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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

José Balza, émulo de Rodolfo Iliackwood

martes 6 de octubre de 2015
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José Balza

Texto leído en “Conversación sobre la vida y obra de José Balza”, durante el 6º Festival de la Lectura Chacao 2014, en Caracas.

Un arte que se sirve del lenguaje como instrumento
producirá siempre creaciones extremadamente críticas,
pues la lengua es en sí misma una crítica de la vida:
la nombra, la toca, la designa y la juzga,
en la medida en que le otorga vida.
Thomas Mann

Pertenezco a la que seguramente ha sido una de las más felices (o despreocupadas) generaciones de venezolanos. Podría decir que a “la gran Venezuela”, pero prefiero afirmar más bien que me tocaron los únicos 40 años de democracia continua que hemos tenido. Cierto que en parte de ese paréntesis histórico se enmarcó la llamada “época violenta” de los sesenta, pero para entonces era una niña y apenas me alcanzaron trozos de conversaciones familiares.

Balza puede vanagloriarse de haber recogido en su obra las mayores inquietudes del momento y lugar que le ha correspondido.

Corrí además con la suerte de tener que subir diariamente la famosa rampa de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, de ser alumna de Panayotis Roufogalis en Latín, de Rafael Cadenas en Literatura y Vida y de Rafael López Pedraza en Mitología; de formar parte del último grupo de estudiantes que tuvo Ángel Rosenblat y de los primeros de gente como María Fernanda Palacios y José Balza.

Pero eso eran las clases.

Estamos a comienzos de los setenta y la UCV aún resollaba por la herida. Más allá de las repercusiones transcontinentales del Mayo del 68 francés, en sus pasillos se respiraba la frustración de los perdedores. “La casa que vence las sombras” (y sus extensiones bohemias hacia Los Chaguaramos, Las Acacias y Sabana Grande) parecía más bien la propia casa de las “venas abiertas”. Dentro y fuera de la universidad eran muchos los académicos, intelectuales y artistas que habían participado en la batalla, muchos los que en ella no sólo habían perdido tiempo de juventud e incluso seres queridos, también, lo más duro quizás, la apasionada idea de convertirse en héroes triunfales de una gesta histórica. “¿No somos nosotros los mismos que combatieron en Grecia?”, se pregunta el narrador de Largo (1968) poco antes de su última acción guerrillera.

***

Casi siete décadas después de su ¿Qué es la literatura?, todos (o casi todos) sabemos ya que Sartre hizo un escándalo de una obviedad, porque esa exigencia de una literatura comprometida con su tiempo es en verdad un hecho inevitable en todo escritor comprometido consigo mismo. Y creo que entre nosotros uno de los mejores ejemplos es José Balza.

Calificado como un narrador experimentalista y extremadamente intelectual; como aburrido incluso para aquellos que buscan en la lectura un sucedáneo del cine hollywoodense de acción, ignorando que la literatura es ante todo un hecho estético cuya única herramienta es el lenguaje, Balza puede vanagloriarse de haber recogido en su obra las mayores inquietudes del momento y lugar que le ha correspondido. O para decirlo mejor: “Es de esos pocos autores en los que se percibe una convergencia vida/obra verdaderamente significativa a la hora de edificar su trabajo estético”, de acuerdo con Juan Carlos Méndez Guédez.

Si bien es cierto que en su narrativa, la generalmente sutil trama anecdótica puede parecer casi una excusa para realizar un sinuoso recorrido por los laberintos que las historias proponen a una atenta y sensible conciencia, ello está lejos de implicar un rechazo a la anécdota, más bien lo que encontramos es un empeño por develar todas sus aristas y desvíos, entre ellas las más nimias y tenues, aquellas donde se resguarda el verdadero aprendizaje de la existencia.

Así pues, tal como en sus numerosos libros de ensayo, en los que las obras y nombres fundamentales de nuestro quehacer cultural ocupan buena parte de sus reflexiones, la realidad del país y la cotidianidad que nos circunda nunca ha dejado de ser reflejada en la obra narrativa del autor.

