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El guiño

sábado 3 de octubre de 2026
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El niño juguetea alrededor del anciano. Brinca de un lado para otro, va de una ventana a otra, se esconde y aparece de repente, le dibuja formas alegres con la mano, le hace musarañas, le saca la lengua, exagera una sonrisa dientuda y, a continuación, simula una mueca muy gruñona. El niño, Juan Diego, busca los ojos de su abuelo con los suyos, anhela que se muevan, provocar que sus pequeñas esferas aceitunadas lo persigan y él las descubra mirándolo. Porque Juan Diego tiene el convencimiento de que así puede ayudarlo; siente que tiene poder para liberarlo de aquella postración en la que se encuentra, rescatarlo de la apatía profunda en la que se hunde, encender el brillo saltarín de sus ojos apagados en la nada, incitar el arqueo picarón de sus canosas y gruesas cejas enderezadas por el abatimiento.

—Abuelo, mírame, ¿a que no eres capaz de hacer esto?

Y Juan Diego, que desea mover el ánimo del abuelo, concitar su reacción más espontánea, planta sus manos sobre el suelo, se yergue boca abajo, se equilibra, estira sus piernas, recarga el cuerpo sobre su espalda y se deja caer con estrépito. Pero su abuelo no reacciona, no acude en su auxilio, permanece inmóvil, con su existencia quebradiza apoltronada sobre la mecedora y su pensamiento endeble adormecido sobre la almohada. El niño se queda unos instantes en el suelo, mirándolo de soslayo, y piensa que, si lo desea con mucha fuerza, puede lograr que el abuelo se mueva. Cierra sus párpados y los presiona, y presiona cada articulación de su cuerpo, y se concentra, y luego lo conmina mentalmente: “Abuelito, muévete, ¡ahora!”.

Pero, de nuevo, no encuentra una respuesta.

El niño se levanta, busca con exactitud el lugar hacia donde se orienta la mirada de su abuelo y se pone allí, frente a él, y clava sus ojos en los suyos, y hurga en ellos los ojos del abuelo que conoció antes, no hacía mucho. Esos que jugaban con él al escondite, al si te alcanzo te mato a cosquillas; esos ojos resplandecientes que llevaban en volandas hasta el cielo; esos ojos cómplices que robaban los caramelos de la abuela y luego los compartían; esos que lloraban de alegría soplando las velitas de cumpleaños; esos ojos que siempre le sonreían.

Juan Diego inclina la mirada y agacha su cabeza, y con ella estrella la ineficacia de su poder contra el suelo; sus hombros caen en picado, ya asequibles al desaliento, y se desploma sobre sus rodillas con los brazos abiertos a la derrota. Aunque no lo pueda comprender del todo, siente frustración, porque se le enlagunan los ojos, y su entorno se desenfoca y desdibuja, incluidos el abuelo y su mecedora. Y en medio de este abatimiento, que parece recostarse pesadamente sobre la línea del tiempo, Juan Diego se levanta, mira a su abuelo y le insinúa un gesto desganado, desanimado, vencido. Entonces, en un instante fugaz, pero nítido, se puede decir que en un destello de lucidez, el abuelo guiña el ojo y arquea una ceja, y parece responder a los estímulos conjurados de su nieto. Juan Diego da un salto de alegría, su rostro se ilumina, el corazón le va a mil, no sabe muy bien qué hacer, pero piensa que ha funcionado, que su abuelo le ha respondido, que puede curarse, y, sin pensarlo, sale corriendo de la habitación y grita por el pasillo:

—¡Mamá!, ¡mamá!, ¡el abuelo!, ¡el abuelo me guiñó el ojo!

—¡¿Qué dices, niño?!, ¿cómo que el abuelo te guiñó el ojo?

—¡Sí, te lo juro, hizo esto!

Y, frente a su madre, el niño intenta guiñar el ojo, pero no puede, aún no ha aprendido a hacerlo, de modo que opta por poner un dedo sobre su párpado y otro sobre la ceja contraria, y ejecuta, como puede, los movimientos de un guiño.

—Así fue, mamá, igual que cuando jugábamos, como cuando no estaba enfermo, ven a verlo.

Y conmina a su madre agarrándola de la mano y tirando de ella. La madre encoge el cuello y arruga su rostro, sabe que el abuelo ya no puede hacer ningún gesto o movimiento y que puede ser una invención de su hijo.

—Con todo lo que tengo que hacer —se queja—, pero bueno, vamos a verlo.

 

En la habitación del abuelo, los rayos del sol de la mañana atraviesan las cortinas de gasa con benevolencia y calientan su rostro con esmero. La brisa es suave, casi queda, suficiente para acariciar sus pies desnudos. La mecedora está quieta, parece detenida, como detenido parece el tiempo, parece la vida cuando no hay testigos.

—¿Papá? —llama la madre del niño.

Ella se acerca, toca con suavidad el hombro del abuelo y aborda su rostro.

—Papá, dice Juan Diego que le has guiñado el ojo, ¿eso es cierto?

La madre escruta la cara del abuelo y no nota nada distinto en él que no sea ausencia, abulia, apatía, desahucio. Mira a Juan Diego, encoge los hombros y le espeta con cierta brusquedad:

—¿No te lo habrás imaginado, niño?

Juan Diego se queda mudo ante la incredulidad de su madre, pero lo niega tímidamente y agacha la cabeza. “Sí, yo lo vi”, se asegura a sí mismo.

—Mejor vete a jugar por ahí y deja tranquilo al abuelo —le dice la madre mientras vuelve a sus quehaceres.

Juan Diego piensa en las palabras de su madre y contempla la inexpresividad de su abuelo. Ella no le ha creído, pero él está convencido de lo que ha visto, y vuelve a intentar que el abuelo reaccione a sus estímulos, y lo seguirá intentando muchos días después, una y otra vez sin flaquear en el intento, sin dudar de que lo conseguiría, magnetizado por el poder de persuasión de un guiño.

Carlos Sanclemente
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