Los senos le arden y el dolor es asqueante, a diferencia del que sintió hace cuatro años. Aquel encerraba la dolencia placentera de la maternidad. Este, el del oprobio. Hace dos años salió a buscar un horizonte, un destino mejor en un país de “libertad”. Pero encontró cadenas de envilecimiento. Y aunque ha logrado reducir la deuda a la mitad, no es suficiente. El dolor de los senos se suma al del resto de aquellas partes que han mancillado sus captores. Pero ya no llora, la rabia ha secado cada lágrima y la ha endurecido. Debe salir de allí, debe volver a ver a su pequeña y para ello tiene que dejar el dolor donde dejó la dignidad, en el olvido.
Vivía tranquila en su calurosa ciudad. El sol acariciaba su cuerpo y lo acanelaba. Todas las mañanas se levantaba muy temprano para abrir la bodega que tenían en su casa. Su mamá y su pequeñita eran su responsabilidad y gracias al pequeño negocito lograba darles de comer y comprar las medicinas que hicieran falta. Varias de sus amigas se habían ido del país. Unas estaban en Chile, Perú, Estados Unidos y hasta Australia. Comenzó a pensar en que quizá era el momento para seguir ese camino. Sin embargo, la inquietaba dejar a su mamá y a su bebita. No quería separarse de ellas por nada del mundo. Aunque la realidad se estaba imponiendo: la bodega tenía los estantes casi vacíos.
Otra vez el olor a cebolla y trapo húmedo. Nuevamente el sudor y el mal aliento se le enciman. Y debe lamer, abrirse y dejar que la ultrajen por la espalda. En esos momentos quiere morir, pero no se va a rendir, no les dará el gusto. Vivirá para hacer que su hija tenga la oportunidad que a ella y a muchos les arrebataron en su país. Por culpa de ellos encontró este calvario.
Vomita todo el asco, mas no la rabia: sigue intacta, creciendo y sirviéndole de soporte. Con ella logrará salir de allí y con ella podrá alcanzar su sueño: llevar a su hija a la escuela, abrazarla en el jardín de su casa, celebrar sus quince años, verla graduada de médico y feliz con su esposo y su pequeño bebé que la convertirían en abuela.
Duerme en una colchoneta al lado de muchas. Hay un gran número de su país atiborrado de petróleo y hermosas mujeres. Lloran juntas, se dan ánimos, se cuidan en la enfermedad, se deprimen y hacen planes para el futuro. Ha visto irse a varias, que han logrado pagar su deuda; también hay las que han decidido quedarse, nadie las espera, no tienen por quién seguir adelante. Lo más doloroso, aquellas que han muerto y no se les ha podido siquiera llorar. Allí no se para, siempre hay que trabajar.
Cuando decidió que era hora de partir, que el sacrificio era necesario, vendió la moto y las pocas prendas de oro que aún conservaba y le dejó a su prima un poco de dinero y la responsabilidad de su madre y su hija. Al lograr estabilizarse en otro país, enviaría dinero y luego las llevaría a las tres. Vivirían un futuro hermoso. “Te prometo que vamos a estar juntas de nuevo”, eso le dice a su hija con un mundo de angustia en la garganta y la cara húmeda de dolor. El abrazo con su madre y con su prima, y el dolor en el corazón al despedirse de su niña, la acompañarán en todo el trayecto.
Quince alcabalas, en todas intentaron extorsionarla y en algunas tuvo que ceder, hasta el paso fronterizo. De allí tendría que caminar cientos de kilómetros para llegar al poblado en el que se reunían los migrantes. El sol, que tan hermosa la ponía en su tierra, la dañaba. Era inclemente y hasta se cebaba contra los caminantes. Las noches eran frías y húmedas. Ella, que estaba acostumbrada al calor, día y noche, sufría más en las noches que en los extenuantes recorridos diurnos. Parecía que le hubiesen untado crema alcanforada en los huesos: el frío salía de ahí. En esos momentos maldecía a los mandos de su país, a todos, y al padre de su hija. Él tenía las maneras de velar por su bebita y nunca lo hizo.
Cuando lograba obtener wifi se comunicaba con su mamá y su hija y les contaba lo placentero del viaje. Los hermosos paisajes que encontraba a su paso; un día le contó de las hermosas praderas, manadas de caballos. “Mami, ¿puedes traerme uno?”, la interrumpió su inocente bebita; en ese momento perdió las fuerzas para seguir hablando: el mundo idílico que le pintaba a su niñita la estaba desgarrando. Pero siguió con la farsa. “Claro, mi amor. Mami te comprará tu caballo cuando nos reencontremos, pero ahora debemos despedirnos”; el mundo en su garganta crecía más y más. “Te amo inmensamente, eres todo para mí, que Dios te bendiga”; “También te amo, mami, bendición”.
Iba a pedir que le pasaran a la abuela, pero no iba a poder seguir fingiendo, optó por que le pasara a su prima. Con ésta no pudo seguir aparentando, tampoco hacía falta, y se desbarató en llanto. La prima, entendiendo todo lo que estaba pasando, se apartó de su tía y su primita para poder conversar con ella. “Esto es el infierno”, desahogó su dolor. “Ojalá valga la pena, la marcha a pie, el sol, el frío, el hambre, la sed son insoportables”. “Adela —esto lo dice con la voz quebrada—, piensa que ese sacrificio es por la pequeñita”, y se calla; de seguir hablando se desbarataría igual. Pero luego retoma fuerzas y comienza a conversar en la misma línea de las mentiras que ha dicho Adela.
Tres años después logra pagar la deuda. Debe regresar a su casa, ya no hay un futuro mejor, ya no hay forma de recomponer su vida. Va destrozada, pero está cerca de reencontrarse con su hija. Camina rota. Desandando el camino se consigue otra caravana de migrantes; piensa en advertirles, pero se arrepiente. Ve las caras cansadas pero risueñas, y lamenta no poder alertarlos.
El poco ahorro que pudo acumular lo lleva entre sus piernas. Es para que su hija pueda tener una vida mejor de la que ella tuvo. Sólo quiere regresar a su hija, a su casa, a su bodega. En la frontera miran a la delgada mujer que viste harapienta. Cruza la frontera y allí mismo consigue un transporte para la capital. Dieciséis horas de viaje, quince alcabalas y en ninguna intentaron extorsionarla. Su aspecto los disuadía.
Llega al barrio y mira a su nena; ella no la reconoce: la mujer que está frente a ella es una anciana, su mamá era joven y hermosa.
- El asco - jueves 2 de abril de 2026
- El boom está en Netflix - lunes 7 de abril de 2025
- La voz Pàmies
(sobre A las dos serán las tres, de Sergi Pàmies) - miércoles 12 de marzo de 2025


