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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Los Buddenbrook

• Jueves 22 de marzo de 2018
Fotograma del filme “Buddenbrooks”, de Heinrich Breloer (Alemania, 2008), basada en la novela homónima de Thomas Mann
Fotograma del filme Buddenbrooks, de Heinrich Breloer (Alemania, 2008), basada en la novela homónima de Thomas Mann.

¿Alguno de ustedes ha mantenido durante medio siglo un secreto resultante de un acto bochornoso que protagonizaron y del que sólo ustedes, cada uno de ustedes, se sabía inocente?

Los Buddenbrook es la saga normalita, excelentemente narrada, eso sí, de lo ocurrido a una familia común de la aristocracia alemana del siglo XIX.  

La anterior es una típica pregunta retórica: no espero respuesta alguna pues, por el hecho de ser sólo unos lectores, en la práctica ustedes no existen. Y en caso de existir, ninguno se atrevería a contestar afirmativamente por física cobardía. De donde se deduce que mi pregunta es doblemente retórica o, en la práctica, una doble pérdida de tiempo.

En la página seiscientos ochentaidós de la novela Los Buddenbrook, de don Thomas Mann, Plaza & Janes Editores, SA, segunda edición en biblioteca de autor, 1996, aparece el siguiente texto:

De pronto sucedió algo que desconcertó a todos. El pequeño Johann se echó a reír. Escribiendo había dado con un nombre raro, que sonaba de un modo extraño; lo repitió en voz baja y no pudo resistir más; lanzó una especie de soplido por la nariz e, inclinándose hacia delante, agitóle un gran temblor, que no podía dominar. Al principio pudo creerse que lloraba, pero no era ese el caso: se moría de risa. Los mayores le miraban atónitos, incrédulos. Entonces su madre le mandó a dormir…

El hecho ocurrió tras la muerte del senador Thomas Buddenbrook, padre del pequeño Johann, frente al lecho mortuorio, al amanecer. Para esconder el nerviosismo, los deudos estaban escribiendo las direcciones de los destinatarios de las esquelas que daban cuenta de la muerte del senador, lo cual puso prácticamente colofón a la ruina de la otrora importante familia. Poco antes del texto arriba copiado, hay otro que dice:

Tanto en la casa como en la calle reinaba un gran silencio. Raramente se oían resonar pasos. La presión del gas del alumbrado producía un continuo y ligero rumor; sonaba un nombre en voz baja y el papel crujía bajo la pluma. A veces, al encontrarse sus miradas, recordaban lo que había ocurrido.

La señora Permaneder escribía con grandísima diligencia. Pero a cada cinco minutos, como si lo hiciese adrede, dejaba la pluma, alzaba las manos, las juntaba al nivel de la boca y prorrumpía en amargas quejas.

—¡No lo concibo! —exclamaba, queriendo decir con ello que empezaba ya a comprender paulatinamente lo que había ocurrido—. ¡Ahora sí que todo ha terminado! —gritó una vez de un modo totalmente inesperado y, presa de gran desesperación, abrazó, llorando, a su cuñada; después, reanudó, fortalecida, su tarea.

A Christian le pasaba lo que a la pobre Klothilde. Todavía no había derramado una sola lágrima, y esto le avergonzaba un poco. El sentimiento de la inconveniencia sobrepasaba a todos los demás, y la continua contemplación de los propios sentimientos le había ido desgastando hasta volverle insensible. De vez en vez se levantaba y, pasándose la mano por la lisa frente, exclamaba con voz sorda:

—Sí, es horriblemente triste —pero se lo decía a sí mismo, como echándoselo en cara, obligando a sus ojos a humedecerse…

