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El borrador

viernes 6 de noviembre de 2026
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—Nunca quise escribir esta mierda —espeté duramente tirando el manuscrito sobre la mesa.

Sin responderme, tomó el manuscrito y con un gesto aburrido lo guardó en su portafolio. Supongo que ya estaba acostumbrado a aquellos arranques. Sin duda, aquella era una línea que merecía ser tachada. Teníamos la costumbre de reunirnos en aquel bar; le gustaban las putas y allí era fácil conseguirlas. En ese entonces yo tenía cierta aprehensión, no por el desenfreno, sino por la frecuencia de uso.

—No me gusta pagar por sexo —le dije alguna vez en que lo conversamos.

—Te sale más caro, güevón.

No acepté el argumento, pero sabía que tenía razón.

De aquella conversación habrían pasado unos tres o cuatro años; yo acababa de publicar mi primera novela y aún no tenía problemas con el alcohol. Mi mujer me había dejado y se había llevado a mi hija al interior; mi única relación con ella era a través de la cuenta bancaria. Trataba de no fallarle en los pagos; no quería que algún día me lo recriminara.

—Pensé que ibas a leerlo —le reclamé.

—No. Estoy seguro de que funciona. Además, aún no se ha disipado el olor —rio cínico—. Anda, coño, siéntate.

Lo hice casi de manera automática, agotado luego de tres noches largas frente a la computadora.

—Espero que esta vez no me cambies el final; sabes que no me gusta que lo hagas.

—Lo más seguro es que sí.

Una mesonera se acercó a tomar el pedido. Olía a perfume barato; floral de barrio le llaman.

—Un whisky seco y algo para picar... inclúyelo en su cuenta, por favor —le dije señalándolo. La mujer sonrió sugerente.

Él soltó una trompetilla y asintió. La mujer se retiró moviendo las caderas sugestivamente.

—Esta noche coronas, carajito.

—Realmente no me interesa —señalé con pesadez.

—Marico —se burló.

Yo lo miré con odio y golpeé la mesa con el puño.

—No te arreches, que es de joda, ni que fueras boxeador... Además, no vas a golpear a quien te da de comer, menos en esta crisis, ¿no?

—¿Qué quieres que te diga? La vida es una hermosa composición de absurdos.

—Ja, ja, no te pongas pseudointelectual, que suenas pajuísimo.

—¿Cuándo me pagas?

—No te preocupes que lo tuyo está seguro. Seguro antes de que te reclame la pensión tu mujer —se burló.

Me molestaba esa desfachatez que no se correspondía con su habilidad para el negocio. Había logrado conjugar vulgaridad con genio. Era un editor genial con una vida personal totalmente desbarrancada. Tras la muerte de su hijo, se había refugiado en el alcohol y en la vida nocturna. A mí me había adoptado como un hijo, pero era un mal padre. Era más propenso a explotarte que a ayudarte —como la del alacrán, esa era su naturaleza. Ambos éramos sobrevivientes.

Siempre mantuvo el prestigio que lo hizo conocido en los círculos literarios. En sus buenos tiempos contribuyó a imponer esa tendencia al realismo sucio que tanto odio y desde donde me obliga a escribir. Le gustaba que bebiéramos juntos en aquellos bares de Sabana Grande donde el tiempo parecía haberse detenido. A sus clientes “de prestigio” los atendía en su oficina de la Mercedes.

—... Es que el barrio te sale precioso —me decía cuando le reclamaba por cortar la profundidad de algún personaje o quitarles densidad ontológica a mis textos—. Ni que fueras García Márquez, güevón. En Caracas uno no puede darse ese lujo, demasiado caimán; o te avispas o te jodes —repetí junto a él esa última frase que en los últimos tiempos se había convertido en una especie de consigna.

—Deberías buscarte otra frase, esa me la sé de memoria.

—Es útil, me recuerda dónde me muevo y qué hacer con los “Don Gato” de la vida.

—Joderlos —señalé antes de que él lo hiciera—. ¿Sabes que la serie la cancelaron porque consideraban que daba un mal ejemplo?

