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Carmen Mola, Sergi Puertas y los editores que sólo publican a mujeres

domingo 7 de noviembre de 2021
“La bestia”, de Carmen Mola
¿Quién dijo que el mercado es justo? No lo es, ni en el mundo de los libros, ni en cualquier otro.

La concesión del millonario Premio Planeta de Novela del 2021 a los tres escritores que se escondían tras el seudónimo de Carmen Mola, la exitosa escritora de la trilogía llamada de La novia gitana, ha provocado un escándalo de esos que a muchos les gusta calificar de “sin precedentes”. Un escándalo que, sin embargo, no deja de ser una mera operación de mercadotecnia para fabricar un éxito editorial, que no literario, ni muchísimo menos, aprovechando las tendencias o gustos de eso que llamamos la masa lectora de nuestros días. Unas tendencias que podríamos resumir en el hecho incontestable de que hoy en día son las mujeres las que más leen y por lo tanto las que, de alguna u otra manera, condicionan las estrategias comerciales de las grandes editoriales. Una preeminencia a la que hay que añadir la toma de conciencia progresiva, y sobre todo definitiva, de las lectoras acerca de los temas que les atañen como género. Dicho de otra manera, las mujeres cada vez se resisten más, si es que no han dejado ya de hacerlo en su mayoría, a aceptar la visión exclusivamente masculina de la realidad, también vamos a decirle heteropatriarcal para usar el lenguaje de nuestros días y sobre todo el que resulta de la susodicha toma de conciencia feminista. En el caso de la novela negra, a cuyo género pertenece la obra premiada por el emporio editorial Planeta, los modelos llamados heteropatriarcales han sido predominantes desde sus inicios. No hay prototipo de macho alfa más claro que los detectives salidos de la pluma de los padres fundadores del género como Dashiell Hammett o Raymond Chandler. De hecho, se podría afirmar sin demasiado margen de error que todos los detectives o inspectores habidos y por haber han seguido los patrones establecidos por los escritores estadounidenses antes citados a partir de los años cincuenta. Dicho de otra manera, desde el Philip Marlowe de Chandler al Salvo Montalbano de Camilleri, pasando por el Jules Maigret de Simenon, el Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán, el Mario Conde de Padura o el Kurt Wallander de Mankell, todos siguen el patrón del personaje masculino cuyas cuitas son prácticamente exclusivas de su género independientemente de lo muy o poco machistas que sean sus actitudes respecto a las féminas, e incluso de todo lo contrario, de lo muy o poco concienciados que estén o no acerca de las diferencias e injusticias existentes en su sociedad o entorno en cuestión de género.

“La bestia”, de Carmen Mola
La bestia, de Carmen Mola (Planeta, 2021). Disponible en Amazon

De ese modo, no es extraño que no sólo buena parte del público lector femenino haya acabado renegando de un género que refleja en gran medida esa preponderancia del modo de ver y concebir las cosas desde un prisma exclusivamente masculino, sino también que algunas autoras decidieran hace ya tiempo crear su propia réplica del macho alfa tradicional metido a inspector o detective. Y lo han hecho de dos maneras, ya sea creando un prototipo masculino interpretado desde una óptica femenina como en el caso de Donna Leon con su comisario veneciano Guido Brunetti, o creando la réplica femenina de los modelos antes citados como en el caso de la inspectora Petra Delicado de Alicia Giménez Bartlett. En cualquier caso, ambas escritoras son un ejemplo de que eso de intentar feminizar el género negro no es ni mucho menos la gran aportación de los tres escritores varones que se escondían detrás del seudónimo de Carmen Mola. Un ejemplo de una larguísima lista de escritoras cuyas propuestas probablemente no han obtenido el gran respaldo mediático de la autora ficticia de La novia gitana, como Berna González Harbour, Patricia Highsmith, Camilla Läckberg, Fred Vargas, María Oruña, Mari Jungstedt, Sue Grafton, Åsa Larsson, Claudia Piñeiro, Clara Peñalver, Tana French, Anne Holt y un todavía largo etcétera. Así pues, insisto en la inanidad de la hipotética propuesta del Premio Planeta del 2021 a la hora de querer visibilizar la narrativa de género negro desde una perspectiva todavía más hipotéticamente femenina. El Premio Planeta 2021 sólo se suma a la tendencia antes citada de feminizar un género tan masculino que comenzaron hace ya tiempo todas las autoras citadas y muchas más que me he dejado en el tintero. El Premio Planeta 2021 como mucho se aprovecha del camino trazado previamente por todas estas autoras y con la única intención de aprovecharlo pecuniariamente y poco más.

