correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Una tarde con Ana Enriqueta en Jajó

sábado 18 de diciembre de 2021
Ana Enriqueta Terán
Ana Enriqueta Terán: “La poesía, que es sagrada, lo rige todo”.

Jajó es un simpático y típico pueblo colonial del estado Trujillo (Venezuela), de vida agraria y apacible, asentado en la cordillera andina. Allí vivió durante varios años Ana Enriqueta Terán (1918-2017), retirada de la vida urbana y dedicada a su oficio de escribir poesía. Considerada por algunos escritores venezolanos “la gran dama de la poesía venezolana”, a Jajó iban autores desde distintos lugares del país, en una suerte de procesión intelectual, a conocer a la poetisa, como decía ella que debía llamársele y no poeta, que correspondía, insistía ella, a los poetas de sexo masculino. Jajó es un pueblo escondido entre montañas al que se va porque se vive allí o por razones específicas. Yo lo conocí porque alguien me dijo que allí vivía Ana Enriqueta Terán, de quien apenas tenía vagas noticias, a pesar de residir en Trujillo, la capital del estado.

Corrían los días de diciembre de 1985 cuando me llegaron los primeros rumores de la existencia de una poeta en las alturas de Jajó. La persona que me habló de ella, me insistió en que era una poeta importante, que había que conocer. Busqué sus libros, indagué en los textos de historia y crítica de la literatura venezolana y éstos, en realidad, aportaban escasa información de ella, pero a través de la lectura de sus poemas pude constatar que se trataba de una autora significativa. Algunos de sus libros eran inaccesibles pues se habían publicado hacía ya un tiempo considerable, en ediciones de circulación limitada.

Años después, en 1991, podría leer una excelente antología denominada Casa de hablas, publicada por Monte Ávila Editores y bajo la responsabilidad del novelista José Napoleón Oropeza, que daba cuenta de su extensa trayectoria poética, desde los primeros libros de sonetos, en los que era notable la influencia de autores como Garcilaso, Góngora o Lope de Vega, hasta su poesía en verso libre, que expresaba ya una voz en plena conquista de su autonomía poética. Me pareció que había allí un discurso poético renovador, una voz propia a la que había que volver. Lo conversé con el amigo poeta y profesor Eduardo Zambrano y su esposa, la profesora Margot Carrillo, y una noche de vinos y comida en una de nuestras casas leímos algunos de sus poemas y decidimos que había que ir a Jajó. María, mi esposa, se entusiasmó y dijo que prepararía unas empanadas chilenas para llevar por si había la ocasión de compartirlas con la poetisa. Agregaríamos una botella de vino. Era un miércoles de febrero de 1986.

¿Por qué una poetisa tan relevante y con tanto mundo vivía en un pueblo tan apartado?, ¿qué ocultaba?, ¿tendría a disposición algunos de sus libros agotados?

Esa misma noche organizamos el viaje para el siguiente viernes, fin de semana. Los rumores, casi leyendas, que nos llegaban desde Caracas y desde Mérida, estimularon mi imaginación. Decían que era una señora interesante pero algo extraña, que había sido muy bella en su juventud, hasta el punto de que algunos jóvenes poetas enloquecían por ella pero enmudecían ante su deslumbrante e imponente presencia; que había sido diplomática en Uruguay y después en Argentina; que había vivido en París; que a veces atendía las visitas y otras veces no, según su estado de ánimo; que en Buenos Aires había despertado el entusiasmo del presidente Perón; que había sido amiga de las grandes poetisas del sur como Juana de Ibarbourou. En fin, Ana Enriqueta Terán tenía detrás una especie de estela mítica. Pero ¿por qué una poetisa tan relevante y con tanto mundo vivía en un pueblo tan apartado?, ¿qué ocultaba?, ¿tendría a disposición algunos de sus libros agotados? Yo, en lo particular, quería saber más de su poesía, ver si su persona me revelaba claves de una obra que me parecía un tanto oscura, hermética.

Eduardo Zambrano, conocedor de la geografía del estado, sabía cómo llegar a Jajó y nos dijo que se trataba de un viaje de aproximadamente hora y media, si no nos llovía en el camino. Propuso que programáramos la salida para la una del mediodía, después de almorzar, a objeto de regresar esa misma noche.

En efecto, llegado el viernes nos fuimos a Jajó, tal como lo habíamos previsto. Debimos llegar a Valera y tomar la dirección hacía Mérida para hacer un desvío antes de la vía hacia Timotes, después de un recorrido de aproximadamente 45 minutos. Había que subir en el auto a través de una carretera de montañas, cuidadosamente, debido a las curvas y a los posibles obstáculos de deslizamientos de tierra en la carretera. Durante aquellos días solía llover con frecuencia. A medida que ascendíamos el clima se tornaba más frío y la vegetación más verde y variada.

