“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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13 nostalgias por la conversación

martes 16 de octubre de 2018
De izquierda a derecha, José Luis Ochoa, Reinaldo Chaviel, Julio Bolívar, Estela Rodríguez y Julio César Blanco Rossitto
De izquierda a derecha, José Luis Ochoa, Reinaldo Chaviel, Julio Bolívar, Estela Rodríguez y Julio César Blanco Rossitto, parte del equipo de la revista Maltiempo.

I

La efímera revista Maltiempo, editada en Barquisimeto (apenas cuatro números y otros que se quedaron en el tintero), nació, digamos que formalmente, en un café llamado La Nova 74, muy cerca del Conservatorio de Música y la panadería La Orquídea en Barquisimeto. Al lado de la inevitable avenida Los Leones, eje transversal del este de la ciudad, por donde caminaban a menudo los miembros que la fundaron. Yo vivía apenas a unas cuadras de aquel café, en unas residencias únicas por su diseño en la ciudad. También estaba cerca del diario El Impulso, con el que colaborábamos de vez en cuando los poetas que conformamos la revista. Todos venían de talleres sueltos por ahí, incluso la poeta María Auxiliadora Chirinos, todavía participaba en otro grupo cultural, aunque éste no se declaraba así, pero ahí estaba. Casa de las Letras Antonio Arráiz, Huellatinta, etc., eran los orígenes primarios de este grupo.

El primer número salió hace unos nueve años y era apenas una hoja doblada en cuatro partes. Luego creció a ocho páginas y de ahí saltó a dieciséis. Crecía y los escribanos de aquella aventura eran llamados a opinar sobre temas literarios. En oportunidades se armaban colaboraciones temáticas para la prensa local y comenzamos a participar en eventos culturales.

La Nova 74 seguía siendo el lugar de encuentro; allí se discutían temas para la revista, o simplemente íbamos a cenar y a libar libremente. Sin pretensiones de nada. Los mesoneros de aquel lugar emblemático de la ciudad nos admiraban, nos servían lo que se les antojaba, todos ellos liderados por el viejo capitán de mesoneros, nativo de La Guaira llamado Pedro Mayora. Todavía está allí, en el mismo lugar con nuevo nombre y su aséptica y costosa oferta. Confidente de parroquianos, galán de puertos, padre de músicos, y suegro de Jorge, su yerno, al que en secreto le decíamos “Largo” por su extrema altura, medía como dos metros, Mayora era como otro miembro del grupo. Comentaba las salidas en medios, fuera en televisión, radio o prensa escrita. Hacía seguimiento a sus clientes famosos y nosotros éramos famosos en aquel mundo de dos o tres manzanas. Al lado de la mesa de los de Maltiempo se reunía un grupo de vikingos que encabezaba Luis Aparicio, sí, el mismo que está en Cooperstown, el del Salón de la Fama de las estrellas del beisbol. Un ídolo que los barquisimetanos tratan como propio, con la indiferencia y el respeto que él necesita para tomarse un trago cualquier sábado de estos sin ser molestados por la fanaticada. En esas mañanas sabatinas él recuperaba la tranquilidad del anonimato. En la ciudad encontró la filosofía de los Cardenales, acostumbrados al fracaso y la indiferencia.

 

II

Otros habitantes de aquellos parajes con silla de hierro forjado y mesa de mármol eran los periodistas de El Impulso, que salían a saciar su sed después del cierre del día, o a comer algo para el cierre de la noche.

En este diario se acostumbraba tener un par de páginas dedicadas a la literatura. Sin duda era la más importante de la región; tenía un nombre como de otro siglo, Página de Intereses Literarios y Culturales. En ésta publicamos nuestras primeras y atrevidas notas y los primeros y torpes poemas, puede que aún sigan siendo torpes. Recuerdo que la misma fue dirigida por el poeta y crítico Teódulo López Meléndez, y luego pasó a manos de la periodista cultural Violeta Villar Liste.

 

III

Por aquellos años pocos de los miembros de Maltiempo habíamos tenido los hijos que venían. Ahora somos abuelos.

 

Revista “Maltiempo” (Nº 3)
De la revista literaria venezolana Maltiempo se publicaron cuatro números. En la gráfica, portada del número 3.