—Pacatos... pero sí... eran unos vagos empedernidos —señaló luego de un trago largo.

—No creo que el problema fuera de vagancia, sino su forma de joder a la gente. Lo que Cabrujas llamaba viveza criolla.

—Voy a enviar tu novela a un concurso de puta madre, a lo mejor ganas y nos metemos unos reales —comentó sin darle importancia al comentario. Yo sabía que Cabrujas había sido su maestro y que se habían peleado; nunca llegaron a reconciliarse.

—Espero perder... Aunque el dinero me haría bien.

La verdad me molestaba escribir por dinero, pero tampoco es que tenía muchas alternativas.

—Deberías haber sido profesor, de seguro serías bueno y tendrías menos dilemas éticos.

—Igual estaría pelando bolas.

—Pero serías un pelabolas con prestigio. Hasta en eso hay arte, querido —aseguró alzando la copa.

Con los años había alcanzado cierto cinismo que dejaba traslucir en lo poco que escribía últimamente, decía que le temblaba la mano y que le costaba enfrentarse al ordenador, creo que simplemente le había dejado de gustar lo que escribía.

Pedí otra ronda y unos tequeños mientras él sacaba la novela y la ponía sobre la mesa.

—Tiene buena pinta —señaló satisfecho después de leer las primeras páginas.

Leía a una velocidad asombrosa, diseccionando las frases, buscando las palabras adecuadas, revisando las combinaciones, el juego de las palabras al entretejerse. Él se movía rápidamente entre una línea y otra. Una sensación pesada en el cuello me obligó a voltear la cara buscando la mirada que me veía desde detrás de las sombras. Era una mujer que ya conocía y que no creí encontrar en ese lugar.

Apenas aparté los ojos de Julián durante un instante mínimo, pero fue como si se hubiese producido un salto como los que sufrían los viejos proyectores de las salas de cine: sustituir los rollos de película sin detener la proyección. En seguida pensé que se trataba de una discontinuidad en la realidad, un buen tema para una novela que Julián nunca me dejará escribir. La mujer se acercó hasta donde estaba y se sentó en la mesa sin importarle que estuviese acompañado. De alguna manera parecía la dueña del lugar; su presencia había diluido al resto de los personajes, ahogándolos en una mancha de tinta. El lugar se quedó en silencio antes del reinicio de la narración. Fui el primero en reaccionar.

—¿Nos conocemos? —la interrogué.

—¿Qué te pasa, no me recuerdas? —me dijo divertida.

—Apenas —respondí—, tu cara me es familiar, pero no te ubico.

—En otros guiones hemos sido amantes o enemigos —me dijo burlándose de mí.

Giré a ver a Julián, pero se había perdido entre las sombras de fondo; de pronto tuve la sensación de que la mesa era ahora más pequeña y discreta, como si el espacio que él ocupaba hubiera sido editado para proporcionarnos una mayor intimidad.

La orquesta tocaba un jazz suave que me animó a ser valiente; tomé a la mujer de la mano y, sintiéndome seductor, la llevé a la pista mientras le decía lo que me pareció una frase genial:

—No hay manera de que en este universo seamos adversarios.

Ella sonrió colgándose de mi cuello y ajustando su cuerpo al mío. Movía sus caderas rítmicamente mientras los acordes se derramaban sobre nosotros.

—Soy Rebeca —me dijo, con una suavidad que se prendió de mi piel—. Me gustaste desde que te vi.

La luz era tenue; yo sabía que me estaba jodiendo. Estas cosas no pasan en la vida real. Se trataba de una escena digna de ser escrita: un escritor en sus treinta se encuentra con una desconocida que dice conocerlo y que lo aborda en un bar lleno de criaturas de la noche. Aún no tenía claro cuál sería la trama, pero me pareció un buen inicio. Yo ya estaba embotado por el alcohol y me dejé llevar. Rebeca dejó caer su cabeza sobre mi pecho y me sentí embriagado por su perfume; no pude evitar la reacción que traté de disimular torpemente.

