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Tipos de lectores

miércoles 9 de septiembre de 2026
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Scheherazade y Shahryar
No puede faltar Scheherazade, que es una excepcional lectora y narradora de cuentos y que gracias a esta cualidad conserva su cabeza sobre los hombros. 📷 Scheherazade y Shahryar (circa 1842), de Marie-Éléonore Godefroid

Nunca he tenido nada contra las noveletas rosas ni los libros superventas. Especie de literatura chatarra (en el sentido nada metafórico bastante equiparable a la comida chatarra) con escasas calorías lingüísticas y estilísticas, e intelectuales ni se diga, y que a pesar de la precariedad literaria cuenta con millones de lectores que por lo menos se han encaminado por el sendero de la lectura, y a quienes quizás esto les lleve a dar el paso decisivo a la gran literatura, en la cual, sin duda, se encuentran los clásicos y esos autores preocupados por darle otra vuelta de tuerca creativa al estilo, al lenguaje o las tramas en sus novelas y cuentos.

En lo particular creo que la lectura tiene sus grados, y mi experiencia como lector se inició con Marcial Lafuente Estefanía y luego derivó hacia las novelas policiales, donde pude leer a escritores de gran factura como Raymond Chandler, Georges Simenon, Arthur Conan Doyle, Dashiell Hammett. Luego descubro que uno de los creadores del género policial es Edgar Allan Poe y como es lógico hice mis pesquisas respectivas y descubrí a un escritor singular. La primera novela clásica que leí fue Rojo y negro, de Stendhal, que era el seudónimo de un escritor francés llamado Henri Beyle. La historia de ese arribista incomparable que es Julien Sorel me deslumbró, pero no era la historia, sino el estilo, ese manejo sutil del lenguaje y ese trasfondo político y social, de mascarada, hipocresía y comparsa, donde se mueven los personajes.

A los quince años alguien me prestó El lobo estepario, de Hermann Hesse. Libro que sellaría mi pacto con la buena literatura. La novela de Hesse desajustó todos mis parámetros ideológicos y ese nihilismo solitario y salvaje del personaje principal me tocaba de manera profunda. Busqué otros libros de Hesse como Narciso y Goldmundo, El juego de los abalorios, Demian, El último verano de Klingsor. Hoy El lobo estepario me resulta una novela endeble y carece de esa pulcritud estilística y filosófica de sus otras novelas.

Mi acercamiento a los buenos libros tiene muchos componentes de azar. Por ejemplo, descubrí en una revista Playboy a Isaac Bashevis Singer. En el barrio Bello Monte 2, mi amigo Juan Aponte la coleccionaba y aparte de mirar a las chicas desnudas leía las entrevistas y los relatos, que traía traspapelados entre tantos senos y muslos desnudos. El cuento se titulaba “Una historia de dos hermanas”. Poseía su buena porción de dosis erótica, pero me permitió acercarme a este escritor, y algunas de sus novelas, como El mago de Lublin, Enemigos, una historia de amor, o El esclavo, y sus libros de cuentos, como En el tribunal de mi padre o Un amigo de Kafka, me permitieron encontrar a un escritor diferente debido a su ascendencia judía-polaca. Lo que me llevaría muchos años después a escribir un artículo en el cual lo retraté como un pornógrafo creyente.

Nunca tuve a alguien que guiara mis necesidades lectoras. Leía confiando en el azar y en mi intuición. De esa manera descubrí a Thomas Mann y a Henry James, cuyos libros para mí eran inigualables catedrales de estilo, manejo del lenguaje y construcción de personajes, de tramas e ideas iluminadoras.

Los puristas de la corrección política y los wokes de medio pelo que nunca faltan tratan de buscarle utilidad a los libros y a ese ocio inútil y placentero que es leer. Nuccio Ordine pregona que ante esas tentaciones del utilitarismo rentable es necesario entender que las actividades que no sirven para nada podrían ayudarnos a escapar de esa prisión donde la utilidad genera dividendos. Leer es una actividad inútil de enorme utilidad y cada lector saca de los libros aquello que puede ayudarlo a sobrellevar una vida acelerada de Internet y brutalidad utilitaria. Una frase bastante ilustrativa de todo esto la dice el Adriano de Marguerite Yourcenar: “La vida me enseñó los libros”. La vida con algo de lectura se desarrolla desde esa perspectiva donde los prejuicios, como espesa niebla, se desvanecen para dar paso a una visión más limpia y amplia del mundo que nos rodea.

