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El hermano mayor

jueves 17 de junio de 2021
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Leocadio Candanosa se fugó de casa a los catorce años y regresó a los sesentaiuno, cuando ya ni la casa lo esperaba: años antes los papás cerraron su reloj de bolsillo al tiempo que el del corazón y los vecinos los consideraron muertos. Sus hermanos se casaron y abandonaron el pueblo dejando al benjamín, Torcuato Candanosa, cuidando unas paredes que al poco tiempo comenzaron a desmoronarse: entraban luces indeseadas y salían infames secretos; las puertas se declararon en huelga y en el alma metálica de sus bisagras cundió la abulia; el perro vivió menos de lo que esperaba su veterinario; el gato desapareció tras un maullido lastimero que significaba que en esa casa no volvería a haber leche; las matas se secaron y un sepia moribundamente vegetal se asentó en su arrugada epidermis, por sólo nombrar algunos focos del cáncer que sumió todo en una opaca decadencia que invitaba al desahucio. Un día, Torcuato Candanosa se enamoró, se casó, se pasó a vivir en la casa de enfrente, y la suya se fue convirtiendo en un polvo viajero que los ventarrones de agosto desaparecieron, como por orden de un mago.

Leocadio Candanosa miraba con estupor el hueco dejado por su casa en la cuadra de su infancia y sintió una presión en la espalda que lo hizo volver la vista: allí estaba su hermano menor con una cara cuarentaisiete años más vieja pero alegre.

A la hora de la cena Leocadio Candanosa contó a su hermano y Otilia Espinosa, su mujer, que estuvo viviendo en la selva con una tribu de indios caníbales, que no se lo comieron por el color de su pelo, que creían de oro. Puesto que era parecido a un dios, los indígenas lo enseñaron a sanar las enfermedades y lo nombraron Curandero —un brujo, pensaron al tiempo Torcuato Candanosa y esposa—, pero a los sesenta años lo pensionaron y tuvo que volver.

A la hora del desayuno, cuando le preguntaron que qué tal noche, Leocadio Candanosa les contó que había soñado con culebras.

Esa noche lo acostaron en el sofá de la sala —la casa era pequeña—, subieron, se encamaron, echaron un polvo, rico, jueputa, y cuando cerraron los ojos para dormir se pusieron a pensar en culebras, cada uno, al tiempo, lo que los desveló. El esposo vio pasar una culebra por el tocador de su señora, que luego de tumbar un tubo de pintalabios y sacar su lengua bífida en señal de “aquí estoy y qué”, se dirigió a la sala. Otilia Espinosa vio una boa reptar sobre el tapete del cuarto, enrollarse y quedarse dormida en el zapatero, pero luego desapareció y a ella se le metió en la cabeza que se refugió en la sala, al calor de su cuñado.

Torcuato Candanosa, con una escopeta, recorrió la casa hasta que salió el sol en busca de ofidios, y si bien divisó algunos, a ninguno logró meter un tiro pues se refugiaban entre las cobijas que tapaban a su hermano, y no les disparó por miedo de herirlo. Leocadio Candanosa, de sueño pesado, nunca despertó.

A la hora del desayuno, cuando le preguntaron que qué tal noche, Leocadio Candanosa les contó que había soñado con culebras; ellos se miraron, ella se orinó en los pantis y él se puso a llorar. El miedo es un vestido helado que toca tu piel.

A la hora del café, Torcuato Candanosa, preocupado, preguntó a su hermano cuánto pensaba quedarse en la ciudad y éste respondió que unos quince días. El anfitrión hizo unos cálculos, una llamada, y le propuso que se alojara en el hotel La Siesta, al otro extremo del pueblo, donde pasaría más cómodo que en ese sofá, y que no se preocupara por el costo pues él tenía negocios con el dueño y podía cruzar cuentas sin mayor problema.

Quince días después Leocadio Candanosa fue a la casa de su hermano, a quien no había vuelto a ver, pero no le abrieron la puerta: no pudo despedirse. Quienes lo vieron aseguran que, como el flautista de Hamelín, iba acompañado de un tropel de serpientes de colores que más que miedo metían alegría, pues parecía que por el camino corría la primavera. Que se veía bonito, un tapete vivo, aseguraron.

Torcuato Candanosa y Otilia Espinosa jamás volvieron a soñar. Sobre el flautista de aquel pueblo sin nombre no se escribió historia alguna hasta hoy que el olvido cerró su frontera y lo dejó viviendo del lado de acá.

Amílcar Bernal
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