Tània Verge criticó la “banalización” de la discriminación de la mujer en la cultura, la cual, a su juicio, ha supuesto que los tres ganadores del Premio Planeta hayan escrito su obra bajo un seudónimo femenino.

De ese modo, por un lado tenemos las denuncias previas a la concesión del premio en las que muchos críticos apuntaban que el verdadero autor o autores detrás del seudónimo de Carmen Mola no podían ser otros que varones dada la escasa o nula credibilidad de la inspectora Elena Blanco como personaje femenino. Me refiero a autoras como la escritora Rosa Montero que en 2018 ya apuntó “Carmen Mola es un tío”, o la también escritora Ana Ballabriga que en julio del 2020 dio en el clavo asegurando que no sólo creía que Carmen Mola no era una mujer, sino que detrás de ese seudónimo estaban tres varones:

Me imagino un bar con tres tíos tomándose unas cervezas: “Estoy harto de este mundo literario de mierda, mis libros no se venden”. “Tío, es que sin una buena promoción no se vende nada”. “Pues tenemos que inventar algo que lo pete” (…). “Nadie compra un libro escrito por tres tíos”. “Pues buscamos un seudónimo”. “Si el libro es muy bestia, tiene que estar escrito por una mujer, impactará más”.

Y, por el otro lado, también tenemos las quejas, a mi juicio completamente comprensibles, que ha suscitado el Premio Planeta 2021 entre los sectores más comprometidos con el feminismo, los cuales acusan al que denominaremos como “el trío Mola” de mero oportunismo e incluso de burla antifeminista. Se trata en su mayor parte de quejas desde la política al estilo de la de la consellera de Igualdad y Feminismo del gobierno autónomo catalán, Tània Verge, que criticó la “banalización” de la discriminación de la mujer en la cultura, la cual, a su juicio, ha supuesto que los tres ganadores del Premio Planeta hayan escrito su obra bajo un seudónimo femenino sin ninguna necesidad ya que “no estaban sufriendo discriminación”, lo cual sí ha sido el caso de las mujeres a lo largo de la historia cuando para publicar necesitaban esconderse tras un seudónimo masculino. Por si fuera poco, la consejera Verge recuerda que esa supuesta igualdad en el mundo de la cultura dista mucho de ser una realidad todavía hoy en día.

Las autoras, ya sean dramaturgas, escritoras o cantantes, siguen teniendo muchas más dificultades para entrar en los circuitos, cobran menos por hacer un trabajo similar a los hombres, tienen menos visibilidad en los espacios audiovisuales… no estamos en una situación de igualdad para decir que los nombres de mujer venden más.

Por si fuera poco, el escándalo provocado por el trío Mola también ha servido para que el escritor Sergi Puertas se animara a denunciar el supuesto veto existente entre las grandes editoriales a los escritores varones y mayores de cincuenta años que no han cosechado el imprescindible éxito de ventas a pesar de la calidad o no de su obra literaria. Sergi Puertas reveló que, harto de enviar a las grandes y medianas editoriales manuscritos que le eran rechazados sistemáticamente, o de los que no recibía respuesta alguna, a pesar de su ya extensa y además acreditada obra literaria ya publicada, decidió mandar uno bajo un seudónimo femenino. La respuesta positiva fue inmediata. Puertas se encontró con el entusiasmo de su editor ante lo que éste consideraba el descubrimiento por su parte de una voz femenina única. De ese modo, Puertas decidió seguir con el engaño hasta el último momento, es decir, hasta que no le quedó otro que revelar al editor su verdadera identidad, lo cual originó el consecuente enfado de éste y sobre todo que dejara de hablarle durante un tiempo, esto es, hasta que arrepentido tomó la decisión de disculparse ante el autor y decidiera publicar su obra así y todo, si bien ya con su verdadero nombre: Estabulario (Editorial Impedimenta).

“Estabulario”, de Sergi Puertas
Estabulario, de Sergi Puertas (Impedimenta, 2018). Disponible en Amazon

Con todo, el caso de Sergi Puertas revela una cruda realidad en la que las grandes y medianas editoriales, o lo que es lo mismo, aquellas que deciden, siquiera ya sólo mediáticamente, quiénes pueden acceder al verdadero parnaso de la literatura, o lo que es lo mismo, quiénes son escritores de primera, incluso de verdad, y quiénes de segunda, tercera o ya sólo eternos aspirantes, están aplicando un filtro siguiendo un criterio de género en exclusiva, en este caso femenino. De ese modo, Sergi Puertas asegura que hoy en día cualquier escritor varón y mayor de cincuenta años que no haya cosechando ya un éxito rotundo es un apestado para las grandes editoriales, las cuales son las únicas que cuentan a la hora de dar a conocer la obra de un autor porque son las únicas que poseen los medios necesarios para que esa obra llegue al mayor número de escaparates posibles y además sea tenida en cuenta en los suplementos literarios de los medios de alcance nacional. Todo lo demás es jugar en la segunda, tercera y hasta cuarta liga regional o provincial en esto de los libros, antes, claro está, de llegar a la más tirada y denigrada de todas, la de la autoedición.

