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Aldeanos y cosmopolitas, o ambas cosas

martes 20 de julio de 2021
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James Joyce
El Dublín victoriano de Joyce era un océano para el héroe poshomérico de su novela Ulysses. Estatua de James Joyce en Dublín • Fotografía: Jen-The-Librarian • Beyond the Lamp Post

El verano es para mí, entre otras muchas otras cosas, por supuesto, tiempo de releer a Joyce. Digamos que la obsesión de retomar cualquiera de los libros del escritor irlandés comienza con el anuncio de la celebración anual del Bloomsday, cada 16 de junio que no suele faltar en la prensa literaria o por el estilo. Entonces, toca volver a deleitarse con los pasajes más legibles y divertidos del Ulysses, con todos los cuentos de Dubliners sin excepción, e incluso repasar algún pasaje del Retrato de un artista adolescente para recordar que la universalidad de la literatura reside en buena parte en la convicción de que da igual la época o el lugar porque ciertas cosas son eternas como el conflicto irresoluble entre el individuo con criterios propios y una acusada tendencia a volar libre y los ambientes autocomplacientes y cerrados en sí mismos de las sociedades con olor a naftalina y sobre todo a incienso.

Con todo, cuando llegan estas fechas de desempolvar a Joyce y sus cosas, también he adquirido el hábito de acordarme de un artículo que leí hace ya tiempo en el suplemento literario de uno de los periódicos faro de la España monárquica y constitucional, del insufriblemente relamido y otoñal Antonio Muñoz Molina acerca de uno de los pasajes del Ulysses de James Joyce a los que me refería como de los más legibles y sobre todo divertidos. Hablaba en concreto del episodio que enfrenta al héroe poshomérico Leopold Bloom con el personaje del Ciudadano, o lo que es lo mismo, la puesta en escena junto a la barra de un pub irlandés de dos modos en principio antagónicos de ir por la vida más que concebirla. Contraponía Muñoz Molina la figura del férreo e intransigente nacionalista que era el Ciudadano con la del eterno judío errante que era Leopold Bloom, presunto apátrida, si bien sólo lo era a los ojos sectarios del otro, ya que, tal y como demuestra el personaje a lo largo de todo el libro, y siempre en el ejercicio de su papel de trasunto contemporáneo, cuando no de simple parodia, del héroe clásico homérico, su principal prioridad en la vida no era otra que el poder llegar a casa indemne tras una larga jornada de peripecias, más que de aventuras, a lo largo y ancho de ese océano que era el Dublín victoriano de Joyce, un hogar en el que, al contrario de la Ítaca del aventurero griego, ya ni siquiera le esperaba su peculiar Penélope, la cual ni acostumbraba a guardarle la ausencia ni tampoco se moría por recibirle con los brazos abiertos.

Siendo así, hablaba Muñoz Molina del ejemplo de Leopold Bloom como el verdadero ciudadano de mundo, libre de las lealtades de la tribu y sin más ataduras que su propia conciencia, y por ello también víctima del desprecio sin límites de los patriotas de turno y objeto de su intolerancia. Tal que así queda de cine, por supuesto, la contraposición entre ese lado negro del fanático etnomaniático y su reverso el eterno judío errante, el hombre de mundo porque sí, porque no le queda otra más bien. Tan bien que Muñoz Molina lo aprovecha para elogiar las virtudes del segundo sobre el primero, para proclamar incluso su admiración por ese gran escritor cosmopolita que fue Joyce, a cuyo Ulysses atribuye esos valores de universalidad que dice inherentes en cualquier obra maestra.

El Ulysses es universal, verdaderamente cosmopolita en su inequívoco aroma provinciano porque toda, absolutamente toda la obra de Joyce transcurre en su ciudad natal.

Y tiene razón Muñoz Molina, faltaría más, Joyce es uno de los grandes de la literatura universal, su obra es patrimonio de la humanidad y no sólo de su pequeña tribu o país. Ahora bien, Muñoz Molina omite, porque no le conviene o lo considera secundario para la puesta en escena que hace de su mito a la carta, que la universalidad del Ulysses surge precisamente de una de las obras más localistas que se pueden concebir. No es que todo lo que se cuenta en el Ulysses transcurra en Dublín, es que la ciudad es el verdadero personaje. El Ulysses hace bueno el resabido dicho de que lo universal parte de lo particular, también ese otro de que la manera de ser universal de cada cual es a partir de su entorno más inmediato. El Ulysses es universal, verdaderamente cosmopolita en su inequívoco aroma provinciano porque toda, absolutamente toda la obra de Joyce transcurre en su ciudad natal, porque siempre la tuvo tan presente que hasta se ha acuñado el tópico de que se podría reconstruir el Dublín victoriano basándose en lo que aparece en el Ulysses. Así pues, el gran mérito de Joyce fue universalizar lo propio, lo inmediato, lo más íntimo, lo que se conoce porque forma parte de uno, y no precisamente por escribir de mundos ajenos o sacados de la nada, ni siquiera porque Joyce fuera en esencia un judío errante a su modo, un espíritu inquieto que siempre soñó con levantar vuelo de su aletargada y levítica Irlanda natal, y que una vez que lo hizo ya fue casi que para no volver, para no parar incluso de deambular de un país a otro hasta asentar definitivamente sus reales en una de las capitales que se consideraban del mundo en su época.

