I
Al dar la vuelta en la esquina de la escuela, Delia vio la cartera en el piso. Se aseguró de que nadie la mirara antes de levantarla. Se apoderó de ella y, con el alma en vilo, recorrió las tres cuadras que la separaban de su casa. Aunque se sintió más tranquila, una descarga de inquietud y emoción le recorrió las piernas y el pecho. Enseguida, contuvo el respiro y con una voz seca les dijo a sus dos hijos que fueran a jugar al patio.
En cuanto vio que los niños salieron, corrió a sentarse en el borde de la cama, desgarró los broches de la cartera y su respiración se entrecortó cuando vio la cantidad de dinero que había ahí dentro. Esperó con impaciencia la llegada de Martín, su marido, y en cuanto apareció le contó cómo se había hecho de los billetes que se hallaban desparramados sobre la mesa. Martín parecía hipnotizado.
—Son puros de 500 —dijo Martín, y se acercó reverentemente al dinero.
—Dos son nomás de 200 pesos —apuntó Delia, casi como si se avergonzara.
—Como sea, es un montón —murmuró Martín, y en su mente comenzó a retomar planes que antes le habían parecido inconcebibles.
Delia y Martín se fueron a la cama sin cenar. En la oscuridad veían sus ojos brillantes, estaban soñando despiertos y no querían que el sueño los viniera a perturbar. En el transcurso de la noche se levantaron varias veces, para cerciorarse de que el dinero continuaba ahí. Al final, convinieron en hacer dos montones y depositar uno debajo de la almohada de cada cual.
II
Por la mañana, de nuevo contaron el dinero sobre la mesa y lo devolvieron a la cartera cuando terminaron de desayunar.
—Lo mejor sería irnos de vacaciones —aventuró Martín.
—No —lo atajó Delia—. Sería bueno que lo hiciéramos rendir en un negocio. Luego tendríamos más.
—Con todo este dinero nos tratarían como reyes en cualquier lugar. Por lo menos mientras durara —replicó Martín.
—Primero el negocio —dijo Delia, y esta vez le imprimió a su voz un tono de determinación.
Martín no quería dar su brazo a torcer.
—Sólo gastaremos un poquito, y luego le compramos al sacristán su puesto de aguas frescas —dijo, y en su cara apareció una expresión de satisfacción.
—Qué aguas ni qué nada —respondió Delia con tono bronco—; con lo que “tengo” alcanza hasta para construirle otra torre al templo.
El mayor de los niños intervino y preguntó si acaso era domingo, puesto que su padre no se iba a trabajar.
—No, hoy nomás es miércoles —le aclaró Delia— y tu padre ya se va —añadió, y clavó su mirada en los ojos brillantes de Martín.
Martín no hizo caso de las indirectas de Delia, se acercó a los niños y comenzó a jugar a los pellizcos con ellos, que estaban muy serios y asombrados de que su padre por primera vez en su vida los tratara como si fuera su hermano mayor. Sin que lograran ponerse de acuerdo sobre lo que harían con el dinero, más tarde, Delia prácticamente echó de la casa a Martín.
Delia se quedó sola, molesta por las impertinencias de Martín. Mandó a los niños al patio y luego a la tienda. Casi comenzaba a desear no haberse encontrado nada. Miró la cartera, gorda, el cuero abrillantado, los broches rotos, el olor de billetes ajados le llenó la nariz. De pronto, se le ocurrió que en lo que se bañaba, alguien, a lo mejor el mismísimo Martín, podría entrar a robar. Y ni hablar de salir al mercado con tanto dinero encima. Delia sujetó instintivamente la cartera, la estrechó, y luego, como si acariciara a un gato, la guardó entre sus pechos y, conforme se fue entibiando, se le figuró que latía como si tuviera vida propia, casi como un corazón diminuto.
III
En la tarde, cuando Martín volvió, encontró la casa a oscuras e invadida por un tufo a podredumbre. Encendió la luz y vio a Delia jadeante, despatarrada junto a la cama. A sus preguntas de qué era lo que había sucedido, ella sólo respondía: Ay, Martín.
Delia se soltó llorando y entre hipos y lamentaciones le describió los pormenores de una desgracia. Cuidándose muy bien de no delatar los malos pensamientos que había tenido acerca de él, le relató cómo en un descuido la cartera con el dinero había saltado de sus pechos a la coladera, y cómo entonces se dio a la tarea de atajar con tablas cuanto corriera por la tubería. Explicó que a eso se debía la pestilencia, y dijo que ni esperanzas tenía ya de hallar el dinero.
Martín la escuchó con la boca abierta. Cuando Delia terminó de hablar, corrió a meter la mano a la alcantarilla. Hizo cálculos, improvisó ganchos, metió varillas, y a la medianoche, apestando a caño, con las uñas destrozadas y los ojos enrojecidos, no se sabía si por el cansancio o por la ira, fue a sentarse junto a Delia, que continuaba tendida en el piso y con el lodo de las piernas ya endurecido.
IV
Martín la miró con ganas de echarla por el tubo del desagüe, pero se tragó su desilusión y sus planes.
—Parece mentira —dijo, con voz ronca—, hoy por la mañana podrían habernos tratado como reyes en algún hotel playero, y en la noche del mismo día estamos de nuevo nadando en la misma porquería.
Delia lo miró de reojo, lo encontró con la mirada torva y perdida, como en aquellas noches en las que llegaba dando traspiés y diciendo palabrotas. Delia torció la boca, y reafirmó su desconfianza. Para disimular el brillo que destelló en sus ojos miró el catre en el que dormían sus dos hijos. Sintió un vuelco en el pecho, tal como si llevara encima un corazón pequeñito que le cosquilleara dentro. La mujer movió la cabeza en sentido negativo y dejó vagar su mirada por el aposento maltrecho.
—Ay, Martín —fue todo lo que dijo Delia, y lanzó un suspiro que fue a dar hasta la tubería maloliente.
- La cartera - martes 29 de septiembre de 2026
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