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Leer y escribir

domingo 21 de julio de 2019
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Leer y escribir, por Daniel Alarcón Osorio
La lectura y la escritura son el asombro que potencia la imaginación y la creatividad.
Si no leemos no tendremos jamás palabras para entender y transformar el mundo. No haremos nuestras las experiencias ajenas. Nuestra condición quedaría reducida a la mudez incomunicable de los peces en el acuario
José Emilio Pacheco.
Inclinar la cabeza ante los libros constituye levantarla ante los hombres.
José Martí.

Encontrar en una palabra toda una vida. Al decir “piedra”, un niño no sabe que ha pronunciado la herencia de miles de años; no sabe que, al fondo de la Historia, alguien prepara una piedra para defenderse de los depredadores, alguien más calcula el paso del tiempo en los astros. Platón y Gutenberg se reencuentran en el lector.

Del encuentro con otras voces, perspectivas, pensamiento y acción, surgen diferencias, que se vuelven poco a poco motivación y respeto por la mediación que se realiza a través de la lectura.

Leer, búsqueda y encuentro con los demás. A partir de dicho encuentro, la escritura inicia, sin que se perciba. Quien siente lo que lee, escribe, y al hacerlo rompe los diques del presente para que, una vez más, el autor de un libro, perdure en los ojos del lector y en la memoria.

La lectura rompe tiranías, fortalece el ser ante el silencio y la indiferencia, sacude los monólogos para encontrar posibles soluciones a las dificultades o problemas.

La lectura abre puertas a pequeños mundos que pueden salvar de la desesperación al individuo. La escritura encuentra a su interlocutor y al hacerlo dignifica a la conciencia.

Se cultiva la lectura como la amistad. A partir de este hecho se comprende que la armonía del mundo germina a partir de sus diferencias. Ningún rostro se parece a otro. Todo instante es único.

En nadie más se repite la emoción del niño frente a la caída de la lluvia. Todo acontecimiento es irrepetible. Lectura y escritura no son simplemente signos arrojados al vacío.

Aunque todo se ha banalizado, y de las trivialidades en las redes sociales se pasa a las trivialidades de los noticieros, la lectura abre puertas a pequeños mundos que pueden salvar de la desesperación al individuo. La escritura encuentra a su interlocutor y al hacerlo dignifica a la conciencia. Acerca a los otros, liberando al yo de las fatales trampas de la razón. La escritura ocurre cuando se toma un libro o una página y se reencuentra con las líneas trazadas por alguien que, desde el fondo del pasado, interroga.

Sentir la brisa de otras vidas en el gesto solidario de quienes deciden no saber de fronteras y bajezas, intentar caminar con sabiduría; verse desde otros, entre el lápiz, la tinta, el ordenador o el guiño inesperado de alguien quien deja de ser extraño, es el camino que construye la lectura y la escritura.

Es decir, lectura y escritura se parecen al barrilete que inventa las alturas, así también transcurre el espacio-tiempo cuando se observa caminar a una adolescente y se percibe en su sombra la plenitud de la mujer.

La lectura y escritura enseñan a respetar el silencio del que está a la par, siempre y cuando no esté asesinando, ni vendiendo droga, ni aprobando presupuestos a su favor, ni lanzándose de un puente, aunque tal vez sea necesario que lo haga.

Leer y escribir forjan coraje para no sucumbir ante la cursilería de quienes, por su kilométrico cv, toman distancia de lo cotidiano, siendo solamente compañeros coyunturales cuando la realidad les afecta o presiona. Se es soñador sin olvidar lo empolvado de los caminos, sin olvidar las esquinas golpeadas con la sombra de quienes mueren.

Ha llegado para quedarse la era tecnológica. Dentro de algunas décadas los soportes o dispositivos que ahora son novedosos serán el pasado de otras tecnologías; mientras tanto, se hace necesario aprovechar las plataformas virtuales, los espacios en las redes sociales, la enseñanza de las TIC, de acuerdo a las necesidades y desafíos propios del existir cotidiano.

