
El propósito de este artículo consiste en la breve determinación de quienes conforman la generación Z en España y la identidad cultural que les une. Así, se incidirá sutilmente en aquellas áreas determinantes en el campo de la cultura, tales como la educación, las creencias o los valores, inter alia.
Los demógrafos e investigadores suelen utilizar los primeros años de la década de 1990 como años de inicio del nacimiento y de mediados de la década de 2010 como años de finalización del mismo. Esta promoción sería sucedida por la generación T, si bien los límites entre ambas han sido en múltiples casos objetos de disidencias pues las lindes entre ambas, quizá por su cercanía al tiempo presente, se encuentran difusas.
(...) ha llegado la generación Z. Así es como se designa a los adolescentes y a los adultos jóvenes nacidos en la década de 1990, que hoy tienen entre quince y veinticinco años y que se han convertido en una verdadera obsesión para las marcas y las empresas. La razón se debe a que son los verdaderos “digital natives”, nacidos con la llegada del portátil e Internet y que, por lo tanto, han crecido con ellos. Sus antecesores conocieron el chat y la webcam; para ellos, la actualidad es Facebook, Instagram, Snapchat, GoPro, el iPad y Netflix. Es preciso constatar que sus prácticas, al igual que los circuitos cerebrales asociados, son bastante específicas: conocen la manera de combinar rapidez, intuición, análisis y multitarea (Hurtado).
Una generación que rompe con las visiones lineales antiguas siendo capaz de albergar y poseer una multiplicidad heterogénea de puntos de vista, quizá influenciada por el fragmentarismo que caracteriza su tiempo y que, como en los ordenadores y dispositivos móviles, les permite tener abiertas infinidad de pestañas almacenando toda esta información en su encéfalo. Sus cabezas, por tanto, han sido el más vivo ejemplo de la operación tecnológica del World Wide Web —cuyos valores primarios son, precisamente, su accesibilidad, seguridad e internacionalidad, características que se denotan como intrínsecas de esta descendencia—; y si bien no nacieron con el cambio implantado crecieron a la par que él, compendiando ambos tiempos con sus perfectos y desperfectos: aquel falto de tecnología y el más desarrollado hasta el momento. Y todo sin que esto construya taxativamente en ellos una dicotomía.
Han recibido múltiples nombres; al crecer en la época del Internet, fueron testigos de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y vivieron la gran crisis de 2008 cuando muchos comenzaban su vida laboral. Fueron la Generación del 2000, búmeran o YouTube, pero lo cierto es que ningún nombre se ajusta a ellos. La herida doliente y el cuchillo que la sesga. Lo fueron todo y nada al mismo tiempo.
Generación viviente que huye de un interior que les atormenta gritándolo en redes como Twitter y, sin encontrar la salvación, andan aún hoy de un lado a otro en busca de lo efímero. La necesidad de velocidad e instantaneidad, que ya se presentaba en los millennials, se profundizaría en este grupo permitiendo procesos de adaptación dinámicos, e impidiendo por otro lado el desarrollo de rasgos profundos de la personalidad como la paciencia, la contemplación y la reflexión pausada, que requieren lentitud y silencio para su aprehensión.
Los integrantes de la generación Z pasan tres horas al día en Internet y navegan en cinco pantallas simultáneamente. Cambian, por lo tanto, de un canal a otro con una facilidad desconcertante. Han superado incluso la etapa del multicanal para pasar al siguiente nivel, el omnicanal (...) (Hurtado).
Un nivel en el que son capaces de llegar a alzar la voz contra la sociedad y viéndose envueltos en sus extremismos, vociferar contra las injusticias y la hipocresía, contagiados unas veces por ella cayendo en el error de creerse reformadores de un mundo que ya estaba construido. Nunca han perdido la esperanza de mejorarlo y, contrariamente, han poseído siempre el hastío de la vida. No reina en ellos, sin embargo, una superioridad crítica, sino que utilizan la capacidad axiológica para observar los fallos y desperfectos, a veces con cruenta dureza, pero en búsqueda última de mejora y progreso, por mucho que esto colisionara con generaciones pasadas o ideologías contrarias. La cercanía a nuestro tiempo, probablemente, sea el motivo por el que no se han realizado sino algunos estudios para delimitar los márgenes de este grupo, sus intereses e idearios; sin embargo, no significa que no ameriten la atención de los investigadores. Este grupo al que hacemos referencia no dejó ningún implicado fuera, todos los colectivos e instituciones fueron moral y formalmente juzgados, incluidos ellos mismos. Estaban de acuerdo en ser herederos del pasado pero no continuadores de él. Una generación que, sobre todo, se define por su diversidad, y que se mueve entre los extremismos.
Sus integrantes son los mismos que quisieron romper todas las cadenas del poder y las influencias, tomar el mundo y sacudirlo, ver lo que se quedaba bajo la alfombra y destapar la verdad más sórdida sin miedo alguno al desengaño, viéndolo compatible con los domingos de Netflix, café y manta. Por bandera acostumbran a gritar “ya nada nos sorprende” cuando, en realidad, ellos mismos resultan la más grande de las sorpresas. Sin miedo a contar toda su vida, madurar fue estar tristes y no publicarlo en ninguna red. Son, en presente, la generación que busca amantes de una noche y deseaba, en secreto, ser amada. La generación que rechaza el matrimonio a una edad temprana por querer perpetuar su afán de libertad, y por los altos costes económicos y temporales de una educación; que prefería centrar su atención en sus carreras y trabajos satisfactorios antes de formar una familia.
Los miembros de este grupo, como hemos mencionado anteriormente, están caracterizados, en primer lugar, por la multiplicidad de su tiempo. No obstante, esto se materializa en distintas vertientes. Por un lado, la educación, para ellos, será considerada como camino hacia aquello vocacional y no como objetivo con limitaciones en el currículo académico. En otras palabras, consideran que la cuantiosa tematología de asignaturas que deben aprender sería superada gracias a la presencia de aquellas en las que destacan, y en las que se centrarán finalmente.
Por otro lado, respecto a las generaciones pasadas, el modo de acercamiento al conocimiento ha estado condicionado por la presencia de las nuevas tecnologías. No son, por tanto, dependientes en este sentido de la explicación de padres y docentes. De este modo, los miembros de este grupo poseen una capacidad para organizar y transmitir la información extremadamente flexible y con una gran facilidad para compartir; esto les permite estar preparados para trabajar en entornos multiculturales de acuerdo al mundo globalizado en el que han crecido.
El elemento en discordia que les caracteriza, tertium datur, es el tratamiento de la información que reciben. Su ya mencionada capacidad crítica ha sido determinante para conseguir, en el instante último en que, verbi gratia, son conocedores de una noticia, ellos mismos, establecer juicios críticos y opiniones de valor sobre ésta. Así, rescatando lo anteriormente citado, tratan de someter a examen la sociedad sin miedo a sus debates más polémicos, tales como la tauromaquia, la corrupción o la violencia de género, entre otros. En suma, el escepticismo al que se sienten abocados ante la sobreabundancia de información a la que se ven sometidos, especialmente debido a las extendidas fake news.
Resulta curioso que recibieran el nombre de “generación Peter Pan” cuando se vieron forzados a crecer y actuar para dejar Nunca Jamás mientras se les instaba a la mesura y a la tranquilidad sabiendo que ésta, más que ninguna, era la hora en la que debían hablar.
Y de avisar al llegar a casa. También a esto se vieron forzad(a)s.
Referencias bibliográficas
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