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Doctorow y los hombres de cuero

jueves 23 de febrero de 2017
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E. L. Doctorow
Si Doctorow fuese un pintor, la marginación y el rechazo serían dos de los colores que nunca faltarían en su paleta.

Uno de los calificativos más recurrentes que suele acompañar el apellido Doctorow es el de “mayor cronista de la historia moderna estadounidense”. Si bien la hipérbole no es del todo falsa, lo cierto es que resulta incompleta y condenatoria: su obra narrativa no se ciñe sólo a los títulos de sus novelas, pues incluye numerosos relatos breves, muchos de ellos de gran calidad. Tal vez no tan contundentes ni soberbios como The Book of Daniel, Billy Bathgate o la absoluta Ragtime; sin embargo, nos ofrecen una visión más completa y reveladora del vasto, complejo y sombrío universo ficcional de Edgar Lawrence Doctorow, el ilustre hijo del Bronx.

Sin tramas enrevesadas ni artilugios lingüísticos de ningún tipo, Doctorow nos conduce sin conmiseración ni sutileza por aquellos oscuros pasajes que todo sujeto oculta en su intimidad.  

Consciente de ello, en una entrevista el autor afirmó: “Incluso cuando las grandes fuerzas de la historia nos destruyen, las historias personales lo son todo para nosotros. De otro modo, ¿para qué contarlas?”. Sus cuentos privilegian la épica cotidiana, la vivencia íntima antes que la colectiva, sus protagonistas son individuos con los que nos topamos en el día a día sin advertir su presencia a nuestro alrededor. No toman tampoco a la “historia norteamericana” como telón de fondo ni mucho menos ostentan ese tufillo de denuncia social, distintivo inequívoco de su novelística. Asimismo, en ellos no gobierna ese ansia por abarcarlo todo, sino que se deleitan en desvelar el lado más perturbador de la tragicomedia humana.

Sin tramas enrevesadas ni artilugios lingüísticos de ningún tipo, Doctorow nos conduce sin conmiseración ni sutileza por aquellos oscuros pasajes que todo sujeto oculta en su intimidad. Estas historias nos desconciertan e inquietan porque reconocemos que al menos en algún momento de nuestra existencia nos hemos visto arrastrados a cometer algún acto de bajeza como ocurre con sus protagonistas: todos hemos abandonado a alguien cercano alguna vez, o hemos disfrutado espiando y siguiendo furtivamente a otra persona, o incluso, hemos robado a un amigo sólo porque tenía más que nosotros, y lo que es peor, nos hemos convencido de que está bien, imponiendo nuestra volátil escala moral por sobre la de los demás.

Los héroes de Doctorow son príncipes caídos en desgracia, en su propia desgracia, concretamente. Las circunstancias externas de sus debacles personales son importantes, por supuesto, pero no son tan decisivas como aquella profunda necesidad de despojarse de todo vínculo afectivo y material hasta el punto de abandonarse a sí mismos. De ahí que su modo de reaccionar ante una crisis nos resulte inquietante, ya que lejos de optar por una decisión razonable son presas de sus bajas pasiones, intensificando un sentimiento de rechazo. Esto es claro e innegable en “Jolene: una vida”, “Wakefield”, “El hombre de cuero” o “La legación extranjera”. Tan tajantes decisiones nos revelan un problema de fondo que no conviene afrontar: “Hay un evidente ingrediente político en evitar a todos los demás seres humanos y en adoptar el colorido del ambiente que uno habita, haciéndose invisible como el sapo en el tronco”. La renuncia obedece, en la mayoría de los casos, al descreimiento y a nuestro fracaso como sociedad: no sólo habitamos una nación de apátridas y desertores, sino que somos conscientes de ello. La decepción ya no es sólo personal, es predominantemente global.

La devastadora consecuencia que implica este modo de vida es un hondo y silencioso sufrimiento. En estas narraciones no hay lugar para histrionismos ni menos para gesticulaciones forzadas, la procesión se lleva siempre por dentro y con un estoicismo que bordea el masoquismo. Una de las imágenes más impactantes y llamativas creadas para representar a estos príncipes-mendigos es la de los hombres de cuero, título además de uno de sus relatos mejor logrados. A partir de las precisas descripciones del narrador omnisciente sabemos que son gente desaliñada y harapienta que rehúye ante todo intento de contacto, escabulléndose en su timidez o en un mutismo acusador. Estos desplazados del primer mundo occidental tienen un objetivo en la vida: “Hace extraño al mundo. Lo aleja, Es ajeno a él. Nuestra sensibilidad es más aguda cuando nos sentimos ajenos”. La diferencia refuerza el rechazo, es vista como una amenaza social, como una agresión al orden: “Usted es un hombre de cuero, se siente completamente ajeno a su sociedad, las mujeres más bonitas son rocas en la corriente, flores a lo largo del camino, ha subvertido usted su propia vida y ahora vive solo en pleno desierto, sus pensamientos son su sola compañía”. Cualquier intento de autonomía es siempre un acto de subversión, de rebelión: una conspiración a toda regla.

