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Wafi Salih: todo el poder de iluminar

martes 6 de abril de 2021
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Wafi Salih
Los poemas de Wafi Salih son de un canto prodigioso, único.

Mirar, admirar
hojas verdes, hojas nacientes
entre la luz solar.

En ese haikú de Bashō la palabra “mirar” es un primer mandato y a continuación le sigue “admirar”. Sentir la maravilla de lo que se ve. ¿Qué debes mirar y luego admirar? Hojas nuevas que significan un cambio de estación. Y son hojas que no brotan en un bosque, en un jardín, en un monte: surgen “entre la luz solar”. Allá donde siempre han dicho que nace el sol.

La poesía breve y relampagueante que llegó hace tantos años desde el Japón incita a mirar y a admirar todo lo que dice, todo lo que esboza y sugiere. El haikú voló como las aves que emigran y dejó unas cuantas crías cantando en paisajes remotos, en corazones diferentes.

Octavio Paz comentó acerca de la estructura de esta breve composición:

A pesar de su aparente simplicidad, el haikú es un organismo poético muy complejo. Su misma brevedad obliga al poeta a significar mucho diciendo lo mínimo. Desde un punto de vista formal, el haikú se divide en dos partes. Uno da la condición general y la ubicación temporal y espacial del poema (otoño o primavera, un ruiseñor); la otra, relampagueante, debe contener un elemento activo. Una es descriptiva y casi enunciativa; la otra, inesperada. La percepción poética surge del choque entre ambas. La índole misma del haikú es favorable a un humor seco, nada sentimental. El haikú es una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente.

 


 

Se va la primavera,
quejas de pájaros, lágrimas
en los ojos de los peces.

A veces el absurdo salta en el haikú y hace que el lector reflexione. Mirar lágrimas en los ojos de los peces es un modo de quedarse atrapado en la poesía. También lo es escuchar quejas de pájaros. El asunto es que la primavera es tan fugaz como hermosa; inclusive llega a ser una estación inspiradora de belleza. Para ahondar y aclarar más en el haikú es necesario seguir consultando a Octavio Paz:

Se ha dicho que en el arte japonés hay una suerte de exageración de los valores estéticos que, con frecuencia, degenera en esa enfermedad de la imaginación y de los sentidos llamada “buen gusto”, un implacable gusto que colinda en un extremo con un rigor monótono y en el otro con un alambicamiento no menos aburrido. Lo contrario también es cierto y los poetas y pintores japoneses podrían decir con Yves Bonnefoy: “la imperfección es la cima”. Esa imperfección, como se ha visto, no es realmente imperfecta: es voluntario inacabamiento. Su verdadero nombre es conciencia de la fragilidad y precariedad de la existencia, conciencia de aquel que se sabe suspendido entre un abismo y otro. El arte japonés, en sus momentos más tensos y transparentes, nos revela esos instantes de equilibrio entre la vida y la muerte. Vivacidad: mortalidad.

Descubrí el haikú, como muchos, gracias a Octavio Paz y su acuciosa y delicada traducción de Bashō. Nunca he creído que son poemas sin pasión, sin mucho sentimiento. Inclusive, nunca he creído que marchan ajenos a la metáfora, aunque son más descriptivos que el resto de la poesía. Creo que su gran poder no reside en la brevedad sino en el hecho de que el lector se siente inmediatamente en la necesidad de interpretarlo o de participar en lo que parece un juego, en lo que recuerda las delicias de las adivinanzas infantiles.

Wafi Salih ha conseguido un haikú de alta sonoridad, de resonante significado. Ya figura entre las poetas más destacadas en este tipo de expresión.

Paz también lo ha expresado: “El Japón no nos ha enseñado a pensar sino a sentir”. Y aclara que la palabra sentir, para los japoneses, es algo que oscila entre el sentimiento y la idea.

Una autoridad en cultura japonesa fue Reginald Horace Blyth. Él lanzó una definición casi perfecta: “El haikú es la expresión de una breve iluminación, en la cual vemos la vida de las cosas”.

Todo esto sirve para entrar en un detalle altamente interesante: el haikú en América Latina. El latinoamericano es todo lo contrario del japonés, porque el budismo influye en la búsqueda de lo colectivo, de lo no sentimental. Y el latinoamericano es expresivo, pasional y muchas veces el individualismo surge como razón de vida. El budista no quiere seguir reencarnando. El latinoamericano desea continuar viviendo, mirando y admirando para siempre.

Pero eso vehemente que somos le ha agregado un matiz al haikú. Un matiz nada despreciable de calidez, de ternura mestiza. Quizá no es el caso de Wafi Salih, porque ella va más allá en su poesía y creo que actúa como una especie de voz sacerdotal, pero sus poemas son de un canto prodigioso, único. Leyendo su antología uno se siente como extraviado, como perdido en un bosque interminable rodeado de pájaros que hablan. También es como una borrachera de frases que te hacen cerrar los ojos y te llevan hasta el lugar que la poeta desea llevarte. Hasta el mareo divino.

Wafi Salih ha conseguido un haikú de alta sonoridad, de resonante significado. Ya figura entre las poetas más destacadas en este tipo de expresión.

Una lámpara
un ratón, un hombre
roen las horas

Este poema dice tantas cosas. Es como un libro completo. Y sus páginas surgen del propio lector, de su experiencia, de sus vivencias. Porque Wafi sólo ha colocado el botón allí para ser pulsado.

Lo mismo ocurre cuando escribe algo que cualquier ser humano ha percibido, pero que seguramente no ha podido decirlo de esa manera:

Cerrando
los ojos se juntan
todas las noches

Wafi Salih atraviesa el tiempo con su poesía, no se queda en el pasado ni se estanca en el presente. Ella ha estado macerando su pensar y su sentir hasta conseguir una esencia que es calor y aroma, que es arquitectura del celaje y sonido de la inmensa quietud. Todo vacío se distancia en sus poemas. Todo vacío se llena. Ella ha superado las normas y los esquemas. Se ha dedicado a sembrar la vida con esas semillas, que indefectiblemente germinan y brotan en el terreno sensible de quienes se asoman y la leen. De quienes descubren su precioso oficio de poeta indefinible.

José Pulido

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