El buen lector debe tener mucho de explorador, debe estar carcomido por esa curiosidad del científico para descubrir nuevas fórmulas y enfoques de lo literario. De esa literatura de fácil deglución el lector, movido por la inquietud, y con ese sentido de insólito explorador que guía a Otto Lidenbrock a viajar al centro de la tierra, quizás se arriesgue a descubrir a los clásicos de la literatura, los cuales tienen la cualidad de permitir muchas lecturas posibles y que se multiplican siempre con la primera o la segunda lectura.

Existen muchos tipos de lectores tanto en la ficción literaria como en la vida real, y esta diversidad permite que la palabra escrita busque e intente agotar todas las posibilidades. Como es lógico, mi afecto entrañable es para con esos lectores de la ficción literaria. Don Quijote, cuyas lecturas favoritas eran los libros de caballería, y luego el barbero y el cura quemaron esos libros sin entender que el proyecto de don Quijote era confrontar lo literario (o lo contenido en los libros) con esa realidad siempre más disparata y deshumanizada que esa locura creativa que le guía. Madame Bovary, que leía novelas románticas y trató de vivir su propia novela llena de peligros y crueles consecuencias. O el personaje de la novela Auto de fe, Peter Kien, un sinólogo excepcional cuyo mundo es su apartamento atiborrado con veinticinco mil libros y que al final muere entre las llamas de sus queridos libros. También está el capitán Nemo, cuyo submarino Nautilus tiene una biblioteca de ciento veinte mil volúmenes y su idea es certera: “...el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Ese día, adquirí mis últimos volúmenes, mis últimas revistas, mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ya no ha pensado ni escrito más”. Está la trágica historia de “Mendel, el de los libros”, un librero de remates de libros con una memoria prodigiosa que pernoctaba siempre en un café hasta que es arrestado y trasladado a un campo de concentración. Dos lectores creados por Borges son un bibliotecario cuyo nombre no conocemos y que vive y muere dentro de una biblioteca que es una especie de universo infinito de galerías hexagonales, y el otro es un bibliotecario jubilado y solitario en Buenos Aires que está traspapelado con el mismo Borges y compra un extraño e infinito libro y se obsesiona con él para al final, horrorizado, y tratando de no caer en la locura, perderlo entre otros volúmenes en una biblioteca pública. No puede faltar Scheherazade, que es una excepcional lectora y narradora de cuentos y que gracias a esta cualidad conserva su cabeza sobre los hombros.

El hábito de leer quizás no pueda convertirnos en impolutos seres humanos, pero permite que veamos las distintas situaciones de la vida con menos desdén anímico y sí con más sentido crítico. Al leer se avivan nuestras ideas y nuestro vocabulario se expande para expresar mejor nuestro mundo interior y para comprender con más amplitud a nuestros congéneres, pero sobre todo nuestra imaginación se enriquece y entendemos que el mundo es mucho más maravilloso y extraordinario si lo vemos con esa mirada viva y brillante de aquello que soñamos e imaginamos. Cuando Alicia cae por el hueco de la madriguera del conejo caemos con ella, y también a nosotros la intriga de saber qué va a suceder nos impulsa.

El abecedario para que los libros nos enseñen la vida y ésta resulte menos brutal o prejuiciosa es menester leerlo en muchas páginas. Las historias que nos permitirán comprender los mecanismos de una buena narración, con personajes más vistosos y subrayados que nuestros vecinos, se encuentran en los libros. Esos relatos que se narran con pericia y saben despertar la curiosidad en los oyentes/lectores pueden servirnos a la hora de que nos toque relatar algo en nuestra vida cotidiana. Si a Scheherazade le salvó la vida de alguna forma saber relatar, también puede a nosotros salvarnos; saber relatar cualquier hecho del día a día puede ayudarnos a salir bien librados de esos intríngulis sociales que están al acecho. Hay muchos cíclopes y molinos de viento que debemos enfrentar a cada tanto, y con la lanza de un buen relato podemos enfrentarlos. En una de sus cartas, Rainer Maria Rilke escribe: “¿Cómo hemos podido olvidar los viejos mitos que se yerguen en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de aquellos dragones que en el instante supremo se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que sólo esperan vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo horrible, en el fondo, sea sólo una forma de desamparo que solicita nuestra ayuda”.

Leer es una manera de viajar y, al igual que Julio Verne, que nunca se movió de su escritorio para escribir historias de viajes sorprendentes, el lector se traslada a mundos imposibles en tiempo récord. El hábito de la lectura crea un nexo imperceptible con ese gran invento que es el libro y lo demás, de seguro, es ganancia.

Carlos Yusti
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