Hace algún tiempo que Juan Pintos vive en el techo de su casa.
Había empezado a subirse por las tardes y decía que se sentaba allá arriba como cualquiera se sienta en el frente a tomar mate. Primero subía y bajaba una silla y la radio, pero desde hace un tiempo siempre hay sobre su casa una cama, la heladera, la cocina, una mesa y una escopeta.
Desde el frente, junto a la entrada, puede verse que la casa tuvo un amplio ventanal, ahora totalmente tapiado. La pintura desigual en la pared de desparejos tonos blancos delata el rectángulo irregular de una abertura que ya no existe.
Todo el terreno está cubierto por un pasto amarillento crecido, y un camino en bajada marcado por algunas piedras ligeramente curvado hacia un portón central.
Juan sube y baja del techo por un álamo inmenso que alza su cabeza justo por detrás de la pared posterior.
El hombre tiene unos cincuenta años y desde algo más de cinco años vive solo. Viudo.
Debido a su extraña costumbre, la gente ha pasado a considerarlo un mero espécimen de zoológico. Salvo por la pareja de enfrente, Francisco y Ema, no tiene trato alguno con el vecindario. Este matrimonio jamás ha pasado frente a su casa sin saludarlo. El hombre desde el techo les corresponde el saludo, levantando el brazo extendido sobre su cabeza y meneando ligeramente los dedos.
—A ver cuándo se va a bajar de ahí, Juan —le grita a veces Ema, y sigue de largo para el almacén, la panadería o donde sea que vaya un ama de casa de barrio común y de edad mediana.
Francisco, por su parte, luego de volver del trabajo tiene el hábito de pararse bien de frente al portón y, con el termo siempre bajo el brazo, le comenta a gritos cualquier asunto del momento.
—Juan, ¿no escuchó los titulares del noticiero? Parece que se vienen tormenta y granizo —le dijo particularmente aquella tarde, pero Juan apenas asintió con la cabeza mientras intentaba tender las sábanas que se le iban.
Un par de vecinos que pasaban por ahí miraron a Juan, le hicieron un gesto burlón pero siguieron su camino. Los perros a lo lejos ladraban a las motos ruidosas que pasaban.
Francisco se quedó mirando unos segundos a su vecino mientras las nubes avanzaban por detrás del álamo y tomó un mate más antes de irse. Un rato después, ya en su casa, revolvía la yerba del mate con la bombilla cuando Ema regresó del almacén.
—Escuchame —le dijo sin mirarla—, tenemos que hacerlo bajar de ahí lo antes posible.
Ema hizo una pausa sin mirarlo, dejó la bolsa sobre una silla y resopló.
—Si se le moja la heladera y la televisión no van a servir más para nada —prosiguió Francisco.
—Yo no puedo obligarlo a bajar —dijo Ema al tiempo que sacaba las cosas de la bolsa y le daba el papel con la cuenta de la compra a su marido—. El tipo es feliz donde está y ahí se va a quedar hasta que se muera.
Francisco miró unos segundos la cuenta del almacén, la arrugó y la arrojó.
—Me importa un carajo que se muera o no. No podemos dejar que se echen a perder las cosas. Esas son nuestras cosas por derecho. El tipo no tiene a nadie y nosotros somos lo más cercano que tiene.
Ema devolvió una mirada desafiante a su marido.
—¿Y para qué le salvaste la vida, entonces? Te dije que no salieras, pero vos nunca me hacés caso.
—Si te hiciera caso no tendríamos nada de lo que tenemos —dijo Francisco, acercándose.
—Si no tenemos nada, Francisco. No me dejaste ni tener mis hijos.
—¿Tus hijos?
Él la miró un segundo, avanzó hacia ella y la abofeteó.
El sonido resonó en la cara y en la casa. Ema quedó unos segundos cabizbaja con los ojos clavados en su vientre. Levantó la mirada pero no le dijo nada.
—Está bien. Con pelearnos no vamos a lograr nada —dijo Francisco mientras volvía a tomar el termo y el mate.
Ema ya se había puesto de espaldas frente al ventanal.