Cuando llegamos nos sorprende un hermoso pueblo de calles estrechas y empedradas. Las casas lucen pintadas de blanco y tienen amplios balcones de madera. Todo el conjunto arquitectónico crea la imagen de un lugar en el que el tiempo de pronto parecía haberse detenido. Reina el silencio. Es como debió ser la Colonia, pienso, y de inmediato veo a dos campesinos en sus briosos caballos. Son más de las dos de la tarde y hay pocas personas afuera. No sabemos cuál es la casa de Ana Enriqueta Terán y le preguntamos a una señora que camina lentamente, como levitando. Nos indica una casa cercana con un gran ventanal de un azul desleído.

—Esa de la gran ventana azul, toquen la puerta.

Tocamos una vieja aldaba y nadie atiende. Tenemos expectativas pues sabemos que no siempre la poetisa recibe visitas. Por fin un señor de estatura mediana, con barba cuidada y grandes lentes de carey, nos abre. Nos presentamos como profesores de la universidad que queremos conocer a la poetisa. Amablemente nos ordena entrar. Se presenta como José María Beotegui y nos dice que es el esposo de Ana Enriqueta. Más adelante nos contará que es un español, de origen vasco, ingeniero de caminos. La casa, de estilo colonial, es de paredes anchas y altas, lo que revela su antigüedad de al menos, creo yo, unos cien años. La sala es muy amplia y la decoran también muebles de una cierta antigüedad pero muy bien conservados así como pequeñas estatuillas y objetos de arte.

De pronto observamos en las paredes dos grandes retratos pintados, de su época de juventud. Revelan, ciertamente, la imagen de una mujer muy hermosa. Han debido ser pintores de prestigio, pienso, a juzgar por la maestría con la que fueron elaborados. Seguramente fueron cautivados por el esplendor de su figura y su poesía. Hay otras bellas pinturas que expresan visiones interiores o paisajes ligeramente oníricos o conceptuales que ambientan la sala y le otorgan un aire especial, sin duda diferente al paisaje rural, que dejamos afuera, el del pueblo. Puedo captar que son pinturas de excepcional belleza. Hay una atmósfera cálida que parece invitar a la reflexión o a la buena conversación, poética, pudiera decir, intelectual. Algo veo en esta sala que me recuerda imágenes de lo que he leído de esta poetisa: cierto aire de un pasado familiar que expresan estos muebles, el verdor, la naturaleza que rodea la casa, los objetos decorativos y particularmente los estilizados objetos de arte, las lámparas de luz tenue en los rincones, el asedio al yo a través de la autoimagen que nos entregan sus retratos. Hay en estos objetos y pinturas, pienso, la expresión de una estética contemporánea en la que se deja sentir cierta nostalgia por lo vivido pero también una cierta épica cotidiana, personal y familiar que está en su poesía a través de la valoración de las jerarquías sociales y familiares: el padre, la madre, los hombres de a caballo, los grandes señores de las haciendas. Recuerdo haber leído que buena parte de la infancia de la poetisa transcurrió en haciendas cercanas a Valera. ¿Esconderá esta casa colonial y este mismo pueblo de Jajó algo del anhelo de la infancia de la poetisa, de su antigua casa materna? Mientras tanto José María Beotegui ha ido a la recámara de la poetisa y escuchamos que le dice:

—Ana, allí están unos señores, profesores de universidad, que te quieren conocer.

—Diles que ya voy —escuchamos que dice la poetisa.

José María se acerca para estar con nosotros. Desde ya notamos su simpatía por nuestra visita pues es cálido su recibimiento. Nos pregunta qué hacemos, dónde vivimos. Le explicamos que vivimos en Trujillo y trabajamos en el Núcleo de la Universidad de los Andes, que escribimos poesía y enseñamos literatura. Ahora entiende mejor las razones de nuestra visita y notamos su interés y atención en nuestras palabras. Ana Enriqueta ha hecho presencia y se ha instalado en el mueble más amplio. Es una señora que a pesar de sus más de sesenta años, denota aún cierto aire imponente, está perfectamente maquillada y calza zapatos con tacones. Su vestido y sus joyas no son de un lujo extremo, pero expresan belleza y elegancia. En los dedos de sus manos lleva grandes anillos. Por supuesto es evidente en su apariencia actual el contraste con la gracia y esplendor juvenil que se expresa en sus retratos. Se dispone a escucharnos. Pronto nos dirá que en estos días ha escrito poco, aquejada por un ligero malestar, como mareo, que atribuye no sabe si a la altura de Jajó o a su corazón que se resiente de los años. El médico le ha recomendado que debido a su edad debe ir pensando en mudarse a un lugar de menor altura y con mejor disposición de servicios médicos. Sin embargo, se le nota buen semblante y buena disposición para la conversación, que discurre luego hacia sus oficios, su persona, la poesía, su familia y, en general, hacia tópicos literarios.

—Aquí vivo, entre mis poemas, mis joyas y mis vestidos. Estos son mis oficios. La poesía, que es sagrada, lo rige todo. Confecciono joyas y vestidos. Me gusta vestir a las mujeres de buen gusto, poetisas o afines a la poesía. Aquí tengo un taller de costura y me siento cerca de mis antepasados. Nací en Valera, en una hacienda de mi padre Manuel Terán Labastida. Aquí escucho el paso de los caballos de los campesinos, el resonar de sus cascos trae a mi memoria los hombres de a caballo de mi familia.