Acabo de leer la citada novela, gracias a que un amigo mío, quien posa de intelectual y de haberlo leído todo, me la recomendó: dijo que sin esa novela, Gabo no habría escrito Cien años de soledad; que la saga de esa familia era similar a la de los Buendía, lo cual, después de leerla, me parece falso de toda falsedad. Los Buddenbrook es la saga normalita, excelentemente narrada, eso sí, de lo ocurrido a una familia común de la aristocracia alemana del siglo XIX, que a lo mejor existió, o al menos su modelo, mientras lo de Gabo es la magia de una familia criolla que no existió. Equipararlas es poner a pelear la realidad contra la fantasía, pugilato en el que la primera pierde, por suerte para los humanos. Los peores enemigos de la raza humana son la realidad y la política. Ah, no vuelvo a hacerle caso a mi amigo cuando me recomiende, aunque sean buenas, novelas de más de doscientas cincuenta páginas que, por su extensión, invitan a abandonarlas sin terminar la lectura. Soy un vago un poco ilustrado, pero vago, ¡qué le voy a hacer!

La carcajada de Johann, en un momento tan inoportuno, digna del análisis de la sicología o la siquiatría, equipara la vida de un niño pobre de Ibagué, Tolima, Colombia, yo, con un niño de la aristocracia europea, lo cual tiene su gracia y me obliga a hablar de algo que jamás pensé revelar:

El ocho de junio de 1969, en la clínica Minerva de Ibagué, murió mi madre, víctima de magia negra, lo cual nadie importante supo pues no fuimos personajes de novela. Ni siquiera de uno de esos pésimos best-sellers que publican las editoriales que medran a costa de la pobre literatura, o sea casi todas.

Hay gente de la fantasía que se parece a los androides de la realidad.  

Cuando los empleados de la clínica sacaron el ataúd de la habitación donde mamá había muerto, con dirección al carro que la llevaría a casa —entonces no existían las salas de velación—, tras ellos se armó una procesión compuesta por los padres franciscanos del colegio donde mi hermana trabajaba y a mí me habían expulsado por indisciplina el año anterior, las comadres de mamá, mis hermanos, Néstor Raúl Basto, mi gran amigo de entonces, y yo, que no entendía lo que pasaba. Mamá todavía sigue siendo inmortal y yo no he terminado de salir de aquella infancia en la que me abandonó sin prepararme para la orfandad, lo cual, creo, es el único error que cometió.

Pues bien, en un momento de nuestro recorrido por los pasillos de la clínica, desde un quirófano salió un médico que acababa de operar. Vestido con un atuendo verde untado de sangre, máscara, guantes y zapatos de tela, el cirujano se detuvo a mirarnos desfilar y yo, al verlo, solté una tremenda carcajada: no paraba de reírme y señalarlo, ignoro el porqué (¿sabría don Thomas Mann por qué su personaje hizo lo mismo cuando nadie lo esperaba?), mientras los curas de mi ex colegio pensaban con rabia que yo era capaz de destruir hasta el entierro de mi madre, las comadres de mamá gritaban “Ave María purísima” y se santiguaban, mi hermana mayor me daba un tremendo pellizco que no sentí y Néstor Raúl me tomaba del brazo, me sacaba del cortejo y me llevaba a la cafetería a que nos tomáramos un agua de toronjil para calmar los nervios.

Créanme que nadie, nunca, me preguntó por qué había cometido tal despropósito, y de haberse dado el caso yo no habría tenido respuesta. En todo caso después, huérfano ya, me acometió una vergüenza tal que decidí mantener esto en secreto hasta la tumba, lo cual, como ven, no sucedió así por gracia de esta maravillosa novela. Hay gente de la fantasía que se parece a los androides de la realidad, y esto, divinizarnos a nosotros y humanizarlos a ellos, es una de las cosas para las que sirve la buena literatura quien, gracias a esto, es Dios.

Amílcar Bernal

Amílcar Bernal

Escritor colombiano (1950). Reside en Bogotá. Es ingeniero mecánico y se encuentra pensionado. Ha ganado varios premios y menciones en concursos colombianos y extranjeros de poemas y relatos. Textos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas impresas y digitales. Ha publicado los poemarios La sal de los hoteles (Ayuntamiento de Armilla, España; segundo puesto en el VI Concurso Internacional de Poesía “Miguel de Cervantes”, 2001) y Solos de retruécano (primer puesto en el VII Concurso Nacional de Poesía “Ciudad de Chiquinquirá”, Colombia, 1999).
Amílcar Bernal

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