“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Tumbuctú

domingo 14 de octubre de 2018

Tumbuctú

Para los que nos apasiona la literatura de viajes hay ciudades míticas que son todo un género en sí. Ciudades cuyo solo nombre provoca un aluvión inmediato de referencias y citas literarias, que transporta a latitudes siempre lejanas y exóticas de necesidad. Se trata de ciudades no especialmente significativas en la historia de la humanidad, ciudades incluso al margen de ésta, recónditas, inaccesibles en muchos casos, a veces incluso simples reclamos para turistas por mor de una leyenda tan agrandada como explotada a conciencia por los profesionales del ramo. De ahí que su fama se deba no tanto a lo que se sabe de ellas, poco y casi siempre en boca de viajeros que exageraban sus méritos y con ello también los propios, como a lo que se presumía sobre ellas, que eran inconmensurablemente ricas, habitadas por seres extraños o maravillosos, siempre más cultos y civilizados que la masa anónima y salvaje que los rodeaba al otro lado de sus murallas, verdaderos islotes de lo excelso en medio de desiertos o al borde de las grandes rutas comerciales.

La literatura de viajes relacionada con Tumbuctú y otras ciudades de igual calado es casi el relato de las expediciones de tipos como el escocés Alexander Gordon Laing o los franceses René Caillé o Paul Jubert.

Uno de esos nombres es Tumbuctú. Su fonética ya ayudaba lo suyo, su localización al borde del desierto del Sahara, entre éste y el Sahel, a medio camino de la famosa ruta de la sal que comunicaba el Magreb con el África negra, apuntalaba la leyenda. De ella se sabía que era un crisol de etnias y culturas, fundada por tuaregs para ser luego convertida en la capital o niña mimada de los famosos imperios negros de Malí y Shongai, conquistada más tarde por los marroquíes y ya definitivamente por los franceses.

Su fama, en cambio, se debe sobre todo a su carácter de ciudad sagrada del Islam cuyo acceso estaba prohibido a los no musulmanes. Motivo, por otro lado, que suscitaba todo tipo de especulaciones acerca de las supuestas riquezas y maravillas que albergaba. Siendo así, no es de extrañar que los primeros europeos que se aventuraron en ella lo hicieran a escondidas, menos aún que a la vuelta procuraran adornar su hazaña con todo tipo de exageraciones, también entonces sabían venderse. De ese modo, la literatura de viajes relacionada con Tumbuctú y otras ciudades de igual calado es casi el relato de las expediciones de tipos como el escocés Alexander Gordon Laing o los franceses René Caillé o Paul Jubert. Todos ellos llegaron a su destino con grandes sacrificios y resultados desiguales: Caillé, que llegó a Tumbuctú disfrazado de árabe, regresó a su país, donde publicó un libro con el relato de su aventura, el cual lo convirtió en una celebridad; en cambio, Jubert fue apresado y vendido como esclavo para acabar sus días en el norte de África.

Así y todo, el eco que alcanzaron en su época estos expedicionarios no fue sino el enésimo ejemplo del eurocentrismo con el que se escribe la historia. El hecho es que se les considera los pioneros en llegar a la ciudad santa, pero es mentira, antes que ellos ya habían llegado otros europeos, sólo que éstos también eran musulmanes. Me refiero tanto al primero de ellos, el primer europeo conocido en llegar a Tumbuctú, el granadino León el Africano, esto es, Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi, cuya azarosa vida dio a conocer el célebre escritor libanés en lengua francesa, Amin Maalouf, como a ese otro morisco español que, al mando de una expedición integrada en su mayoría por otros moriscos de origen español, conquistó la ciudad para el rey de Marruecos: Yuder Pachá.

