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Rima I, de Gustavo Adolfo Bécquer
Un himno gigante que lucha por existir

• Jueves 28 de marzo de 2019
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Gustavo Adolfo Bécquer
Bécquer hacia 1865. Detalle de un daguerrotipo tomado por el fotógrafo francés J. Laurent.
Gustavo Adolfo Bécquer El escritor uruguayo Fernando Chelle dedica una serie de artículos a estudiar algunas de las Rimas del sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), autor que suele ser visto como el prototipo del poeta romántico por presentar temas como la exaltación del sentimiento, el idealismo frente a la vida y el mundo, la alabanza de lo espiritual y el desdeño de lo material, pero en cuya obra pueden identificarse además elementos provenientes de diferentes movimientos literarios.

De lo cierto a lo posible, de lo singular a lo plural, de lo propio a lo genérico. La poesía, el lenguaje y el amor como salida son algunos de los aspectos presentes en esta rima capital del poeta sevillano.

Después de haber presentado en el primer artículo de este trabajo un estudio introductorio a las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, comenzaré a analizar literariamente algunas de las composiciones más representativas de la obra referida. Abordaré en primer lugar la Rima I.

I

Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar, que no hay cifra
capaz de encerrarle; y apenas ¡oh, hermosa!,
si teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera, al oído, cantártelo a solas.

Si reparamos en la estructura externa del poema, veremos que está compuesto por tres estrofas de cuatro versos cada una, con rima asonante. Son versos de arte mayor, decasílabos los impares y dodecasílabos los pares, lo que le permite al poeta explayarse y exponer el tema que le interesa con claridad. Es un texto que tiene un carácter metapoético, que reflexiona sobre la dificultad de la expresión poética.

Comienza el poema con un tono exaltado, parecido al de un himno, con una afirmación contundente: “Yo sé un himno…”. El verbo saber en primera persona muestra la seguridad que siente el yo lírico, no tiene ninguna duda al respecto. Ese himno, esa composición solemne, elevada, que además de contener letras también es música, es la poesía que está configurada adentro suyo. Esto es algo que precede a la composición poética y que tiene que ver con la concepción que el poeta sevillano tenía de la poesía; para Bécquer la poesía existe con independencia de los poetas. Quizá donde más claro se expone este concepto es en la Rima IV:

IV

No digáis que, agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

El poeta es quien dispone del himno y esto es algo que lo diferencia del común de la gente. Todos los hombres son capaces de sentir, pero, para Bécquer, el poeta es el que, además de sentir, tiene la capacidad de recordar lo sentido y elaborarlo.

El himno es calificado con dos adjetivos muy significativos: “gigante y extraño”. El hecho de que sea gigante trasciende la posibilidad de ser expresado, es algo inabarcable. A esta característica se le suma la extrañeza. El adjetivo “extraño” parece contraponerse a la utilización del verbo saber en primera persona, pero es que el yo lírico es consciente de que el himno es algo ajeno a él y lo que no comprende es cómo esa composición sublime llegó a existir en su interior. En los dos adjetivos que caracterizan al himno, se encuentra la raíz del fracaso al que se enfrentará el poeta, porque eso gigante y extraño tendrá que expresarlo con un lenguaje rebelde y mezquino. Esta imposibilidad a la que se enfrenta no es otra cosa que la imposibilidad de llegar a expresar el ideal, y este es un tema romántico por excelencia.

El poeta partió de la noche del alma y termina en la sombra.

