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Extractos de Aguardientes defeñas, de Gabriel Martínez Bucio

jueves 24 de marzo de 2016
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Extractos del libro “Aguardientes defeñas”, de Gabriel Martínez Bucio

Alineación y balanceo de sombras

Esta mañana, caminando por la Avenida de los Insurgentes, entre una polvorienta tienda de viniles y una pequeña nevería, vi colgado un letrero que rezaba “Alineación y balanceo de sombras”. Inmediatamente pensé que era una broma, que se trataba de un error ortográfico de esos que abundan en las fachadas de los negocios de la Ciudad de México. Además, yo ignoraba que las sombras se arreglaran. Creía que una vez rotas, se regalaban o tiraban —¿en el recipiente orgánico o inorgánico?— pero jamás me imaginé que hubiera gente honrada que se dedicara a tan elevada labor. Estaba equivocado, querido lector.

¿Cuántos días puede soportar un hombre sin su sombra?

Ahuequé mis manos y me asomé por el vidrio. Parecía un negocio cualquiera. Un mostrador, un estante con figuras en miniaturas y souvenirs, y un joven despachador vestido a la moda desenfadada de la colonia Roma. De pronto, un ayudante abrió la puerta del fondo preguntando algo y pude observar cuatro sombras colgando de percheros metálicos. (Primera pregunta: ¿dramatizar mi crónica haciendo una semejanza con las violentas reses de Francis Bacon o contar las cosas como realmente sucedieron?). No parecían sufrir pero alcancé a distinguir tristeza en su forma holgada, como si estuviesen mojadas.

Ya lo sé, esta nota sería mucho mejor si yo me hubiese atrevido a entrar. Pero recordé lo sucedido a Peter Schlemihl tras jugar con el destino de su sombra y un presentimiento literario me obligó a quedarme fuera, al resguardo del sol de las tres de la tarde y mi sombra bien pegada al suelo.

Sin embargo, la curiosidad comenzó a abrumarme y tras comprar una nieve para hacerme el loco, pensé si este negocio sería parecido a las tintorerías o sastrerías. ¿Cuántos días puede soportar un hombre sin su sombra? ¿Cuántas deberán reparar para pagar el alquiler? Observando las grietas que salpicaban los veinte metros cuadrados del establecimiento, supuse que no sería tan caro. Treinta sombras por semana, a mil pesos cada una, suficiente para sobrevivir en lo que se encuentra algo mejor o mientras te dan el resultado de la aplicación para la maestría.

Pero las matemáticas me asustaron: ciento veinte sombras al mes igual a mil cuatrocientos cuarenta sombras lavadas y enceradas al año. ¿Quiénes serían los clientes habituales de esta tienda?

Las personas decentes, esas que pagan impuestos, visten corbata, y contrarias a cualquier metafísica aseguran, con un sospechoso orgullo, ser personas físicas y morales, suelen llevar normalmente su sombra consigo cuando caminan bajo el sol. Jamás la pierden de vista y si se les informara de este negocio contestarían nerviosos: “¿Si se equivocan y me entregan otra que no me obedezca? ¿Si algún millonario entra y pide comprar todas las sombras que tenga ganas de llevar? Prefiero cuidarla todos los días y acostarme temprano”. No hace falta alargar más, fin del primer caso.

Los poetas tampoco podrían ser, ellos gustan de arrojar sus sombras cuando llegan a las esquinas para continuar con la tradición de Girondo, pero como ya no existen los tranvías que se las mutilen, se quedan como calcomanías tendidas en el asfalto, melancoleando una época mejor. Hasta que llega el oficial, claro está, y los obligan a continuar circulando.

Otros las desestiman por completo, las apuestan en juegos de fútbol, las regalan entusiasmados al primer amor que se les cruza y cuando las piden de vuelta, las encuentran marchitas; otros las dejan sueltas por la calle y deambulan solas, sucias y con las uñas largas; los que gustan de la sombriroflexia, las doblan, extienden y arman unos monstruos que proyectan a sus pies simplemente para asustar a los inocentes; la gente del Centro es la peor, las pisan tan torpemente que les provocan agujeros que les obligarían a perder dos o tres días laborables para llevarlas a arreglar, y entonces, pues no hay varo para esos lujos, señor, uno simplemente arranca la parte dañada y sigue encarando la vida rezando no haya otro pisotón, especialmente ajeno; en efecto, hay habitantes de esta Ciudad que me han confesado ser parientes lejanos de Diógenes de Sínope, quien incluso despreció la sombra de Alejandro Magno.