No obstante, su denso y sensual lenguaje, compleja estructura y atrevida propuesta estilística, aportan tantas posibilidades de lectura, tanta riqueza para el análisis literario, que sus estudiosos no se han detenido demasiado en las recurrencias propiamente testimoniales de su gran cantidad de relatos y ocho novelas publicadas hasta ahora.

Mi intención esta tarde se resume a hacer un somero repaso por determinadas preocupaciones políticas del escritor, evidentes en algunos de sus, por él llamados, “ejercicios narrativos”.

En 1973, tras la aparición de dos pequeños pero imprescindibles libros de teoría literaria donde se asienta su original proyecto narrativo, Balza publica Lectura transitoria, el primer intento serio de aproximación a la poesía de Rafael Cadenas. Allí, a propósito del famosísimo poema “Derrota”, encontramos el perfecto resumen de aquello que dije impregnaba buena parte del mundo universitario e intelectual venezolano en los setenta, el dolor, la amarga llaga que dejó la gesta inútil. Cito el fragmento más significativo para el caso:

Guerrillas urbanas, en las montañas, células de sabotaje, infiltración en los cuarteles: todo desencadenó una ofensiva poderosa por parte de los gobiernos afectados. Casi diez años se dirigió la línea gubernamental de Venezuela contra la frescura, el valor, la imaginación de los jóvenes. Todos vivimos las heroicas deserciones de las aulas, todos sentimos las noticias de muerte sobre tantos amigos.

Muy lejos del tono explícito del ensayista y de esa cierta candidez y romanticismo juvenil que de seguro hemos percibido en estas palabras a la luz de nuestros días, la gran preocupación política aquí implícita necesariamente toma también espacio en su narrativa. No puede ser de otra manera. Sin intención de alegato y sin ningún tipo de exaltaciones ­—lo que lo diferencia de algunos escritores de aquellos años—, los rastros de la herida permean en los cuentos y novelas de Balza como un aspecto más de esa múltiple realidad a la que nunca ha dejado de intentar dar coherencia a pesar de saber lo inútil de la tarea.

Cuatro años antes de Lectura transitoria había aparecido Órdenes, su segundo libro de cuentos, escritos entre 1962 y 1969. Dos de ellos, dedicados ambos a los que sospecho fueron compañeros de lucha, nos sirven de introducción. En “Bella a las once” el foco del narrador se dirige hacia un joven recluta convertido ahora en soldado, a su presente nocturno en medio de un monte que le hace revivir un hecho de la infancia semejante al que en este momento se le presenta. Él y sus compañeros acosan a un disperso grupo de guerrilleros escondidos entre los matorrales. Cada quien tiene su presa, y en un gesto siniestro, como si pretendiera darle seguridad a la suya para hacer más intenso el acto que está a punto de cometer, el soldadito pasa de largo al lado del hombre oculto; sabe sin embargo que no se le escapará, porque segundos después da vuelta y cumple con el deber sangriento.

Se ha dicho que en la narrativa de Balza anida el ensayo. Como ejemplo bastaría el otro cuento de este volumen titulado “Un libro de Rodolfo Iliackwood”. Relato, pero también ensayo y crónica, este “ejercicio narrativo”, indispensable en su obra, parte del fallecimiento de un joven guerrillero estudiante de ingeniería, Juan Ramón Sanz, quien realmente existió y encontró la muerte a manos del ejército “en las montañas de Monagas”, tal como culmina el relato. No obstante, el centro es Rodolfo Iliackwood. También perseguido político, este extraño personaje, confinado en algún remoto lugar del Delta durante la dictadura de Pérez Jiménez, es convocado por el narrador a partir de la desaparición de Sanz, antiguo compañero de bachillerato y gracias al cual leyó el libro póstumo e inédito de Iliackwood, conformado por seis cuentos breves. Rescata entonces las virtudes de aquellos textos que perviven en su memoria. Son ellas: “El acto inteligente que implica la denuncia de injusticia social, el paralelismo imprescindible entre forma y contenido, y la evidencia de que la capacidad creadora es máxima cuando se sabe que la situación no admite retardo”. Como vemos, esta frase constituye una declaración del ensayista, una especie de canon sobre el quehacer literario donde “arte y política no se excluyen”.

De más está decir que esta suerte de conciso manifiesto ha guiado todas las intervenciones de rasgos meramente políticos en la narrativa de José Balza.

