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Sobre lo escrito y lo leído

martes 12 de octubre de 2021
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Sobre lo escrito y lo leído, por Francisco Pinzón Bedoya
Lo más importante al escribir es nunca perder el deseo de hacerlo. Fotografía: Comfreak • Pixabay

Cada que leemos, hacemos nuestra versión de lo escrito porque imaginamos y creemos, y porque vamos permeados por eso que somos. Nada distinto queda en el lector tal como lo escribió el autor o como fue su intención; por tanto, no es el texto un producto terminado de alguien, sino que “es” en lo que cada uno “lee” de él. Como para agregar complejidad al tema que nos ocupa, es innegable que cada uno de los seres humanos cambiamos todos los días, en la mayoría de una forma sutil y en algunos, llenos de emociones de forma dramática, para bien o para mal: cada día que leemos algo somos un intérprete distinto porque nuestro tamiz… ya cambió.

Este reto hace que lanzarse a escribir, y dejar que lean lo que escribes, es en sí mismo un acto de atrevimiento inusitado. Es una apuesta a algo que ni siquiera se sabe si será un premio. Soy un convencido entonces de que para tomar ese riesgo, conociendo las posibilidades tan altas de no ser leído o de ser considerado “malo”, son grandes. Tal vez es un acto tan azaroso como la de aquel árbol que lanza sus semillas para que el viento las disperse a donde bien tenga, con la diferencia de que se producen millones de semillas para tener una mejor certeza de que alguna continuará la especie, por la razón y el motivo que sea. Un escrito produce “semillas” únicas bajo la apuesta de lanzarlas a ese aire del mundo de las letras, básicamente con la esperanza de ser leído y que hay un alguien a quien le llene el alma, así sea un simple instante. Hay en ello, además de una alta dosis de insania, un contrasentido económico, porque se debe tener un espíritu de aventurero y un desprendimiento mayúsculo. Si no me lo creen, miren los números de esa pequeña minoría que por coincidencias impensadas logra publicar, ser leída… y vivir de ello. Al lado del camino han quedado miles de otros seres que tomaron otras decisiones, al escribir, al publicar, al darse a conocer o al usar esta u otra forma de llegar a sus lectores. No hay una apuesta más atrevida y riesgosa si se quiere que esa: decidir asumir el oficio de escribir.

Bajo el hecho de que hay quien logra ser leído y quien no, hay un supuesto que dice que todos ellos tienen exactamente las mismas habilidades con las herramientas que usan y con la base fundamental con que trabajan: el idioma. Es necesario entonces ser perfecto en el uso del lenguaje. Quedan sin discusión fijadas las reglas de que quien escribe debe ser un dominador de la sintaxis, la ortografía, las figuras literarias, la semántica, la etimología, la fonología y otras disciplinas, más todas las vertientes que hacen del idioma una herramienta exquisita. Por tanto, sólo para estar en el círculo de los posibles autores que se pueden leer hay que tener eso; sin embargo, por sí mismo no es garantía de nada ni saberlo te hace un escritor. Creo que hay que buscar la diferencia, la unicidad, la forma con que logres decir algo que sea distinto. ¿Qué tienes a mano? Sólo algo muy bello que nadie tiene: ¿imaginan hasta ahora qué es? Fácil, se tienen a ustedes mismos, con todas sus características y bagaje individual. Ninguno es igual a otro: si quieres ser ORIGINAL (así, con mayúsculas y subrayado) debes ser tú mismo, lleno de esfuerzos y de deseo por encontrar tu voz sin contaminantes, pulirla y sacarla a relucir como ese tesoro y que te marca, que te da identidad y es tu sello, tu firma. Sólo así lograrás que —tal vez— alguien se fije en tus letras para leer. Si le preguntas a algún escritor sobre este tema, es seguro que encuentres variaciones de forma en la respuesta, pero casi siempre gira alrededor de que se escribe en una especie de sumersión en sí mismo, porque si no, no se entiende por qué cuesta tanto, por qué es una especie de parto que —a veces— duele tanto. Tomo para ilustrar una frase del mismo Walt Whitman: “Casi cualquier escritor que esté dispuesto a ser él mismo, llegará a valer algo —porque todos valemos algo, casi lo mismo, en el fondo”.