IV

Muchas de las actividades que realizamos por aquellos días gloriosos tenían que ver con motivos de la ciudad. Lecturas, presentaciones de libros, opiniones sobre la literatura y sus personajes. Edición de libros, la revista, sobre todo, aquellas reuniones los fines de semana en la fuente de soda, hasta que la vendieron y nos quedamos dando vueltas sobre la ciudad. Pájaros perdidos. Su venta y cambio de apariencia fue un golpe mortal al pequeño grupo de escritores que hacíamos taller literario en sus viejas mesas. Los primeros días intentamos sentarnos en sus mesas retocadas, pero todo había cambiado, los mesoneros eran otros, excepto Mayora que trataba, en vano, de que nos trataran con deferencia, pero nada. Parecía un gran león vencido por aquellos enérgicos mesoneros, especialistas en vender licor, disfrazados de amabilidad. Pero nada pasó, nos trataban como consumidores. Las mesas eran de madera y las sillas de semicuero. Teníamos que consumir al nomás sentarnos. De allí nos fuimos hacia otros ámbitos y otras voces (Capote dixit), panaderías, cafés, algunas casas privadas, esquinas inseguras. Estas eran peores. Molestábamos.

 

V

También la librería El Clip jugó un papel en nuestra vocación de reunirnos en aquel viejo centro comercial llamado Los Leones. Poco a poco el grupo se fue desmembrando. Por razones diversas el trabajo nos separó, un par nos vinimos a Caracas, otro a Yaracuy, cada cierto tiempo tratábamos de recuperar la conversación, pero ya era por Internet o teléfono, no era lo mismo. Con el tiempo la librería El Clip llegó a los 35 años y me invitaron a celebrarlo y escribí esto:

La conversación y los libros

i.m a A. Rossi
A la librería El Clip por sus 35 años, en la misma ciudad y en el mismo lugar
“Más vale abandonar la idea de que somos dueños de nuestro destino”.
Alejandro Rossi

I

Conocí a Alejandro Rossi (Florencia, 1932; México, 2009) en los pasillos de la UCV. Podemos decir que yo era un estudiante de postgrado en la Universidad Simón Bolívar y acudía a aquel encuentro fortuito por pura curiosidad. Así como acudía a las librerías de Sabana Grande para ver a los escritores que se paseaban entre sus anaqueles y por los cafés, también por los bares. Me lo presentó el historiador Rafael Arráiz Lucca, que por aquellos tiempos dirigía una editorial del Estado. Ya había leído su conocido Manual del distraído y había quedado imantado por aquella prosa tan peculiar y clara, a la vez compleja y elegante. Nunca supe si eran cuentos o ensayos. También lo había leído en una revista llamada El Paseante, una hermosa publicación española de la que me hice fanático, hoy es una revista de culto, ya desapareció, todavía conservo algunos números. Aquel ejemplar estaba dedicado a México y en él aparecían varios mexicanos que no habían nacido en México, como Augusto Monterroso y el mismo Alejandro Rossi, por supuesto.

Recuerdo mi entrada en una conversación, que duró apenas unos segundos. Le dije que lo imaginaba más flaco (pensaba en la foto en donde aparecía en El Paseante, fumando, o ¿era acariciando unos gatos?) y me dijo que él también. Había dejado, creo que por enésima vez, el cigarrillo. Lucía algo robusto para su tamaño, no era alto, pero sí tenía la elegancia que tienen los viejos italianos que aparecen en las películas de la mafia. Su rostro era más italiano que venezolano. Siempre me sorprendió su errancia topográfica. Finalmente nos quedó como un escritor florentino, que poco tenía que ver con Italia, vinculado familiarmente con Venezuela a la descendencia del general Páez y criado y formado en Argentina, Alemania, Estados Unidos y México, que fue su definitiva y última casa. Algo lo asocia a esos inmigrantes españoles de la posguerra; republicanos aventados por la dictadura de Franco, que hicieron sus carreras y vidas en la tierra de Rulfo y otros en la tierra de Gallegos.

Ese día, vestía un saco de cuadros y una camisa sin corbata. Era desgarbado y tenía una leve sonrisa picara en los rectos labios. Después se fue al salón de la Escuela de Arquitectura, en donde le tributaban un homenaje, creo que fue un doctorado, no recuerdo. Hablaba muy bajo, como si quisiera que nadie lo escuchara. Caminaba con la lentitud de los que han fumado frenéticamente en la vida.

Releo, en sus obras completas que edita el FCE, un cuento o breve ensayo sobre Venezuela y recuerdo a Meneses y el cuento sobre Venezuela, que publicó la Shell hace años, donde el autor de “La mano junto al muro” convierte al país en una caja china, la que llevamos todos en nuestra mente y nuestro mestizaje. “Venezuela a la vista” se llama su texto, donde se detiene Rossi en el milagro llamado Reverón.