Las generaciones que interactúan o se encuentran en este escurridizo presente no deben terminar en un fatal aislamiento. La apuesta por la lectura y la escritura es impostergable. Lectura y escritura, la palabra. Se cultivan los caminos de la cultura para que las nuevas generaciones no vuelvan a transitar por los mismos pantanos en los que el presente se detiene.

Quien pretenda encontrarse en otras voces, verse desde otros ojos, sentir otras tristezas y otras alegrías, debe cultivar el hábito cotidiano de la lectura.

Cuántas veces las personas pasan frente a una edición de Don Quijote sin reconocer al héroe de la libertad, sin poder encontrar en sus páginas más que palabras, oraciones y párrafos vacíos, sólo útiles para articular un insulto o una traición.

El deseo hace la escritura, luego viene el oficio, la disciplina unida al análisis, reflexión y muchas revisiones, camino de la función artística que pueden contener los diversos géneros literarios y periodísticos, incluida la producción académica derivada de la investigación científica: Ejercicio Profesional Supervisado, seminarios, artículos, tesis de licenciatura, maestrías y doctorados.

No existe sentido en el ejercicio de lectura y escritura si no constituye actuación cotidiana de responsabilidad y puntualidad. El individuo, por alguna razón o maldición para los demás, ha hecho de ciertos defectos un asunto vocacional, un sello de identidad. Se asiste con retraso a una reunión, sin importar su naturaleza, y el enojo de los otros se vuelve una recompensa. Se deja para mañana lo que debía entregarse hoy y lo de mañana se posterga de forma indefinida. De ese modo, el futuro llega a tener sentido únicamente porque es un recordatorio de lo que siempre quedará pendiente.

Por tal razón, el ejercicio de la lectura y escritura es un primer paso para cumplir con las responsabilidades con los otros. Al hablar se escribe y al escribir se dialoga, primero con el silencio, hasta encontrar al interlocutor que multiplica al escribidor. Se puede pensar en las prácticas diarias, puede haber una coma de más, un punto ausente, un signo de interrogación en dónde debería estar el punto y aparte o el punto y final. Así, la exigencia y el respeto por la palabra escrita pueden traducirse en el respeto a los otros.

Inevitablemente, quien empieza a leer y escribir, y busca en lo cotidiano un gesto de solidaridad, o quien busca ser fraterno con otras miradas, es devorado.

Aunque parezca una posición ingenua, si se lee y escribe, podría disminuir la cantidad de buitres, ratas, perros, gorilas, dinosaurios que le han robado el futuro y todo lo que pueden a quienes son parte de una ciudadanía que no termina de tener forma de ciudadanía. Al final, si se leyera y escribiera más, aunque no se tendría la tierra prometida, se podría construir un mundo en donde las injusticias dejen de ser cotidianas. La Historia que nos niegan está escrita con las huellas de nuestros antepasados, que murieron bajo el mecapal o bajo las bombas de napalm. Hoy, cuando alguien empieza a escribir tal vez se esté evitando un asesinato o está muriendo un dictador.

Aunque en algunos seres extraordinarios todo rastro de frontera, límites territoriales y culturales se difumina, la mayoría se ve obligada a sobrevivir dentro de los límites de una oficina, de un país, de una patria, de una tierra hecha a remedos.

Si no se vuela por encima de las fronteras y demás prejuicios culturales, se debe empezar desde abajo, desde donde a veces la deriva es el único lugar firme, a merced de cárceles, hospitales y funcionarios dispuestos a devorar todo lo que encuentren a su paso, e, inevitablemente, quien empieza a leer y escribir, y busca en lo cotidiano un gesto de solidaridad, o quien busca ser fraterno con otras miradas, es devorado. Y a pesar de eso, o precisamente por eso, la apuesta por la lectura y la escritura, debe ser genuina.

Se aprende a golpes de rechazos y bloqueos y compadrazgos a romper el pronóstico de los cangrejos en la cubeta, eficientes indiferentes y “eternos inocentes”.1 Empezar por reconocer el aporte de otros ante las circunstancias propias y que otros encuentren en nuestros actos una mínima razón para seguir confiando en la humanidad.