Es posible que el mismo autor en otra obra tenga una forma distinta de abordar el tema y allí el lector puede aprender de evolución, de madurez, de cambio.

Hay en lo dicho hasta ahora otro supuesto: que el escritor es un gran lector. De esta afirmación deviene otra que es: lectura inteligente, término que llegó a mí no sé de dónde, pero que —palabras más, palabras menos— significa: leer aprendiendo de lo leído y haciendo conexiones con lo que tenemos ya con nosotros como conocimiento, para ir llenado ese acervo que estará disponible para cuando escribamos. Es una forma viva de activar el pensamiento y todas las reflexiones frente a lo leído. Tanto leer como escribir ponen en juego la imaginación, permiten el acceso a diferentes formas estéticas que mejoran el horizonte del sentir de los seres humanos.

Cada uno hace distintas leídas inteligentes, pues algunos quizás conectarán con lo que otros han escrito y hasta harán ensayos críticos sobre ello o lo memorizarán, otros analizarán el contexto histórico y de causalidad del autor para indagar sobre sus motivos, algunos se decidirán por conocer el estilo con que el escritor crea belleza u otro tipo de circunstancias en lo dicho, o si usa esta u otra figura literaria para ello.

En fin, sea cual sea la lectura inteligente, creo con fe que el escritor cuando lee es uno de ellos, y se va enriqueciendo y planteándose retos para ser único, auténtico, más su reflejo y visión frente a lo que lo rodea, lo motiva o lo siente. Uno descubre en autores que su pluma, por ejemplo, vaga en esa novela, ese poema o en ese cuento, por un ambiente en donde hace predominar la ironía o el sarcasmo o el miedo o el suspenso, y halla hasta a quienes alardean de conocimientos que aún no se han inventado, sólo por mencionar lo que salta desde la lectura. Es posible que el mismo autor en otra obra tenga una forma distinta de abordar el tema y allí el lector puede aprender de evolución, de madurez, de cambio, de exquisitez tal vez, pero siempre encuentra que los grandes escritores mantienen su sello, su forma fundamental y ventral de escribir. Ese es el reto, ese debe ser el objetivo de quien escribe: llegar a encontrar su propia firma y mejorarla, plegarse a ella, hacerla florecer y dar frutos sin perder su esencia, para luego dejar al arbitrio de la suerte sus resultados.

Soy un convencido, recordando a Octavio Paz, de que una de las características del sello de cada escritor es el RITMO. Creo que hay, atada a la firma de cada uno, una musicalidad, una cadencia, una corriente, un flujo de lo escrito, especialmente en poesía, que dice de la personalidad del escritor. Esa búsqueda debe ser utópica en sí misma, no debe terminar nunca, porque cada autor no debe parar de reconstruirse, no debe dejar de evolucionar ni de ser atrevido: esa alma de aventurero lo define.

Algunos lectores lo hacen en todas las gamas, desde quien es el más silencioso hasta aquellos que están llenos a fondo de lo que les disparen sus audífonos, y toda la gama intermedia de formas. La conexión lectura-cerebro sigue siendo el principio fundamental para comunicarnos; por tanto, no hay unas condiciones de frontera claras entre las dos actividades. En la forma de leer hay tantas variaciones como lectores haya; es así que lo importante es leer, si de ello se deriva que quieras decir algo, te estás volviendo escritor, es decir, creador de algo que nadie ha dicho como tú lo puedes decir.