En 1965 el escritor inaugura su novelística con Marzo anterior, punto de quiebre para la literatura venezolana. En ese “salto al vacío”, como la calificó Salvador Garmendia con uno de sus guiños acostumbrados, se encuentran ya todas las claves estéticas, formales y aun anecdóticas, de la extensa obra posterior. Para centrarme en lo que aquí me interesa, menciono solo una de ellas: el contrapunto aldea (sitio de partida y regreso)-ciudad (sitio de llegada y partida). Logzano (¿o será Aníbal?) revive desde la aldea un paseo por la ciudad. Apenas dos párrafos veloces e intensos que interrumpen el goce de la sombra de los naranjos para comenzar a decirnos que “Dos autos, rápidos, giran muy cerca y se devuelven…”. Desde uno de ellos un hombre va a disparar y otro detendrá para siempre su intención de huida. “Era el comunista”, comenta alguien. Y entonces, dice Logzano (o tal vez Aníbal): “La ansiedad del rostro inclinado sobre el cadáver me paraliza, mientras palpo, extinguiéndose, la vibración dorada de los árboles”.

Tres años después aparece Largo, su siguiente novela, donde uno de los primeros capítulos se anuncia con el rotundo título de “Guerrilla”. En su primera parte, durante el encuentro de los facciosos y los correspondientes preparativos para la acción inminente, sucede un hecho cumbre, mucho más significativo que el lanzamiento de la bomba contra una compañía petrolera que ocurrirá poco después: uno de los compañeros muere al disparar accidentalmente su propio revólver. Presagio, en efecto, del destino del padre del narrador, tal como lo han señalado algunos críticos. Pero además, ¿no resulta esa muerte estúpida y sin sentido —que sin embargo convierte al muchacho ensangrentado sobre el piso en “el héroe” de la “Historia”— paradigmática metáfora de las tantas “muertes heroicas” de aquella época violenta?, y, ¿por qué no?: ¿de las tantas “muertes heroicas” que traen consigo todas las guerras?

Aquel accidente trágico es definitivo en la vida de nuestro narrador sin nombre, por algo va a ser este su último día en la célula clandestina.

Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, la tercera novela de Balza, se publica en 1974. Si en Marzo anterior el tema de la guerrilla aparece como somera referencia y en Largo ocupa tan solo un capítulo de los otros diez que la conforman, aquí el asunto recorre toda la novela, toma cuerpo y sentido extremo a través de uno de sus personajes principales. Por sobre su encanto para las mujeres y sus habilidades de jugador pertinaz, Lezama está marcado por su vida de guerrillero. Este amigo del narrador, amigo “de diez años de actos compartidos”, vive en el pueblo, en esa aldea recurrente nombrada aquí por primera vez: San Rafael, lugar adonde el narrador ha vuelto después de una década de ausencia en la ciudad. Quince años atrás, parte de esos “actos compartidos” lo constituye el inicio de ambos en la subversión política, dos muchachos casi niños atendiendo pequeños encargos de la resistencia contra la dictadura perezjimenista. Ahora nos encontramos en plena “política de pacificación” (primer gobierno de Rafael Caldera, 1969-1974), mucho tiempo ha pasado desde entonces, pero no para Lezama, quien nunca ha abandonado la lucha y hoy reniega de aquellos jefes de partido dispuestos a deponer las armas. “¿Vamos a dejar perder de verdad tanta gente sacrificada?”, increpa Lezama al amigo, pero el otro ya se ha alejado demasiado del ideal excelso y únicamente puede “ver, tras sus palabras, masas vegetales, muchachos como hojas que mueren entre las selvas: los guerrilleros”. Como siempre, nuestro narrador duda, abre otros espacios donde las certezas de Lezama pierden asidero en la realidad; duda hasta de la propia honradez ideológica del que sigue internándose en las montañas para llevar mensajes y medicinas a los últimos focos guerrilleros mientras se desempeña como secretario en el Concejo. Pero su duda es absolutamente existencial: en Lezama habita una dualidad (si no una multiplicidad), como en tantos otros de los personajes de Balza, como en todos sus narradores.