Cierto. Mucho daño nos hemos hecho a lo largo de los siglos. La tolerancia y el respeto deben superar los actos mezquinos en los que, muy a nuestro pesar, reconocemos algo nuestro.

Allá está el catedrático que llegará a la tumba sin haber conocido la generosidad, más al fondo están quienes dieron confianza y recibieron deslealtad. Y más acá, posiblemente se encuentren quienes sacrificaron su dignidad para ascender en un temporal y pasajero puesto laboral.

Pensar en lo que se lee y se escribe también es encontrarse con lo más atroz del ser humano; sin embargo, encararlo no debe ser tan negativo. Reconocemos a nuestros espectros, los monstruos que nos habitan para detenerlos a tiempo. Ubico, Ríos Montt o Pinochet, tal vez alguna vez fueron niños, y sin embargo…

Que el libro, la milagrosa articulación de la palabra se torne un acto de resistencia ante el mundo cuando, pedazo a pedazo, se calcina, cuando el desierto se traga a un compatriota o el hambre se lleva a miles de niños que del vientre materno no pasaron.

Resistir. Si se lee o se escribe ha de ser para que el mundo no amanezca con el rostro desfigurado.

La democracia ha de construirse entre todos, ha de haber una para los países desplazados. Democracia decían y bombardearon Chile en el 73. Democracia decían y ultrajaron a la pequeña Guatemala en el 54.

Leer es reescribir la historia que nos llega mutilada, reencontrarnos con las heridas que cargamos desde que nuestros abuelos no habían nacido.

Escribir enseña que a escribir se aprende escribiendo, mostrando lo necesario que se hace leer, así como aprender a observar, lo cual lleva también al proceso y acción de mirar, pero de otra manera, más la de examinar para percibir a través de los sentidos, los objetos, personas y situaciones, junto a otros signos, símbolos e imágenes que la cultura y la realidad muestran.

Desde hace décadas el mundo avanza a una velocidad vertiginosa. Quien se queda frente al ordenador u otro dispositivo hasta altas horas de la noche no encuentra diferencia entre el nuevo anuncio de la Coca-Cola y los bombardeos en el Medio Oriente. Encuentran más interesante los adelantos de la nueva película o serie que exhibirán en la semana y ven con indiferencia los macabros intereses de los Estados Unidos en el mundo.

A través de la palabra se erigen puentes con cimientos en una de las conquistas más valiosas de las sociedades: la ética.

Hollywood se ha hecho cargo desde hace décadas de las lecciones de historia para niños, adolescentes, jóvenes e incluso adultos con apoyo de profesores e instituciones “preparadas” “al vapor”, como lo dijo hace treinta años J. L. Perdomo.2

Por ejemplo: el respeto y la cortesía: muchas gracias, con permiso, por favor, hasta luego, pase usted, ¿puedo pasar?, adiós, buenos días, buenas tardes, buenas noches, como prácticas cotidianas, están siendo abolidas. En las redes sociales y los clics, en la infinita telaraña de la desinformación, nos condenan al cinismo, a la indiferencia y a la soledad.

A través de la palabra se erigen puentes con cimientos en una de las conquistas más valiosas de las sociedades: la ética.

Ser lector es ser recipiendario del presente. Escribir es caminar un poco en el presente que transforma como emisario hacia el futuro al modificar nuestra actitud, reinventar nuestra mentalidad y potenciar la conducta hacia la vida y lo humano, desde la ética y la espiritualidad.

Leer cambia la relación con el prójimo. Escribir modifica la relación con uno mismo. Leer hace enfrentar al silencio. Escribir saca del exilio al silencio.

Uno de los desafíos al recorrer páginas o trazar un verso o una metáfora en la página en blanco es transformar a quien nos habita, volverlo alguien que pueda ver de frente al mundo, que sea capaz de reaccionar ante las injusticias.