—Tengo un plan, pero vos tenés que ayudarme. Si todo sale bien, vamos a poder tener dos heladeras, televisión, estufa y colchón nuevo.
Pero Ema ya no lo escuchaba. Sólo resonaban los ruidos cotidianos que hacía Francisco y que repetía la casa. Afuera, una luz insomne parecía dotar de movimiento los objetos lejanos sobre el techo de la casa de su vecino. El hombre, allí sentado, parecía un objeto más. A sus espaldas el álamo sacudía frenético las ramas y las innúmeras hojas del árbol dotaban de cabellera el blanco desgastado de la fachada. Por detrás del vidrio, Ema observaba a trasluz de su rostro cómo su pómulo comenzaba a teñirse del mismo color amoratado que la noche.
Al otro día Ema despertó otra vez cansada. Notó que le dolían particularmente las sienes. Había dormido tensa, sin duda, pero esta vez el dolor era más punzante, penetrante, íntimo. Pensó, una vez más, que el colchón estaba viejo y que hacía tiempo debía haberse reemplazado. Se dirigió a la cocina, tomó un vaso, lo llenó de agua y lo dejó junto a un blíster de analgésicos. Había siempre un blíster de analgésicos del lado izquierdo de la mesa. Miró las pastillas y descubrió que sólo quedaban cinco. Entonces experimentó una leve sensación de angustia. Las cinco pastillas correspondían a la mitad exacta del envase, de manera que la otra mitad estaba completamente vacía.
Aún en pijamas, bostezó tomándose los hombros con ambos brazos cruzados sobre el pecho. Miró hacia atrás, a su alrededor, y confirmó que se encontraba sola. Siempre estaba sola a esa hora de la mañana. Apenas si pasaban veinte minutos de las cinco cuando su marido se iba. Era obrero. Las cinco era la hora en que sonaba estrictamente el despertador desde hacía algo más de doce años, y Ema ya le había tomado particularmente fastidio a ese número. Francisco se despertaba, iba al baño, ponía el agua del mate a calentar, y se iba sin siquiera despedirse de su mujer. Después, el sonido de la moto alejándose. Ella, entre sueños, apenas si llegaba a distinguir entre las sábanas que había un cuerpo que faltaba, cuando entonces descubría que había más espacio en la cama y que podía salirse de su lado, y estirarse larga tal cual era por toda la superficie hundida del colchón.
Ema finalmente se decidió a quitar una de las pastillas del blíster y le tranquilizó comprobar que sólo quedaran cuatro. Hace tiempo se había dado cuenta de que los números impares le producían una cierta sensación de incomodidad, pero no lograba deducir la razón de fondo de su malestar. Sólo cuando volvió a dejar el paquete en la mesa se dio cuenta de que ahora pasaban a ser seis los espacios vacíos y cuatro los llenos. Le pareció extraño advertir que, si sólo hace algunos segundos existían el mismo número de espacios llenos y vacíos, por el solo hecho de quitar un comprimido se hubiera determinado una diferencia de dos entre ellos, y no de uno, como era de esperar. Pensó en sus cuarenta años recién cumplidos, en su mitad de vida transcurrida, y le angustió particularmente el plástico aplastado de los espacios vacíos en el blíster.
Tomó una lapicera y anotó en un papel la palabra ANALGESICO. Cuando colgó el papel en la heladera advirtió que no había tildado la letra “E”. Descolgó el papel, tildó “É” y volvió a fijarlo en la heladera. Sólo entonces tomó el vaso de agua que estaba sobre la mesa e ingirió la pastilla que tenía en la mano hace un rato.
Le pareció advertir que la casa esa mañana era más pequeña de lo habitual. Quizás la oscuridad del día, pensó. Se acercó al ventanal y se quedó un momento contemplando las nubes grises que continuaban avanzando sobre el cielo. Sobre el techo de enfrente, su vecino miraba de reojo la televisión y revolvía exagerado algo en la sartén. Ema dejó el vaso en la pileta y salió.
Se vio a sí misma cerrando el portón de su casa y flotando de pronto hasta el portón de su vecino. Un ladrido la devolvió a la realidad. Le gritó dos veces a Juan pero recién al tercer intento pudo escucharla. Él la saludó con una mano sola extendida, como siempre de pasada, pero Ema le hizo señas para que se aproximara.