—Se ve que también te gusto —apuntó con descaro, mientras se estrechaba aún más entre mis brazos.

En ese momento nos besamos por primera vez.

—Sácame de aquí, tengo demasiadas horas encerrada en este lugar y me siento asfixiada —me dijo poco después llena de urgencia.

Caminamos un rato por el bulevar. Las estrellas se derramaban sobre nosotros y hacía frío; le ofrecí mi chaqueta abrazándola. Terminamos besándonos en los márgenes.

—Pensé que no te gustaban las putas —me dijo al oído. Yo me aparté y la miré extrañado—. Te escuché diciéndoselo a tu amigo.

—No creo que lo seas y, en todo caso, no pienso pagarte —reí.

—No me recuerdas, pero me conociste en tu segunda novela, durante la conferencia que diste en la UCV. Prometiste llamarme; yo era una de tus muchas fans, supongo.

—¿Ya no lo eres?

—Ja, ja, supongo que sí. Me refiero a que ese día era una de las muchas que te admiraban; ahora estoy yo sola tratando de seducirte —señaló divertida.

—Como si eso fuera necesario —respondí parando un taxi. Le di la dirección de mi apartamento; la noche no acababa aún.

Al llegar al lugar serví vino; ella se quitó el vestido con la naturalidad de quien conoce el guion de memoria.

—No te resistas —me pidió empoderada.

No lo hice; el deseo había roto mi voluntad.

Lo que vino después ocurrió en dos planos que me costaba distinguir. En uno, dos cuerpos desnudos y urgentes me movían torpemente, buscando un ritmo que les permitiera acoplarse. En el otro, alguien escribía todo lo que pasaba, elegía palabras, descartaba lo que sobraba, volvía sobre una imagen, elaboraba un diálogo. Hubo un momento en que me perdí y ella me reencauzó con una precisión que no era del todo carnal. Me movió como quien reescribe una frase que casi funciona. Me corrigió hasta el orgasmo.

No supe si indignarme o agradecérselo.

Hicimos el amor durante horas. O ella escribió durante horas. O las dos cosas eran lo mismo y yo era demasiado personaje para notarlo.

Cuando nos dimos cuenta, agotados, ya el sol entraba por la ventana. Sobre la mesita de noche había un manuscrito que nadie recordaba haber dejado allí; estiré la mano queriendo tomarlo, pero ella me lo arrebató con brusquedad.

—¡Ah, ah! Nadie lo lee antes de que lo haga el editor.

—¿Aunque lo haya vivido?

—Sobre todo si lo has vivido —señaló acurrucándose contra mi pecho y protegiendo el escrito con el suyo.

Ya había pasado el efecto del alcohol; afuera el sol brillaba indiferente. Yo volvía a estar consciente de la realidad.

—Las cosas que tengo que hacer para que la trama funcione —dijo ella con amargura mirando al techo.

Su voz sonó diferente, reflexiva, como una vieja queja.

—Quizás es un reflejo de tu incompetencia —a propósito, la ataqué con saña.

—No me jodas.

—Es que escribes muy mal, coño. Odio ser tu personaje y las vainas que me obligas a hacer.

Se incorporó despacio, abrió el manuscrito y lo hojeó con esa concentración que yo ya reconocía —la misma del bar, la misma de toda la noche. La de alguien que revisa su propio trabajo.

—Anoche no te quejaste —dijo, sin levantar los ojos de la página.

—Estaba borracho y necesitaba compañía —expliqué con frialdad.

—Sí —concedió—, lo sé, así lo escribí.

No respondí, no hay mucho que decirle a quien te recuerda que hasta tus borracheras le pertenecen. Se levantó contenida y empezó a vestirse con parsimonia. Antes de salir se detuvo en el umbral.

—Jódete —me dijo resentida.

—Julián va a querer cambiar el final —grité.

Ella se detuvo un momento tomando un respiro.

—Él al igual que tú es uno de mis personajes —respondió antes de dar un portazo.

—¿Y a ti? —mascullé.

Al final quise irme, pero ella ya había dejado de escribir.

Miguel Ángel Latouche
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