El único libro que había publicado Rossi, para el momento en que Octavio Paz lo llamara a su equipo de colaboradores en Plural, era Lenguaje y significado. El llamado era a escribir lo que él quisiera, con extensión libre; de allí surgió el legendario Manual del distraído, luego vinieron los otros libros. Publicados por editoriales mexicanas, españolas y venezolanas como Monte Ávila y la Fundación Bigott, en las universidades mexicanas como la Unam y El Colegio de México se editaron varias de sus cosas, como el magnífico Cartas credenciales, entre otras.

 

II

Cuento esta relación con un escritor porque nuestras relaciones con los libros comienzan en las conversaciones con el otro y en las librerías.

Ruego me disculpen la anécdota personal. No todos saben que nací en una ciudad del centro del país llamada Valencia, y que mi primer trabajo, mientras estudiaba el bachillerato, fue en una librería. Hispania es su nombre aún. Estaba situada en una calle del centro valenciano que bajaba hacia el río Cabriales, cerca de un lugar de conversación al lado del cine Imperio, en la esquina sureste de la plaza Bolívar, una pequeña fuente de soda, que tal vez Milagros de Rossell recuerda mejor que yo, porque era su padre el que regentaba aquel lugar inolvidable. En esa librería compré mi primer libro con mi propio dinero, fue mi graduación como lector, y un avance arriesgado, era la vieja edición de Bruguera de El conde de Montecristo (dos tomos); antes había sido tocado por la literatura a través de dos magníficos libros que, por supuesto, luego perdí (pasa con muchos de nuestros libros). Eran dos biografías, la del gran narrador italiano Giovanni Papini y la de un político de la antigua Prusia, el conde Otto von Bismarck. Cuento esto porque creo firmemente que las librerías, como los bares y los clubes sociales, son los espacios del encuentro con uno y con los otros; la diferencia es que en éstas hay libros. En una librería yo me encontré con Dumas. El libro que allí compremos nos ensanchará el mundo, eso fue lo que hizo el escritor francés conmigo.

 

III

Cuando llegué a Barquisimeto corrían los años ochenta, y no eran tantas las librerías y más las fuentes de soda. Una de ellas era esta, El Clip, también otras que han desaparecido, como la LEA, y otra cerca de la universidad, llamada Universalia. Por cierto en este centro comercial también estaba un cine, como en la adolescencia valenciana, ¿causalidades o casualidades? No sé, pero desde esos días tomo como lugar de reuniones las fuente de soda, como la que está al lado de la vidriera de El Clip. Desde aquellos tiempos de estudiantes y en las oportunidades que pude entrar a El Clip. El motivo, como siempre, era preguntar por un libro que la señora que me atendía me decía que, si no lo tenía, ella lo podía buscar. Claro, siempre con la mirada sospechosa que merecía un cliente sospechoso. Era un estudiante y tenía, seguramente, el pelo largo, un bolso colgado, muy ancho para el gusto de la librera y un blue jean con bolsillos muy holgados. Recientemente me enteré de que estaba casada y que el señor adusto y pícaro que miraba de reojo a los libros y a los clientes que los acariciaban era su marido, don Silvio. En años recientes, me enteré de que éramos vecinos. Recuerden que cuando uno es estudiante es como invisible. La categoría de estudiante nos hace parte de una masa informe que nunca sabemos cómo reacciona, y además que pocas veces tiene cómo pagar un libro y menos un libro de Julio Ramón Ribeiro, que era mi autor favorito para la época (aún sigue siendo uno de mis héroes). Sólo para fumadores era el extraño título que buscaba. No quiero imaginar la mirada de doña Beatriz ante mi aspecto cándido y la extraña pregunta. En aquel tiempo, en el que uno después del cine Los Leones salía para la Nova, tenías que pasar obligatoriamente por la vidriera de El Clip, era como ahora salir del mercado o buscar unas fotos o venir a cobrar un cheque al banco. Siempre tenías que pasar por El Clip. No puedo imaginar pasar por este ángulo del pasillo y no ver El Clip.

Con el tiempo, siempre estudiante y más leído, como dicen, volví a El Clip, pero como editor. Traía unas novelas de Rafael Cordero o de Juan Páez Ávila, la revista Maltiempo y los libros de poemas de Reinaldo Chaviel o de María Auxiliadora Chirinos, o Julio César Blanco Rossitto, ahora recientemente los de un nuevo sello editorial.

