Al estimado Jorge Gómez Jiménez
—¡Epa, Tony!, sírveme otro...
El gordo Tony siempre se luce. Los hielos en sus manos son canicas que no fallan y el chorro de la botella cae justo en el hueco del vaso (no importa dónde esté). Arroja los vasos sobre la madera como en una pista sobre hielos. Todos atajamos nuestro pedido con cara de imbéciles, impresionados por su destreza. Pero cualquiera lo haría si lo único que hiciera en la vida fuera servir tragos. Los aplausos no se hacen esperar. Luego se pone a contar la trillada historia de cuando trabajó con los hermanos Valentinos en el CCCT hace como mil años. Yo, lo que hago es campanear mi traguito y pelo los dientes como riéndome hacia afuera. Pero por dentro es donde se revuelven mis tormentos. Allí es donde el dolor toma la forma de ese terremoto llamado Shirley. ¿Quién iba a pensar que aquella mujer que me dio tanto en la vida —su tierno amor virginal, por ejemplo, el apartamento de San Bernardino que nos obsequió su papá al casarnos y la Toyota de su propiedad que, por cosas del destino, pasó a mis dominios— terminaría por arrebatármelo todo?
La verdad, no sé si el que falló fui yo —por dármelas de noble y alojar a un paisano de mi pueblo de Carúpano que tenía días abrazando los bancos de la Plaza Bolívar— o fue ella que, simplemente, le bastó un fin de semana para terminar en los brazos de aquel traidor. Y eso que le dije que viniera conmigo, que no me iba por un capricho mío, sino que Jorge me había invitado a presentar un libro en el club de lectura de Maracay y que no quería rechazar ese honor. Como supuse, no quiso ir, ella no valoraba mis aspiraciones y pensaba que ser escritor era un pretexto legal para perder el tiempo. Cuando regresé ese lunes tempranito, Shirley no se molestó de conservar las apariencias. La conseguí como la Venus de Sandro Botticelli, con la única diferencia de que tenía un camisón puesto. El otro estaba sentado a la mesa con uno de mis bóxeres, esperando que le trajeran el desayuno. Podía haberme vuelto loco allí mismo, pero algo me dijo que ninguno de los dos se merecía un desgaste emocional ni físico de mi parte. Ya ella me había hecho hasta las maletas y lo único que me pasó por la cabeza fue hacer lo que todos suponen: me largué.
Claro, esto no me atrevería a contárselo a nadie. Y menos aquí en la barra del gordo Tony donde todos vienen a divertirse a costa de la burla y el dolor de hombres serios, como yo. Y ni arrojarles la perlita de que fue ella la que ganó la demanda de divorcio porque no pude encontrar pruebas que corroboraran su pecado carnal con aquel canalla. Pero mi tormento sigue crudo dentro de este corazoncito que no aprende a dejar de sufrir.
Cómo extraño ese cabello rubio Koleston que desenredaba todas las mañanas frente a la peinadora. Sus ojos rayados de gata rabiosa que yo trataba de cambiar a fuerza de besitos de crema dental. Y ni se diga de aquellas delicias que se montaba en la cocina, porque esa catira tenía una sazón...
Entonces yo aquí, metido en mis tormentos, no vi venir el imprudente humo que invadía mi zona.
—¿Y cómo te llamas? —soltó la perpetradora.
—Leonardo —le digo yo, algo incómodo, porque no es placentero que te hieran los ojos con un cigarrillo.
—¿Eres escritor o algo por el estilo?
—Algo por el estilo —le solté, como el que no quiere revelar sus asuntos.
—¿Ah, sí? ¿Y qué escribes?
—Linda, yo estoy algo ocupado por aquí, ¿sí?
—Mira, pero... ¡qué delicadito!
—Disculpa, pero es que ahora soy como un barco sorprendido por una tormenta en alta mar.
Ella extendió su mano blanquita de uñas largas e impecables y yo se la estreché.
—Soy Fedra —me dijo— para los que aprecian mi compañía.
—¿Fedra?, ¿como Fedra López?, chama, es bien lindo tu nombre, siempre me gustó esa actriz.
—Pero a mí me fastidia el tuyo, es muy largo, ¿te puedo llamar Leo? Así tiene hasta guaguancó.
—Fíjate que así me llamaban mi ex y mis panas de Carúpano.
—Dime algo, mirrey, ¿escribes sobre tu vida o la vida?
—Escribo para exorcizar un alma atribulada por un guayabo.
—¿Y hoy en día los hombres sufren por guayabos? Qué buena vaina, espérate un segundo...
Ella se levantó con el celular en la oreja y salió del bar discutiendo con alguien. Tony la vio, pero no le dijo nada. Quizás la conocía y sabía que regresaría a cancelar el trago. Tomé el mío y bebí largo, aparté unas cenizas grises de mi libreta y escribí: “Estoy orgullosa de Flavio”.
Eso fue lo que me dijo Shirley el día que nos vimos para firmar el divorcio. Yo le dije que ese tipo era un tronco de vago. Que prácticamente lo echaron de Carúpano porque lo tenían por zángano. Nadie confiaba en él ni le daba trabajo, pero ella supuestamente estaba feliz. Si no fuera por la mancha color remolacha que sobresalía de sus lentes oscuros, me lo hubiera creído. El tal Flavio demostraba su amor de forma muy peculiar y Shirley lo mantenía en un pedestal. Lo más cómico es que un día me dijo que si yo le llegaba a poner un dedo encima me hundía en la cárcel o me mandaba a matar con un sicario. Parece que el Flavio le pegaba con pétalos de rosa, ¿qué tal?
Fedra entró taqueando un cigarro con la uña. Se veía despampanante esa mujer con ese vestido azul, pegadito al cuerpo. Se acomodó en la barra indicándole al gordo otro Bloody Mary, encendió el cigarrillo y se inclinó hacia mí.
—Mira, ¿y hay chance de que salga en tu historia?
—Bombón, tú me pones en un terreno difícil.
—¿Y por qué?, ¿te cuesta mucho? Yo tenía un novio que era pintor y se le hizo facilito hacerme un cuadro.
—Sí, uno enamorado pinta hasta una obra de arte, le pasó a Da Vinci. Pero con la escritura todo debe cuadrar. Uno puede tener una idea preconcebida de algo, pero esa idea puede tomar una ruta totalmente distinta. La trama no puede alimentarse totalmente por los sentimientos del narrador.
—Anda, vale; compláceme, de pronto y tal te enamoras de mí.
No pude ocultar mis dientes con el ataque de risa que me dio. Qué bueno que dos semanas atrás me habían arreglado el tren delantero.
2
Un día sonó mi celular y era Shirley. Estaba en el Clínico Universitario, en la sala de recuperación. La sentí tristísima y dejé que se desahogara. El Flavio la había llevado a una discoteca pensando que la mejor forma de reconciliar un amor eran los tragos y una buena música. Pero ella entendía que eso era sólo una forma de evasión. Utilizó la metáfora del recipiente roto que ya no retenía nada, cuyo único destino era vaciarse por completo. Pero él estaba concentrado en todo menos en lo que ella le decía. Le dijo que necesitaba hablar y arreglar las cosas. Que no quería fracasar otra vez. Pero el tipo estaba hechizado de una asiática con la cara igualita a la actriz Lucy Liu. Le pidió otra cubalibre y la dejó allí plantada con su preocupación. De pronto se apareció en la pista bailando la Lambada de Kaoma con la china. Shirley sintió que su sangre se le convertía en una espesa lava. No supo cómo pudo saltar de la mesa, ubicada, prácticamente, en una esquina del local, hasta el centro de la pista. Tomó los cabellos lisos y laqueados de la doble de Lucy Liu y la estrelló varias veces contra el piso conquer que esa noche estaba particularmente pulidito. El color de la sangre la hizo volver en sí y entender que estaba a sólo un golpecito más de una tragedia. La mujer quedó inconsciente pero todavía viva. Por otra parte, el Flavio, en lugar de enmendar las cosas, adoptó una postura de pavorreal criollo con sonrisa de mona lisa. Como si de alguna forma consumara una oscura necesidad de control y validación a través de la humillación de las féminas. Pero lo que me fundió los tapones fue lo que me dijo ella que le hizo cuando llegaron al departamento. La tiró en la cama y le dio en el rostro como si practicara sobre un saco de boxeo. Supuestamente por la vergüenza que le había hecho pasar. Después, tranquilito, como si se tratara de hacer una llamada para encargar una pizza, solicitó una ambulancia explicando que ella había sufrido un accidente. Y allí estaba, recuperándose, en espera de que su rostro volviera a la normalidad a fuerza de analgésico y desinflamatorio. Le dije que me esperara, que le iba a llevar una sopita y unas frutas. Pero primero pasé por el departamento con una de las copias de la llave que atesoré siempre con la esperanza de poder volver. Encontré a Flavio en su estado natural, comiendo y mirando series en el smart TV. Le zampé una mano tan fuerte que cayó de nalgas. Mis puños se me iban solos impulsados por una fuerza gravitacional llamada indignación. No lo maté, pero le regalé una semana de vacaciones en la sala de terapia intensiva del hospital Pérez Carreño. Supuestamente la policía me estaba buscando, pero el prontuario policial de Flavio pesó más que mi historial de docente jubilado.
Sentía a Fedra como un tierno koala que, enrolladito a mi brazo, devoraba cada hoja de mi libreta.
—Ojalá alguien me defendiera así —me dijo, parpadeando con sus largas pestañas.
—¿Y tú necesitas que alguien te defienda?
Me extrañó que el gordo Tony se acercara a nosotros y le dijera a ella que estuviera pila, porque el jefe estaba a un pelo de llegar al local. Ella se levantó y resbaló los dedos bajo su mentón.
—Mira esto, pedazo e gordo —lo volvió a hacer varias veces y me agarró la mano.
—¡Ay, chama, busca tu muerte natural! —le soltó Tony.
—Ven, Leíto, a mí me fascina Emmanuel.
Yo no sabía qué hacer, nunca les había tomado el ritmo a las canciones de ese tipo. Me jaló de la mano y me dejé llevar. Su cuerpo comenzó a moverse como las franjas de un ecualizador. No podía hacer más nada que brincar para llevarle el paso a la chica de humo.
Esa mujer se transformó. Sus ojos destellaban al ritmo de las luces estroboscópicas y los focos móviles. Las mujeres que servían tragos iban y venían de la barra inmunes a la explosión sónica. No sabía si me había pasado de mi límite con el ron, pero me imaginaba girando dentro de un disco de acetato.
Ah aaah, me entiende. Me tantea. Aaah, se enciende. Coquetea. Se evapora. Uh, yo qué sé dónde va, dónde vive. Todo está mal. Y siempre es igual. Y yo qué sé, yo no soy detective. La paso fatal. Mi chica de humo. Mi chica de humo
Con la banda Eagles y su Hotel California me fue mejor. Abrazaditos nos hablábamos en el oído como si nos conociéramos de toda la vida. De vez en cuando les echaba un vistazo a mis cosas. En una pillé a Tony escribiendo en mi libreta. Tomé a Fedra de la mano y la llevé a la barra.
—Chama, yo tengo que terminar mi trabajo.
—Pero, chico, a quién se le ocurre escribir en un lugar como este. Estás en un lugar de humo, tragos y guaguancó.
Se quedó en la barra contra su voluntad, pero sentí que le gustaba mi control. Tony cambió los tragos y revisé la libreta. El gordo me advertía con horrores de ortografía que Fedra era la amante de Carroña, el dueño del Copacabana Club, el tugurio donde me encontraba. No voy a negar el corrientazo que subió por mi columna. Pero ¿por qué debía estar chorreado? Lo único que hicimos fue bailar y manosearnos un rato, pero eso es parte del ritual del baile. El gordo me pidió que me largara de inmediato. Había agotado toda su capacidad escritural para advertirme del peligro. Pero yo seguía rayando la libreta y ella no se despegaba de mi bíceps, y pendientísima de que me la llevara de allí.
3
Shirley dejó al pendejo aquel y me fui a vivir con ella por un año. No quería estar sola y que de pronto se apareciera el zángano en la puerta. Regresé con la misma emoción de un ex presidente que vuelve a ganar las elecciones. Mi ilusión era volverme a casar con ella, pero la boda nunca se dio.
Fedra tragó su copa hasta el fondo.
—Te voy a decir un secretito, Carroña es mi marido, pero yo no lo amo. Estoy con él porque complace mis caprichos. Sin embargo, soy la mujer más infeliz del mundo.
—¿Y por qué simplemente no lo dejas?
—¿Tú crees que eso es fácil?, aquí se hace lo que ese desgraciado dice, y punto.
—Entonces eres una esclava, así de simple.
—Siendo franca, parece que sí. Una vez me enganché de un tipo que conocí en esta misma barra. Venía todos los viernes después de salir del trabajo, era un hombre de bien, un paramédico. Además, se parecía a un actor que está buenísimo. Pero bueno, para hacértelo corto, lo agarraron los gorilas de Carroña de ese mismo asiento donde estás tú y lo arrastraron a la calle. Le dieron una paliza al pobre que ni se le podían ver los ojos del sangrero. Por supuesto que jamás vino.
—Pero podías denunciarlo.
—No me hagas reír, a Carroña lo protege alguien bien pesado.
—Pero no está fuera de la ley.
—Tú sabes cómo está esto de podrido, ya estamos peor que los colombianos, los mexicanos, no sé...
—Bueno, tenemos a la prensa.
—Tú pareces que vivieras en una burbuja de papel, Leo; dejemos ese tema como está, ¿sí?
—¡¿Como está?! ¿Acaso quieres quedarte amarrada a este mafioso toda la vida? No sé qué les pasa a las mujeres. Parece que les gustara amarrarse a los patanes más crueles de este mundo.
—Destapé mi infierno contigo para desahogarme. Pero de allí a retar al orangután aquel, ni pendeja. Una cosa, ¿y qué te pasó con Shirley?, digo, después de ese año juntos, por qué te volvió a dejar...
—Bueno, no volvimos a casarnos, como ya sabes, y terminó regresando con aquel batracio.
—Entonces nunca te amó, cariñito, y lo siento mucho por ti.
—No, yo creo que todavía sentía algo. Lo que vivimos fue tan real.
—Pobre niño, no conoces a las mujeres. Ella como que los quería a los dos. Se aferraba a algo que tú podías darle y él no y viceversa. Mira, nosotras las mujeres, somos muy astutas y más inteligentes de lo que imaginas. Carroña jura que yo aprendí a amarlo a través de los años.
—¿Aun después del episodio con aquel tipo?
—Yes, parece imbécil, ¿verdad? Claro, yo le sigo su juego pendejo. Pero sigo teniendo mi corazoncito, y aquí viene gente muy chévere, como tú.
—¿Y siempre está aquí, vigilándote?
—El día que no, deja gente en todos lados. ¿Ves el gorilón que duerme en aquella mesa? Podría decir que es mi carcelero...
Bebí hasta el fondo. El gordo se acercó preocupado y me pidió la cuenta.
—Ya vamos a cerrar, chamo.
Fedra apretó mi brazo.
—Eso es embuste, quédate conmigo. Mi carcelero está en el quinto sueño. Se tragó varias birras de cerveza.
—Fedra, ya yo me voy.
—No, anda, vale, sigue escribiendo —agarró mi libreta y leyó el último texto que había escrito.
Cerré la libreta y pagué la cuenta.
—Quédate, Leo, por favor.
Yo no le paré y salí del local.
4
Llegué a la pensión, abrí la nevera y me tragué un pedazo de pizza fría. Encendí el televisor derribándome en la cama. Los golpes en la puerta me sobresaltaron. Recordé la advertencia del gordo y lo que le pasó al amante de Fedra.
—Ábrenos, chamo, que sabemos que estás allí.
—¡¿Y quiénes son ustedes?!
—Tú sabes de dónde somos, no te hagas el loco.
Tenía que abrir, no estaba en el departamento de Shirley que hasta tenía una puerta blindada con Multilock. Todas las puertas de la pensión estaban podridas y las paredes eran antiguas de mampostería. Esa mamarrachada no la resistirían los soplidos de los dos lobos que estaban afuera. Tuve que abrir.
Eran dos tipos, uno era pelón, pero ambos tenían chaquetas tipo biker. Por cierto, el pelón era el que dormía en el Copacabana, supuestamente vigilando a Fedra. Era una bestia parecida a Hulk Hogan. Me arrojaron en un carro y en pocos minutos estábamos frente al local. Tony puso un gesto de tristeza cuando me vio. Los gorilones me llevaron derechito al viaipí. Un lugar que tenía de todo lo que uno se pudiera imaginar. Y allí estaba el Carroña, un tipo con un traje carísimo, creo que de Armani. Aparentaba unos sesenta años. Se me quedó viendo con una sonrisa de niño en Navidad. Era muchísimo más bajo que yo. Se veía como un pequeño Napoleón rodeado de hermosas mujeres y de escoltas peligrosos. Su cabeza era como una bola de billar sostenida por un cuerpo rechoncho e irregular.
—Te lo voy a preguntar una sola vez, pajarito: ¿dónde está mi mujer?
Yo no pretendía saber algo que se supone no debía saber. Y se suponía que ella se había quedado en el bar cuando yo me fui.