Lo más importante al escribir es nunca perder el deseo de hacerlo. Parece de Perogrullo pero en lenguaje coloquial quiere decir: nunca perder las ganas. Si ese elemento no existe porque no hay motivos (o “musa” que llaman) entonces tu ser escritor está en crisis y es necesario tomar decisiones. Este oficio es algo más sublime de lo que se piensa; hay muchas personas que empiezan a escribir y en el camino van abandonando el barco, quizás porque descubren que su deseo de decir no era tal como lo habían pensado o que era una transición hacia otras formas de su personalidad o que simplemente estaban exorcizando con ese diario algún demonio.

Un capítulo aparte, y ya para terminar, tienen en mi opinión quienes deciden definirse como poetas, es decir, no sólo escritores de poesía sino cultores de transmitir a través de la redención del lenguaje en su máxima expresión. Allí el universo cambia, la realidad no existe, y en la mayor parte de las veces las reglas se crean y no se siguen. Está validado todo, con tal de que llegue a alguien y que sea el portador de emociones desde la belleza de lo dicho, a pesar de que su contenido en sí mismo no lo sea. Yo lo he llamado: “ese salto al vacío”. Allí sí que existe una mayor incertidumbre de ser leído, la poesía no es un ámbito de masas, más bien es un salto a una muerte más grande. La posibilidad de lectura es muchísimo más alta, mucho más elusiva y subjetiva. Algunos ya han intentado poner marcos de referencia para escribir poesía, pero no dejan de ser eso, intentan decir qué está bien y qué no está bien en poesía: el Siglo de Oro español ya pasó, donde se fijaban reglas a todo y quien no estuviera allí no era poeta. Esto lo empezaron a derrumbar los poetas malditos y todas las demás escuelas que a la postre llevaron al verso libre. Mucha agua aún pasa por la quebrada y no hay un acuerdo oficial y tajante sobre lo que es poesía, tal vez sí de lo que no es. La apuesta por ser poeta tiene el aliciente hermoso de que no tiene límites temáticos, no tiene extensiones ni mínimas ni máximas de los poemas, ni formas ni fórmulas mágicas predefinidas: es la expresión de la máxima libertad jamás concebida. No hay siquiera reglas de puntuación porque, para muchos, el ritmo de la lectura las define. Esa sonoridad hace obvios los signos que denoten este u otro efecto, mientras se mantenga dentro de la base del lenguaje en que se hace.

No sobra como colofón recomendar llenarse de motivos para ejercer con disciplina el arte de escribir.

Yo no sé de escribir poesía sino en castellano; por ello, no puedo opinar con validez sobre hacerlo en otros idiomas porque lo máximo a que he llegado es a algunos borradores de traducciones para poder saborear mis poetas favoritos, y entonces entro a ser juez y parte de mi yo lector y mi yo escritor. Lástima no haber tenido la cercanía profunda con otras lenguas y así libar de esas esencias que la mía no permite. Mi “universalidad” muy poco ha pasado del castellano que todos los días estudio; su floritura me contrasta con la exquisitez o la practicidad de otros. Mi Whitman sigue siendo filtrado por las traducciones de León Felipe o de Borges, porque cuando lo intenté, fue una experiencia de cantar los temas de este mayestático poeta norteamericano con mi sello, lo cual aún sueño con lograr de forma que me lleve a su ser.

No sobra como colofón recomendar llenarse de motivos para ejercer con disciplina el arte de escribir, porque de allí nace lo que serás como tal. No es un divertimento siempre, es una confrontación perenne con la búsqueda de la palabra que diga lo que se quiere decir sin hallarla, pero que a la vez suene de una manera precisamente musical, como suele ocurrir en poesía. Es un oficio que ha pasado por múltiples facetas, como lo estudió Gustavo Pereira en su bello libro sobre el tema (El peor de los oficios), pero además es uno de constancia y contundencia; si ello no se logra… no es lo de uno, no hay nada que hacer. No todo aquel que lo intenta lo logra a pesar de ser excelente lector: serlo es básico para escribir, pero no todo aquel que lee, escribe.

Francisco Pinzón Bedoya
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