Por aquellos días de los noventa El Clip no se dedicaba a presentar libros. Ahora tiene una actividad que antes sólo se hacía en los centros culturales de la ciudad. Es decir, todo ha cambiado. Ahora, en cualquier tarde podemos encontrarnos con el pensador J. M. Briceño Guerrero, o con Fausto Izcaray, presentando su último libro de poemas. Es decir, El Clip ahora es un nuevo centro cultural.

Las librerías no son nuestras bibliotecas, es verdad, pero están conectadas por un hilo invisible con ellas. Allí están nuestros mitos, las leyendas que buscamos, el orden que necesitamos, o el desorden que evitamos, cosas para un espacio en la casa, el poder y sus formas de buscarlo o rechazarlo, el azar de lecturas sorprendentes, otras mentes y emociones, un librero que entiende nuestras búsquedas y la imaginación siempre. No son nuestras bibliotecas, pero lentamente las van formando y nos van formando como seres de la tolerancia.

 

IV

El libro, como afirma García Pelayo, es un centro integrador. Quien no crea en el libro es un extraño. Mutatis mutandi, quien no haya visitado una librería es un ser extraño. La librería es un espacio integrador; como contiene libros, contiene también la verdad, que es creencia común sobre ellos. El libro y las librerías, su diversidad y su pluralismo son la esperanza, como la democracia.

Gracias por la deferencia de permitirme hablar como lector y como editor.

Lo que nos dice que es bueno escuchar a Rossi de nuevo y pensar que no somos dueños de nuestro destino.

Los que quedaron siguieron reuniéndose, ahora en El Clip, transmutados como “La Quincena Leone”, un poco como homenaje al pequeño centro comercial que los alberga. Mutaron. Así como las famosas mistelas Leone, sucedáneas del café.

 

De izquierda a derecha, Julio Bolívar, Eugenio Montejo y Reinaldo Chaviel
De izquierda a derecha, Julio Bolívar, Eugenio Montejo y Reinaldo Chaviel. Montejo presentó en Barquisimeto la colección “El hacha de seda”, dedicada a la poesía.

VI
Los escritores invitados

Todos llegamos con la vida hecha. La mayoría éramos gente con responsabilidades familiares, hijos, mujeres, maridos, novias, etc. No pretendíamos, reitero, ser vanguardia ni nada por el estilo, sólo reunirnos y hablar sobre literatura. Recuerdo que un panfleto negro cuestionó esta vocación. Panfleto al fin. Eso era todo. También veníamos con amigos de la literatura, en la ciudad y en otras ciudades. Por eso pudimos invitar a escritores amigos. Para inaugurar la colección “El hacha de seda” nos acompañó el poeta Eugenio Montejo, leyó el primer libro de Reinaldo Chaviel. Montejo con la caballerosidad que lo caracterizó en vida habló y además leyó sus poemas al otro día. Declaró a los medios y en otra ocasión nos concedió una entrevista colectiva para la revista Maltiempo. Un día pasó por La Nova el poeta Luis Gerardo Mármol, editor también, junto a Carmen Verde Arocha, de la editorial Eclepsidra. Todavía me resuenan sus recomendaciones, sabias y ciertas. A nuestra mesa cuadrada se acercó también el novelista Juan Páez Ávila, nuestro héroe local, el novelista de Carora.

 

VII
La obra de cada uno después

En aquel grupo de finales de los 90 y que atravesó el siglo, después del 2000, cada uno ha desarrollado una obra particular. Escasa y modesta. La mayoría sigue escribiendo o, como dicen ahora, activando en organizaciones culturales como el Ateneo de Cabudare, en los espacios que ofrece generosamente la librería El Clip; otros van a festivales y lecturas en Lara o otras ciudades del país. Además de siempre mantener colaboraciones con los medios impresos y radiales, los que quedan.

El poeta José Luis Ochoa publicó con la editorial Eclepsidra el libro Ruinas vivas; Julio Blanco Rossito sacó su libro premiado en oriente Doblar el hierro (Fondo Editorial del Caribe, premio de poesía Freddy Hernández Álvarez); Morelia Muñoz también publicó su primer libro, Dioses mortales (Maltiempo Editores), poemas dedicados al tema amoroso; en mi caso, la suerte me acompañó, el Fondo Editorial del Caribe publicó el libro Corazones de paso, y el año 2016 gané un premio literario en Pampatar (Bienal de Poesía José del Carmen Rosa Acosta) con el libro Tocar la puerta; un amigo de aquel grupo, Juan Páez Ávila, continuó con el sello Maltiempo Editores publicando un par de novelas… Rafael Montes de Oca Martínez también editó bajo el sello Maltiempo su libro De animales y otras cosas, una colección de cuentos. La labor editorial resistía a pesar de la crisis de la industria en el país. Se mantiene una cantidad de libros inéditos. Además, eventualmente nos reunimos, tal vez por el acto de escribir, la pasión por las palabras y la nostalgia de la conversación y la amistad.

