Servicio de promoción de autores de Letralia

Saltar al contenido

La ópera es un placer aprendido

martes 15 de marzo de 2016
Leo Nucci
Leo Nucci en Rigoletto.
Para Jaime Bello León

Todas las profesiones tienen riesgos. El de la docencia es que lo puede convertir a uno en alguien fastidiosísimo. Los profesores estamos siempre montados en una tarima y por tanto mirando a la gente desde arriba; hablando de lo que los otros no saben y dándole respuestas a todo. Es casi imposible dedicarse durante mucho tiempo a eso sin convertirse en una de esas personas que comienzan a hablar y se encadenan; de los que no hay ocasión en la que no saquen a colación un estudio que leyeron o que no pueden dialogar como gente normal sino dictar cátedra. En suma, es asombrosa la facilidad con que los profesores fuera del aula pueden ser tediosos.

Iba a un sitio donde no conocía a nadie, escuchaba una charla muy interesante y llena de nombres de cantantes, compositores y tendencias que no me decían nada y luego veía la grabación en video de una ópera completa.

Veía a mis colegas en eso y me horrorizaba, pero un día el esposo de una amiga describió a alguien diciendo que era igualito a mí, ergo, que lo sabía todo. Escuché eso y me preocupé, pero no es que una es humilde, y efectivamente sé muchas cosas, así que lo dejé así. Pero poco después un compañero de jurado me hizo un comentario aterrador. Según él, cuando comencé a debatir los absurdos argumentos de otro de los jurados del concurso me cambió el tono de voz y la postura y dejé de ser yo para transformarme antes sus ojos en la profesora Rojo. Ahí entré en pánico. El deplorable “profesorismo” no podía ser uno de mis rasgos. Tenía que atajar el asunto. Se imponía una rectificación.

Como este horror coincidió con mi feliz jubilación era fácil retirarme de todo: sólo iba a leer novelas policiales, dejaría de escribir artículos, no volvería a un congreso y, sobre todo, tenía que convertirme en una estudiante.

Pero no valía estudiar cualquier cosa, tenía que ser algo de lo que no supiera nada. Buscar algo en lo que fuera totalmente ignorante no fue complicado. La ópera siempre me había parecido interesante, tenía cierta idea de algún argumento, me sonaba alguna musiquita, pero hasta ahí. Además, los opera freak que conozco lo son desde chiquitos: en sus casas escuchaban a Caruso, viajan para ver una nueva versión de La flauta mágica, gastan fortunas en discos. Nada de eso tenía nada que ver conmigo. La ópera de grande es un placer que se va aprendiendo. Los otros gozos (comida, sexualidad, literatura, viajes, música) comienzan cuando uno es tan joven que olvida cómo empezó a disfrutarlos. Mi método fue entrar en ella como en un río, sumergirme y dejar que la corriente me llevara sin resistencia y sin pensar y así descubrí la liberación total del conocimiento, el placer más absoluto en la inopia, la redención de la sabihondez.

Mis martes comenzaron a ser operáticos: iba a un sitio donde no conocía a nadie, escuchaba una charla muy interesante y llena de nombres de cantantes, compositores y tendencias que no me decían nada y luego veía la grabación en video de una ópera completa, en estupenda versión y con buen sonido. De no saber nada pasé a no saber nada, pero disfrutando algo por el simple placer de los sentidos (de la vista y del oído, en este caso).

Decidí tomar unos cursos para eliminar mis lagunas, pero todo salió bien: no aprendí nada.

Ahora necesito escuchar una ópera semanal porque si no me falta algo. Se me salen las lágrimas cuando Violetta canta “Amami, Alfredo” (les juro que es el único verso que conozco). Ya no me duermo en el primer acto (no soy la única, una vez me despertaron los ronquidos de alguien más); ya no me molestan los absurdos narrativos y no tomo en cuenta que la edad y peso de los cantantes no tiene nada que ver con el personaje que interpretan. Toda racionalidad se desvanece cuandto comienzan a cantar. Pero tampoco el recuerdo dura nada, vi “Un ballo in maschera” por segunda vez y me di cuenta de que no había ni una nota, ni un personaje, ni una situación que parecieran conocidas.

Por otra parte, uno descubre que no hay público como el de la ópera: aplauden con un fervor y una exaltación maravillosa. Si el aria es buena pueden interrumpir la acción del espectáculo para pedir un bis y a veces lo logran. La emoción de la asistencia y las lágrimas de los cantantes cuando esto sucede son tan emocionantes que uno termina en Caracas, años después del hecho, aplaudiendo y gritando “Bravo” frente a una pantalla de cine como una demente.

En algún momento flaqueé en mi intento de ignorancia y decidí tomar unos cursos para eliminar mis lagunas, pero todo salió bien: no aprendí nada. He visto 74 óperas y tomado ya cuatro cursos, los he disfrutado muchísimo, pero no recuerdo una palabra de lo que escuché en ellos y todavía no sé qué es una soprano de coloratura ni la diferencia entre un tenor y un barítono. El día que lo sepa el gran placer de la ignorancia total se habrá perdido.

Eso sí, mi próximo gato se llamará Leo Nucci, porque ese señor es una maravilla.

Violeta Rojo
Últimas entradas de Violeta Rojo (ver todo)