De Yuder Pachá dice la leyenda, a saber hasta cuánto de apócrifa, que su nombre derivaba de la costumbre de éste de intercalar la expresión castellana “¡joder!” cuando hablaba árabe. Su vida es una verdadera de aventura al igual que la de León el Africano, una vida de huidas, éxitos y fracasos; pero lo verdaderamente maravilloso de la historia de Yuder Pachá es la herencia que él y los suyos dejaron en Tumbuctú, ya que la mayoría de los integrantes de la expedición morisca permanecieron en la ciudad y se fundieron con la población local, dando lugar a una etnia aparte dentro de las ya numerosas que habitaban la ciudad, la cual recibió el nombre de los arma, ni más ni menos que por las armas de fuego que portaban la mayoría de ellos y que fueron la causa de la derrota de los anteriores dueños de Tumbuctú. Lo curioso es que su rastro haya llegado a nuestros días, tal y como leí en su momento al reportero y escritor Chema Rodríguez en la crónica de su viaje a la ciudad santa, A orillas del Níger, y en el cual, además de recordarnos la historia de Yuder Pachá, también nos habla de su entrevista con el actual líder de los arma, Kalil Turé, y de cómo éste le contó que hubo un tiempo en que a la ciudad la llamaron la Granada del Níger por la impronta andalusí que los arma le habían dado a la ciudad; parece ser que al líder de los arma le gustaba cantar canciones de Julio Iglesias en francés. También le contó que la situación actual de Tumbuctú no podía ser más dramática, que a consecuencia de las sequías los tuaregs habían abandonado el desierto para concentrarse a las afueras de la ciudad, los pastores nómadas del Sahel se metían en las casas de las tierras de los agricultores y los conflictos se multiplicaban por todas partes. Por si fuera poco, el gran río había dejado de llegar a la ciudad y por ello el avance del desierto era imparable, con lo cual temía que éste acabaría comiéndose la ciudad con todo su patrimonio arquitectónico.

Pues bien, a saber cuánto queda hoy en día del mito tras haber sido liberada apenas hace unos pocos años de las garras de los talibanes de la zona, una facción tuareg seguidora del islamismo radical de inspiración talibán a la que le dio por destruir parte de ese patrimonio histórico-artístico que hacía única a Tumbuctú, y más en concreto la tumba de la famosa dinastía de emperadores negros Askia, los mausoleos de los santones islámicos tan comunes en el Islam norteafricano y la famosa puerta de la mezquita de Sidi Yeyia, todo patrimonio de la humanidad declarado por la Unesco.

Toda la propia tradición islámica de Tumbuctú es un ejemplo de ese islam de apertura, amante de las artes, de la literatura, las ciencias o de la medicina, la ciudad de las cien bibliotecas.

En cualquier caso, el enésimo ejemplo de la sinrazón de los fanáticos de turno, como ya ocurrió en su momento en Afganistán con los budas gigantes de Bamiyán, como era la regla general en la España de la Reconquista y de la cual la mezquita de Córdoba, la Alhambra y otros monumentos musulmanes apenas son la excepción que escapó al furor destructivo de los “reconquistadores” cristianos, sólo que en este caso se trata de musulmanes destruyendo monumentos de otros musulmanes. ¿Por qué? Porque, al contrario de lo que viene a ser el prejuicio generalizado, el lugar común a fuerza de coger la parte por el todo, la tendencia al simplismo resultante de la ignorancia autosatisfecha, no es tanto la propia religión la que induce a la intransigencia como la interpretación que hacen algunos de ésta. Por eso, y no es cuestión de extenderse en la historia interna de la cristiandad con la cruzada contra los cátaros, la Inquisición martillo de herejes y demás hitos de la intolerancia, merece la pena recordar que las principales víctimas del fanatismo islamista, las principales sobre todo por número y por la saña con la que se emplean los integristas contra ellos, son precisamente otros musulmanes, aquellos que no hacen una interpretación rigorista de las escrituras, que no se toman todo al pie de la letra, que se saben adaptar a los tiempos, que supeditan su fe a la razón, que por lo menos intentan adecuar ésta a los tiempos modernos, a los valores universales. Haberlos haylos, claro que sí, y no de ahora, como que toda la propia tradición islámica de Tumbuctú es un ejemplo de ese Islam de apertura, amante de las artes, de la literatura, las ciencias o de la medicina, la ciudad de las cien bibliotecas, de otras tantas escuelas y mezquitas, de la convivencia entre etnias y ramas diferentes de la misma fe. Puede que sólo sea el mito sobre una realidad no tan ideal como nos la pintan ahora, claro que sí, pero estos mitos no surgen de la nada, al menos no en ciudades que en el pasado se caracterizaron por todo lo contrario de lo que hablamos. Dicho de otro modo, Atenas representa la Grecia clásica en todo su esplendor, Esparta todo lo contrario. De hecho de Esparta ya sólo se acuerdan los neonazis y por el estilo como modelo de su sociedad perfecta, supongo que no muy distinta de esa otra de los talibanes y demás cabezas huecas.

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