El desarraigo, entonces, se expande, crece, evoluciona tan rápido como un virus letal, se atrinchera en la psique y es allí cuando empieza la paranoia, la realidad disiente de la percepción recogida en la mente. Todo se diluye. El terreno que Doctorow prepara a sus personajes, por tanto, es más bien escarpado y rocoso, en el que la única vía de escape es la propia inmolación. En “Wakefield”, por ejemplo, el protagonista en un arranque de hastío general abandona su casa y su familia, convirtiéndose en un paria, o lo que es lo mismo, da un espaldarazo total al sistema y a las leyes que rigen y organizan nuestra conducta social. Su desaparición no es más que un juego retorcido, pues si bien se va de casa decide no hacer lo mismo con su barrio, en donde se ocultará durante años para poder vigilar en secreto a su familia. De hecho, ni siquiera su marcha parece plantearle ninguna clase de dilema ético: “Tampoco me hacía ilusiones acerca de la moralidad de mi comportamiento”.

En esta misma línea, Morgan, personaje principal de “La legación extranjera” es un tipo corriente de clase media que sufre el abandono de su mujer y de sus hijos, lo cual le provoca una fuerte sensación de resentimiento contra el mundo. Mucho más radical que los anteriores, este personaje se ve cegado poco a poco por su frustración y será engullido por una vorágine de discriminación e intolerancia. Su descripción no ofrece dudas: “Eran bajos de estatura y resultaba imposible adivinar su edad. A Morgan le pareció que estaban hechos de cuero”, marcando así la distinción entre él y los otros, quienes “con su piel oscura y sus pómulos salientes y su pelo negro parecían restos del naufragio de antiguas inmigraciones orientales”. El relato finalizará con un atentado terrorista contra la residencia de la legación extranjera que tantos malos deseos había despertado en el protagonista, quien estupefacto al contemplar los restos de las víctimas se pregunta con un poco de cinismo entre los dientes si fue él el responsable, “alisándose el pelo con la mano ensangrentada”.

Algunas veces el delito o la locura ofrecen la excusa ideal para escapar de la sociedad. En “Bebé Wilson” tiene lugar el robo de un recién nacido por Karen, una mujer completamente enajenada y cleptómana, que pondrá a prueba la endeble constitución moral de su novio, Lester, quien preferirá convertirse en cómplice y prófugo antes que traicionar a su amor. En un momento de crisis, éste reflexiona: “Debo admitir que tuve una idea que ni había considerado ni se me había pasado por la imaginación hasta entonces: seguir la corriente de todo aquello, considerar la locura de mi chica como si fuera la mía propia y dejarme llevar por ella, como había hecho antes de que esto sucediera”. Aunque complicada y arriesgada, esta vía de escape de la realidad implica mucha cobardía, muy idónea para una personalidad tan pusilánime como la de Lester. Finalmente lograrán escapar de las autoridades e inician una nueva e impostada vida en un pueblo en Alaska, en donde “la mayoría de las personas que viven aquí no acaban de encajar en los otros estados, así que nadie hace demasiadas preguntas”. La tan anhelada tierra prometida para aquellas desplazadas víctimas del ostracismo.

Nos queda la sensación de que el punto final ha llegado antes de tiempo y que hay todavía muchas vías abiertas por explorar.  

Ciertamente, si Doctorow fuese un pintor, la marginación y el rechazo serían dos de los colores que nunca faltarían en su paleta con los que pincela estos grisáceos retratos. El prototipo perfecto sería Jolene, sentenciada desde el primer segundo de nacida al ser abandonada por sus progenitores, como suele ser frecuente para los desdichados de este mundo, la “carne de cañón”, como despectivamente solemos llamarlos. Esclavizada, torturada, abusada, traicionada y sacrificada, muchas veces por su propia ignorancia y candidez, otras tan sólo porque nunca supo o quiso realmente salir de aquel círculo de vileza en el que gira su existencia. Una de las grandes virtudes del autor es que grafica muy bien el sadismo y el dolor que los propios miserables se provocan a sí mismos, producto de los traumas y complejos adquiridos desde la niñez. Por ello, “Jolene: una vida” es uno de las historias más notables y redondas, ya que cada una de las desdichas sufridas no nos resulta exagerada ni melodramática, en parte porque el narrador nunca apela a nuestra conmiseración ni juicio moral. Lo que el lector comparte con Jolene es un sentimiento de honda resignación y de pírrico amor propio, similar al que experimentó cuando aceptó que era mejor empezar una nueva vida lejos de su hijo: “Si me quedo en Tulsa por cumplir con el régimen de visitas, a medida que vaya creciendo me verá como un motivo de bochorno, como una pariente pobre, eso no puedo consentirlo”.

En el prólogo a los Cuentos completos, Eduardo Lago sostiene con tino que su lectura es una experiencia desasosegante —desoladora, me atrevería a añadir—, porque si bien “no falta nada en ellos, sin embargo dejan una desazón muy profunda, como si exigieran que ocurriera algo más, cosa que de hecho sucede, sólo que, extrañamente, fuera de la página”. El relato “La depuradora” es una certera ejemplificación de aquello, ya que nos queda la sensación de que el punto final ha llegado antes de tiempo y que hay todavía muchas vías abiertas por explorar, muchos finales alternativos, como un cerebro que aún da órdenes a un miembro amputado. “El cazador”, “Edgemont Drive” o “Willi” nos provocan las mismas reacciones.

Por irónico que parezca, las narraciones de E. L. Doctorow han compartido la misma suerte que sus personajes: se han visto siempre relegadas a un segundo plano, desplazadas por sus novelas y abandonadas por un grueso sector de la crítica. Resulta más irónico aún que la primera edición de sus Cuentos completos no sea en inglés, sino en español —hazaña de Malpaso Ediciones—, una lengua extranjera en Estados Unidos, emparentada directamente con los hombres de cuero, esa mayoría silenciosa a la que tanta atención y oído prestó su autor.

Reinhard Huamán Mori
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