Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 95
7 de julio de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Artículos y reportajes
Entre objetos y libros
Carlos Yusti

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Entre objetos y libros Soy poco dado a coleccionar objetos. No sé, pero tengo la certeza de que los objetos guardan las vibraciones, buenas o malas, de sus dueños, y poseen una vida secreta colindante más con el sueño que con la realidad aparente. Los relojes blandos pintados por Dalí nos ubican en ese momento cuando los objetos pierden su espesor crudo y estático, su dureza intranquila hasta descongelarse para convertirse en seres amorfos de pesadilla. La realidad siempre se ablanda a nuestro alrededor sin tanto surrealismo, sólo que estamos tan atareados por la banalidad endurecida del día a día que apenas lo percibimos. Necesitamos atravesar los espejos de la literatura para comprender.

Hay una obra teatral de Eugène Ionesco donde una pareja muere asfixiada por los objetos cotidianos. La pareja vive en un pequeño departamento, llevan una vida ordinaria, pero a cada tanto aparecen objetos: una silla, una mecedora, una lámpara, un libro, etc. Poco a poco los objetos se adueñan del espacio. La pareja apenas puede moverse. Los objetos siguen llegando hasta convertirse en invitados no deseados. Cuando la pareja se percata de que son sólo objetos confundidos entre objetos es demasiado tarde. Este sentido depredador de los objetos suele traspasar esa barrera de lo literario y lo teatral para hacerse soluble en nuestra cotidianidad consumista y muy dada a rodearse de cachivaches tecnológicos. Aunque la vanidad de poseer adminículos actualizados (como celulares, computadoras portátiles o libretas electrónicas) no me ha tentado nunca, debo confesar mi debilidad por coleccionar libros.

Con los libros me sucede que no me conformo con leerlos, sino que quiero tenerlos. Mea culpa. Cuando me paseo por algún remate callejero de libros le doy un vistazo a cualquier libro y enseguida descubro el nombre de su dueño y pienso que esa persona es alguien insensible. No sé, a mí me cuesta desprenderme de algún libro. Por ese motivo quizá me simpatiza el vil Talleyrand, al que Napoleón calificó como mierda en una media de seda, quien, exiliado y pasando una mala racha, se sintió desolado cuando tuvo que vender su biblioteca. La venta le reportó la suma de 750 libras esterlinas. Uno de sus mejores biógrafos, Jean Orieux, escribe: "Por último, se sabe que se desprendió de sus libros. Eran para él una compañía agradable; cuando los miraba, los acariciaba, los leía, encontraba un dulce placer muy refinado y muy intelectual, acorde con su naturaleza; en medio de ellos se sentía menos exiliado". Las personas que respetan a los niños, aman a los animales y leen libros me regocijan con el mundo.

Tengo amigos poetas y escritores, pero en su mayoría mis mejores amigos son lectores hambrientos como yo. Esto de poseer libros a veces se vuelve patológico; yo todavía me conservo en este lado del espejo, no obstante me cuesta bastante separarme de alguno de mis libros porque ellos forman parte de mi trayectoria existencial. Por ejemplo el libro Vida y opiniones del Caballero Tristram Shandy tiene dos dedicatorias escritas por mis hijas putativas, preadolescentes ellas reacias a leer, que conocen mi debilidad por la lectura. Además las dedicatorias son cómicas y no están exentas de errores ortográficos: "De: currunquichitica. Pa el currinquito porque le gusta leer y pa que no te ballas a fastidiar sin un libro. Que lo vaz a leer todito completito y no chilles. Patuuuu… cua… cua... cua... Adibina". "Ana Daniela. ¡Hola! Currunco espero que sigas creciendo tu y tu pansa porque hace más graciosas tus bromas. Cuidate loquito porque sino no boy a tener a nadie quien me eche broma. Mosca. Nota: esta prohibido rotundamente reirse de los horrores ortograficos". Obviando los errores sería una desconsideración vender o regalar este libro.

Aunque hay un texto de Truman Capote que cuenta cómo éste conoció a la mítica escritora Colette, una tarde parisina. Capote relata su amabilidad y cómo le obsequió un hermoso pisapapeles de cristal, del tamaño de una pelota de béisbol, decorado con una sencilla rosa blanca. Colette le obsequia el pisapapeles y desde ese momento Capote se vuelve un coleccionista compulsivo de pisapapeles. El final del escrito de Capote es inmejorable: "Alguna vez he dado un pisapapeles como regalo a algún amigo especial, y siempre se cuentan entre las cosas que más valoro, pues, como dijo Colette aquella tarde lejana, cuando manifesté que no podía aceptar como regalo algo que ella adoraba tan claramente: ‘Querido, ¿qué sentido tiene obsequiar algo que no apreciamos?’ ". Yo obsequio libros. Para mí son objetos invaluables.

Una novela de Elías Canetti termina con su personaje principal envuelto en las llamas en su biblioteca. Este personaje de Canetti sentía una pasión desquiciada por los libros y toda su peripecia existencial gira en torno a esta pasión. A pesar de ser un lector y un coleccionista de libros, de ser un hombre-libro como le llama Canetti, es un personaje de espíritu reducido y desencuadernado, o como escribe su creador: "El protagonista de este libro (Auto de fe), conocido hoy como Kien, era designado en las primeras versiones con una B., abreviatura de Büchermensch (hombre-libro). Pues así, como hombre-libro, lo tenía yo ante mis ojos, a tal punto que su relación con los libros era su único atributo por entonces: no tenía ningún otro. Cuando por fin me senté a escribir su historia en forma coherente, le di el nombre de Brand (incendio). En dicho nombre estaba contenido su final: tenía que acabar en un incendio". Leer, o coleccionar libros, para convertirme en un hombre-libro, no es mi meta. Todavía me parece que la vida es mucho más importante (e incluso a veces tiene ribetes de aventura insólita equiparable a cualquier novela) que la literatura. A veces la experiencia sucede antes de que uno la encuentre en alguna página escrita, otras veces ocurre lo opuesto: la experiencia está escrita y sólo espera a ser leída.

Estoy seguro de que los objetos hablan, se mueven, adquieren una pastosidad gelatinosa cuando no los vemos. Es como la sonrisa del gato (sin gato) que se encuentra en el libro de Alicia. Tengo la seguridad de que la biblioteca de Borges existe y que en sueños la he visitado muchas veces. Por propia experiencia estoy al tanto de que la vida le clarifica a uno los libros leídos, pasa en limpio nuestras lecturas atropelladas y anárquicas. Los libros son objetos inanimados, pero dejan de serlo en ese instante en que transitamos sus páginas y entonces la realidad se ablanda, se hace soluble en la imaginación y la memoria.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 21 de julio de 2003 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes