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Cuando llega la noche

martes 6 de octubre de 2026
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La mirada se le pierde en la oscuridad. Así se siente: oscuro. Aprovecha de llorar todo lo que hoy ha guardado; en el día se dedica a ayudar a remover escombros. Hace cinco días encontró el cuerpo de su esposa, pero no tiene tiempo para el luto; por lo menos, de día. El día es para seguir buscando, el día es para tratar de encontrar vida: milagros. Las manos de todos siguen aruñando con fuerza la esperanza en el concreto; saben que el tiempo es su enemigo, saben que el gobierno no va a hacer nada por ellos, pero se tienen unos a otros. Lorenzo, que está solo en estos parajes, se siente parte de ellos durante el día. Pero llega la noche.

Es en ese momento en el que se deja arrastrar por el dolor; es en ese momento cuando puede soltar lo que le presiona el pecho. Apenas tenía dos semanas de casado. Y la perdió. Es de los llanos y vino para La Guaira a trabajar de albañil, después de haber perdido a su esposa por el Covid. Quiso huir del dolor, se dio cuenta de que no era posible, y comenzó a trabajar lejos de su tierra. Cinco años y, aunque en los primeros meses no se sentía del todo bien, tenía trabajo. En uno de esos trabajos la conoció. Morena, dicharachera y linda. Se enamoró. Se enamoraron.

Y todo se acabó. Dos semanas de dicha matrimonial y todo se acabó. Por segunda vez se encontraba sin esposa, no tenía hijos y su familia estaba lejos. Desdichado. Pero ahora podía llorar sin que nadie lo viera. Los que compartían carpa con él estaban en su misma condición: la familia muerta y sin hogar. Jamás había compartido tanto con tantos. Jamás se había sentido parte de algo tan grande, ni siquiera el Covid había sido tan amalgamador como esto. El día era para buscar la esperanza, para trabajar hasta el cansancio; para lo demás tenía la noche. Llorar, sentir que le temblaba el cuerpo: eso que los sicólogos llaman temblores fantasma. Quizá tres horas de sueño, no más. El resto: amargura, culpa e impotencia.

¿Por qué se salvó él?, pensaba y pensaba. Hubiese preferido irse con ella. Aunque a veces pensaba que a lo mejor eso era lo que llaman destino: venir a sufrir.

Son las seis de la mañana y se levanta, aunque estaba despierto desde hacía horas, para medio lavarse la cara y los dientes y comerse la arepa que le da la pareja de pastores que los han atendido desde el día siguiente del doblete: así le dicen todos, pero él lo que sintió fue un larguísimo terremoto y cómo se le apagaron las ganas de vivir. Su familia no sabe nada de él; quizá me crean muerto o me están buscando —pensaba—, pero lo cierto es que con ellos no ha podido hablar.

Después de sacar el último cuerpo de sus vecinos (del edificio sólo sobrevivieron cuatro) debe buscar trabajo, comprarse un celular y llamar a sus hermanos. Lástima que no pudieron conocerla, lástima que se les haya hecho imposible venir, pero no todos se pueden dar esos lujos: tomar un autobús para otra ciudad. El pastor inicia el día con una oración, luego vienen las arepas, un poco de café y caminar otra vez hasta los escombros que una vez fueron el hogar, donde creía que pasaría el resto de su vida con ella. Hasta hijos iban a tener: cuatro; dos niños, dos niñas. Bueno, los que Dios quisiera. Él quería más, ella no tanto: “¿Cuatro? Dos es suficiente”, le decía ella, pero él insistía y acordaron tener cuatro.

Le duele mucho la mano, pero no puede darse el lujo de parar. Se lo debe a sus vecinos, que lo ayudaron a sacar a su esposa. Los muertos de ellos merecen la misma suerte, pero el dolor y el cansancio son grandes; sin embargo, su fuerza de voluntad es mayor, o su agradecimiento. Pero también necesitaba estar ocupado, necesitaba cansar el cuerpo al máximo; eso era lo que le permitía medio dormir esas tres horas, cuatro cuando mucho. El sol está fuerte. Su cuerpo es más oscuro y surcado; los labios, áridos. Soporta más que el resto, es joven y fuerte, más que el promedio de los que están allí. Esa fuerza lo ayuda a remover escombros cuando el resto no puede más. El problema es cuando llega la noche.

Leonardo Regnault
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