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Wafi Salih: la sagrada nostalgia de dos mundos

jueves 19 de marzo de 2020
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Wafi Salih
Wafi Salih ha sido fecundada en los amores de dos países.

No hay ninguna duda de eso: Wafi Salih tiene su jardín propio. Vive en el modo de ser de una escritura que cultiva como si fuera un pueblo de mujeres ella sola. Mil manos firmes pero amorosas sembrando imágenes, ideas, explicaciones del alma sobre las experiencias que la realidad depara.

El oasis que brota para complementar el desierto; la isla que se anuncia para el naufragio.

Mil ojos escrutando para entender las transformaciones del dolor y del querer; una sensibilidad exigente para saber en qué momento han alcanzado su más alto fulgor la belleza, la conciencia y la imaginación.

Avicena decía en un poema:

Una paloma hay en ti, noble y orgullosa, caída de lo más alto del cielo. No hay velo que la oculte y, sin embargo, ni la mirada del iniciado la ve.

Esa paloma es un alma. Un alma semejante a la poesía de Wafi Salih. Con la diferencia de que los iniciados y los no iniciados tienen la posibilidad de estimar la riqueza de su escritura.

 

La poeta Wafi Salih

Unos dicen que Wafi Salih nació en 1965 y otros que nació en 1966, aunque eso es de escasa importancia. Lo importante es que nació, creció y escribe unos poemas que lucen con el brillo de la más meditada poesía.

Nació en Valera, estado Trujillo, y parte de su adolescencia la vivió en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo. Es profesora de literatura, magister en Literatura Latinoamericana, egresada de la Universidad de los Andes.

 

(Su familia es del Líbano. El rey Salomón se hizo una carroza de madera del Líbano. Y además, en el Cantar de los cantares preguntan: ¿cómo es el olor de tus vestidos? Y allí mismo responden: como el olor del Líbano).

 

(Adquieres más poder gustativo si creces en el sabor de los pueblos zulianos, en la Costa Oriental del Lago, por ejemplo, donde hubo épocas en que se tornaba maravilla posible saborear el chivo en coco o los dulces benditos que han inventado o mejorado las manos de las mujeres de esos ámbitos. Ahí se quedó establecido el sabor que ha llegado desde los pueblos indígenas, los seres que hablaban con los peces antes de pescarlos y hacer sus platos; las recetas de sus costumbres y de sus ancestros traídas por los europeos anhelantes y por los africanos que podían hacer un plato regio con hojas de yuca.

Después, si tienes la constitución genética y sentimental del Líbano, significa que hueles cuando los rayos del sol atraviesan las hojas; porque el Líbano es un aroma fundado por la naturaleza en celo, por el ave Fénix buscando nido y por todas las divinidades que se quedan pegadas en cada paisaje oloroso a paraíso).

Entre sus libros figura un ensayo sobre el feminismo, titulado Las imágenes de la ausente, que publicó Monte Ávila Editores en el año 2007. En ese libro Wafi Salih expone:

Abundar en los detalles de un enfrentamiento de sexos es un tránsito sin desplazamiento, aunque es necesario recalcar el crudo argumento que redunda en la visión de la mujer como la siempre excluida, la apartada de la autoría de las épocas, la heroína sin epopeya.

Exclusión ésta, marcada al hacerla ajena del espacio público, con lo que a ella no sólo se le condena a vivir en el lugar privado-doméstico, también se adiciona a dicha condena la argumentación de los rituales: el cuerpo como pecado, la debilidad física, la conspiración banal, el desinterés político, alejándola de la posibilidad de ser semejante al varón en la búsqueda del poder.

Echada a un lado, la mujer redimensiona esa consigna aleatoria de toda revolución: “libertad, igualdad, fraternidad”, para ella tiene otro sentido, pues si bien un esclavo puede liberarse y hacerse propietario de su trabajo, un obrero emanciparse y ser dueño del valor social de su producción y de su vida, una nación puede ser edificada, redimida, la mujer “al dejar el arma” debe regresar a su labor de madre, de esposa, de hija, de propiedad, pero sobre todo, debe ser devuelta al principio, al silencio.