Entonces, ¿quiénes serán esos clientes que deciden quedarse insombres algún fin de semana para llegar el lunes a la oficina con su sombra bien planchada? Preguntas que se quedarán sin resolver por este escritor cobarde.

Pero al final de cuentas, los misterios fueron creados con la finalidad de permanecer ocultos… además una sombra no es más que una sombra y bien se puede prescindir de ella, así que no vale la pena armar tanto escándalo por esto.

 

Maravillosas ocupaciones

Qué maravillosa ocupación encontrarse un miércoles de un mes impar de un año bisiesto en medio de una conversación con la tía y justo entre el me compré unas cortinas nuevas y el supiste que tu primo se graduó con honores, tomar la anhelada decisión de levantarse de la silla, de realmente levantarse de la silla esta vez, de no dejar la fantasía para otra ocasión, y arrojarse contra la ventana más cercana. Y después de algunos minutos, regresar por la puerta principal como si nada, sacudiéndote los pedacitos de vidrio que todavía cuelgan de la piel, y pedirle lo más atentamente posible a la tía —que tiene los ojos hinchados de ira— continúe su historia.

Saber que en el mundo uno no está tan solo como pensaba. Que también hay otros con maravillosas ocupaciones.

Qué maravillosa ocupación no cerrar el paréntesis al salir de la habitación. Y observar cómo los agobiados lectores pasan las páginas y levantan los cojines en busca del otro paréntesis que cierre la idea, que les organice el pensamiento, su mundo. Pero como no lo encuentran sienten la ansiedad de una palabra incompleta, de un paréntesis mal cerrado, de un armario semiabierto, del teléfono que suena y suena y suena…

Qué maravillosa ocupación dejar erratas regadas por la casa causándole más angustia y tropiezo a los lectores citados allá arriba, los que siguen buscando el paréntesis adentro de los libros.

Qué maravillosa ocupación entrar a un banco, formarse en la laberíntica fila, y esperar tu turno estoicamente, en medio de los horarios y las corbatas, y al llegar con el cajero exigirle un queso, o una hamburguesa-de-queso, cualquier cosa con queso, porque se ha llegado al final del laberinto. Y entonces déjeme llamar al gerente, pase por aquí, cuál-es-el-problema, ahora mandamos a alguien pero pare de gritar, y salir del banco con un queso.

Qué maravillosa ocupación entrar a un café en busca de una mesa para comerse el queso, darse cuenta de que los meseros y cinco parroquianos están enfurecidos, y entonces mirar hacia la derecha y encontrar a un hombre que escupe len-ta-men-te sobre un montoncito de azúcar. ¿Es Cortázar? Y saber que en el mundo uno no está tan solo como pensaba. Que también hay otros con maravillosas ocupaciones.

 

Cirugías arquitectónicas: balcones y ex novias

Desde que Einstein despeinó el tiempo y el espacio, estas categorías no solamente adquirieron una gran relevancia en la física cuántica, sino en la vida social e íntima de los ciudadanos. En los últimos años, cada coche, computadora (¿aún se dice computadora?) y teléfono, son más pequeños que los modelos anteriores para “ahorrar espacio”. En efecto, los arquitectos mexicanos aceptaron con gusto esta neurosis y decidieron que los defeños del siglo XXI ya no son aptos para habitar casas sino pequeños departamentos, mejor conocidos como cocina-cuarto-baño-estufa-comedor.

Sin los balcones se pierde algo en los edificios y falla la afinidad del sentimiento. Es como escribir literatura erótica y confundir “piernas” con “muslos”.

Las primeras disecciones han sucedido en el paisaje de barrios de clase media como la Roma, del Valle, la Florida, San José Insurgentes: la cirugía arquitectónica de los balcones y, con ellos, la desaparición de la Saudade (¿Pessoa hubiera podido escribir “Tabaquería” en estas cajas contemporáneas?).