Pero claro, el comentario de Muñoz Molina, como el de cualquier otro, no es precisamente inocente. Muñoz Molina despotrica contra el personaje del Ciudadano como semanas antes lo hacía en el mismo periódico contra el nacionalismo catalán para lamentarse lo mucho que aleja éste a Cataluña de los valores universales al aspirar a construir un Estado propio e independiente de España. De hecho, y aunque lo calle, sus argumentos para rechazar o condenar al Ciudadano son exactamente los mismos, que si es excluyente, provinciano, cateto. Y conste que no digo que no esté mal encaminado en muchos de ellos cuando se trata de criticar tanto al nacionalismo del personaje joyceano como al mismo nacionalismo catalán. Lo que quiero decir, en cambio, es que es si el fin último a la hora de destacar el episodio del enfrentamiento entre el Ciudadano y Leopold Bloom es trazar un paralelismo entre la puesta en escena del nacionalismo irlandés más extremo que hace Joyce en el episodio del Ciudadano con la situación catalana, a la vez que elogiar el supuesto espíritu cosmopolita del autor del Ulysses como si se tratara del suyo propio, y ya por ende, del conjunto de la intelectualidad española que juzga al independentismo catalán como lo más opuesto a la vocación universal de los tipos verdaderamente cosmopolitas como él mismo. Insisto que siempre en contraposición con esa otra intelectualidad catalana que ahora se decanta por el independentismo catalán, sin más ni menos entusiasmo con el que lo hizo lo más granado de la intelectualidad irlandesa de su época, así como también por las mismas fechas la húngara, checa, cubana, finlandesa y tantas otras más o menos decimonónicas que apostaron por la independencia de sus respectivos países frente a la metrópoli a la que pertenecían entonces, y aquí ya yo me abstengo de opinar si para bien o para mal; eso ya es tema para entretener a los historiadores.

Joyce no es precisamente un unionista convencido como parece que le gustaría a Muñoz Molina que hubiese sido.

En cualquier caso, mala gente por principio a los ojos de Muñoz Molina y compañía, siquiera sólo aldeanos ilustrados y siempre lo justo. Pues, en mi opinión, Muñoz Molina va mal dado, pero mucho. De hecho, no podía haber errado más el tiro. Porque si bien tiene razón en destacar el rechazo que Joyce trasmite a través de la figura del Ciudadano con su acerada parodia del patriota etnomaniático para el que todo empieza y acaba en lo propio, para el que no hay más horizontes que los de su propio terruño y en especial los de su Causa, razón última de su existencia o casi, el que es incapaz de concebir la realidad más allá de su mundo en blanco y negro, con los míos o contra mí, lo que nunca podría afirmar Muñoz Molina es que Joyce fuera un antinacionalista irlandés convencido, o ya puestos directamente en la senda de lo que éste parece dar a entender, un autor cosmopolita de su época para el que la independencia de su tierra chica fuera un absurdo tan grande como la misma desmembración de España, un despropósito mayúsculo a tenor de la historia, la realidad sociocultural y bla, bla, bla, como bien ha dejado escrito Muñoz Molina que le parece esa otra hipotética de Cataluña. Joyce jamás dio a entender algo parecido ni por escrito ni de palabra, no existe testimonio propio o de terceros sobre un posicionamiento del autor irlandés contrario a la voluntad independentista de sus paisanos y en consecuencia a favor de la permanencia de Irlanda en el Imperio británico. Más aún, durante las contadas veces que la cuestión irlandesa surgía en mitad de una discusión, las palabras del autor irlandés acostumbraban a ser sumamente críticas con la política británica respecto a su país. Otra cosa muy distinta era su indiferencia por principio hacia el nacionalismo irlandés y sus fines, y del que rechazaba, como no podía ser de otra manera dado su “espíritu cosmopolita”, siquiera ya sólo el barniz de universalidad que lo acompañaba, su lado más sectario y excluyente. Claro que, de ahí a convertirlo en un decidido unionista, como parece ser este el deseo de Muñoz Molina, hay un verdadero trecho. Aún más, es muy probable, basta con leer sus escritos y las biografías que le fueron dedicadas, para convenir a Joyce, como a la plana mayor de los artistas que se tienen por tales, esto es, preocupados poco más que en exclusiva por su arte y pare de contar, que la cuestión irlandesa le trajera al pairo al igual que otras tan mundanas y contemporáneas como ésta. Claro que, así y todo, nunca tan ajena como podría parecer, y sobre todo como le gustaría a Muñoz Molina, dado que hay documentos escritos y otros testimonios en los que Joyce muestra su preocupación, si bien casi siempre motivados por los peligros o consecuencias a las que están expuestos los miembros de su familia o amigos que residen en Irlanda. La llamada cuestión irlandesa de su tiempo aparenta ser para el autor del Ulysses algo completamente secundario en lo que es su quehacer cotidiano. Como para buena parte de sus paisanos y coetáneos la militancia activa en contra del inglés parecía ser asunto exclusivo de otros más entusiastas y decididos. Pero claro, repito que aún y todo existen testimonios en los que Joyce habla del tema, se moja directamente, y es precisamente en uno de ellos donde deja bien a las claras que no es precisamente un unionista convencido como parece que le gustaría a Muñoz Molina que hubiese sido, a su modo un unionista de esa otra patria grande e indivisible que ahora ve en peligro. Me refiero a uno de los llamados escritos políticos de Joyce, el titulado “Irlanda ante los tribunales”, en el cual reporta un suceso ocurrido en el oeste de Irlanda en que varios miembros de la “tribu” de los Joyce fueron condenados a muerte por el asesinato de una persona tras ser torturados y juzgados por un tribunal inglés, y el cual en ningún momento tuvo en cuenta que los acusados desconocían la lengua inglesa y por lo tanto también todo lo que se habló durante el juicio. El suceso, como suele ser costumbre en el género, sirve a Joyce de excusa para hacer su particular interpretación de la tan manida cuestión irlandesa de su tiempo, esto es, cuando todavía el conjunto de la isla permanecía bajo el yugo británico:

