La puerta estaba cerrada. Un hombre gordo de sombrero y corbata, con un gran sobre bajo el brazo, no acababa de salir, cuando desde adentro se pronunció la palabra: “Siguiente”.
Yo estaba seguro de que enseguida me levantaría e iría con prontitud, atravesando de un solo paso el límite hacia el interior de aquel ambiente, abriendo la puerta y posándome estúpidamente en el umbral, saludando con una sonrisa más infantil que necesaria.
Sin embargo permanecí quieto, sentado. La seguridad y determinación de la palabra, el peculiar modo de pronunciarla, producían en mí una cierta inacción no deseada. Luego de unos segundos ella repitió: “Siguiente”, esta vez en un tono más enfático, impaciente, y no pude menos que decidirme a entrar.
Quise mostrar decisión, arrojo, madurez, pero en cambio me detuve inquieto al abrir la puerta, mientras los ojos de ellas me inquirían el alma.
—Escuchá, no estés nervioso, sentate —me dijo, y yo obedecí como un niño sumiso obedece los mandatos de su madre.
La habitación era algo oscura, sucia, perfumada. Ambientaba su atmósfera una sensación espeluznante de haber sido todo dispuesto de acuerdo a los mandatos de algún orden desconocido, superior.
Me acerqué a su escritorio. Sus manos blancas, sus dedos largos, delgados, estaban extendidos, instalados palma abajo sobre la mesa. Yo sé que me miraba, pero no podía verla directamente: era extrañamente bella, y no pude haber conjeturado su imagen simplemente con los timbres armoniosos de su voz.
Me dijo que estaba enterada de mi situación, que había estudiado la historia clínica de mi alma con inusitado detalle, y que yo era por demás un caballero que merecía otra oportunidad.
Estas palabras me reconfortaron plenamente, entonces pude verla. Su rostro resplandecía de pureza, su cuello era largo, sus ojos grandes, abiertos, limpios, su postura era elegante, de cisne.
Le dije que creía también merecer otra chance, y que por eso estaba allí.
Entonces sonrió suavemente y, entrecruzando las manos y las piernas, me dijo:
—Todos los datos recogidos van a ser tratados con extremada confidencialidad y seriedad, no tengas miedo de esto.
Yo disentí con la cabeza y el ceño como queriendo significar que no era aquella mi preocupación principal sino otra, mucho más grave y personal.
Le propuse abrir mi alma, contarle los pormenores de mi estado, las causas todas..., pero ella refrenó mi impulso emotivo explicándome que toda la información estaba ya en mi historia, y que no se necesitaban más datos que esos.
Insistí, volví una y otra vez a esa intención; sólo me importaba poder descargar mis frustraciones, mis preocupaciones, contándoselas a alguien más por puro bienestar propio, a ella o a cualquiera, por más nimio, vacuo o inútil que pudiera parecerle a mi interlocutor, a mi escucha.
Ella reprimía, cada vez, mis ensayos dramáticos, con cierta postura de superioridad; con una media sonrisa dulcemente indulgente buscaba mitigar la represión a la que me sometía, dándome a entender que lo que no fuera estrictamente profesional no valía la pena ser discutido, so pena de una total pérdida de tiempo y de dinero, sobre todo.
Me convencí y me conformé con lo que me ofrecía, apenas un cigarrillo y un café.
Entonces, me dijo:
—Sabés que podés venir cuando quieras por acá, estamos para servirte y conocemos de tu alma mucho más que cualquiera, incluso mucho más que vos mismo —y entonces se me quedó mirando con sus ojos fijos, como queriendo significar que aquello era algo serio, importante, que no debía olvidar.
Yo la miré y asentí lento, parsimonioso; embebido de su sustancia, sentí cómo la luz de sus ojos me iluminaban el inconsciente, trazaban allí un fuego, una idea, sin que yo advirtiera nada, sin que yo pudiera darme cuenta de lo que sucedía. Comprendí que yo era allí un personaje totalmente secundario, un insulso mero accesorio donde se había instalado un juego, una batalla desigual entre sus ojos y mi alma.
Cuando supo que ya no hablaría, sonrió levemente, y levantándose cruzó la habitación con la sensualidad de sus altos tacos blancos perfectos, triunfal como un cisne nadando serenamente por un lago alfombrado.
Se paró de frente al archivo, de espaldas a mí. Pude ver la extensión de sus cabellos castaños recorrerle la espalda hasta su cadera.
—Bien, creo que aquí está todo lo que necesitás —me dijo aun de espaldas.
Se acercó y puso el sobre grande en la mesa.
—Tomá, que seas feliz.
Yo miré el envoltorio de papel no sin cierto sentimiento de angustia. Sus palabras sonaron en mí definitivamente como una despedida. Me extendió la mano y no pude menos que corresponder al saludo, pero no a la intención; me quedé sentado nuevamente.
Entonces la misma inacción anterior, la misma acción negligente volvía a presentárseme, esta vez del lado interior de la habitación, sin ninguna causa aparente, pero físicamente real. Era como si mis piernas respondieran tardíamente, lentas de reacción, y por el contrario se mostraran rebeldes o tímidas, como no queriendo obedecer mi voluntad ni manifestar acción alguna en el mundo.
Permiso, le dije, e introduje la mano en el interior del sobre. Ella se sorprendió pero sin sobresalto miró mi mano inmiscuirse en la forma plana del papel que se hinchaba.
Su rostro pálido iba y venía, una y otra vez, verticalmente, de mi cara a mi mano, no sin cierto matiz de desconfianza, pero sin embargo serena.
Yo sabía que en el sobre no había nada y ella también lo sabía. Jugábamos ambos a convencernos de que allí había algo cierto, real, entreverado de burocracia y de muebles lustrosos, de archivos y máquinas de escribir, de papeles amontonados, de teléfonos timbrando, de diplomas falsos colgados en la pared. Ambos participábamos del engaño por conveniencia, a los dos nos era necesario; en definitiva cada cual sacaba en su provecho lo que le interesaba, pero era ineludible preservar estrictamente la farsa, defenderla de toda realidad lastimosa, de toda evidencia positiva, de toda ingrata lucidez.
Así estuve un rato escudriñando el contenido del sobre, con mi ceño fruncido mezclando desconcierto y sugestión. Ella pareció por primera vez turbarse, realmente. Con la mano aún en el interior del envoltorio, me sonreí y le miré los ojos. Advertí que mi gesto la trastornaba cada vez más, le molestaba no conocer mi pensamiento, no descubrir un signo en mi rostro, nada.
Mis dedos recorrían frenéticamente el fondo de la bolsa como explorando lo que allí había. Ella, entonces, finalmente bajó la vista...
A sus espaldas, vi una ventana que daba hacia el parque, cruzando la acera, y estuve algún rato mirando cómo el viento arreciaba contra los álamos. Se me figuró que aquellos árboles no eran más que formas estoicas rebeldes ante un destino también contrario, invisible, y que ellos también eran factores colocados en la escena artificiosamente, ficticios.
De pronto saqué la mano del envoltorio de papel. Le agradecí por los servicios prestados. Dejé el dinero en el escritorio y me apuré a salir con mi sobre arrugado bajo el brazo.
Al salir, ella me frenó y me gritó desde adentro:
—Señor, su recibo.
- La prostituta del alma - martes 10 de marzo de 2026