En algún momento de la novela, Lezama toma las riendas de la narración para contarnos con detalle sus últimos momentos en un helicóptero enemigo, lo que ve, lo que siente, lo que piensa, hasta que lo llevan a la puerta del aparato y una mano lo empuja y cae, “y aun cayendo no podrá explicarse nada. ¿Por qué?”, se pregunta nuestro narrador, que es quien ha imaginado, supuesto, contemplado esta posibilidad de funesto desenlace para el amigo hace días desaparecido.

Pero no es Lezama quien se debe esta explicación, sino quien hace la pregunta, esa voz narrativa que en los cuentos y novelas que hemos visto nunca ha podido deslindar el tema guerrillero de la muerte. Una voz narrativa que en este caso nos lleva ineludiblemente al autor de Lectura transitoria; recordemos: “…todos sentimos las noticias de muerte sobre tantos amigos”.

***

Nada difícil es seguir rastreando el tema político en su obra posterior, aunque de hecho no se va a volver a presentar de modo tan contundente hasta entrado este siglo.

Si algo resulta aquí evidente es el interés del autor por demostrar que en ese “hacer cultura” se ha ido construyendo la única válida y fuerte red que nos sostiene y cohesiona como nación.

Todos sabemos, y quien no lo sepa se entera ahora, que José Balza fue uno más de esa gran cantidad de venezolanos esperanzados en el nuevo rumbo que tomaba el país a partir de las elecciones de 1998. Pero los acontecimientos de los años siguientes no pudieron ser más desalentadores. Este otro desencanto (por llamarlo de alguna manera) va a impregnar su última novela y algunos de sus más recientes relatos, no solo los que voy a comentar.

Prácticamente juntos, en 2008, aparecen los libros Pensar a Venezuela y Un hombre de aceite. El primero, un volumen de ensayos que aporta un nuevo sentido a los tantos anteriores dedicados, como ya dije, a la obra de artistas plásticos, músicos, pensadores y escritores venezolanos. Porque si algo resulta aquí evidente es el interés del autor por demostrar que en ese “hacer cultura” se ha ido construyendo la única válida y fuerte red que nos sostiene y cohesiona como nación.

Casi como complemento de estos ensayos, la novela Un hombre de aceite pareciera mostrarnos exactamente el otro lado de la moneda: el petróleo, esa gran riqueza inherente ya al nombre de Venezuela, lo ha invadido todo, “lo físico y el alma”. En lugar de ayudarnos a construir un verdadero y sólido país, el petróleo nos ha convertido en una sociedad de “oscura sangre”, una sociedad deformada donde impera la corrupción y es fácil que un desequilibrado ascienda al poder.

Luis Samán, jubilado de la gran compañía petrolera donde fue testigo de actos poco lícitos, acepta, optimista por el cambio político que promete el nuevo gobierno, volver a formar parte de su alta gerencia. Muy pronto sin embargo se dará cuenta de que ahora, al contrario, una descarada corrupción dirige los actos de sus superiores; aunque él no tiene que dejarse arrastrar por la decepción, al fin y al cabo también le puede tocar su ración: “…la distribución debe ser proporcional. Ningún General puede recibir más que otro. Nosotros tampoco”, le dice la hermosa y más que práctica Coromoto Smith.

“Fabula”, reza el subtítulo de la novela, así que saquen ustedes sus propias moralejas.

Pero algo más: Un hombre de aceite abre la entrada a un personaje absolutamente reconocible en la vida real para cualquier enterado de los últimos años de la historia venezolana, el cual reaparecerá en dos cuentos posteriores que mencionaré enseguida. Según las palabras de Cristóbal Ochoa, otro importante ejecutivo de la compañía petrolera, se trata de ese “cuyo lenguaje es apenas la señal coprofágica de una individualidad desquiciada, que está terminando por contagiar al país. ¿Alguien que nos engaña porque nunca reconoce en sí mismo esos escondrijos de la podredumbre? ¿O que, por una inversión de la lógica, permite que nos engañemos al dejarlo gobernar?”.

Si en esta novela-fábula el dicho personaje solo figura como referencia constante en conversaciones y reflexiones de los otros, en el relato “Uno” toma cuerpo y presencia, y en el titulado “Trampas” será eje único de la narración.

