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Hablar de lo inacabado

jueves 10 de diciembre de 2020
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Hablar de lo inacabado, por Carlos Francisco Vásconez
El misterio de lo inacabado —que viene a ser a la larga el propio misterio del mundo— es uno de los encantos de la literatura, como lo es de la vida.

Hay hora y lugar. Richard Ford asegura que dejó de escribir su primer borrador de Acción de gracias, posiblemente su obra maestra, a las 13:17 del día 2 de marzo del año 1999. Lo recuerda con claridad porque es ese el instante en que su mujer le advertía que estaba embarazada. “El asombro me consumió”, asegura. “¿Mi esposa, una mujer que superaba los 50 años, embarazada?”, se preguntó. Dijo que durante toda la tarde pasaron preguntándose acerca de las posibilidades de que esa prueba casera fuera certera. “Lo que embargaba a Kristina (Hensley) era la seguridad de lo malos, pésimos padres que seríamos, de confirmarse el resultado de la prueba, y una especie, extraña, de vergüenza. ¿Qué era eso de dar a luz luego de 31 años de casados? ¿Quién creería que la criatura era mía?”. Máxime al tratarse de un escritor que se dedicó en varios trabajos suyos a describir lo terrible que es la paternidad, cuya esposa nunca puso el menor reparo a sus textos, y, en todo caso, los patrocinaba.

El tema de lo inacabado o del arte de no terminar nunca nada, ha sido abordado por grandes plumas, como una suerte de intento frustrado de no ser alguien, de llegar a la nada tan aspirada.

El asunto desembocó en que la infeliz pareja acudió a un ginecólogo que les disipó las dudas. “No sólo no estaba embarazada. Padecía un serio problema intrauterino que afortunadamente solucionamos a tiempo, tiempo que no hubiésemos tenido, nos lo aseguró el médico, de no ser por esa equivocada prueba de embarazo que se había practicado”, asegura el autor estadounidense en una entrevista a The New York Times. Y agrega: “Resolví deshacerme de ese primer borrador de Acción de gracias porque no dejaba de rondarme la cabeza la intriga: ¿merced a qué impulso Kristina se hizo esa prueba?”. Era algo que nunca le preguntó, y, por lo visto, ella no leyó la entrevista en el diario, ya que nunca le dio respuesta.

La novela existiría años después. Para ello, Richard Ford empleó los recursos estilísticos que la debacle de ser padres casi entrada la vejez le suministró. Al menos eso afirma en un libro que parecería ser sus memorias y que no es más que una serie de cartas, escritas al apuro, a su editor, quien extrajo de éstas lo mejor para usar un nuevo libro como publicidad de otro. La duda que agobia a Richard Ford es una duda que nos recorre el espinazo, en forma de terror, a ciertos escritores que por A o B razones hemos tenido que abandonar un trabajo a medias. O incluso cuando lo hemos sentido concluido, y lo hemos despachado al olvido, al fragor de las llamas o a la trituradora de papel (por decir que exista escritor que se agencie una, lo cual daría mucho que pensar). En este caso, el resultado de ese instante dramático en que dos personas tragaban saliva para comprender el milagro de la creación, desembocó en una obra maestra que tranquilamente podría calificarse como la mejor novela escrita en el nuevo milenio. Una novela que no habría existido de no mediar un accidente. ¿O será que la señora Ford lo hizo intencional y maléfica, pero también proféticamente?

El tema de lo inacabado o del arte de no terminar nunca nada, ha sido abordado por grandes plumas, como una suerte de intento frustrado de no ser alguien, de llegar a la nada tan aspirada. El escritor español Enrique Vila-Matas, en su obra El viajero más lento, nos brinda una noción más refrescante sobre las cosas inacabadas. Afirma, por ejemplo, que la maravilla de que un libro no se acabe es dejarle al lector hacerlo, obligarlo, de una manera sesgada, a que sea éste el que concluya lo no siempre finiquitado. Esta visión halagüeña, que lo que intenta es activar nuestro cerebro, discute cara a cara con la de aquel que pretende realizar una obra total. Aquel que anhela, con una intencionalidad vehemente, ser inspiración de las generaciones venideras. Porque lo que importa para el porvenir es el resultado definitorio, darle un punto final a nuestras sospechas. Sobre Lichtenberg, formulador primero de esta práctica, dicho lo dejó ya Canetti: “Que Lichtenberg no quiera redondear nada, que no quiera terminar nada, es su felicidad y la nuestra; por eso ha escrito el libro más rico de la literatura universal”. Se refiere a sus aforismos, un libro inacabado, e inacabable si lo que se intenta es leerlo, aprenderlo. El misterio de lo inacabado —que viene a ser a la larga el propio misterio del mundo— es uno de los encantos de la literatura, como lo es de la vida: ¿en qué precipicio se acaba un paisaje? Luego de leer una novela ejemplar, ¿seguimos construyéndola con nuestro vivir, con nuestro imaginarla, con nuestro —y de alguna manera prodigioso— olvido?

