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Esa odisea de leer a Homero

lunes 24 de agosto de 2026
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Esa odisea de leer a Homero, por Carlos Yusti
La Odisea tiene fragmentos que la gente conoce de manera oral, como el encuentro de Odiseo, que se hace llamar Nadie, para enfrentarse, con algunos otros navegantes, con el cíclope Polifemo. 📷 “Ulises en la cueva de Polifemo” (1635) • Jacob Jordaens

En el bachillerato los profesores de castellano y literatura que padecí se ingeniaron lograr que no sólo yo, claro, sino también otros treinta condiscípulos, detestáramos la Ilíada, la Odisea y Doña Bárbara. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de otros acuciosos y experimentados lectores, me encontraría en una tarde remota, dentro de una biblioteca mal iluminada, aquella frase de Jorge Luis Borges: “Somos producto de la Biblia y los cantos homéricos”.

Como adolescente no lograba concebir qué podía sacar en limpio de una novela algo misógina que se inicia con un bongo remontando un río y en el cual unos marineros de medio pelo se dan a la tarea de transgredir a una pobre e indefensa muchacha. De igual modo, qué aprendizaje podría obtener sobre una guerra que se inicia por el rapto de una bella mujer. O, en todo caso, qué ganaba con conocer las argucias astutas urdidas por un rey griego que emprende un viaje de regreso a su isla donde su dama es asediada por un sinnúmero de pretendientes, mientras ella teje un sudario interminable, pero en realidad lo que hace es tejer y destejer el tiempo a la espera de su esposo. Sin mencionar que el ejemplar de la colección Austral cuya portada gris, con apenas una cabra estilizada entre estrellas que representa la constelación de Capricornio, no despertaba emoción alguna y mucho menos invitaba a la lectura.

A veces el profesor preguntaba cómo íbamos con la Odisea y algún condiscípulo ovejanegra respondía: “Las sirenas con su canto nos distraen mucho”. Era una odisea leer a Homero. El poema no conectaba con nuestra vida pedestre y sin aventura, ni magia.

“Odisea”, de Homero
Odisea, de Homero (Espasa-Calpe, 1986).

Luego como lector uno se va formando a encontronazos, o más bien va descubriendo de malas maneras, ese sutil y complejo placer en la lectura, y entonces siempre uno vuelve a la Odisea y entiende que la vida es un viaje, un trasladarse siempre para descubrir y descubrirse. Durante cualquier trayecto se conoce gente, paisajes, situaciones felices (o atroces), lo que contribuye de algún modo a un enriquecimiento espiritual que vale más que cualquier patrimonio material.

Con el canto de Homero cada lector podrá descubrir que la literatura es un paso determinante hacia la imaginación y la poesía. Es un encuentro decisivo con esa metáfora de lo humano abriéndose paso ante las dificultades. Ya el inicio del poema homérico prepara al lector para conocer a un hombre cuya travesía será una aventura poderosa y fantástica: “Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación...”. John Freely escribe:

Como la Ilíada, que comienza en el décimo año de la guerra de Troya, la Odisea empieza en el décimo año del viaje de regreso al hogar de Odiseo, cuando el relato está a punto de alcanzar su punto culminante. Tras la invocación a la Musa, Homero explica el momento, el lugar y las circunstancias en que comienza su historia: Odiseo está retenido en la pequeña isla de Ogigia por la ninfa Calipso, y Poseidón le impide llevar a buen término su viaje tras haber convencido a los demás dioses de que retrasen su regreso a Ítaca.

Odiseo (o Ulises) configura un nuevo tipo de héroe. Sus atributos son equiparables a sus defectos, lo que le permite conectar con los primeros escuchas de los rapsodas que cantaban sus hazañas, y algo similar debió ocurrir con los primeros lectores. Ulises como personaje se encuentra amasado con mucha carne y nervios reales; no es casual entonces que los lectores de este tiempo todavía se enganchen, o viajen con él en su inusitado periplo. Lo escrito por Carlos García Gual es claro y exacto:

Ulises resulta un nuevo paradigma de lo heroico. Héroe solitario, aventurero errabundo fiado no en sus armas ni en su fuerza atlética, sino en su astucia y su arte de seducción. Ávido de experiencias, pero también de botín, enriquecido por los múltiples lances de su peregrinaje. Ahí está su grandeza ejemplar. Quiere volver a casa, le domina la nostalgia del hogar, pero sabe hacer su camino con infinita paciencia, sagaz curiosidad y alegre coraje.

Por su parte Pseudo-Plutarco, en Sobre la vida y poesía de Homero, refiriéndose al estilo poético del poema homérico, apunta:

Y si describe no sólo virtudes, sino también vicios del alma, tristezas y alegrías, miedos y apetitos, no hay que inculpar al poeta, pues por ser poeta debe imitar no sólo los buenos caracteres sino también los malos, pues sin éstos no hay hechos extraordinarios, que permiten al que los oye elegir lo mejor. Ha representado poéticamente además a los dioses en estrecho contacto con los hombres no sólo por resultar atractivo y provocar asombro, sino para que también en ello se revele que los dioses se preocupan y no se desentienden de los hombres.