En dos diferentes antologías del autor publicadas el año pasado aparece “Uno”, que inicia y cierra con el instante cumbre en que un ser poderoso y satisfecho ve en la televisión de su lujoso despacho la breve noticia del desenlace fatal de una de sus víctimas ejemplares; mientras, afuera espera “la corte de ministros, secretarios, negociantes, diplomáticos, generales”. El resto del relato se centra en la historia de ese “uno”, un muchacho campesino que estudia y ahorra con la esperanza de hacer una vida digna de agricultor en la tierra que tanto ama. Este hombre, que como tantos otros personajes de Balza es parte misma de la naturaleza que lo rodea y embarga, se deja seducir por la promesa de justicia social del nuevo regente del país. Pero la desilusión no tarda en llegar al sufrir en carne propia las nuevas políticas de destrucción y expropiación: el campesino es despojado de sus tierras e infructuosamente intenta todo para recuperarlas, hasta una prolongada huelga de hambre que lo lleva a la muerte “convertido en un lúcido esqueleto”.

Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia.

Finalmente voy a referirme a “Trampas”. Como es un cuento aún inédito no considero oportuno comentar mayores detalles. Les diré solamente que recorre la vida de un hombre, incluso hasta más allá de su muerte, que llegará a ser jefe supremo. De él les leeré el siguiente fragmento correspondiente a su niñez que se explica por sí solo.

Excepto él, nadie había notado cómo una yegua bruna pasta al otro lado de la cerca. Él no osaba traspasar el límite, estaba muy retirada, pero el hijo de aquélla, un potro claro, gracioso como un garabato, había comenzado a obedecer los signos que, con sus brazos y su suave silbido, le dirigía el zambito. Tarde tras tarde, después de la escuela, el muchacho venía a cumplir ese rito de diversión y afecto.

Movía las manos como aspas, silbaba un poco. Y en el potro temblaban las piernas tiernas, las orejas. Al comienzo se iba, buscando a la madre. Otras tardes se quedaba inmóvil y giraba la cabeza hacia él. El mutuo enamoramiento debió requerir de dos semanas. Después la yegua, seguida por el animalito, se retiraba con elegancia al monte verde de la distancia. Paso a paso, acariciándose entre ellos por momentos, hasta que la sabana inmensa los volvía minúsculos y desaparecían.

Hoy el muchacho ha venido preparado: escondió un fuerte y grueso alambre y durante días lo trabajó con calma: fue alisando su extensión cilíndrica, sacándole filos, convirtiendo aquella sierpe metálica en un arma infalible. Lo trae enrollado, porque es liviano y casi invisible. Marcha con rapidez, no quedará ni una huella de su paso entre la alta hierba; hoy tampoco escucha la seca sonoridad del viento, como acostumbraba. Su deseo es simple y perfecto. Cuando llega al borde conocido escucha a la yegua relinchar, lejos, pero el potrillo está, un tanto azogado, a la distancia de su mano, en el lugar de siempre.

El muchacho no vacila. Hace los movimientos necesarios y el animal se acerca más. Entonces tiende el mortal hilo metálico y las patas delanteras del potro quedan colocadas. No hay otra posibilidad: tras ellas el alambre cortante, delante de ellas el cercado poderoso del terreno. En un segundo de luminosidad singular, de gusto y eficacia, los brazos fuertes del zambito halan el arma, atrapan los delicados cascos y aprietan al animal contra el cercado. Los tendones, la sangre y el relincho del animal saltan de una vez. Sus patas han sido cortadas y se derrumba sobre la clara hierba.

***

Para por fin terminar (ahora sí), permítanme otra digresión muy personal. Como asomé al principio, en mi juventud tuve muchos amigos que de una u otra manera habían formado filas en la lucha armada, y tal vez por el gran afecto y admiración intelectual que algunos de ellos me inspiraban, nunca dejé de preguntarme cómo podía alguien que había puesto (y expuesto) buena parte de su vida en defender un ideal, ser después capaz de reconocer y de vivir consciente de semejante equivocación. Y ahora, pensándolo desde aquí, me digo que posiblemente era esa entereza, imprescindible para aceptar los errores, lo que alimentó parte de mi perpetua admiración.

Silda Cordoliani
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