No se cambia al mundo con un lector indignado, pero empeora con uno que es incapaz de levantar la voz ante las atrocidades que se cometen en contra de sus iguales o en contra de quienes habitan a la orilla del terror y la persecución.

Erudito que no profundiza se convierte en elitista y ve a las personas como vulgares y tontas. Actuar así es dejar de ser humano como principio y valor desde la ética y ciudadanía local, nacional, y planetaria. La lectura nutre la conciencia de quien sale a recorrer el mundo.

La lectura y la escritura son el asombro que potencia la imaginación y la creatividad, introduciendo mundos y universos para recibir el dictado de la vida y lo humano en lo cotidiano y a veces en el dolor de los otros. Lo cotidiano se vuelve doloroso cuando un niño no ha comido durante días y nadie puede resolverle el porvenir, porque nadie se siente con la obligación de hacerlo. Ante esa cotidianidad también leemos y escribimos, nos encontramos con nuestra podredumbre.

Lo que sí es certero: escribir limpia las ventanas y puertas de nuestras miradas ociosas o indiferentes o vacuas al enfrentar nuestro “yoes” con lo externo para cuestionar nuestras acciones.

Un día, sin que lo sospecháramos, las instituciones educativas y culturales, se fueron olvidando de la formación de seres humanos responsables y autónomos.

Desde hace tiempo, en las aulas transitan seres autómatas, sin rumbo, dispuestos a las prácticas más egoístas y ruines.

Un día, sin que lo sospecháramos, los responsables de educar a las nuevas generaciones se volvieron enemigos de la memoria y del futuro. Un profesor está frente a sus alumnos y antes de iniciar la clase, piensa en la jubilación que no tendrá o en el dinero que estaría devengando de estar en otro lugar. Al final estamos volviendo autómatas a las nuevas generaciones, llenas de un exhibicionismo brutal, mentirosos compulsivos, que saben de ¡todo!, pero que carecen de relaciones concretas y que hay que enseñarles principios y valores, además de la cultura letrada.

Un post se hace viral en Facebook y nadie ve hacia quienes mueren bajo el peso del hambre o cómo los políticos reciclan en sus familiares la “nueva política” o cómo se deteriora el medioambiente y las aguas contaminadas o la desnutrición es un zombi estadístico que crece o cómo tampoco se alcanza calidad y cobertura en la educación primaria, básico y diversificado, y no se diga acceso a la universidad.

Debemos incinerar la ignorancia cada vez que sea necesario y volver de las cenizas después de cada vez que nos arrebaten el futuro y la memoria.

Leer y escribir son palabras en movimiento, la palabra en la página es movimiento. A través de ella nos acercamos a lo que se nos ha negado, los sueños germinan en las tierras de la imaginación y el coraje.

Un día tomamos un libro para participar en la construcción de un mejor lugar para habitar; porque para tener derecho a estar frente a los otros, frente a quienes nos leen o frente a quienes escriben para que leamos, otros han muerto.

En el cotidiano acto de entrar a la biblioteca, tomar un libro, están quienes alguna vez desearon un mejor lugar para nosotros. Justo es no olvidarnos de que, así como hoy decimos “cotidiano” en algún momento decimos “terror” y lo decimos por quienes son arrancados de la vida por defender sin que ellos lo sepan, la nuestra.

Debemos incinerar la ignorancia cada vez que sea necesario y volver de las cenizas después de cada vez que nos arrebaten el futuro y la memoria.

Leer, ver en los ojos del otro nuestras pérdidas y esperanzas, es un acto de resistencia. Hoy alguien traza una metáfora y alguien más le escribe una carta de despedida a su madre. Abandonamos las cavernas cada vez que levantamos la mano para decir “aquí todavía hay alguien con el que se puede contar”.

Daniel Alarcón Osorio
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Notas

  1. Gramsci, Antonio. Odio a los indiferentes. Ariel, Barcelona, p. 21.
  2. Miembro de número de la Real Academia de la Lengua Guatemalteca. Editor. Escritor. Comunicador.
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