 

Revista “Maltiempo”
Prueba de un número de Maltiempo que no llegó a ser publicado. Se trata de unas palabras del poeta venezolano Rafael Cadenas para el acto de graduación de la Universidad Yacambú, en 2001.

X

Las circunstancias cambiaron. Cada día se tornó más difícil reunirnos. El poeta Ochoa viajaba hacia su clínica en Nirgua, da clases en San Felipe y dirigió un programa de promoción de la lectura en la novísima Universidad de Yaracuy (Uney). Viaja todos los días. Yo mismo me fui a Caracas por razones laborales de tipo editorial. Editar libros, escribir artículos, hacer contratapas, leer hasta el cansancio, retomar la academia; Muñoz viajaba desde Caracas hasta Barquisimeto por su trabajo en la Upel. En fin. Me intervinieron una rodilla con éxito relativo, pero aún las huellas hacen su mella. La idea es que algunos de los miembros se hiciesen cargo. También se acercó a nosotros un ingeniero apasionado de la narrativa, Álvaro Ríos. Pero la vida no nos dejó armar el equipo necesario para continuar la revista, las reuniones y las ediciones, a pesar del esfuerzo de Reinaldo Chaviel. Continuamos armando temas para la prensa, en esa onda de los aniversarios y efemérides de escritores. En verdad se tornó difícil, sobre todo porque éramos un grupo que no se planteó crecer ni depender del Estado (como maliciosamente comentó un grupo por Internet una vez). Tampoco teníamos interés comercial. Todas las ediciones se hicieron con nuestras propias finanzas personales. Y por supuesto con la comprensión y el apoyo de la Imprenta Horizonte de Alberto Jaimes y su familia de editores. Además, la evolución del centro comercial que transformó el viejo café en otro tipo de negocio. Era imposible reunirnos allí.

Estuvimos un tiempo como nómadas por la ciudad, algunas veces alguna reunión en la casa particular, pero nada recomendable por el oficio que ejercíamos. Leer, escribir y editar. Muchos papeles. Muchos libros. Insistimos en las reuniones de fin de año y entusiasmados pasábamos revista por lo hecho y nuevos planes, nuevas frustraciones. Con enero llegaban de nuevo los alejamientos de la ciudad. Las obligaciones familiares.

 

“El libro de Adrián”, antología de Maltiempo Editores
El libro de Adrián, antología de Maltiempo Editores.

XII

La independencia tenía que ser financiera, pero ni la ciudad ni nosotros dábamos para eso. Nadie publicaría un aviso en una revista de mil ejemplares, y mucho menos en una revista para la poesía y el pensamiento. Tampoco diseñamos una estrategia comercial; eventualmente llevamos la revista a alguna librería y los primeros libros, los del poeta Chaviel, Blanco Rossito y Chirinos. Pero otra vez carecíamos de una capacidad de cobro, etc. No teníamos estructura de una editorial. Tal vez repito la historia, con sus variantes de casi toda revista cultural. Pienso en Vuelta y en Plural; salvando las distancias correspondientes y la tradición en México, no dejo de imaginar sus primeros años de escasez. Ellos con los años generaron utilidades, nosotros jamás pensamos en eso. Ninguno teníamos, y creo que aún no tenemos, estabilidad material para poder seguir haciendo la revista ni las ediciones. Ni poder seguir creciendo, ni invitar a otros escritores al equipo modesto y enamorado de Maltiempo Editores.

 

XIII

No obstante, nos quedan las imágenes de aquel tiempo. Fotografías en el café, en las casas particulares. Los números de la revista, los libros, aquella antología que llevó el nombre de Adrián, hijo de los Chaviel, que nació en el fragor de la tinta y el papel. Allí logramos reunir poemas de cada uno de los miembros de aquel sueño inconcluso. Hasta el que nos diseñó el logo de Maltiempo, Fernando Escorcia, apareció con poemas de un libro que guardo con celo.

Julio Bolívar
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