“¿Y qué?”, podrá preguntarse un lector. Permítanme comenzar a pesar de ya haber escrito dos párrafos bastante torpes. El occidente, fatal deudor del racionalismo de Descartes y Kant, se ha conformado en dividir al mundo en dos categorías: vivos y muertos. Sin embargo, algunos de nosotros sabemos que existe un tercer ente que habita la Tierra, un ser mucho más encantador y terrible que cualquier otro: la ex novia.

Estos seres tienen la mala costumbre de brotar de pronto en la memoria, comúnmente cuando cae la tarde o bien entrada la noche, e inevitablemente obligan al memorioso —convertido en una estatua que mira al vacío— a preguntarse: “¿Qué estará haciendo?”. O los más valientes que gustan de descender vivos a los infiernos: “¿Aún se acordará de mí?”. Dudas que carcomen el alma mientras dibujan las primeras ojeras y arrugas en los rostros, pero que vuelven más deleitable el cigarrillo que se consume poco a poco… poco a poco… poco a…

“¿Y los balcones qué papel juegan en esta historia?”, se preguntará de nuevo ese lector que comienza a desesperarme.

En efecto, la ex novia se encuentra en un lugar remoto, en lontananza, como en una pintura de Caspar Friedrich, por lo que el memorioso necesita extraviar la mirada a lo lejos y así hacerle la caravana al gran Macedonio Fernández que sentenció: “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”. Mirar la pared o la televisión no produce el mismo efecto, comprobado y pasteurizado por poetas.

Luego, el recuerdo de la ex novia se aparece con más frecuencia en los jóvenes. Si se ha sentido aludido porque aún tiene más cabello que cráneo y le ha llevado mucho tiempo ser joven, seguramente usted aún no goza de independencia económica y comparte piso con un amigo con el que establecieron reglas como “el que no cocina, lava”, “la bicicleta en el pasillo”, y “sólo está permitido fumar en el balcón”. He aquí el pretexto perfecto para levantarse del sillón excusando su vicio (de hecho, mintiendo estará diciendo la verdad) y dirigirse al balcón para evitar exhibirse como un romántico empedernido en pleno siglo XXI.

Precisamente entre este follaje de hierro, es donde un silencioso ataque de melancolía le subirá desde el estómago hasta el humo del cigarrillo. Sus pensamientos serán un oleaje de espaldas, brazos, nalgas, vestidos, cinturones, costillas y gemidos, que se mezclarán secretamente con el rumor de la ciudad. Y comprenderá eso de que el tiempo es el forro del espacio… ¿o acá funciona al revés?

¿Qué sería de toda esta melancolía acumulada si no fuese por los balcones? Una de dos, crecería tanto en estos pequeños departamentos que terminaría por rompernos los portarretratos y la televisión, o tendríamos que vivir de nuevo en mansiones para que se derramara sin molestar a los demás… pero ya dijimos que los arquitectos consideran que los humanos ya no son aptos para esos lujos anticuados. Y usted sabe, la crisis económica…

La disección arquitectónica ha esparcido su mala influencia sobre otras artes. En novelas, canciones y poemas de nuestro siglo es cada vez más raro encontrar referencias a los balcones. En su lugar, aparecen las ventanas. ¿Qué saudade va a entrar por un friolento pedazo de vidrio? Si aún tuvieran los detalles arqueados de un ajimez podría entenderlo. Pero no es así. Sin los balcones se pierde algo en los edificios y falla la afinidad del sentimiento. Es como escribir literatura erótica y confundir “piernas” con “muslos”.

¿Cuántos arrepentimientos que han devenido matrimonios se han celebrado a causa de un pedazo de cemento y metal? ¿Cuántos asesinos en potencia han pensado las cosas dos, tres o cinco veces antes de precipitarse en busca de aquél que le robó la felicidad? ¿Cuántos Coleridge o Baudelaire debemos a los balcones? ¿Es justo que una tacañería arquitectónica termine con el bien que se padece y el mal que se disfruta de la saudade?

En lo alto de la Ciudad de México, sin ninguna queja, los balcones han ido extinguiéndose. Y con ellos, los hombres que han apretado los dientes para no aflojar la cordura, y las mujeres que apoyan sus pechos y extravían la pupila en busca de un hombre que pierda la cordura por ellas. El escenario perfecto que, junto a los cigarrillos y la ex novia, encierra el encanto de dejarnos siempre insatisfechos.

Gabriel Martínez Bucio
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