Sergi Puertas lo tiene claro porque, según él, así se lo han dicho los responsables del ramo.

La editora de un grupo tocho vino a decirme que hoy día en el ramo cuentan con una aplicación en la que teclean tu nombre y ven inmediatamente cuánto has vendido. Si las cifras no te acompañan, muy probablemente ni siquiera se molesten en echar un vistazo a tu manuscrito. De hecho, Enrique Redel, mi editor en Impedimenta, me pidió explícitamente que no figuraran en la solapa de Estabulario ni mis cuatro novelas publicadas ni mis demás libros. Me pareció y me sigue pareciendo bien, pero ese viene a ser el panorama.

Eso, que en realidad sólo sería un criterio comercial puro y duro de toda la vida: “si no ha funcionado hasta ahora es que no va a funcionar nunca”, y lo que sería la novedad de estos tiempos en los que la preeminencia de las mujeres dentro de la masa lectora y el auge y aceptación del discurso feminista obliga a replantear, si no romper del todo, el modo de dirigirse a esa mayoría lectora rompiendo con los estereotipos de género tradicionales en los que la visión masculina del mundo provoca cada vez más rechazo.

Casi todos los profesionales del mundillo certifican off the record lo que es un secreto a voces: que hoy día se da preferencia a las autoras. Me limité a rescatar de internet una foto random de una chiquilla de veinticinco años y a crear una cuenta de Facebook y otra de Gmail, todo en el mismo día. Al rato ya estaba tirando de mi directorio de contactos y chutando mi manuscrito indiscriminadamente como siempre he hecho. Es un trámite doloroso, así que siempre lo despacho de un tirón. Para mi sorpresa, el silencio había tocado a su fin. Empecé a recibir respuestas muy pero que muy receptivas casi en tiempo real.

Una artimaña que al final le salió bien a Puertas porque su editor, tras una primera reacción negativa, acabó aceptando la injusticia que había cometido al aceptar publicar un manuscrito, no tanto por su valor literario intrínseco, como porque venía firmado por una mujer y sobre todo joven. En cualquier caso, que el editor de Puertas decidiera seguir con la edición de su libro de cuentos, Estabulario, parece tener que ver más con la vergüenza torera del primero que con un verdadero mea culpa como editor. Porque la tendencia de dar prioridad a las autoras, y todavía más si son jóvenes, es la que es y además seguirá siendo mientras funcione a la hora de hacer caja. Porque de eso va el negocio editorial y no de otra cosa, de sacar réditos económicos con los libros que editan, siquiera ya sólo para hacer viable económicamente la editorial y, acaso, si se da la casualidad de que el editor de turno es además un verdadero amante de la literatura, también para arriesgarse con libros cuyas perspectivas comerciales pueden parecer en un principio nulas, pero cuyo valor literario es innegable; todo un lujo al alcance de muy pocos. Por qué si no nacen y desaparecen las pequeñas editoriales que pretenden hacer de su catálogo de exquisiteces literarias varias su principal seña de identidad. Pues eso, porque no tienen entre tanto autor de culto o minorías una J. K. Rowling con su correspondiente Harry Potter para mantener el tinglado por muy pequeño y voluntarioso que sea.

No nos podemos engañar, la literatura tiene que ver con el arte y la edición con el mercado.

Así pues, la denuncia, o como se le quiera llamar, del escritor Sergi Puertas, sólo ilustra lo que está a la vista de todos desde hace ya un tiempo. Empero, no sólo en lo que atañe a la preferencia de las grandes editoriales por las escritoras y además jóvenes, sino más bien lo que es norma en el mundo de la edición a gran escala, y que no es otra que la de aprovechar los gustos o inquietudes que predominan en la sociedad de cada época. De ese modo, a qué viene sorprenderse, e incluso indignarse, porque las grandes editoriales actúen de esta manera, si en su momento el famoso boom del surrealismo latinoamericano provocó que todas las editoriales quisieran encontrar su propio autor para colocarlo entre la pléyade de figuras como Gabriel García Márquez, de Colombia; Mario Vargas Llosa, de Perú; Julio Cortázar, de Argentina; Carlos Fuentes, de México, y tantos otros de los que hoy en día pocos se acuerdan ya, dado que todavía hoy en día estamos viviendo los coletazos del éxito de la novela negra escandinava a raíz del pelotazo de la trilogía de Stieg Larsson y que inundó los escaparates de las librerías de apellidos impronunciables que hasta el momento sólo eran conocidos en su país e incluso región autónoma, como en el caso de Jógvan Isaksen, autor natural de las Islas Feroe, una región autónoma danesa con la tasa de homicidios más baja del mundo.