Los primeros versos del poema parecieran ser una expresión impulsiva de un entusiasmo contenido. Son los versos más arrebatados de todo el texto, no encontramos ningún tipo de pausa, ningún hipérbaton o alteración, todo es lineal y fluido. La certeza del yo hace que se exprese de forma incontenible. Comienza con monosílabos, luego sigue con bisílabos y luego vienen los trisílabos, cada vez se va expandiendo más. Nos dice que el himno “anuncia en la noche del alma una aurora”. Se utiliza un lenguaje místico, se habla de la noche del alma para hacer referencia a lo no expresado. Dentro de la oscuridad del alma del poeta, el himno es anuncio de algo distinto, no de la luz, no del día, sino de una aurora. Si ese himno pudiera expresarse totalmente, si se pudiera llegar al ideal, el yo lírico seguramente hablaría del día, pero como eso no es posible nos habla de la aurora, que es una luz difusa, una luz intermedia entre el día y la noche.

No es extraño que la primera pausa del poema se encuentre después de la palabra aurora, porque los dos versos siguientes tienen un matiz de desencanto, de fracaso. Esto lo vemos en primer lugar por la utilización de la palabra páginas. Al usar una metonimia, y no hablar de poema sino de páginas, se hace referencia a lo material y esto implicaría una pérdida con respecto a lo espiritual; además se pasa de algo unitario como el himno a la pluralidad de las páginas, lo que también implica una degradación. El himno aparece referido como “ese himno”; pareciera como si al ser nombrado por el poeta se alejara de él y al pasar por las páginas no quedara más que un mero reflejo degradado. Hay una identificación sorprendente, las páginas son “cadencias”. El himno se ha perdido; de la composición solemne, elevada y unitaria, en las páginas, no quedan más que cadencias, sonidos tenues. Como si fuera poco, esas cadencias se enfrentan a otro agravante, el aire las dilata en la sombra. Los mínimos vestigios que podían llegar a quedar del himno se expanden, se pierden en la sombra, en el olvido. El poeta partió de la noche del alma y termina en la sombra. La aurora era una esperanza, una ilusión, a la que se le opuso, de forma antitética, la realidad de la sombra, que es el fracaso de la expresión. De aquí en más, la palabra himno desaparecerá del poema.

La segunda estrofa comienza nuevamente con la referencia a la primera persona, pero ahora con el pretérito imperfecto de subjuntivo (quisiera), lo que implica claramente un deseo, no una certeza. El himno ha desaparecido, lo único que queda de él es la desinencia verbal en “escribirle”, sólo esa pequeña partícula nominal es la que lo alude, pero indiscutiblemente ya no tiene la misma importancia que en la primera estrofa. En los dos primeros versos de la segunda estrofa hay un hipérbaton bien marcado que nos hace sentir a los lectores la dificultad a la que se enfrenta el poeta al querer expresar, con el idioma, ese himno gigante y extraño que vive en su interior. El hipérbaton se abre con el deseo del yo y se cierra con la referencia al idioma, que es algo genérico. Existe una dificultad para el poeta al tener que expresar ese himno, que es algo íntimo y personal, con algo genérico como es el lenguaje de los hombres. El himno es algo que le pertenece al poeta, pero el idioma no, por eso es por lo que tiene que domarlo, que domesticarlo. El verbo domar alude a una lucha física, y la del poeta es una lucha espiritual. Aparte del hipérbaton, hay un encabalgamiento entre el primer y el segundo verso que nos hace sentir ese esfuerzo, esa dificultad que implica tener que plasmar lo individual en lo genérico. El yo lírico usa el gerundio “domando”, lo que muestra una continuidad en la lucha, con eso vivo que es el idioma. Éste es calificado además con dos adjetivos antepuestos, “rebelde y mezquino”, que muestran lo que le es esencial. Es rebelde porque no responde a lo que el poeta quiere expresar, y a su vez es mezquino porque es escaso, insuficiente.

En los dos últimos versos de la segunda estrofa, el poeta le pide al lenguaje, algo que de por sí es lineal, que sea simultáneo. Hay un esfuerzo en el uso del polisíndeton por superar la linealidad, pero nosotros como lectores sabemos que eso no es posible y percibimos el fracaso. El yo lírico quisiera que el lenguaje fuera una especie de quintaesencia de los sentidos, pero cuando se refiere a eso no tiene otra alternativa que enumerar linealmente cuáles son sus pretensiones. Esta búsqueda de lo sensorial, esta importancia que Bécquer le da a los diferentes sentidos, de alguna manera está anticipando algunos aspectos que se desarrollarán luego en el simbolismo y en el modernismo.

