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Repensando la narcocultura

jueves 5 de septiembre de 2019
Repensando la narcocultura, por Luis Omar Montoya Arias
La banda sinaloense no se agota ni se explica, únicamente, en el narcocorrido.

¿Realmente la música de banda está hecha para el consumo de los pobres? ¿Por qué las élites escuchan una música que, se supone, es de gente pobre? ¿Por qué una estudiante que ha recorrido medio mundo se enorgullece de tener una fotografía con El Pirata de Culiacán? ¿Por qué un joven con recursos monetarios presume sus recuerdos al lado de El Fantasma, conocido intérprete de música popular sinaloense? Tengo respuestas parciales. Comparto.

Los estudiosos de la música mexicana hemos errado el diagnóstico: la música de banda sinaloense no es más un producto para pobres.

¿La banda sinaloense se elitizó o las élites se popularizaron? Creo que ambas cosas. Las élites de hoy no son las del siglo XIX. El burgués mexicano del siglo XXI no va al teatro, no consume la ópera ni está en los grandes museos. A menor estudio menos cultura. ¿Para qué estudio si de cualquier forma heredaré el negocio de la familia? Mejor disfruto la vida. Élites y pueblo consumen lo mismo, sólo que apelan a diferentes recursos. La forma de vida que proponen los videos de la denominada “música regional mexicana” no puede ser cubierta por un obrero. ¿Cuánto cuesta una botella del whisky buchón? Súmele las camisas y sombreros, las cadenas de oro, el lente italiano, las trocas del año y hasta el servicio de barbería. Un obrero que gana setecientos pesos a la semana no puede costear semejante ajuar.

La música de banda sinaloense se elitizó y su consumo se orientó a un mercado pudiente. En una sociedad como la del Bajío, rural, campesina y obrera, la música que se escucha abajo no es muy diferente a la que se consume arriba. Las del Bajío son élites rancheras. Recordemos que del Bajío es la charrería y algunos de los grandes referentes de la canción ranchera mexicana: pensemos en Antonio Zúñiga, Jorge Negrete y José Alfredo Jiménez.

Nos hemos desgarrado las vestiduras por la incoherencia que, según nosotros, significan las representaciones fantasiosas planteadas en los videos de las bandas sinaloenses de moda: “Puras camionetas del año, modelos de talla chica, drogas y alcohol. Delinean ambiciones inalcanzables, de quienes escuchan esa música”. ¿Quiénes consumen esa música, según los especialistas? Los pobres, los obreros, los desposeídos, los dominados. Los estudiosos de la música mexicana hemos errado el diagnóstico: la música de banda sinaloense no es más un producto para pobres, eso nos dicen sus videos y la investigación etnográfica lo confirma. Desde el año 2010, consumada la muerte cultural del pasito duranguense, la banda sinaloense se “apopó”; desde entonces, el 80% de su repertorio son baladas y covers.

La banda sinaloense, el reguetón, el vallenato llorón y demás modas culturales, están pensadas para el consumo irracional de las masas (conformadas por ricos y pobres). Con un poco de maniqueísmo, estos engendros culturales están diseñados para idiotizar, para controlar. Ese dominio también está sucediendo al interior de las élites. La desculturización es general. El control es total. Estemos pendientes de las nuevas formas de control social.

Las élites mexicanas del siglo XXI se identifican con la banda sinaloense porque encarna la industria del narcotráfico, centro de poder de las sociedades actuales.

El narcocorrido ha perdido protagonismo, fue desplazado por una balada plana. La banda sinaloense no se agota ni se explica, únicamente, en el narcocorrido. Hoy la narcocultura se mueve desde la balada, desde el discurso del amor telenovelero, desde lo aparentemente inofensivo. Entendamos que la narcocultura no sólo se posiciona desde la apología al crimen. La narcocultura está en la promoción de gustos, formas de vida y sus estereotipos.

La balada promovida por las bandas de viento sinaloenses se convirtió en un discurso eficaz de difusión de la narcocultura. Mientras la discusión de la prohibición de los narcocorridos nos llevó a un callejón sin salida, la cultura narco encontró nuevas formas de control social. La narcocultura es aspiración de ricos y pobres. Basta una simple operación aritmética para evidenciar la trama: el meollo es el poder. Las élites mexicanas del siglo XXI se identifican con la banda sinaloense porque encarna la industria del narcotráfico, centro de poder de las sociedades actuales. Ricos y pobres consumen la misma música porque, en esencia, lo único que importa es el poder. La lucha de clases también está en el consumo musical. Todo mundo quiere ser poderoso, saciarse de lo material y vivir una existencia llena de placeres sin remordimientos. Y no lo expongo desde el enjuiciamiento moral. Debimos pensar en ello antes de abandonar la educación y olvidarnos de la cultura compleja. La culpa también es nuestra por no entender que una sociedad inculta es presa fácil de las modas. Las modas son estrategias de control de masas, y en éstas, aunque cueste aceptarlo, entran ricos y pobres.