A pesar de que el personaje de la Odisea presentaba esas complejidades tan actuales, no lograba capturar nuestra febril imaginación, no seducía para nada nuestra energía juvenil, y aunque su historia tenía ribetes de aventura fantástica, no lograba captar nuestra atención ni interés. Para todos era un fastidio agotador compenetrarse con las metáforas y una narrativa que no ayudaba en nada a navegar con el astuto héroe a su isla en Ítaca.

Quizás lo que complicó su lectura para mí, y los otros compañeros en el salón, sin duda fue la estructura del poema, que no era para nada lineal, sin acotar que los tiempos narrativos estaban trastocados y que varias voces narrativas se entremezclaban para abordar el relato. Italo Calvino escribe que Telémaco va a la búsqueda de un relato que no será la Odisea, el cantor Fermio enumera las hazañas de los otros héroes y cuando le toca el turno a Odiseo le calla Penélope. Los veteranos de la guerra de Troya relatan su versión. En la corte de los feacios, Odiseo escucha a un poeta ciego cantar las desventuras de Odiseo y aquí se quiebra hasta las lágrimas; luego decide contar él mismo su historia y así se van sucediendo otros relatos como el de Tiresias, el de las sirenas, etc. Joan Casas escribe:

...con la Odisea nos enfrentamos a un relato de viajes. Y el lector moderno, un siglo más joven que Freud, sabe que todo viaje es el relato de un proceso de descubrimiento, de apropiación o de recuperación de algo de uno mismo (...). El viaje de la Odisea no es simple, sino triple: el relato nos ofrece un viaje de regreso, un viaje de maduración y un viaje de expiación, aunque este último nos sea hábilmente escamoteado en la forma en que el poema ha llegado hasta nosotros.

En la introducción del poema, editado en la serie XLVIII de Biblioteca Clásica Gredos, Manuel Fernández-Galiano anota:

La acción de la Ilíada se desarrolla de manera rectilínea en un solo lugar, que es el campo de Troya, y conforme al orden de la sucesión de los tiempos; su materia es casi exclusivamente la guerra. La Odisea presenta una complejidad mucho mayor: hay en ella multitud de escenarios por la tierra y el mar; la narración, por motivos artísticos, invierte en gran parte el orden cronológico, y, sobre todo, es grande la variedad de los lances y sucesos; todo ello resulta más admirable dentro de una comunidad de estilo, de lengua y de versificación fuertemente acentuada por la identidad de las fórmulas.

Al igual que el Quijote, que tiene escenas que se han difundido a través de la oralidad y se vuelven populares, la Odisea tiene fragmentos que la gente conoce de manera oral, como el encuentro de Odiseo, que se hace llamar Nadie, para enfrentarse, con algunos otros navegantes, con el cíclope Polifemo, o de Odiseo cuando amarrado al mástil del barco se dispone escuchar el seductor canto de las sirenas, o el encuentro con los cícones y los lotófagos.

La Odisea como relato de aventuras fantásticas es buen material para el cine. Ha tenido varias adaptaciones felices/falaces. Desde Georges Méliès, pasando por Mario Camerini, Andréi Konchalovski o Uberto Pasolini. También, la historia ha servido como esqueleto narrativo, y en ocasiones disimulado, para producciones cinematográficas (y películas de dibujos animados) en las que se cuenta la historia de ese accidentado regreso a casa de un héroe que no las tiene todas consigo, pero que a fuerza de agudeza mental y artimañas algo mundanas sale airoso de cualquier percance. Las distintas adaptaciones en el cine podrían decirse que son nuevos aportes al poema homérico, algunos más acertados que otros, como debió ocurrir cuando los diferentes aedos griegos los narraban en su constante peregrinar; sin duda cada uno iba agregándole trozos de su propia invención para que los oyentes no perdieran el interés y escucharan la historia hasta el final.

La Odisea dará pie, en un futuro lejano, para moldear de cierta forma lo que será ese género literario llamado novela. Pero sin duda lo más destacado sea que es el punto crucial donde esa forma oral de narrar de los rapsodas permite el paso a una nueva expresión como es la literatura escrita. No es extraño que Bernardo Souvirón, en su libro Hijos de Homero, escriba:

Los símbolos que habían servido a los fenicios para poder llevar la contabilidad de sus negocios (pues de ellos deriva el alfabeto griego) fueron utilizados por Homero para contar una historia: el ataque micénico contra Troya —la Ilíada— y el tormentoso viaje de regreso a su patria de uno de esos atacantes —la Odisea. Gracias a la escritura, gracias a Homero, podemos hablar de ello a casi tres mil años de distancia.

La estructura del poema en su conjunto se presenta como armazón pleno de armonía, complejo y que conserva su unidad, aunque cada capítulo de la obra posee una sutil independencia. Los estudiosos recomiendan no leer la Odisea sin respiro alguno; al parecer es bueno detenerse en algunos pasajes de la obra para saborear, sin prisa, su belleza y atemporalidad.

Carlos Yusti
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