Juan dudó unos segundos sobre la intención de su vecina, pero ante su insistencia apagó la hornalla, tomó la escopeta y bajó pesadamente por el álamo.
Por entre el pasto crecido Juan llegó hasta su vecina.
—Juan, tengo que hablar con usté —le repitió Ema.
Sorprendido, abrió el portón.
—Vecina, pase —le dijo, al tiempo que dejaba el arma recostada en el portón.
Se sentaron en un banco próximo a la entrada, entre los yuyos. El viento removía violentamente el pelo de Ema y ella buscaba sostenérselo mientras ordenaba sus palabras.
—Escúcheme, Juan —le dijo finalmente—, no está bien lo que usté está haciendo. Allá arriba corre un gran peligro. Teniendo casa no debería vivir en la intemperie. Vea la tormenta que se viene —dijo señalando por encima de la casa el nubarrón gris que se aproximaba—. Además podrían robarlo, golpearlo o quién sabe...
Juan le señaló la escopeta y sonrió.
—No se preocupe, vecina, estoy más cómodo ahí que en cualquier lado.
—Pero dígame, ¿no pasa frío? ¿No le da el sol? ¿Y si llueve? —volvió a insistir Ema.
—Y si llueve me mojo, y si hace frío me tapo. Yo le hablo de sentirse bien y usté me habla de comodidades.
—¿Y no lo molestan los insectos? —insistió Ema.
Juan la miró un momento sin responder.
—Tiene que darse cuenta de que ahí arriba queda expuesto a la vista de todos, como en vidriera, le toman el pelo y usté no se lo merece —prosiguió ella.
—No me importa eso — la cortó Juan—. Usté sabe bien cómo yo era, y cómo yo soy desde que se murió mi Olga. Yo sé que fue la casa la que me la mató. Y también sé que ahora esta —se dio vuelta— me quiere matar a mí.
Ema miró la casa y la suya propia.
—Yo conocía bien a Olga —dijo Ema—. No me explico...
—Hay casas que no quieren que nadie las habite —prosiguió Juan—. Son casas ciegas. Uno vive ahí adentro, y por más que abra las ventanas la luz es poca, siempre falta. Yo no quiero darle ese gusto a esta —hizo un gesto despectivo— y terminar igual que mi Olga, pobrecita... Entonces, como no me puedo mudar, y bueno, me vine pal techo.
Ema miró por detrás de su vecino y sintió un escalofrío al ver el ventanal tapado de la casa. Recordó, entonces, su ojo amoratado, y que había olvidado maquillarlo antes de salir. Trató de ocultarlo con el pelo.
—Mire, si no está a gusto, hay otras maneras. La mía es chica, pero donde caben dos... Además, puede traer sus... cosas —dijo Ema.
—De ninguna manera —contestó inmediatamente Juan—. Yo no soy quién para meterme en casa ajena. Además esta me costó mucho trabajo hacerla.
Juan hizo una pausa y miró el piso.
—Además, su marido no me cae. Yo podría vivir muy bien con usté, pero no con su marido.
Ema se incomodó un instante.
—Todo esto fue idea de él, ¿no? ¿Y eso también? —dijo Juan mientras señalaba el ojo un poco negro de su vecina.
Ella avergonzada torció algo el rostro intentando disimularlo.
—No se preocupe —prosiguió Juan—. Yo sé que su marido quiere quedarse con mis cosas. Lo sé hace mucho. ¿Sabe cómo lo sé? Porque siempre tiene esa mueca en la cara. La misma mueca de cuando me trajo la escopeta. Me la daba por mi seguridad, me dijo —hizo una pausa larga—. Fue como poner una bolsa de caramelos adelante de un niño.
Ema sintió nuevamente cómo los alfileres comenzaban a clavársele en las sienes, cómo las palabras le entraban por los tímpanos y se acumulaban presionando desde ambos lados.
