomar una metáfora por la realidad. Y, por supuesto, si no existió la guerra de Troya, menos existió el caballo. Por lo tanto no tiene sentido plantearse si era un caballo, una rampa para acceder a las murallas o lo que quieran imaginar.
—¿Ha ido usted a Troya?
—No. No he ido. Y no creo que me sirviera de mucho, pues no soy arqueólogo, y no sé leer las excavaciones. Ni quiero caer en manos de guías que me vengan con historias de Helena y la madre que parió a Helena... Otra cosa ridícula de la película: Helena es presentada como una mujer negra. Y eso que es hija de Zeus que tomó la forma de un cisne para yacer con Leda. Ahora bien, en la mitología no se dice que el cisne fuera negro ni que participara en el ballet de Chaikovski. Por cierto, ¿hay cisnes negros?
—Sí, sí que existen. En Australia y en Tasmania.
—Bueno, entonces es posible que alguno volara a Esparta en aquella época y gozara a Leda ennegreciéndola. Y entonces Helena salió negra. Ahora bien, no sé si los aqueos, en ese caso, la hubieran considerado la mujer más hermosa del mundo. Si nos atenemos a las estatuas, las preferían, a las mujeres, blancas, de pechos pequeños y más bien rellenitas.
—En realidad —dijo— si no existió la guerra de Troya todo esto ya no tiene sentido, ¿no cree?
—Con estas historias, querido amigo, y alguna más, podemos rendirle un cálido y afectuoso homenaje a su amado don Quijote.
—Explíquese, por favor.
—Es muy sencillo: si don Quijote se movió por unos libros de caballerías, y confundía molinos con gigantes, ahora muchos confunden Troya con Stalingrado... Y hasta hay quien dice que Odiseo, cuando salió de Troya, no fue en busca de Ítaca y su honesta esposa, sino que fue siguiendo la ruta del estaño.
—Don Quijote —dijo riendo— hubiera ayudado a Odiseo a acabar con los odiosos pretendientes.
—Y yo también. Y ya puestos, permítame romper una lanza por Frank Calvert. Fue este el primer excavador de la colina de Hisarlik, donde han aparecido unas cuantas Troyas. Y siempre en todos los libros la gloria es para Heinrich Schliemann. Y a ambos los precedió Charles Maclaren.
—Tomo nota. Y se me ocurre otra pregunta: ¿existió Homero?
—¡Ah, señor mío! Está usted planteando la cuestión homérica, y, francamente, no estoy preparado por meterme en semejante berenjenal. Aunque sí le puedo asegurar, tras haber leído la Ilíada varias veces, que, indudablemente, es obra de un solo autor. Tiene un plan bien establecido, y lo sigue a rajatabla. Por supuesto que hay añadidos de otros autores, el catálogo de las naves sin ir más lejos, que se pueden quitar de la obra sin que ésta se resienta.
—Bien. Pues ya que es una cuestión peliaguda, lo dejamos para otro día. Mañana seguiremos. Se ha hecho tarde.
—Mañana seguiremos. Buenas noches. Y recuerde que mientras uno tiene ganas de aprender, es joven. Aunque soporte mal el calor.
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Notas
- Michel de Montaigne, “La experiencia”, en Los ensayos, libro III, cap. XIII. Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.