Entre otros ejemplos, Salih analiza la gesta de Juana de Arco, quien colocó en el trono a Carlos VII y sin embargo no fue considerada una presencia determinante de la mujer. Aunque la quemaron amarrada, en un solo haz, con toda su vehemencia, su valentía y su nobleza femeninas.

Tomemos el ejemplo de Juana de Arco, quien se representa como una “verdad revelada”: es un “mariscal” victorioso liberando Orleáns, derrotando a los ingleses en Poitiers. Su acción guerrera no se le aduce ni a su razón, ni a su arrojo, ni a su visión de guerrera; su actuación se inscribe como ejecutoria del mandato divino, es decir, ella es un ser intervenido, ungido con las potencias de lo masculino, con sus atuendos, con su misma voz (viril); es un otro que no viene a redimir al invadido pueblo francés, sino a suplir una carencia transitoria: la necesidad de liderazgo moralizante.

Y la poeta especifica:

En los leños no arde Juana, en la pira no se corrompe una bruja, no, en la pira se vuelve cenizas la debilidad masculina, debilidad para la que no está preparada la Francia viril. En llamas yace la demostración práctica de la impotencia del poder del varón. De alguna manera, Juana había roto la fundamentación bíblica donde se sostiene el significado de la “debilidad absoluta” de Eva.

Wafi Salih ha sido traducida al árabe, al francés y al inglés. El escritor Ender Rodríguez la ha definido acertadamente: “Lo vivido se ha convertido en sus obras literarias, ella es lo que escribe”.

Es de innegable importancia este ensayo, de una seriedad acentuada por la investigación de la autora. Pero me he dedicado a leer con voracidad su poemario El dios de las dunas. En cuyas páginas he vivido la fascinación por una poesía propia, de ella, de la mujer que se moviliza en la escritura al ritmo que le impone su conciencia.

 

El dios de las dunas

En la niñez se perciben varios mundos. Predominan el de la vida real que tiene sus sabrosuras y sus incomprensibles arrebatos de equivocación adulta, y el de la fantasía obligatoria que puede convertir una hoja de cuaderno en alfombra voladora. En la infancia se poseen la patria del hogar y la patria que se intuye en la lejanía de los orígenes.

Eso podría comentarse partiendo de este verso:

¿Quién puede en el rayo de la niñez distinguir dos cielos?

Salih gesta frases contundentes envueltas en la atmósfera de una poesía extremadamente sagrada, con aires de templos viejos, de civilizaciones perdidas, de divinidades que ya no recuerdan lo que fueron, ni quiénes las adoraron.

Uno de los poemas más hermosos y perfectos de Wafi Salih figura en las páginas del libro El dios de las dunas:

En los nichos del aire, rapta lentamente
sobre mi incertidumbre, esta noche de café e insomnio,
relámpago en su sílaba más alta desata un pájaro, oxida los
segundos. Noche de la noche, mellada como un cuchillo en
las mejillas, como el eco de una página borrada del porvenir.
Oigo sus torturadas formas en el declive de los jazmines.

Lobos, lobos en la piel enloquecidos, buscan
salir hacia atrás, donde la palabra por decir desvanece la
visita de los que se han ido, el cielo imposible entre ruinas de
agua.

Siglos y minutos como migas caen en el
mantel esparcidos, líquido del canto en el alma de Agar.
Dialoga el Sahara como un conjuro con mi nombre, cierra las puertas del mediodía. Un río contra otro, la geografía de tus
manos, dobla esta noche como un imposible poema de amor.
De pie ante el cielo, soy uno en el sin fondo. ¿De qué tierra
inclinada en el pecho me duelo?

 

Leerla es expresarla un poco

Ella ha sido fecundada en los amores de dos países. Es una venezolana fuertemente marcada por la libérrima calidez de la vida zuliana, por la búsqueda punzante de la verdad y la belleza que es una fiesta y al mismo tiempo un combate en el alma maracaibera. Wafi también es ese tormento que la guerra ha dejado encima del Líbano, ese lugar de fragancias donde “la alta cumbre del Hermón” se emparenta con los cielos. El venezolano que la lee siente el contacto de los calores humanos que la naturaleza ha gestado; el libanés que la lee puede encontrar en su poesía las heridas profundas de Beirut y la curación otorgada por el aliento del Monte Líbano.