Hay veinte millones de irlandeses esparcidos por todo el mundo. La Isla Esmeralda contiene sólo una pequeña parte de ellos. Pero al reflexionar sobre este hecho, y viendo que Inglaterra convierte el problema irlandés en el centro de su política interna, mientras da muestras de gran prudencia al resolver las más complejas cuestiones de su política colonial, el observador no puede dejar de preguntarse por qué razón el Canal de San Jorge constituye un abismo más profundo que el océano entre Irlanda y su orgullosa dominadora. En realidad, la cuestión irlandesa no está todavía resuelta en nuestros días, tras seis siglos de ocupación armada y más de cien años de legislación inglesa, que ha reducido la población de la desdichada isla de ocho a cuatro millones, cuadruplicado los impuestos y complicado todavía más el complicado problema agrario.

Dicho o leído lo cual, dejando a un lado incluso lo increíblemente familiares que resultan algunas de estas palabras trasladadas a nuestra actualidad española, y por supuesto que también salvando las distancias entre la historia de Irlanda y la de cualquier rincón de España, ¿acaso hay alguien que dude de que estas mismas palabras del cosmopolita Joyce, dichas hoy en día en nuestro país, y más en concreto en referencia al problema catalán de actualidad, palabras en las cuales en ningún momento se decanta o apoya al nacionalismo irlandés, pero en las que sí asume como propio gran parte del diagnóstico que éste hacía en su tiempo del problema irlandés, le hubieran bastado a miembros de la intelectualidad española, como el propio Muñoz Molina, para calificar de inmediato a Joyce de tibio con los nacionalistas catalanes?, cuando no de enemigo de la sacrosanta unidad de España, incluso de furibundo antiespañol, de xenófobo en toda regla, puede que hasta de proetarra y, ya por extensión, todo lo que suele ser costumbre en la prensa madrileña al poco que alguien ose salirse de la ortodoxia nacionalista española, perdón, perdón, de la muy particular visión de la realidad del cosmopolitismo hispano, esto es, ver el cosmopolitismo exclusivamente en rojigualdo, también sólo en castellano, y todo lo demás como cosa de paletos o gente de poco fiar. A mí no me cabe ninguna duda, estoy tan convencido de ello como que para Muñoz Molina y compañía una obra contemporánea de las mismas hechuras del Ulysses de Joyce escrita por un autor catalán en castellano, pero con todos los personajes, matices, comentarios, guiños, reflexiones, juegos de palabras, alusiones a la actualidad, personajes localistas por doquier y todo lo demás que aparece en esa joya de la literatura universal, nunca habría podido pasar de ser a su ojos algo más que literatura provinciana, de cortos vuelos, costumbrismo autonómico para consumo exclusivo de los del lugar.