Como para Bécquer la mujer es la poesía, como la mujer es sentimiento, tal vez ella sea la única que pueda captar el himno.

La última estrofa es la del desencanto; aquí termina una gradación descendente con esa frase de derrota: “Pero en vano es luchar…”. El pronombre “yo”, con que se abrían las dos estrofas anteriores, ha desaparecido. El poeta ya no tiene nada que afirmar, es como si se sintiera derrotado y se rindiera. Hay una explicación de por qué considera inútil la lucha por expresar el himno: “no hay cifra capaz de encerrarle”. Dice que no hay, no que no encuentra, no hay código que permita cifrar, ni palabra precisa o exacta que pueda expresar el himno, del que sigue quedando, en esta última estrofa, únicamente la partícula nominal “le”. Es significativo el uso del verbo encerrar, que podríamos asimilarlo como plasmar, expresar. Después de esta frase de derrota con que se abre la última estrofa, encontramos una pausa importante marcada con un punto y coma. Después de la pausa, encontramos una posible salida, no se cierra el poema con una derrota total. La presencia de la amada, en un clima de intimidad y comunicación afectiva, quizá sea un factor que posibilite la expresión del himno. Es una posibilidad, el poeta dice “apenas” y luego “pudiera”, pero bueno, si se dieran esas condiciones, tal vez el himno pudiera ser expresado.

XXI

¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Como para Bécquer la mujer es la poesía, esto lo deja claro en la Rima XXI, y también en las Cartas literarias a una mujer, como la mujer es sentimiento, tal vez ella sea la única que pueda captar el himno. Quizá con la ayuda de la mujer el poeta pueda expresar el himno, o quizá la mujer con sus sentimientos pueda suplir lo que el lenguaje rebelde y mezquino no puede decir. El himno, que es algo que asociamos a lo colectivo, aquí tiene una sola receptora, la mujer hermosa, su amor. La poesía, esa que vive de forma independiente del poeta, como vimos en la Rima IV, esa que es un himno gigante y extraño, es posible que se plasme gracias al amor.

El poema termina de forma bastante cortante si pensamos en el arrebato expresivo con que comenzó, pero al menos no termina en derrota, se brinda una salida consoladora, no triunfal, pero sí consoladora.

Este artículo forma parte del libro Cadencias que el aire dilata en la sombra.

 

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Fernando Chelle

Escritor uruguayo (Mercedes, 1976). Autor de los libros Poesía de los pájaros pintados (2013), Curso general de lectoescritura y corrección de estilo (2014), El cuento fantástico en el Río de la Plata (2015), Muelles de la palabra (2015), Las otras realidades de la ficción (2016), El cuento latinoamericano en el siglo XX (2016), SPAM (2017) y Las flores del tiempo (2018). Ha formado parte de diferentes antologías poéticas. Sus poemas, ensayos y críticas literarias se han publicado en revistas, periódicos y portales literarios de numerosos países. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano y al portugués. Es cónsul, en Uruguay, del Parlamento Internacional de Escritores de Cartagena; coordinador, en Cúcuta, del Parlamento Nacional de Escritores de Colombia y miembro de la Asociación de Escritores de Norte de Santander. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo Literario (Colombia, 2017), el Premio Regional de Periodismo (Colombia, 2017) y el Premio Internacional de Poesía Caños Dorados (España, 2017). Es coordinador del Laboratorio de Escritura Palabra Escrita, en la Universidad Francisco de Paula Santander (UFPS), y forma parte del programa radial Diáspora, que se emite todos los jueves y domingos por la UFPS Radio 95.2 FM.
Fernando Chelle

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