Caracas, me encuentra una tumba sobre un mapa del Líbano.
Una página, como un mercado persa alisa la mirada,
afirma negándome un desordenado amor infatigable
Este país comienza a caminarme,
su longitud de signo desnudo ensancha el Sinaí,
sepulta en el aliento punzante los retratos,
algo sobre el ademán de la tarde
He gastado como fósforos mis días.
Una pequeña estatua entre Beirut y Baalbak.

En estos días, de tanto leerla, dije “voy a escribir algo”, sobre todo para dejar sentado que la estamos leyendo en alguna parte, nosotros, los lectores que no la conocemos en persona. Con la única finalidad de darle apoyo en estos tiempos difíciles a quienes laboran con el lenguaje para mantener los espíritus con vida. No tengo ni un ápice de crítico o de ensayista literario. Lo que hago aquí es mostrar el sentir de un lector.

 

Los haikús

Ahora repito la frase del escritor Ender Rodríguez, pero un poco más completa:

Lo vivido se ha convertido en sus obras literarias, ella es lo que escribe. Algunos haikús o poesía breve, como prefiere llamarlos, tienen un dejo en su tono, de pureza infantil.

Esa alusión a los haikús da pie para mostrar otra faceta de Wafi Salih, quien tiene figuración internacional gracias a la difusión de sus haikús.

Por cierto: ella mantiene en bajo perfil una contentura. Es un secreto que está contenta porque varios amigos que estuvieron en un recital de Rafael Cadenas, le contaron que el poeta la mencionó de manera elogiosa. Ella no lo difunde, pero sus amigos sí. Wafi admira, como una mayoría de lectores venezolanos, a Rafael Cadenas. Y el poeta Cadenas recordó a Wafi gracias a los haikús. Así lo ratificó una amiga común, que estuvo presente en el lugar de los hechos.

El poeta leyó tres poemas breves de su libro titulado Sobre abierto. Y comentó, con su humildad de siempre, que no se trataba de haikús “porque el haikú es una forma muy exigente de escritura”. Y apuntó algo así como: “Hay una poeta en Barquisimeto (Wafi Salih), que escribe muy bien los haikús”.

Ahí llego inusitadamente y aprovecho para colocar unos haikús de Wafi Salih:

¿Quién comerá
los dátiles que plantó
mi abuelo?

(Significa que en el Líbano quedó una parte de la vida del abuelo, el resultado de una buena acción en favor de la naturaleza y la existencia. Pero ella no sabe si habrá gente para comer esos dátiles. O duda respecto al tipo de personas que aprovecharán lo que ha nacido gracias a su abuelo).

Puente colgante
deja pasar también
a mi tristeza

(La tristeza es como un sentimiento independiente de todo, que existe por su propia cuenta. Igual que el puente. Y ella no tiene inconvenientes en que ese trayecto que une dos orillas, que carece de principio y de fin, deje pasar a la tristeza. Porque le pertenece. Aunque la tristeza sea independiente y haga lo que le venga en gana)

Blancos suspiros
cuando miro las garzas
cruzar el cielo

(Precioso. Las garzas son suspiros y los suspiros se vuelven garzas. Y los suspiros podrían tener que ver con la imposibilidad de ir lejos, a través de la libertad del aire, tal como lo hacen esas aves)

Casa en ruinas
una mujer espera
señales del cielo

(Este me gusta sobremanera. La fe. El diálogo del espíritu de la mujer con la inmensidad. La casa en ruinas es una señal para el cielo. Ahora, firmamento, haz el favor de mostrar la señal de los astros)

Por mi ventana
los lirios del comedor
ven la tormenta

(Este es un poema extraordinario. Los lirios son seres vivos que están ubicados bajo la protección de la casa, de la mujer. Se hallarán a salvo hasta que les llegue el momento de marchitarse. Pero ahora ¿tienen miedo de la tormenta? ¿añoran estar a la intemperie? ¿qué ven los lirios?)

José Pulido

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