—Mire, don, yo no lo conozco a usted, soy sólo un cliente que se vino a tomar unas birras y se fue.
—Tú sabes de quién te estoy hablando, de mi hembra, de Fedra. Aquí todos te vieron que no te despegaste de ella en toda la noche. ¿Te gustó?, ¿verdad que está rica? Pero esa carnita es del que te conté.
—Mire, míster, yo no le quito las jevas a nadie y que yo sepa las personas no son propiedad de nadie.
El pelón parecido a Hulk Hogan me dio unos cachetones fortísimos.
—¡Que respondas a la pregunta del jefe tedijeya!
—¡¿Qué quiere que le diga?!, yo no sé dónde está esa mujer. Si me van a matar por eso, háganlo, pues, háganlo, ya yo no le duelo a nadie en este mundo...
—Ay, pobrecito el niño, se me parte el corazón. ¿Vas a llorar?, pues yo te voy a hacer llorar de verdad... ¡Agárrenle la mano!
Carroña hizo un gesto casi imperceptible y uno de sus matones puso mi mano sobre la mesa.
—Abre los dedos, carajito.
El otro sacó un picahielos y se puso a jugar.
—No, chico, no me subestimes al escritor. Lo que va a hacer Ñoño te dará nuevas ideas para una novela. ¿Qué tal? Te lo voy a preguntar como una concesión, chamín, no me gusta meterme con los intelectuales porque yo me considero uno. Es más, soy más que eso, un científico del dolor.
Ñoño aumentó la velocidad y la punta del picahielos empezó a pellizcarme entre los dedos.
—¡No, vale, por favor, no me hagan esto, yo no me fui con Fedra para ningún lado! ¡Ella se quedó aquí, pregúntele a Tony!
Carroña movió la cabeza y trajeron al cantinero.
—Jefe, es verdad, este tipo no se fue con Fedra. Pagó su cuenta y se largó. Ahora, ella sí salió media hora más tarde, pero sola. Creo que pudo haberse ido a casa de alguna amiga.
—Puede que tengas razón, gordito, pero pudieron encontrarse en otro punto.
—¿Y usted cree que yo soy pendejo de llevarme a esa mujer? Tony me lo dijo con pelos y señales, Fedra es su mujer, ¿cierto? Lo único que yo hice fue hablar con ella sobre mis textos y bailamos una vez, eso es todo.
—Esa vaina suena sensata —respondió Carroña—. Díganme algo, muchachos... ¿revisaron el departamento del escritor?
Ñoño y el doble de Hulk Hogan asintieron. No podían negarlo. Exponer tal negligencia les costaría un tiro en la cabeza. Los miré y las esquinas de mi boca no pudieron evitar explayarse. Sin embargo, aunque nunca revisaron la pensión. Fedra no estaba allí, sino en otro lugar.
Carroña hizo un gesto para que me soltaran, pero Hulk Hogan, rabioso, clavó el picahielos. El metal traspasó y mi mano se quedó anclada a la mesa. La sangre goteaba al otro extremo formando un charco en el piso. El Noño sonrió viéndome sufrir, pero Hulk Hogan miró al jefe y extrajo el picahielos.
Carroña me dio una palmadita en la espalda.
—Tranquilito que sólo fue un susto. Gordo, dale los tragos que quiera, va por la casa.
El cantinero me llevó al baño y vertió un chorro de whisky sobre la herida, enrolló mi mano en un trapo seco y me dio un vaso lleno de Jack Daniel’s.
—Chamo, te salvaste de vaina, sólo a ti se te ocurre meterte con Fedra.
—Tú sabes que mi amor es de Shirley.
—Vamos a creértelo, brother. Mira, llévate esta botella de cortesía. Y ponte las pilas que estás hasta las metras de borracho.
Eran las tres de la mañana, las calles estaban desiertas y una risa incontenible emergió de mi garganta. Eres un loco, Leonardo. Herido, ebrio y muerto de risa por una mujer. Recordé lo que le escribí a Fedra en la libreta. Le dije que disimulara y se fuera a Colinas de Valle Arriba. Torre Bubalú, piso 2, apartamento 21. Le di las llaves que atesoraba del apartamento de Shirley. Ella estaba viviendo en España con la bestia aquella y no tenía fecha de retorno. Nos veríamos al amanecer, como acordamos. Comenzaríamos una nueva vida lejos del peligro y de Carroña y, si fuera posible, de los tragos.
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