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De la distancia en el amor: la poesía de Rosa García Rayego

martes 5 de abril de 2022
Rosa García Rayego
García Rayego construye su cosmos poético desde el amor, la memoria, el tiempo, la ausencia, la herida, la infancia, el mar, lo cotidiano.
pero nada es finalmente el resultado
en este intencionado juego
de distancias.
R. G. R.

Escribir un poema precisa, según Rilke, la llave de la soledad. Y de nuevo sentiré el abismo, / esta soledad acompañada / que se me cuelga de una estrella, escribe García Rayego. Y para el poema también es preciso el dolor. La poeta de origen cordobés parte de un mundo interior que fluye en la observación de la naturaleza, donde escucha su voz interior. La auténtica poesía surge de la necesidad. Sus poemas nacen de la memoria y el recuerdo de la infancia y de sus experiencias vividas. También del momento presente, el locus amoenus, debe ser entendido como una forma de conocimiento para nuestra autora. En su obra, el ideal del amor lucha por ser real. La anécdota es una excusa para escribir una obra exacerbadamente romántica. También en la más firme línea petrarquista, el poema supera con creces la levedad de cualquier relación humana. Pasado el tiempo y su dolor, el poema perfecto sobrevive. Marisol Sánchez Gómez, en su prólogo a Aquí pez, allí roca, describe acertadamente cómo el amor en nuestra poeta es: “entre esa figura —que funde a la persona amada con la madre de la infancia— y la persona poética”.

Rosa García Rayego, profesora titular de Literatura Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), es autora de diversos libros y ensayos sobre la literatura anglonorteamericana, como por ejemplo Jean Rhys: vulnerabilidad y dependencia (1999). Ha realizado también múltiples antologías, como 20 con 20 (2016), y es autora de varios poemarios como Aburre el propio gesto (1996); Perfiles variables (1996); Y siempre las horas (2000); Después de tantos años (2005); De sombras (2009); Mejor volver al mar (2010); Aquí pez, allí roca (2014); Dentro de tu voz, antología poética 1996-2014 (2017), o La piel quieta (2022).

Concha García señaló que la poesía de Rayego es “un generoso pincelado de una historia de amor sin duda hermosamente irreal”. Una obra puramente lírica escrita desde la razón. En esta búsqueda del amor perfecto hay una visión impresionista del mundo, a través de tonos y colores tomados de la naturaleza, donde el blanco tiene reminiscencias árabes, el verde es el de la naturaleza, el rojo, el violeta, el gris, el azul del mar y el negro, que todo lo abarca: Las verdes copas de los árboles / asoman en tu mirada atenta. A veces también parece que escribe los poemas desde detrás de una cámara de fotos: La vi en gris como la pena. El color es desde luego recurrente. Por ello, María Antonia Ortega la denomina “pintora de las palabras”. Muchas veces esboza poemas que son los retazos de escenas pictóricas, instantes. Sus poemas nos desvelan, en muchas ocasiones perfectos, una gran intensidad por su elaborada y breve extensión. Suele hablar del amor ideal que no existe, cuya búsqueda incansable a veces la hunde en un sentimiento letal de abandono: Regreso a veces. / Todo es hiel. / La herida —honda— / aún late. Rosa García Rayego construye su cosmos poético desde el amor, la memoria, el tiempo, la ausencia, la herida, la infancia, el mar, lo cotidiano, pero sobre todo, como ella misma dice, desde “la distancia que existe en el amor”. Su postura poética se me antoja hermética, cuando paradójicamente nos referimos a una poesía diáfana, clara y lúcida. Sin embargo, la intensidad del minimalismo —al que aludía Fanny Rubio— provoca cierta dificultad para alcanzar el último significado de esta obra. Se trata también de una poesía simbólica, que construye un cosmos habitado de referencias comunes, en una obra lírica coherente. Rosa García Rayego ha concebido su obra poética con esmero y delicadeza, y desde la furia que esconden las Hespérides. Desde el elemento tierra que habita se evade siempre hacia el mar y el cielo: Y yo, desde otro cielo, / le cambio el azul a los colores. / Y nado entre árboles, / hacia el mar. Bien valdría un estudio semántico de su obra, donde las imágenes y las metáforas se suceden muy suavemente, casi de puntillas. Su poesía, a veces de misticismo erótico, invita al lector a leer su obra. Como escribió también María Antonia Ortega de la lírica García Rayego: “En su obra poética no es la protagonista la ausencia de la persona amada, sino la irrupción de la memoria, dotada incluso de más vitalidad que lo evocado. No es pues una elegía sino un himno, pero un himno sereno”. Hay, por un lado, unos poemas nacidos también de lo cotidiano y excelsamente sintéticos, al modo de un haikú, frente a otros poemas más largos que nacen de la evocación, de la memoria. Muchas claves de los poemas están escondidas detrás de la certera síntesis de sus formas. Porque en esta poesía, la forma y el fondo del poema están unidos. La autora tiene una voluntad de concreción y brevedad que invita a la intervención activa del lector. Rosa García Rayego escribe una poesía precisa, impecable, intimista, sintética y universal —porque en ella todos nos reconocemos—, y tiene la hondura de una poética tanto occidental como oriental. Un hallazgo. Una obra poética entre Juan Ramón y Tao Te King o entre Lao Tse y Emily Dickinson, donde late una profunda sabiduría más oriental que europea. A veces, parece también un legado sobre Eros y Tánatos. Es una poesía guilleniana en su elaboración. Sólo utiliza las palabras precisas para expresar sus emociones. Pero en esta poesía marcadamente idealista y emocional brilla todavía la esperanza de encontrar un amor real o, al menos, un poema perfecto: Piel y vida / no llenan un corazón / vacío de palabras.

Carmen Díaz Margarit