El escritor uruguayo-mexicano Eduardo Milán me suministró la trama de una historia. La volví cuento, se lo dediqué. En ésta, un grupo de personas se reúnen con el único objetivo de crear durante el día una estera de mimbre para en la noche dedicarse a deshilarla, para, al día siguiente, regresar por el camino recorrido. No es el fin el de crear una estera cuya perfección roce con lo indecible, con lo celestial. Su tarea es hacer por hacer, y nadie les ha impuesto absolutamente nada. Lo hacen porque desde sus concavidades óseas ese algo que nadie sabe qué es pero que es lo que nos mueve, se los impone. De manera similar, a muchos cuentos, novelas, poemas, piezas teatrales, ensayos, así como composiciones musicales, esculturas, cartas de amor y de odio, un rato de esos, sin previo anuncio, las relegamos a un cesto o simplemente las abandonamos a su suerte en el fondo de un cajón de cartón. Eso podemos también hacer con el arte. Difícilmente lo llevaremos a cabo con otras prácticas y empresas humanas. Dejamos a medias casas, por falta de presupuesto. Dejamos a medias un viaje, por motivos siempre externos. ¿Cuándo dejamos a medias un gesto artístico? Éste nos perseguirá por cada rincón que vayamos, así hagamos hasta lo imposible por desprendérnoslo, por evadirlo. El acto creacional es una constante que está en nosotros, y se convierte en un trabajo en progreso.

Escribir bien, para ese lector que está perdido en el tiempo (porque todo lector que se precie no hace otra cosa que vagar por los tiempos), siempre depende de una condición externa.

Lo curioso sucede cuando abandonamos algo antes incluso de empezar. Como si de ajedrecistas fabulosos se tratara, prevemos todos los posibles desenlaces de nuestra acometida y desistimos, nos acodamos en la barra de un bar y respirando profundamente nos pedimos el siguiente vodka, seco y doble.

En definitiva, ¿qué libro está acabado de por sí? ¿Hay algo de verdad finalizado? ¿No nos ronda la noción de que el mundo está en constante creación? Al crear, ¿no usamos como sortilegio la consigna de que no importa la meta sino el camino?

Una condición fundamental al escribir es la forma de hacerlo. En estricto, la manera de sentarse, si en ordenador, máquina de escribir, o a punta de papel y pluma. También, la rigidez de la espalda, o su encorvadura. La manera de tener distendidos los músculos. El juego mental anterior, que implica lo soliviantado o distendido que alguien puede estar. Si lo que se arriesga es por pedido de alguien o porque uno mismo no ha podido contener su impulso más íntimo. Es decir, escribir bien, para ese lector que está perdido en el tiempo (porque todo lector que se precie no hace otra cosa que vagar por los tiempos), siempre depende de una condición externa. De igual modo el hecho de dejar de hacerlo, de obstruir su creación. Puede ser un accidente, puede deberse a que alguien, sencilla y maravillosamente, empezó a jugar para perder. Puede ser que lo haga porque no hacerlo implicaría el acabose del mundo. Dejar de crear para que la creación no devaste nuestras sombras —en términos del poeta español José Luis Corazón—, para que no haga de nosotros simples víctimas de un mundo inservible, perfecto.

“¿Cómo se inacaba lo que ha empezado bien y ha marchado mejor?”, se preguntaba retóricamente Robert Walser en carta a su amigo Karl Kraus. “Yendo tan lento que parezca que sólo se retrocede, que todo lo demás es más veloz que yo”.

Richard Ford fue el autor de Acción de gracias. La escribió con una prisa incendiaria. Se detuvo cuando el camino lo conducía al abismo. Vio el abismo. Se aventó a éste. Todavía su eco se escucha, yo lo escucho al abrir la novela, como se escucha el mar en una concha.

Carlos Francisco Vásconez
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