José María por su parte nos ofrece café. Ana Enriqueta suena una campanita portátil que tiene a su disposición en una de las mesitas cercanas a su mueble para llamar a la muchacha de servicio. Le ordena hacer café “para los doctores”. Noto, a través de la conversación, la significación que tiene Trujillo y las familias de apellido, de esa cierta oligarquía trujillana a la que de algún modo pertenecía ella misma. Al enterarse de que Margot es Carrillo pronto establece con ella una particular simpatía. Sabe de su padre, de su trayectoria como juez y de su actuación frente al Centro de Historia. De ese modo se crea un cierto ámbito de confianza entre nosotros, pues le es conocido también por referencias el nombre de Eduardo Zambrano como poeta. Pero aunque lo oculte elegantemente Ana Enriqueta sabe que ella es “la gran dama de la poesía venezolana” y la conversación girará en torno de ella. Nos dice que la poesía es un oficio sagrado, fundamental en su vida, de la cual tuvo conocimiento desde niña como una especie de revelación numinosa, que una vez en una edad cercana a los siete años, de pronto, caminando cerca de un gran árbol, un samán, perdió su identidad.

—No supe quién era, cómo me llamaba, quiénes eran mis padres. Corrí hacia mi institutriz Yaya, mi madre espiritual, y le pregunté quién era yo. Esa, creo, fue mi primera intuición de la poesía. Desde entonces siempre he vivido en compañía de la poesía. Busco los lugares apartados del bullicio. Amo estas montañas pero también el mar. Muchos de mis primeros recuerdos están asociados al mar, a Puerto Cabello, donde viví con mi familia. Allí transcurrió parte de mi infancia. Muchos años después viví en Morrocoy. Mi Libro de los oficios tiene que ver con esas vivencias del mar.

La conversación se desliza por los desfiladeros de la memoria. Ana Enriqueta habla y calla. Sus días son ahora los días del Libro de Jajó untados de tinieblas y de frutas oscuras, como parece sugerirlo en uno de sus poemas. Hablamos y callamos. Le pedimos que lea uno de sus poemas. Lo hace con una voz y una ritualidad que le otorgan majestuosidad al momento. Una como invisible estela sagrada tejen sus palabras y se extiende a toda la sala. Más adelante, cuando le preguntamos sobre algún autor fundamental para ella en la literatura venezolana, menciona a Andrés Bello, a Juan Antonio Pérez Bonalde, a José Antonio Ramos Sucre, pero la poetisa dice que Andrés Eloy Blanco fue una figura importante en su iniciación en la poesía. El silencio, que casi se puede palpar cuando callamos, es parte de nuestra conversación, otorga un aura particular al ambiente. Una bella y oscura ambigüedad pareciera tener para mí esta tarde de Jajó. ¿Será la neblina?, ¿será la poesía? Ana Enriqueta agrega:

José María es un hombre culto, quizás muy culto, atento y casi fervoroso lector de poesía y particularmente de la poesía de Ana Enriqueta.

—Por razones políticas Andrés Eloy Blanco estaba confinado al pueblo de Timotes y sólo podía transitar en zonas aledañas. Se hizo amigo de mi familia. Desde muy niña vio en mí una temprana disposición o vocación para la poesía y se lo hizo notar a mi madre. Yo recuerdo sus visitas a mi casa, donde por supuesto era muy querido y respetado.

José María agrega que la obra de Ana Enriqueta no ha tenido el reconocimiento que merece. Por sus palabras, por sus referencias al arte, sobre todo a la pintura venezolana, sabemos que José María es un hombre culto, quizás muy culto, atento y casi fervoroso lector de poesía y particularmente de la poesía de Ana Enriqueta. Nos hace saber que Jajó le da tiempo y calma para su escritura. Se nota el cuidado, la admiración por la poetisa. Nos hace saber que cuando vivieron en las cercanías de Valencia fueron muy amigos de poetas y pintores como Teófilo Tortolero, Eugenio Montejo, Enrique Mujica, Luis Alberto Angulo o el pintor Wladimir Zabaleta.

Veo mi reloj. Son ya pasadas las seis de la tarde y observo desde la gran ventana de la sala donde estamos que la neblina se ha tornado más densa y penetra sigilosamente. La tarde comienza a declinar. Un hermoso gato que es compañía de la pareja atraviesa la sala y busca refugio en las piernas de la poetisa. De pronto escuchamos un ruido de lluvia que se hace parte del ambiente acogedor y un tanto encantado de la sala y aunque hemos hecho planes para regresar, José María nos invita a pernoctar en un cuarto de arriba de la amplia casa pues piensa que la lluvia va a arreciar y el regreso a Trujillo puede ser peligroso. A todos nos parece amable y conveniente la invitación y María propone que busquemos las empanadas y el vino para brindar por tan agradable tarde impregnada de neblina, lluvia y poesía.

Douglas Bohórquez
Últimas entradas de Douglas Bohórquez (ver todo)