¿Que no es justo para la literatura?, ¿y qué tiene que ver el negocio editorial con la literatura? Bueno, exagero, provoco, lo sé. Porque algo, siquiera ya sólo en una mínima parte, sí tiene que ver desde el momento en que, entre todos esos autores que las grandes editoriales promocionan para satisfacer una demanda lectora concreta, pueden surgir verdaderas obras de arte con sus correspondientes autores de peso tal y como fue el caso del famoso boom al que me refería antes. Pero no nos podemos engañar, la literatura tiene que ver con el arte y la edición con el mercado. Puede que no sea justo para el arte, claro que sí, cómo no darse cuenta de que las tendencias editoriales de cada momento postergan, o ya directamente condenan al anonimato de por vida, a autores cuya obra podría ser considerada no ya sólo excelsa, sino incluso revolucionaria, de no ser porque su foto en portada resulta demasiado heteropatriarcal para los tiempos en los que estamos. Pero claro, ¿quién dijo que el mercado es justo? No lo es, ni en el mundo de los libros, ni en cualquier otro. El mercado es lo que ya describió hace casi trescientos años Adam Smith: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”. Dicho de otra manera, si el público quiere un tipo concreto de lectura de acuerdo con esos gustos e inquietudes del momento a los que me refería antes, las editoriales están obligadas a proporcionárselos independientemente de sus verdaderos valores literarios o no dado que se juegan su supervivencia en ello.

Entonces, ¿todos los demás son escritores fracasados tal y como afirma Sergi Puertas sin rubor?

Vi a un señor fracasado y entrado en años que cada tanto manda una novela nueva, una interferencia en tu buzón, un adhesivo que no te quitas ni con rasqueta. Por demencial que pueda sonar, empecé a tener la impresión de que lo más disuasorio de mis manuscritos era que los firmaba yo.

Se diría que, al menos en lo que respecta a las actividades artísticas como la literatura, sólo hay dignidad si hay éxito exclusivamente pecuniario.

Pues es evidente que sí de acuerdo con la lógica implacable del mercado. Incluso, diría yo, con la lógica popular que establece que sólo aquello que triunfa a gran escala, esto es, escritores cuyos libros copan todos los escaparates de las librerías de todas partes y salen a todas horas y en todos los medios, son escritores, no ya sólo de éxito, sino escritores a secas, de verdad. El resto meros aspirantes o aficionados, gente carente de talento o de medios para darlo a conocer, gente sin suerte, apestada, matada. Sí, así de crudo, porque, mientras todo el mundo entiende que está fuera de lugar considerar a un cocinero, un arquitecto, un médico e incluso al fontanero que viene siempre tarde a casa y cobra siempre en negro, unos fracasados porque no figuran entre el estrellado de los de su oficio, es decir, no son cocineros de tropecientas estrellas Michelin, arquitectos con ínfulas artísticas y renombre internacional a los que luego puede que se les caigan los edificios porque su nombre prevalece sobre el buen acabado de sus mamotretos, médicos que son eternos candidatos al Nobel o fontaneros con una empresa boyante y casi media centena de empleados a su cargo, mientras todo el mundo es consciente de que el éxito está en hacer bien tu oficio y ser considerado por ello en tu entorno más inmediato, en lo que respecta a todo lo relacionado con actividades artísticas nunca hay término medio: o estás en la cumbre o no estás en ninguna parte. Yo incluso me atrevería a insinuar que aquí también funciona a la perfección este otro precepto de Adam Smith: “Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde, es la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales”.

Se diría que, al menos en lo que respecta a las actividades artísticas como la literatura, sólo hay dignidad si hay éxito exclusivamente pecuniario. Sin embargo, el concepto mismo de éxito es tan subjetivo y maleable que al escritor de segunda, tercera o cuarta fila siempre le quedará el consuelo del éxito a muy pequeña escala, siquiera ya sólo el del artesano cuyo trabajo es aceptado y hasta ponderado por un pequeño grupo de clientes fieles que son los que todavía dan sentido a su empeño en perseverar en una actividad por lo demás esencialmente ingrata y prescindible, siquiera ya sólo para el resto de la humanidad.

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