El libro sobre Nueva York de Behan ya pertenece a la historia de la literatura universal, cosa que no se puede decir del testimonio escrito por Muñoz Molina tras su estancia en la ciudad de los rascacielos.

Y es que para los Muñoz Molina y compañía en el cosmopolitismo literario de hoy en día no hay lugar para el relato de lo propio y/o inmediato, eso siempre da en costumbrismo por definición; lo que se impone es escribir de mundos ajenos que se conocen tras una corta estancia en el extranjero, incluso aunque sólo sea de turista, vamos, de pasada, y todavía queda mejor aún, universal que te cagas, si escribes desde la capital del mundo, Nueva York, donde dicen que se cuece todo lo que merece la pena ser contado, que en el resto puro calco y por lo general con retraso. Así que eso es lo guay, lo cool, lo que hace de uno un verdadero hombre de mundo, un escritor cosmopolita a la altura de Muñoz Molina. Lástima que luego, al recordar quiénes han sido los escritores que mejor han retratado la denominada capital del mundo, esto es, los que con más tino y arte han puesto en escena ese cosmopolitismo en su estado más puro, destaque un tipo como Brendan Behan con su libro de crónicas de viajes, My New York, o lo que es lo mismo, un antiguo preso del IRA, un republicano irlandés tan entusiasta como heterodoxo, un nacionalista de izquierdas como no podía ser de otra manera dados sus orígenes humildes y sus ideales de igualdad y democracia tanto para su adorada Irlanda como para el resto del mundo, como si ello fuera incompatible, que para algunos parece que sí, siquiera porque así les interesa creerlo. Vamos, el autor también de Borstal Boy, en mi opinión una de las mejores novelas carcelarias de todos los tiempos. Y también, mira qué casualidad, precisamente el prototipo de escritor que menos grato se le puede antojar a Muñoz Molina, y por extensión a cualquier representante de esa “intelligentsia” española, tan cosmopolita en su defensa a ultranza de la nación única e indivisible, en el hipotético caso, claro está, de que esa fuera una de las preocupaciones de un verdadero espíritu cosmopolita o apátrida, y para la cual todo nacionalista por principio, sobre todo si es “periférico”, está incapacitado por principio para crear nada excelso, perdurable. Del mismo modo que tampoco conciben que se pueda ser de izquierdas además de nacionalista, que esto sí que es bueno, como si todos los movimientos de liberación nacional de la historia hubieran sido producto de fuerzas reaccionarias o simplemente conservadoras, como si quitarse de encima el yugo opresor, colonial, ya sea al estilo del Reino Unido respecto a Irlanda o de Israel frente a Palestina, o simplemente separarse de mutuo acuerdo como Suecia y Noruega o Chequia y Eslovaquia, tuviera que ser producto de la derecha más insolidaria e integrista. Pero bueno, no se ha extendido poco ni nada este bulo interesado entre la intelectualidad que defiende a capa y espada la integridad de España porque sí, porque no se puede ni discutir, pero eso sí, insisto en que casi siempre desde una visión cosmopolita más que interesada y sobre todo hipócrita a más no poder, que ya se sabe que los nacionalistas siempre son los demás, ellos no, siquiera porque el suyo, al ser de obligado cumplimiento, ni se toma en cuenta, no consta. Ahora bien, le pueden dar todas las vueltas que quieran, porque el libro sobre Nueva York de Behan ya pertenece a la historia de la literatura universal, cosa que no se puede decir del testimonio escrito por Muñoz Molina tras su estancia en la ciudad de los rascacielos. Y por si alguien tiene alguna duda, no lo digo yo, lo dice precisamente uno de los escritores vivos españoles, catalán que escribe en castellano, más reputado y verdaderamente “universal” de la actual literatura en nuestra lengua, ni más ni menos que Enrique Vila-Matas:

Ingenioso monólogo, el libro de Brendan Behan es un soliloquio tan emotivo como humorístico sobre la ciudad de Nueva York, a la que el autor consideraba el lugar más fascinante del mundo. Nada podía compararse a esa eléctrica ciudad, el centro del universo. El resto era silencio, flagrante oscuridad. “Después de haber estado en Nueva York”, decía Behan, “cualquier persona que regrese a casa forzosamente tendrá que encontrar bastante oscuro su lugar de origen”. Y así Londres, por ejemplo, tenía que parecerle al londinense, llegando de Nueva York, “una gran tarta aplastada de suburbios de ladrillo rojo, con una pasa en medio que sería el West End”.

Enrique Vila-Matas, Ebrio de Nueva York (El País, 23 de febrero de 2008).

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