—Yo me encontraba enceguecido —siguió Juan—, y no me daba cuenta de nada. Pero no sé por qué, después, también me salvó. Quizá él no esperaba que yo lo hiciera ahí en el frente de la casa. No sé. Él creía que me iba a pegar el tiro adentro, pero yo no iba darle ese gusto a esta —volvió a señalar la casa—. Esa misma tarde le tapé la ventana a esta puta para que no me viera, y de noche... y de noche usté sabe más que yo lo que pasó.
Ema se perdió en el estruendo del caño recortado de una motocicleta que en ese momento pasaba velozmente a sus espaldas. Quedó mirando a lo lejos del camino, por donde había desaparecido el humo, y esperó a que el sonido se extinguiera por completo.
Una ráfaga de viento le removió nuevamente el pelo, pero esta vez no lo acomodó. Las pulsaciones a ambos lados de la cabeza no la dejaban pensar con claridad, y creyó que lo mejor era irse.
Juan la vio levantarse.
—No espero haberla incomodado —le dijo.
Ema lo miró y le sonrió levemente.
—Usté es un buen hombre, Juan —le dijo. Le tomó un momento la mano y desapareció, cerrando el portón, cruzando la calle hacia su propia casa.
Por la tarde, al regresar del trabajo, Francisco se metió rápidamente en la casa sin darse vuelta a mirar para lo de su vecino. Mientras se preparaba el mate, miró por el ventanal y vio que su vecino aún seguía ahí.
Ema no había regresado de hacer los mandados.
—Esta tarada no debe haberle dicho nada. No sirve para nada esta mujer —se dijo para sí mismo al momento que ella entraba por la puerta—. ¿No fuiste a hablar con Juan? —le dijo sin saludarla, al tiempo que encendía la televisión.
—Sí —le respondió ella sin agregar nada más. Luego, sacó la carne picada del envoltorio y tiró la bolsa vacía aún con sangre a la basura. Tomó una cebolla y comenzó a picarla sobre la tabla.
—¿Y? ¿Por qué no lo hiciste bajar? ¿No le dijiste que le guardábamos las cosas? —dijo Francisco, al tiempo que miraba de reojo los titulares del noticiero. Ya se mostraban algunas imágenes de lluvia y granizo al norte del país.
—Bajó, sí. Pero enseguida se subió. Me dijo que se iba a quedar ahí. Que ahí estaba a gusto y que no le importaba más nada.
Se escuchaba el sonido repetido del cuchillo contra la tabla.
—¿Pero este es loco? ¿No sabe que se va a caer el cielo? ¡Qué tipo pelotudo! —dijo, y comenzó a mirar por la ventana. Nubes enormes comenzaban a amotinarse y oscurecer el mundo más rápidamente que lo habitual.
Los perros ladraban más que de costumbre y el sonido de las motos se confundía con los truenos.
—A lo mejor habría que darle una cuerda, así se mata callado en el fondo y no hay que salirlo a asistir —dijo Ema, despojándose de un sentimiento que la había estado atragantando desde la charla con Juan.
—¿Lo qué? ¿Qué querés decir? —dijo Francisco mirándola severamente y avanzando recto hacia ella.
Ema dejó la cebolla que había estado picando a un lado de la tabla y alzó verticalmente el cuchillo. Sintió una lágrima que le corría en ese momento por la mejilla izquierda, y se preguntó si aquella lágrima no sería producto de la cebolla más que de sus emociones.
Francisco la quedó mirando, alternando la mirada que iba desde sus ojos al cuchillo y desde el cuchillo a sus ojos.
En ese momento, un relámpago iluminó por completo la casa y Ema se sintió fotografiada.
El trueno partió en dos el silencio y enseguida la lluvia comenzó a caer.
Francisco lanzó un insulto y se arrojó, frenético, hacia la ventana.
Encima de la casa ciega, Juan se cubría con un gran nylon para no mojarse.
A las espaldas de su marido, Ema veía cómo las gotas bajaban enormes por el vidrio de la ventana y notó que sus sienes habían dejado repentinamente de doler.
Bajó el cuchillo y lo dejó del lado izquierdo de la mesa.
Al lado, el blíster de analgésicos contenía ahora tres pastillas.
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