Finalizo este artículo con una cita textual del doctor Jorge Amós Martínez Ayala, connotado historiador y musicólogo michoacano, a propósito de la satanización del corrido mexicano.

Hasta antes de la Revolución parecía que continuaban las influencias cultas de Europa en la música mexicana, pues valses, polkas y otras danzas de salón eran tocadas en distintos ámbitos, lo mismo en los fandangos campiranos que se daban con motivo de los combates al terminar las cosechas, que en los saraos de las clases acomodadas de las ciudades. La élite gustaba de la música romántica, con sus fantasías y caprichos para piano solo u orquestado de cuerdas. Se recreaban con composiciones de Gustavo Campa, Ernesto Elorduy y Juventino Rosas. Los sones, pirekuas, valonas y jarabes continuaban en el arraigo popular, se escuchaba en charaperías y en fiestas en las zonas pobres de villas y ciudades michoacanas. Todavía no eran parte de los cuadros nacionalistas que comenzaban a aparecer en la capital de México con las orquestas típicas, liderada la principal por un moreliano, Miguel Lerdo de Tejada. Fue más tarde cuando las diversas facciones enfrascaron el país en luchas intestinas que favorecieron en lo musical al género del corrido. La violencia institucionalizada armonizó con las características narrativas del corrido, el cual se convirtió en laudanza informativa popular, registro histórico y divertimento de tropas. A la par, un nuevo poder comenzaba a regir el mundo, los Estados Unidos. Entonces inició la exportación de músicas como foxes, two stops, blues y jazz, géneros que empezaron a desplazar valses, jotas, chotis. Los ritmos caribeños continuaron con su hegemonía que, desde el maracumbé del siglo XVIII hasta las habaneras del siglo XIX, habían ejercido sobre las cinturas de los mexicanos. El carácter nacionalista de la Revolución mexicana favoreció la búsqueda de lo mexicano una vez consolidada en el gobierno. Ya con el país en calma se fundan academias de canto e instrumentos, se reorganiza el Conservatorio Nacional, nace la Orquesta Sinfónica de México y comienzan a crearse otros conservatorios en algunos estados. El sentimiento nacionalista, en lo musical, que privaba en algunos países europeos, es introducido en México por Manuel M. Ponce e impulsado por José Vasconcelos, entonces al frente de la SEP. En los jaripeos del Bajío moreliano, las bandas de metales que llegaron con don Maximiliano y sus tropas austrobelgas se habían arraigado para ya no irse, las montas de toros en corrales con gradas y acompañamiento de música de alientos son desde fines del siglo XIX la diversión semanaria de los ranchos y pueblos que rodean a la ciudad. Los pueblos del Bajío de Michoacán también entraron a la moda porfiriana, en Jiquilpan los amantes de la música organizaron en 1902 la Orquesta Típica Porfirio Díaz de aires nacionales. Esta agrupación tocaba polkas y valses, principalmente. Duró un año, fue idea de Felipe Betancourt y Abraham Mejía, director. El Camino Real de Colima que pasa por Jiquilpan es tierra de mariachi. Allá por 1930 ya eran famosos el Mariachi Michoacán de los Pulido de San José de Gracia, el de los Montoso de Quitupán y el de Sahuayo. Fue con el presidente Cárdenas que el mariachi michoacano entra a la vida política cantándole al ilustre jiquilpense. En el mismo Bajío, la Acción Católica de la Juventud manda protestar contra los ritmos norteamericanos. La Orquesta de Galeana, municipio de Puruándiro, fue dirigida desde principios del siglo XX por Emiliano Díaz y luego por Salvador Díaz Bernal, trompetista. En 1976 realizó una gira por España e incluso llegó a Melilla, norte de África. Hablamos de transnacionalismo musical.

Martínez Ayala, Jorge Amós, Historia de la música de Michoacán, Morevallado, Morelia, 2004, p. 70.

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