Elizabeth llamaba a su gato desde la cama para dormir. No escuchó maullidos o pasos. Cuando creyó necesario pararse y prender la luz para ir a buscarlo, apareció. Caminaba lento, casi arrastrando su barriga. Años de malcriarlo con excesos de comida y rutinas sedentarias habían hecho que engordara más de lo debido, aunque ella lo quería así, como si siempre fuera a necesitarla.
Pese a que él podía subirse a la cama saltando, o usando el baúl que Elizabeth le tenía como apoyo, prefería tomarlo en brazos y luego acostarlo con ella en la cama.
Mientras se dormía escuchando sus ronroneos era observada por la ventana.
Alexander los siguió observando por tres minutos antes de retirarse.
Esa casa era su última parada, así que aprovechó cada momento en esa ventana. En su mayoría eran siluetas debido a la oscuridad, pero le causaba nostalgia ver cómo la forma del cubrecama se movía lentamente.
Si bien la lista no era muy larga, ya había terminado de visitarlos a todos; los últimos de la lista eran Elizabeth y su gato.
Él sabe, o sabía, o al menos debería recordar, el nombre de ese gato. Sentía un dolor en la cabeza, no debía sentir dolor, pero lo sentía.
Mientras se alejaba caminaba lentamente hacia atrás, paso a paso, no miraba hacia dónde iba, pero sabía que iba a llegar.
Estaba seguro de que había visitado a más personas, pero no lograba recordarlo con certeza, todo había sido reciente, era un camino de ida y vuelta, pero ahora su camino era difuso, todo se desvanecía mientras sentía dolor.
El dolor ya no era en su cabeza solamente, era simultáneo, se expandía, vibrante y caliente por su cuerpo, pero luego se pasaba en un segundo como si nunca lo hubiese sentido. Según lo que sabía no debería sentir nada, pero ahí estaba caminando hacia atrás.
No se dio cuenta, pero ya caminaba por la Ruta 5 sur camino a Talca, siempre hacia atrás. Era tarde en la noche y había pocos vehículos en trayecto.
En su marcha atravesó el cruce hacia Los Niches; un auto salía de ese camino hacia la carretera. Las nubes en el cielo ocultaban las estrellas.
Seguía pensando en sus visitantes. Paulatinamente olvidaba sus rostros, sus voces y por qué decidió ver a cada uno.
A esta altura ya había olvidado las risas, los llantos, las canciones y viajes, así como a los participantes de cada uno. Inconscientemente susurró un nombre, un nombre que fugazmente sintió conocer, pero se esfumó en su desvaneciente memoria.
Mientras subía por el Cruce Maquehua, por su mente pasó el recuerdo de cómo una versión más joven de él caminaba con la mujer que había observado por la ventana. Encontraron un gato cachorro llorando en la calle entre un montón de cajas y tras pensarlo por tres minutos decidieron adoptarlo.
Antes de que esa imagen se desvaneciera, percibió cómo una gota cálida caía por su mejilla. Rápidamente perdió la noción de eso, de todo lo que sabía hasta el momento, aunque ella siguiera ahí.
Su estado mental en blanco era paradójico ante el dolor físico que sentía, cada vez más intenso, intenso y constante.
A pocos metros del fin de su trayecto un vehículo volteado parpadeaba irregularmente mientras sangre y sudor caían sobre el parabrisas filtrándose por las trizaduras.
Cuando daba sus últimos pasos hacia atrás había dejado de recordar, de pensar y de sentir. El dolor físico sería lo único real por los siguientes tres minutos.
Ya no tenía nombre, al menos no lo tendría hasta que sus conocidos supieran sobre lo ocurrido, sin saber que él había visitado a cada uno en los momentos previos a su último respiro forzoso.
Ya no caminaba hacia atrás, estaba dentro del auto, aunque no lo sabía; en ese momento no sabía nada, no sentía, sólo mantenía impulsos y espasmos cada vez más débiles.
Lejos de ahí, el gato ronroneaba cómodo en la cama. Hace años que no lo veía, y si bien su instinto le permitía evocar eventualmente su calor, nunca sabría del accidente ni del motivo de la despedida.
- Camino al fin - sábado 26 de septiembre de 2026


